¿En qué queda la Cancillería tras la salida de Laura Gil?
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¿En qué queda la Cancillería tras la salida de Laura Gil?

Escrito por Mauricio Jaramillo-Jassir

Laura Gil representó un cambio en el manejo de la política exterior. Su salida deja interrogantes sobre temas estratégicos, a los que se suman los estragos del manejo “diplomático” de Petro a través de Twitter. ¿Qué sigue ahora?

Mauricio Jaramillo Jassir*

¿Y Laura?

La salida de Laura Gil como viceministra de Asuntos Multilaterales tiene dos lecturas: o bien se produce por desacuerdos naturales en el seno de un gobierno que ha privilegiado la pluralidad, o por profundos desacuerdos entre miembros del gabinete que hacen imposible la conducción de la política exterior.

Se puede pensar que el relevo de funcionarios obedece a disensos corrientes en la política, pero es prudente advertir que, cuando estas salidas se vuelven un común denominador, revelan disfuncionalidades más profundas.

Laura Gil era una de las caras visibles del compromiso del gobierno con una política exterior distanciada de las prácticas malsanas de gobiernos anteriores, que han usado a la cancillería como “caja menor” para el pago de apoyos. Asimismo, se tenía la esperanza de que por su recorrido y posturas en la academia y medios de comunicación encarnase la promesa de una política exterior feminista.

La salida del viceministerio, por estos motivos, ha producido inquietud.

La salida

Es prematuro hablar de una crisis dentro de la cancillería. El sensacionalismo de algunos medios y una oposición que aún no encuentra el rumbo, gritan a los cuatros vientos que todo es un caos, sin tener las bases suficientes para decirlo.

Laura Gil era una de las caras visibles del compromiso del gobierno con una política exterior distanciada de las prácticas malsanas de gobiernos anteriores, que han usado a la cancillería como “caja menor” para el pago de apoyos. Asimismo, se tenía la esperanza de que por su recorrido y posturas en la academia y medios de comunicación encarnase la promesa de una política exterior feminista.

En segundo lugar, y admitiendo que no haya una crisis, es innegable que en la Cancillería hay un vacío de liderazgo para gestionar temas que este gobierno ha convertido en emblemáticos. Como decir, el diálogo político latinoamericano, la migración, la integración energética, financiera y comercial y la defensa del medio ambiente.

Gustavo Petro hizo el anuncio ambicioso y pertinente de la necesidad de ampliar la Comunidad Andina a Argentina y negociar el retorno de Chile —que salió en el auge del pinochetismo en 1976— y Venezuela —que denunció el impacto de los Tratados de Libre Comercio de Colombia y Perú con Estados Unidos en 2006—.

Para la integración financiera, se sugirió poner en marcha una moneda regional, con antecedentes como el peso andino, o idear algún mecanismo de compensación binacional. Y se han hecho declaraciones enfáticas sobre un enfoque distinto para la lucha contra el abuso de las drogas, la descarbonización, y la defensa del ambiente.

Sin embargo, no parece haber un papel muy activo del canciller que debería liderar esos temas. La salida de Laura Gil significa un revés, pues era una de las caras visibles de algunos de estos cambios.

Y tercero, tal vez el asunto más complejo. El canciller está en una situación difícil por el manejo de la diplomacia a través de Twitter que ha escogido el presidente Petro.

Si bien este tiene réditos en la proyección del mandatario como líder regional, ha producido estragos en las relaciones bilaterales. Cuando el mandatario trina en favor de los derechos de quienes protestan en Perú, de las garantías procesales de Pedro Castillo o para criticar a Nayib Bukele, hay millones de latinoamericanos de a pie que se sienten representados con o sin proponérselo. Petro está llenando el vacío de liderazgo que América Latina arrastra desde hace varios años. No es anodino que se den manifestaciones de afecto fuera del país.

Pero esto no implica que su labor en política exterior sea exitosa, pues esa popularidad tiene efectos no del todo deseables.

Diplomacia de Twitter 

Esta política exterior de trinos tiene en pausa la relación con Nicaragua y Perú, dos Estados con los cuales Colombia está obligada a interactuar.

En abril del año pasado, la Corte Internacional de Justicia les recordó a las partes en litigio la necesidad de una negociación directa para adoptar un sistema de  protección para la población raizal afectada por la incertidumbre sobre el límite desde 2012, fecha de la sentencia que redefinió el mapa.

Tras el reciente comunicado donde Colombia califica a Nicaragua como un régimen autoritario —lo cual nadie duda y tiene respaldo en la realidad— y donde incluso pide acciones de la Corte Penal Internacional por el despojo de nacionalidad de más de 300 disidentes, queda la incógnita de cómo se negociará un marco de protección conjunta de las poblaciones en la zona.

Con Perú se tenía previsto un gabinete binacional para este mes que fue suspendido, ya que la embajadora designada por Colombia no ha podido presentar credenciales y los congresos no parecen en disposición de acercarse, a pesar de compartir temas de interés. Perú ejerce la presidencia de la Comunidad Andina, proyecto clave de la diplomacia colombiana y recibirá la de la Alianza del Pacífico en julio.

Estos impases tienen efectos que se deben remediar. La diplomacia es también sinónimo de negociación, renunciar al diálogo ha mostrado ser costoso en el pasado reciente.

A estos inconvenientes se suman injustificables nombramientos en embajadas, que contradicen la promesa de campaña y sugieren que aún no se abandona la práctica de pagar en nombramientos diplomáticos apoyos de campaña.

Hacia el futuro 

El gobierno tiene su favor la presencia de dos viceministros capaces que conocen el medio. Francisco Coy, de carrera, y la recién designada Elizabeth Taylor Jay de extensa trayectoria en temas ambientales y conocedora como pocas de la cuestión raizal, base fundamental del litigio colombo-nicaraguense.

De igual modo, las críticas a la labor exterior se explican paradójicamente porque el gobierno arrancó bien, incluso antes de su posesión, pero ha venido descuidando los temas.

Foto: Facebook: Gustavo Petro - La decisión del presidente Petro de manejar la diplomacia a través de Twitter ha causado estragos, por ejemplo, tiene en pausa la relación con Nicaragua y Perú.

Colombia tiene hoy un prestigio regional por la expectativa que despertó Petro, que de alguna manera sigue palpitando en el continente. A diferencia del resto de países que tuvieron ciclos progresistas, Colombia nunca tuvo un gobierno tan interesado por lo latinoamericano. Por lo que esa novedad le confiere a esta Cancillería una oportunidad que no se está capitalizando del todo.

El restablecimiento de relaciones con Venezuela fue un acierto que exige continuos esfuerzos para llegar a las metas que el propio gobierno se impuso —10 mil millones de dólares de intercambios—. Parece haber un terreno abonado en el que incluso Colombia podría facilitar el proceso de negociación, oficialismo y oposición, y participar de la recuperación tímida venezolana.

El proceso de paz con el ELN ha conseguido apoyos internacionales y la voluntad y compromiso de países acompañantes o garantes contrasta con algunas críticas desmedidas internamente. Varios sectores han olvidado lo difícil que resulta negociar y pontifican sobre la negociación, omitiendo que han sido más los fracasos, que los poquísimos casos donde movimientos han terminado por dejar las armas.

Colombia tiene hoy un prestigio regional por la expectativa que despertó Petro, que de alguna manera sigue palpitando en el continente. A diferencia del resto de países que tuvieron ciclos progresistas, Colombia nunca tuvo un gobierno tan interesado por lo latinoamericano. Por lo que esa novedad le confiere a esta Cancillería una oportunidad que no se está capitalizando del todo.

El controvertido discurso de Petro en la inauguración del periodo de sesiones de la Asamblea General de Naciones Unidas señaló un claro derrotero. Colombia debe, cuanto antes, reestablecer las relaciones con sus vecinos y volcarse a la integración latinoamericana —aprovechando la predisposición de los gobiernos de Argentina, Brasil, Chile y México—.

Solo así podrá encontrar un balance entre las promesas de campaña y los compromisos internacionales.

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