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Recuerdos olvidados

Escrito por Juan Roberto Salcedo
Recuerdos olvidados

Porque los colombianos en la diáspora cuentan también en tiempos de pandemia. Un cuento corto*.

Juan Roberto Salcedo**

A Mechas, mi esposa

Mi vida empezó tarde. Las ideas se asentaron en mí de forma paulatina. Vine a entender la vida de a poquitos. Soy como la hoja de un periódico viejo que ya nadie lee, y gasto el poco tiempo que me queda en remembranzas inútiles.

Llegué a Canadá unas semanas antes de que empezara mi internado en uno de los hospitales afiliados a la Universidad de Western Ontario con la intención de mejorar mi inglés que, para ese entonces, era bastante precario.

Al llegar al hospital, pedí hablar con un médico colombiano que me habían recomendado. Le rogué que le preguntara al director de Educación Médica Graduada si me permitiría trabajar sin salario con el propósito de aprender el idioma. Para mi sorpresa, el director contestó:

–No. Mañana empieza a trabajar, pero con salario.

Me ofreció vivir en el hospital en una residencia para médicos de turno. Acepté con un entusiasmo que fui perdiendo con el paso de los días. Levantarme cada mañana se volvió una lucha contra mí mismo que me confirmaba que migrar a Canadá había sido el peor de los errores.

Odiaba hablar en un idioma ajeno. Odiaba ser un intruso. Me sentía como un ciego tratando de encontrar un atisbo de luz en medio de un laberinto oscuro. Pero en vez de luz, solo encontraba decepción, incertidumbre y más oscuridad. Una oscuridad infinita e ineludible.

Los años transcurrieron sin conmiseración alguna, y un día como cualquier otro apareció el atisbo de luz que había buscado durante tanto tiempo. Su nombre era Sharon y tenía una belleza extraña que me hacía pensar en tierras lejanas, desconocidas e inalcanzables. La vi por primera vez en una escalera del hospital. Ella subía y yo bajaba. No pude evitar clavarle la mirada: era una escocesa hermosa, de cabellera roja y ojos azules.

A los pocos días me enteré de que tenía veinticuatro años, era estudiante de penúltimo año de medicina y se acostaba con el jefe de reumatología. El pequeño affair le había costado el matrimonio al reumatólogo.

Con la esperanza de verla otra vez, decidí ir a una de las reuniones de internos y residentes que siempre evitaba. Tuve suerte: me senté en un sillón y a los pocos minutos Sharon se sentó a mi lado desparramando su belleza. Los nervios solo me permitían pronunciar monosílabos. Dejé que hablara mientras yo contemplaba su belleza y su coquetería. Antes de que la noche terminara, me dijo que alguien le había contado que yo tocaba guitarra, y me invitó a una reunión social en su casa el día siguiente. Le dije que iría sin titubear.

Vivía en un apartamento lujoso ubicado en el mejor sector de la ciudad. Me dio la bienvenida con un beso en la mejilla, un gesto poco común entre los canadienses. Nos sentamos en una poltrona elegante y puso su codo desnudo sobre mi hombro. Me preguntó que quería tomar, pero antes de que contestara, trajo una copa gigante de vino tinto, tomó un sorbo y la puso entre mis dedos. Acto seguido, sacó mi guitarra del estuche, y me pidió que tocara algo.

Comencé a tiritar y a sudar. Mentalmente, rogué a todos los dioses que intercedieran por mí. Estaba paralizado. Inesperadamente, ocurrió un milagro disfrazado de desgracia: entró el jefe de reumatología y la atención de casi todos se trasladó hacia él. Digo de casi todos porque la mía seguía fija en Sharon cuya diminuta minifalda resaltaba el largo de sus piernas.

Cuando el examante estiró la mano para saludarme, me puse rojo, y aunque no estábamos haciendo nada, sentí que nos había pillado en una posición prohibida del Kamasutra. Llegaron otros invitados y yo prometí que tocaría la guitarra en otra ocasión. El reumatólogo se dirigió hacia uno de los cuartos y Sharon me dijo al oído con una sonrisa pícara:

—De esta no te salvas.

Siguió hablando con su encantador acento escocés, pero sus palabras entraban por un oído y salían por el otro. Yo solo sonreía perplejo. Unas horas después nos dirigimos a la mesa para cenar. Con desparpajo, Sharon se sentó en la cabecera, justo en medio del reumatólogo y yo. De repente, empecé a sentir que su pierna rozaba la mía. Me quedé inmóvil con una erección colosal. Terminamos de cenar y volvió a pedirme que tocara la guitarra. Yo ya me sentía más tranquilo, así que toqué algo de flamenco y las pocas canciones en inglés que me sabía.

La siguiente semana, Sharon fue a mi cuartucho de hospital un día que estaba de turno. Iba vestida con el uniforme de cirujana, pantalones y blusa verde. Debajo de la blusa no llevaba nada, así que sus senos redondos con pezones rosados se asomaban cada vez que se inclinaba. Era obvio que lo hacía a propósito. Se sentó en los pies de mi cama y me preguntó si tenía algo de tomar. Le ofrecí agua en una taza de café, y empezó a contarme de su último viaje a Europa moviendo su lengua de forma provocativa. Después de veinte minutos, se cansó de que yo no intentara ni siquiera robarle un beso.

¿Por qué no hice el amor con ella si me lo estaba pidiendo a gritos? ¡Solo le faltó desnudarse! Quizás no era uno de los pecados que me habían sido asignados en esta vida… O quizás el peso de ser un forastero me impidió hacerlo.

Contra todo pronóstico, sigo en Canadá después de tantos años. Ya desaparecieron los vestigios de su perfume y del trino de su voz no queda ni siquiera el eco. Sus ojos forman parte de una lejanía inalcanzable. Olvido su olvido porque ya no es mío. Saco a pasear mis nostalgias por sitios en los que nunca he estado. Esta noche sueño que dormimos juntos completamente desnudos. Ya no quiero hacer el amor con ella, solo deseo que sueñe lo mismo que yo.

*Este cuento va a ser publicado en español, inglés y francés junto al de otros 11 autores en una compilación titulada Oh Canada!

**Médico colombiano que reside en Ottawa hace varios años. Autor de la novela Pecados Inmortales (Planeta 2012).

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