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Rebeldía, protesta social y prácticas artísticas mariconas (queer) en convergencia

Escrito por Yecid Calderón

En días recientes surgieron nuevos modos de protesta desde la experiencia de los cuerpos disidentes. ¿Cómo afecta esto las formas tradicionales de protesta?

Yecid Calderón Rodelo*

Ballroom y disidencia sexogenérica

Durante las protestas en Colombia, un grupo llamado Piisciiss decidió ‘voguear’ frente al ESMAD como forma de protesta. Si entendemos el significado del vogue para las maricas, podremos entender el valor político de esta acción.

Alex Moore publicó el libro Ballroom Dancing en 1936. Allí hace énfasis en la importancia del género en los bailarines de salón. Para Moore en estos bailes el líder es el hombre. Él lleva la fuerza del movimiento y lo dirige, mientras que la mujer va detrás y es dúctil a los movimientos del varón.

Moore formalizó la experiencia de los bailes de salón del siglo XX que deja ver una jerarquía sexogenérica en la que hay un régimen del movimiento controlado por el hombre.

Este régimen se edificó sobre el postulado del binarismo sexogenérico de la época victoriana. El baile de pareja era una manera de cortejar y así se vinculó la danza y la búsqueda de una pareja sexual o amorosa.

Este es el origen del deseo de las sociedades contemporáneas de salir a bailar para ligar: el baile se hace en pareja y en ocasiones la pareja trasciende el salón de baile y culmina en el lecho. En la época victoriana el baile culminaba en el lecho matrimonial y en la reproducción.

Es claro que el coito reproductivo y heteropatriarcal anida en la médula de la cultura del baile, aunque no se reduce a esto.

Pero cuando la pareja no es heterosexual y el baile tiene otros intereses surge un problema. Si se aleja del binarismo sexogenérico, el baile de salón resulta improductivo.

Moore supuso en su libro que las parejas debían constituirse por un hombre y una mujer, cada uno con un papel asignado de acuerdo a su cuerpo. Como cabe esperarse de un hombre de su tiempo, en su imaginario dos personas salidas de los marcos del binarismo sexogenérico no podían bailar ni relacionare como pareja de otro modo.

El libro de Moore reproduce los prejuicios sobre el género y reitera una práctica política y una coreografía social que deja por fuera a las personas que no cumplen el papel que se les asignó de manera dogmática y heterosexista.

Un claro síntoma del binarismo sexogenérico de dominación masculina, heterosexista y homofóbica en el baile de salón es la aceptación del baile en pareja entre mujeres pero no entre hombres.

Pero en las redes y colectivos queer no se comparten las ideas de Moore. En las relaciones afectivas entre personas con identidad no binaria y con prácticas sexuales disidentes se desafía permanentemente cualquier modelo posible.

En las redes queer, los bailes de salón suelen denominarse el ballroom y el vogue. En el ballroom nace el vogue para estallar las normas y quebrar el imperativo proclamado por Moore.

Se trata de un desafío que produce una serie de lenguajes corporales en la danza de salón que deforman, subvierten y parodian el tema del género, el poder, la relación coital, el orden en la danza, la raza, la clase o de cualquier criterio que pretenda arrogarse el poder de gobernar los cuerpos en la pista de baile.

En otras palabras, las redes de afectos queer convirtieron el ballroom en un espacio para una clara acción de rebeldía.

El ballroom se convirtió en un lugar político en donde se negocian los cuerpos, las normas, los modos establecidos de la performatividad sexogenérica y se crea una revolución desde el gozo y la alegría.

Una guerra contra el patriarcado desde el encuentro contingente, la sencilla persecución del gozo, la construcción de un tipo de camaradería perecedera y de una amistad que acompaña, edifica y validan a las personas que salimos de la norma sexual.

En las redes queer, los bailes de salón suelen denominarse el ballroom y el vogue

Esta forma de amistad es rara por ser perentoria. Está sujeta a los avatares de los cuerpos excluidos, a las circunstancias frágiles y móviles de su sobrevivencia. Es una amistad más política y edificante que la amistad fraterna que promueve el patriarcado heterosexual, rica en promesas incumplidas y en acciones policivas.

El efecto de autoafirmación que este encuentro produce, trae para nosotras una depuración del detrito simbólico-social depositado sobre nuestros cuerpos, nombres y personas, mediante la construcción de comunidades (la familia en primer lugar) en donde se nos desaprueba, rechaza, burla, desprestigia y desconoce constantemente.

La pista de baile en el ballroom es el campo de una guerra sin batallas, es la paradoja de la guerra per se. Aunque parece una competencia de bailarines y de categorías identitarias, en realidad es el emplazamiento en donde provisionalmente se agita nuestra libertad tal y como es para cada una de nosotras, reconocidas por las demás personas en la danza.

El vogue

Las ‘vogueras’ emprenden una acción que surge desde el undergound de las redes afectivas, enmarcadas por el interés común en el ballroom y el vogue. Ese interés que crea familias de otra manera al construir un espacio de autoafirmación y una red de apoyo con otras personas excluidas. Dicha red hace posible el reconocimiento propio y afirma la performatividad del cuerpo disidente.

Desde los años 60 en los Estados Unidos los negros, latinos, migrantes, prostitutas y otros excluidos configuraron estas prácticas a manera de catarsis del dolor producido por la violencia del binarismo sexogénerico.

En el ballroom, el sujeto y su cuerpo se convierten en aquello que se desea, en tantas personas como se sueña ser. Esa magia desidentificatoria del vogue es la razón por la cual es una firme propuesta de rebeldía social.

La pista baile en el ballroom es el campo de una guerra sin batallas, es la paradoja de la guerra per se.

Al subvertir el concepto de sujeto, centrado en una identidad única y preestablecida culturalmente por las condiciones del cuerpo, se adoptan distintos modos de configuración del poder.

El cuerpo y la identidad se vuelven ficción, se convierten en una identidad ‘ficcional’ que transforma al yo en un centro de gravedad narrativa donde se es una modelo de pasarelas de la haute couture en París, una estudiante de bachillerato coqueta y popular, un caballero de Wall Street, o una supermodelo en sesión de fotos.

En el vogue cuenta la autenticidad con la que se apropia esa nueva identidad, la fuerza con la que brota esa performatividad intensa y que se percibe en primer lugar en el cuerpo mediante la pose, el gesto y la actitud. Estos podrían ser los principios performáticos de la identidad en el vogue.

Con estos principios la identidad se aleja por completo de cualquier identificación momentánea como la que acontece en el teatro, la danza, la lírica, el cine, los videojuegos y otras prácticas que apelan a la deformación de la identidad. Aquí no hay personaje ni alter ego, no hay máscara, sino una persona en su más intrínseca realidad.

Foto: Wikimedia Commons - Marsha P. Johnson.

La protesta

El vogue realizado en las protestas es una acción de transferencia que vincula a los grupos queer, sexual-disidentes y sexual-diversos, con otros grupos e identidades rebeldes en la marcha.

Aparecer en la calle en la mitad de la marcha, ‘voguear’ ante el ESMAD, orienta acciones estratégicas de la protesta social hacia los perfiles de la lucha social que tienen como propósito una democracia radical.

Así se vinculan las quejas de las redes de personas queer con las de otros colectivos y se hace palpable un grupo y un movimiento de conciencia único que recuerda que así como debe suspenderse la reforma tributaria, debe suspenderse el régimen patriarcal heterosexual y reproductivo.

Las Piisciis, como se llama el grupo de ‘vogueras’ más viral en las redes, lleva un mensaje que quizás no sea del todo claro, pero es evidente que se trata de vivir de otra manera, de cambiar la identidad; de atacar el capitalismo desde el margen y de adoptar un compromiso político con otras identidades subordinadas.

Este fue el sueño de nuestras madres precursoras, las maricas Marsha P. Johnson y Silvia Rivera: aprender a coexistir de otros modos, descolonizar el afecto y el deseo, vivir en comunidades que transcapitalicen los hábitos de consumo y modifiquen los modos capitalistas de relacionarse; empezando por la familia y siguiendo con la mentada amistad fraterna, las dos ultrapolicivas y normadas.

Con ese performance se menciona la exclusión a las personas diferentes y se demuestra el grado ideológico de la precariedad y la dependencia laboral para desactivarlo mediante la amistad política, la comunidad, las convergencias, la unión de los menos (que son las más), para hacer un derroche de lujos y comodidades sin precedentes y crear zonas de confort inventadas a capricho nuestro.

El cuerpo y la identidad se vuelven ficción, se convierten en una identidad ‘ficcional’ que transforma al yo en un centro de gravedad narrativa donde se es una modelo de pasarelas de la haute couture en París, una estudiante de bachillerato coqueta y popular, un caballero de Wall Street, o una supermodelo en sesión de fotos.

En la protesta social, los grupos de vogue le dijeron a la gente que no se necesita ser lo que se dice que debemos ser, si eso nos cuesta la vida, la alegría, la salud y la amistad.

Las Piisciis y las otras maricas que ‘voguearon’ en la protesta vincularon la reivindicación de los grupos de la disidencia sexual (sistemáticamente perseguidos por su anormalidad) con la de los grupos tradicionales de la protesta social.

Salir a la superficie de la vida política para mostrarse como un modo de lucha al lado de esas formas tradicionales de reivindicación de la macrofísica del poder fue permear la porosidad de esas prácticas, siguiendo el camino de una lucha incubada durante años en el subsuelo del poder por la disidencia sexual.

Hablo de las luchas cotidianas que las personas sexualmente disidentes tenemos a diario, primero con el opresor que habita en nosotros, que anhela lo que el consumismo dicta, y segundo con la cantidad de opresores que desaprueban esa identidad borrosa y versátil que tenemos.

Son estas las luchas que se conocen como revoluciones moleculares o luchas en la microfísica del poder, esta vez, anudadas con la protesta social mediante el vogue.

Este ejercicio fue una práctica de democracia radical que vinculó los sentimientos de indignación de los diversos grupos mediante una traducción afectiva ejecutada mediante la danza, la belleza, el glamour y la empatía.

Esta empatía fue el principal motivo de la viralización que tuvieron las Piisciiss en las redes sociales, un efecto producido por un cuerpo frenético sin identidad precisa, sin límite claro.

Si Alejandro Magno y Napoleón conquistaron territorios, las maricas construyendo redes de afectos desde los años 60 “conquistan” cuerpos y corazones, avanzan de manera lenta pero segura. Crean redes de personas concretas que traicionan el ideal regulatorio impuesto desde el heteropatriarcado capitalista.

Con estas redes de afectos quiebran el statu quo y el imperialismo global; o al menos, lo hacen ineficaz en un pequeño territorio, por un momento breve, pero que al sumarse a la protesta social, se convierte en un pequeño colapso de las modos de protesta heteropatriarcal.

Si Alejandro Magno y Napoleón conquistaron territorios, las maricas construyendo redes de afectos desde los años 60 “conquistan” cuerpos y corazones

Una conquista de las movilizaciones que invita a desdibujar las identidades y a corromper las prácticas excluyentes. Una acción contundente dado que no pretende obtener el poder convencional, ni apropiarse de territorio alguno, ni establecer regímenes disciplinarios que no surjan del interés común y de la voluntad general.

Por si fuera poco, exhorta a la apropiación de uno mismo y de su cuerpo, a la autoafirmación de su identidad borrosa y promueve la autocreación. Desde una perspectiva posmoderna y de la amistad política, esas acciones resultan ser edificantes; este es el más valioso poder e imperio que una persona puede llegar a conquistar.

*Foto de portada: Instagram Piisciis.

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