Recorrido “espresso” por los Cafés de Bogotá - Razón Pública
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Recorrido “espresso” por los Cafés de Bogotá

Escrito por Alfredo Barón Leal
Café San Moritz en el centro de Bogotá.

Café San Moritz en el centro de Bogotá.

Alfredo BaronLugares de encuentro, de formación de la opinión pública y cueva de intelectuales y escritores, los Cafés de Bogotá tienen una historia estrechamente ligada a la del país. Hoy muchos se resisten a desaparecer entre los acelerados cambios de la ciudad.   

Alfredo Barón Leal*

Una larga historia

La historia de los Cafés en Bogotá se remonta hasta los años cincuenta y sesenta del siglo XIX, cuando aparecieron los primeros establecimientos denominados “Cafés” en la ciudad. En ese momento aparecieron el Café del Comercio, el Café y Licores Italiano y el Café de la Unión. 

Sin embargo, el Café como establecimiento comercial y lugar de encuentro llegaría muy tarde a Bogotá si se la compara con otras ciudades como Londres, París, Barcelona, Madrid o Buenos Aires, donde los Cafés ya llevaban décadas o siglos de funcionamiento. 

En la primera década del siglo XX Bogotá aún contaba con pocos Cafés en todo el sentido de la palabra. Lo que abundaba eran piqueteaderos, chicherías, cantinas y licoreras que hacían funciones de Café o lugar de encuentro. Igualmente, muchos establecimientos como teatros, pabellones y parques fueron adoptados para llevar a cabo funciones de cine y de Cafés. 

Entre los establecimientos de comienzo de siglo los más importantes fueron las cantinas La Gran Vía y La Botella de Oro, que se hicieron famosas por recibir en sus mesas a los contertulios de la Gruta Simbólica. Este fue el primer grupo literario colombiano que dio el paso de las tertulias privadas a la reunión en espacios públicos. La Gruta Simbólica (que surgió del tedio del toque de queda decretado por la Guerra de los Mil Días) llegó a tener cerca de setenta miembros, aunque en su mayoría eran solo espectadores. 

La Gran Vía funcionó en la carrera Séptima, entre calles 17 y 18, y fue el Café más longevo de la ciudad. Estuvo allí cerca de noventa años. Hoy en su lugar se encuentra un anodino restaurante de comidas rápidas y una vieja placa de mármol que recuerda a uno de sus poetas, al Café y a la Gruta Simbólica. 

La Gran Vía funcionó en la carrera Séptima, entre calles 17 y 18, y fue el Café más longevo de la ciudad. Estuvo allí cerca de noventa años. 

Por su parte, La Botella de Oro fue víctima indirecta del Bogotazo. Estuvo cerca de setenta años en la Casa de los Portales, en el atrio de la Plaza de Bolívar, hasta que la piadosa dueña de la casa donó el predio al Arzobispado de Bogotá para que se reconstruyera el Palacio Arzobispal que la furia liberal había quemado en la calle 11ª con carrera 4ª el 9 de abril de 1948. 

Durante la primera mitad del siglo XX la Botella de Oro fue un lugar de encuentro importante en la ciudad por su ubicación estratégica en la Plaza de Bolívar, justo al lado de la Iglesia del Sagrario, por lo cual los fieles podían pecar, rezar y empatar sin tener que desplazarse mucho. 

Cafés y literatura

Muchos de los habituales de los cafés eran escritores y poetas, y con la Gruta Simbólica se empezó una tradición que asoció para siempre la literatura a los cafés. 

Con la Gruta Simbólica se empezó una tradición que asoció para siempre la literatura a los cafés. 

Hacia 1912 aparecieron en Bogotá el Café Inglés y el Café Windsor, y se estableció por primera vez el “Café literario” en el sentido clásico de la palabra. En las décadas posteriores aparecieron en el centro de la ciudad cerca de 200 cafés y la opinión pública formada en ellos adquirió un valor importante para el país. 

Los Cafés se incorporaron entonces a la estructura de ocio de la ciudad, junto con las salas de cine, los cabarets, los grilles, los clubes sociales y los restaurantes. Además, se convirtieron en los lugares donde se desarrollaba la sociabilidad para los hombres bogotanos, ya que las mujeres tenían restringida la entrada a estos sitios (a menos que trabajaran allí). 

El Café fue entonces el lugar de encuentro de periodistas, políticos, escritores, poetas, estudiantes y artistas. Fue allí donde se forjaron grupos de intelectuales como Los Nuevos y Los Leopardos, en sintonía con los movimientos de vanguardia que surgían en Iberoamérica, de izquierda y de derecha. 

Aparecieron también en los Cafés bogotanos un poco después Los Piedracielistas y Los Cuadernícolas. Y para cerrar el ciclo de grupos literarios asociados a Cafés bogotanos llegaron los Nadaístas, que en los años 1970 y 1980 se tomaron el Cisne y el Excelsior como lugar de operaciones. 


Café La Botella de Oro, en la Plaza de Bolívar de Bogotá. 
Foto: Biblioteca Luis Ángel Arango

 

La herencia del Automático

Mención especial merece el Café Automático. Este fue un producto directo del Bogotazo pues surgió de las cenizas del Café La Fortaleza, destruido el 9 de abril. El Automático fue para los años cincuenta lo que El Windsor para los veinte. Allí León de Grieff llegó al cenit de su carrera y se consagró como el intelectual por excelencia del Café bogotano, labor que ya había empezado con Los Panidas en el Café El Globo de Medellín. 

Desde El Automático se impulsaron revistas como Mito y Crítica, que buscaban la renovación de la literatura y la poesía para dejar atrás corrientes como el romanticismo, el realismo y el naturalismo, asociadas mucho más a la naturaleza y la vida bucólica, mientras que en los Cafés surgían los reflejos de una vida urbana. 

Esto comenzó en Bogotá con la publicación Castor y Pólux, de Clímaco Soto Borda y Jorge Pombo de la Gruta Simbólica, pero se consolidó a partir de los años 1920 con revistas como Los Nuevos, Universidad, PAN, Estampa, Sábado, Cuadernos de Cántico y la revista ECO en los años sesenta. 

Su dueño convirtió al Automático también en un café-galería donde encontraron refugio artistas como Ignacio Gómez Jaramillo y Omar Rayo, o pintores "antitrabistas" como Marco Ospina, Luis Robles, Marco Montaña, Otto Sabogal, Héctor Rojas, Pedro Hanne y Francisco Cardona. 

Además, El Automático permitió la entrada de las mujeres sin mayores restricciones. Era tal su fama de cuna de la cultura bogotana que Gonzalo Arango lo escogió para comenzar desde allí la colonización de Bogotá por parte del Nadaísmo. 

El Automático se mantuvo hasta los años 1980 y en su local sobre la calle 17 hoy están dos Cafés que se disputan su herencia. Su último dueño decía que en el segundo piso del Café iba abrir una sala de velación porque estaba viendo como poco a poco sus habitués iban muriendo.  


Contertulios del café El Automático: Juan Lozano y Lozano, León de Greiff, Ignacio Gómez Jaramillo,
Jorge Zalamea, Omar Rayo, entre otros.
 
Foto: Biblioteca Luis Ángel Arango

 

El final de una tradición

Para los años ochenta el café literario clásico bogotano estaba desapareciendo. Aunque en los directorios y guías de la ciudad aumentaban los listados de Cafés, estos eran lugares sin carácter, sin personalidad, prácticamente cafeterías sin alma.

Varias razones acabaron con el Café bogotano: la modernización de la ciudad, que reemplazó las viejas casonas por grandes edificios; el Bogotazo, en el que se quemaron varios de ellos; el inevitable crecimiento urbano, que hizo que Bogotá se volviera pluricéntrica; la inseguridad y la desolación nocturna. 

Desde septiembre de 2013 el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural, de la mano de María Eugenia Martínez, directora de la entidad y Olga Pizano asesora del equipo Bogotá en un Café, impulsa el programa Bogotá en un Café, para dar a conocer la historia de los Cafés que aún permanecen en el centro de la ciudad, como el Café Pasaje, el San Moritz, La Florida, La Romana, La Belalcázar y el Salón Fontana, que tienen entre cincuenta y setenta años. 

Adicionalmente, se quiere reconocer la labor de otros Cafés que tienen menos de diez años de fundación, como Rec Café Bar, Arte y Pasión Café, La Chata, Café Ibáñez, el Taller del Pan y Café Casa Galería. 

Estos espacios parecen ser los únicos sobrevivientes de los cambios de la ciudad. Aunque no son propiamente cafés literarios (pues estos murieron como murieron sus intelectuales), parecen mantener la esencia de una ciudad perdida. El Café San Moritz es tal vez el mejor ejemplo de ello, y por esto ha sido utilizado en varias ocasiones como locación de películas y series de televisión que recrean la ciudad de los años cuarenta.

En los Cafés de la primera mitad del siglo XX se veían juntos al intelectual, al embolador, al voceador de prensa, al lotero, al desempleado, a las coperas, a los estudiantes y a media Bogotá cuando en la ciudad llovía. Hoy en día se ve uno que otro embolador o lotero entrando a ofrecer sus servicios, pero el voceador de prensa es un personaje totalmente extinguido de la fauna de los cafés bogotanos, así como pronto lo serán las coperas que todavía sobreviven en cafés como El Mercantil. 

Los Cafés ya no son lugares exclusivos para los hombres. Las mujeres forman parte de su clientela habitual desde hace más de veinte años y ahora ellas se ven hasta en los fortines masculinos más sólidos como el Mercantil o el San Moritz. 

Desaparecieron los intelectuales y los cafés literarios. Sin embargo, hoy como ayer los cafés pueden ser lugar de estudio o de encuentro de estudiantes. Entre ellos está el futuro de la clientela de estos lugares. 

 

* Historiador de la Universidad Nacional de Colombia y miembro del programa Bogotá en un Café del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural. Especialista en investigación sobre historia urbana de Bogotá. 

 

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