
Que solo el dentista nos meta los dedos a la boca
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Esta es una invitación a escuchar con cuidado, a imaginar e indagar qué hay detrás de los sonidos que nos mueven.
Una presencia sonora inquietante
En el paisaje sonoro en el que me crie había una presencia que yo poco apreciaba y que, de hecho, aún me inquieta. Es la música que sonaba en algunas oficinas, en taxis con conductores intimidantemente amables o abiertamente hostiles (sin punto medio, pero siempre bien peinados), en las casas de algunos parientes y sobre todo en consultorios médicos, particularmente en el consultorio de la dentista.
Esta “música de dentistería”, como le decíamos en mi casa de infancia, tiene características recurrentes que posiblemente les puedan evocar una imagen sonora, o incluso una situación o una persona. Imaginen que de unos parlantes sale un vaho lleno de violines reverberados en almíbar, pianos tocando melodías etéreas en octavas paralelas, tremulantes órganos electrónicos, voces que tararean melodías inofensivas (a menudo conocidas), ecos de sonidos folclóricos con arpas y maracas, blanqueados con cloro.
La conciencia de la existencia de este género musical en espacios tan particulares pudo haber detonado el primer pensamiento sociológico que tuve en mi infancia con respecto a cualquier música. ¿Por qué existe esto? ¿Por qué la oyen en espacios tan particulares? ¿Por qué la oyen personas en las que yo logro entrever algunas características comunes?
Mis primeras hipótesis, a los diez u once años, fueron que era música (que veía como simplona y ridícula, igual que el nivel de mis propias apreciaciones) hecha para ocultar el sonido de la fresa en el consultorio, o incluso para aflojar los dientes. Nunca comprobé la veracidad de mis hipótesis. Mi mamá me dijo que supuestamente era para relajar a los pacientes, pero no le creí, el efecto era el opuesto en mí.
Poco después caí en la cuenta de los mensajes hablados que acompañaban las emisiones radiales de esta música: con voces aterciopeladas hablaban sobre el éxito en las ventas, sobre la excelencia, contaban con fría serenidad en las “noticias para ejecutivos” (como la mercancía del almacén Don Manolo) los indicadores bursátiles de Tokio, Nueva York y Londres. Esto me resultaba bien particular de oír en una oficina anodina en Bogotá, decorada en marrón y verde oscuro y, casi invariablemente, con una estatuilla o pintura de Don Quijote en su armadura sobre su rocín que ya no era tal, mientras a lo lejos sonaba el bullicio del chapinero comercial.
Más adelante, estudiando música en la universidad, por conocer la disciplina de los estudios del paisaje sonoro, me topé con una definición que el Manual de ecología acústica da en su entrada “Moozak” (pronúnciese músac): “Nombre genérico aplicado a toda clase de babeo musical esquizofónico en espacios públicos, frecuentemente diseñado para servir como un telón de fondo al provecho económico. No se debe confundir con la marca Muzak”. Una aclaración: lo esquizofónico se refiere a la separación entre un sonido (una voz, un sonido de un instrumento, etc.) y su reproducción a través de un parlante.
De ahí en adelante empecé a hacer conexiones entre música, discurso y personas. Empecé a ver en la gente que oía esa música a personas que querían separarse de su entorno rodeándose de un hálito de distinción, como lo hacemos todos, pero era un tipo de distinción bien particular: una distinción alrededor de un conformismo radical, de una estética muy regulada y de muy pocos riesgos, que lleva consigo una negación del gozo que puede traer la música, de una estética paradójica basada en la anestesia (otra conexión con la dentista). Mi mente, ya adolescente, empezaba a sospechar que había algo detrás de esta música antiséptica. ¿Por qué alguien puede querer oír música para no escuchar? Mis juicios morales y estéticos inmaduros solo arañaban la superficie de un fenómeno muy complejo y rico, con una historia larga y unas implicaciones sociales muy profundas, más allá del juicio estético o moral que pueden hacer un niño o un adolescente.

Música diseñada para no escucharse
La música funcional existe probablemente desde que existe la música, es aquella que usamos para algo, para ayudarnos a hacer una cosa; por ejemplo, podemos pensar en las canciones de trabajo afroestadounidenses. La música de fondo es un invento relativamente reciente, que ahora nos parece normal porque tenemos en nuestro bolsillo un dispositivo que nos permite acceder a cualquier música y reproducirla a un bajísimo costo, sin mayores consecuencias. Antes de la invención de la grabación o transmisión de audio había que traer personas de carne y hueso para que tocaran instrumentos o cantaran, lo que es dispendioso y caro.
En 1917, el compositor francés Erik Satie acuñó la expresión ‘Música de amueblamiento’ para caracterizar a unas piezas cortas que compuso, que estaban destinadas a no ser escuchadas, sino tocadas en bucle durante un período indeterminadamente largo, que se convertían en muebles sonoros. El compositor sugería diferentes situaciones en las que podrían ser tocadas, como un “Tapicería en hierro forjado, para un vestíbulo muy rico” o “Embaldosado fónico, para un almuerzo o un matrimonio civil”.
La industria del siglo XX aprovechó la idea de Satie y la despoja de su carácter satírico, usando tecnología moderna e investigación sobre el comportamiento humano, y la pone a funcionar para el Capital. La desaparecida compañía Muzak, la que mencionan en la definición citada antes, fue una potencia en esos “babeos musicales” que brotan de parlantes en espacios comerciales y laborales. Empezó a ofrecer sus servicios de radio por cable directo a locales y oficinas desde los años 30 del siglo pasado y tuvo su auge, no por coincidencia, entre los años 50 y 80 en Estados Unidos, tras el auge de posguerra, en plena Guerra fría.
Esta música se diseñaba con arreglos musicales hechos deliberadamente para que los trabajadores fueran más productivos y para impulsar el consumo en locales comerciales. Este mismo uso de música pretendidamente neutra, pero con objetivos funcionales claros, se extendió más allá de la sonorización de espacios por demanda y llegó a la radio abierta y a la industria discográfica, con las Mood musics, las músicas para estudio, para una tarde relajada, para cocinar y más. Aún hoy hay proveedores comerciales de música funcional al comportamiento en todo el mundo, incluso en Colombia, y aún queda una emisora en AM dedicada a esta música.
El fenómeno del moozak provocó reflexiones y reacciones en compositores como John Cage, que concibió en 1948 la idea de una pieza musical de silencio absoluto —a la que llamó Silent Prayer— para vendérsela a Muzak y ofrecerles a las personas un descanso de la escucha forzada; esa idea germinaría años después en su célebre 4’33, de 1952. Décadas más tarde, en 1979, Brian Eno acuñó la expresión ambient music para proponer una música que no busca llamar la atención, sino que sea algo “tan ignorable como interesante”.
Más allá de la curiosidad creativa que pueda provocar esta música funcional industrial hay unas implicaciones que poco mencionamos, pero que están ahí. Igual que todo arte, la música también es política y sus formas de uso por parte de quienes quieren ejercer la autoridad pueden ser muy sutiles.
Anestesia, antisepsia y poder
¿Dónde puede haber un ejercicio de poder en una música pusilánime por diseño, como el moozak? En eso mismo: en su infertilidad estética o simbólica. Al intentar separar un objeto artístico de su significado en relación con el contexto en el que nace, se le extirpa la carga política, se le quita la agencia que puede haber detrás del uso de un instrumento musical o un lenguaje, se le despoja de la resonancia de comunidad que puede existir en él. En este caso el objeto puede ser una canción, un género musical, una manera de cantar, que deja de ser un objeto vivo para convertirse en un objeto de consumo, de ostentación (más o menos conspicua, según el caso), deliberadamente vaciado de significado, neutralizado a las malas.
Las conexiones que empecé a intuir años antes se ven más claras: hay una estética, una estrategia y, más importante, una intención política en esta extrañamente familiar antimúsica. Es una música en constante huida: les huye a las palabras, al humor, al compromiso, a lo erótico, al significado; le huye al arte. Es una música de evasión. Pero, oído, no solo la música para ejecutivos puede ser víctima de este tratamiento.
Un botón de muestra es el género tropipop que, desde principios de este siglo, tuvo esa función de blanqueamiento y homogeneización de una mezcla ya indistinta de músicas populares del Caribe colombiano, principalmente, y se convirtió de algún modo en la música oficial del uribato, con un vago mensaje nacionalista (nunca incluyente ni comprometido), acentos regionales fingidos o disimulados, utilizando el álbum La Tierra del Olvido, de Carlos Vives (gran álbum, por cierto) como plantilla formal y sonora de la que poco se desvía el género, producida desde los medios asociados al poder y presentada con sombreros vueltiaos de fabricación industrial.
Aquí suspenden la programación hablada de las Emisoras de Paz para cambiar su contenido hablado por música programada desde la capital, y posteriormente se les cambia el nombre y se reemplaza el contenido por propaganda oficial. ¿Qué pensar de esto? ¿Qué música sonará? El día de la publicación de este escrito se sabrá.
Esta evasión y despolitización del arte sirve a agendas políticas a las que no les conviene que haya un tejido social fuerte, a las que no les conviene la comunidad, pero sí les convienen individuos solo en pos de su gozo privado y su superación individual, que son tropos que ganan fuerza con el fortalecimiento de discursos de ultraderecha en todo el mundo.
Antes que un juicio moral sobre un género musical que me inquieta, porque a cada cual le gusta lo que le gusta y le da un significado en su vida y su entorno, esta es una invitación a escuchar con cuidado, a imaginar e indagar qué hay detrás de los sonidos que nos mueven, porque puede haber poderes operando y no necesariamente les interesa nuestro bienestar o el de las comunidades a las que pertenecemos.
Que solo el dentista nos meta los dedos a la boca, hasta tiene música para eso.
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Acerca del autor

Daniel Prieto
*Músico compositor, docente.
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