
¿Qué tenemos derecho a recordar? La memoria como terreno en disputa
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Si la memoria, además de viva, colectiva y rebelde, es involuntaria y está ligada a lo que somos, ningún régimen político puede arrancárnosla.
Hace ya más de una semana el Ministerio de Cultura del gobierno de Abelardo de la Espriella ordenó el retiro de 47 obras del Museo Nacional de Colombia, ubicado en la ciudad de Bogotá. Este acto, acompañado de una alocución en la que el mandatario reiteró su compromiso con la legalidad, la libertad, la institucionalidad y la democracia a través de la eliminación de toda apología al terrorismo de los espacios públicos, despertó una serie de movilizaciones, clases abiertas y conversaciones que rechazaron aquel acto de censura contra la memoria nacional y pusieron en el centro las preguntas sobre qué tenemos derecho a recordar y quiénes pueden relatar el pasado.
Lejos de seguir lógicas temporales y espaciales, y mucho menos de ser un asunto al que una sociedad se acerca de manera individual e individualista, la memoria nacional es una construcción colectiva en la que se entretejen distintas subjetividades, prácticas discursivas y formas de volver sobre el pasado. En ese sentido, el mensaje de la ministra Paola Holguín, afanado por promover una nación donde la cultura no sea un instrumento de adoctrinamiento político que fabrique versiones históricas oficiales, deja al descubierto una serie de incoherencias. Sobre todo, revela algo mucho más crítico que la imprecisión: el uso de un discurso propio de las luchas sociales para justificar una apuesta de poder en que la memoria es vaciada de su carácter vivo, comunitario y rebelde, para transformarse en un objeto quieto, convertido en vitrina de los valores familiares y morales, que exalta la misma historia oficial de próceres, líderes religiosos y figuras políticas contra la que esas luchas se levantaron.
Hilar la memoria: luchas, materialidades y el camino hacia lo público
Para entender la memoria desde su carácter vivo, comunitario y rebelde, es necesario ubicar el momento en que la discusión sobre el pasado dejó de ser un asunto de la historia escrita y avalada por las instituciones de poder y pasó a ser un campo de constante disputa, tensión y diálogo. En ese campo, las personas del común –especialmente las marginadas– empiezan a tener un papel activo en la producción de sentidos históricos y en la imaginación de futuros posibles. Las ciencias sociales identifican ese cambio como un giro subjetivo, que hacia las décadas de los sesenta y setenta permitió a distintos sujetos sociales narrar sus propios recuerdos a través de diarios, discursos y cartas, con la intención de revertir y cuestionar las versiones oficiales de la historia que las relaciones de poder les habían impuesto.
En el contexto colombiano, esa forma de memoria cobra fuerza en medio del conflicto armado, donde distintos grupos comunitarios y colectivos de víctimas, de la mano con organizaciones de la sociedad civil e instituciones no gubernamentales, empiezan a trabajar en la reconstrucción del pasado traumático para elaborar su duelo y denunciar violencias sistemáticas contra sus derechos humanos (Centro Nacional de Memoria Histórica, 2013).
Pero esos trabajos de la memoria, que hoy se exponen en telares, monumentos, insignias, archivos fotográficos y volúmenes testimoniales, tuvieron que tomar distintas formas y resistir a distintas violencias para llegar a la historia nacional. Mucho antes de convertirse en materialidades, esa construcción de memoria comunitaria pasó por conversaciones dolorosas en medio de toques de queda impuestos por los actores armados, por grupos de acompañamiento psicológico y por movilizaciones sociales. Solo en su época más reciente se volvió mural, frase y cifra, esas que llevamos con nosotros en el camino: el 6.402, el “Nunca más”, el “¿Quién dio la orden?”


También fue hace poco que esas memorias llegaron –y hace ya más de una semana desde que fueron retiradas– a las paredes del Museo Nacional de Colombia para cuestionar las versiones estáticas y heroicas del pasado. Allí, no podemos olvidarlo, junto con los trabajos de la memoria construidos en torno al conflicto armado colombiano, que hoy la actual “patria milagro” señala de apología al terrorismo, están las miradas críticas al período de La Violencia, el señalamiento de las políticas de Estado que desembocaron en el genocidio de la Unión Patriótica, la reconstrucción de los hechos que llevaron a la Asamblea Nacional Constituyente de 1991, las consignas con las que las mujeres buscadoras denuncian la desaparición forzada de sus familiares, el bolígrafo con el que se firmó el Acuerdo de Paz con las Farc y los símbolos que han acompañado décadas de lucha de la comunidad LGBTIQ+ por sus derechos.
Por eso, lo que está en juego no es solo el retiro de unas obras, sino la posibilidad de que las memorias que costó tanto construir sigan teniendo un lugar en el relato de la nación.
Y entonces ¿qué nos queda cuando no podemos recordar nuestro pasado?
Vuelven, y con más ruido, las preguntas sobre qué tenemos derecho a recordar y quiénes pueden relatar el pasado.
Desde una perspectiva que entiende la memoria como un proceso vivo, el retiro de las obras, aunque venga acompañado del vago discurso de la ministra de no impulsar culturas ni historias oficiales, significa dos cosas. Por un lado, la puesta en marcha de un plan de gobierno que no quiere confrontarnos con las complejidades y las múltiples voces de nuestra historia. Por otro, el desdibujamiento de unas luchas que tardaron años en lograr que esas memorias tuvieran un lugar en la historia nacional. Significa, también, la desaparición de la diversidad, del desacuerdo, de lo colectivo y de lo transformador en lo nacional.
Nuestras identidades, que según Elizabeth Jelin (2002) en Los trabajos de la memoria se construyen a partir de sentidos de pertenencia ligados a la capacidad de recordar y volver sobre el propio pasado, corren también el riesgo de volverse tan grises como los muros del Museo Nacional. Hacer memoria, y transformarla de ideas, palabras y números a materialidades y subjetividades, nos permite hacernos nuevas preguntas sobre quiénes somos. Recordar sobre gris; sobre patrias milagro; sobre valores familiares, morales y religiosos, es arriesgarnos a no cuestionar quiénes podemos ser.
Queda entonces, a pesar de todo y ojalá entre otras tantas posibilidades, una esperanza que Beatriz Sarlo (2000) menciona en Tiempo pasado: la involuntariedad de la memoria. Si la memoria, además de viva, colectiva y rebelde, es involuntaria y está ligada a lo que somos, ningún régimen político puede arrancárnosla. Esa involuntariedad es la que nos permite volverla contramuseo, contramemoria nacional y contrahistoria: formas accidentales de recordar que se tejen en conversaciones, telares, prendas y consignas, y que no necesitan permiso para existir, pero sí de nosotros para hacerse nuevamente visibles, materiales, nacionales.
Bibliografía
Centro Nacional de Memoria Histórica. (2013). Recordar y narrar el conflicto. Herramientas para reconstruir memoria histórica.
Jelin, E. (2002). Los trabajos de la memoria. Siglo XXI de España Ed. [u.a.].
Sarlo, B. (2000). Tiempo pasado. Cultura de la memoria y giro subjetivo. Una discusión. Siglo XXI Editores.
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Acerca del autor

Valentina Rodríguez Téllez
*Politóloga de la Pontificia Universidad Javeriana con énfasis en resolución de conflictos e investigación para la paz. Analista en el Observatorio Javeriano de Juventud, donde trabaja en proyectos de formación, consultoría e incidencia para promover y fortalecer el debate sobre juventudes en Colombia y la región.
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