El pueblo raizal deberá liderar la reconstrucción de Providencia y Santa Catalina (Providence y Ketlina) - Razón Pública
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El pueblo raizal deberá liderar la reconstrucción de Providencia y Santa Catalina (Providence y Ketlina)

Escrito por June Marie Mow
June-Marie

Es hora de que el gobierno le apueste a la defensa de los conocimientos, tradiciones y deseos de las comunidades afectadas por el paso del huracán Iota para la construcción de islas más resilientes.

June Marie Mow*

Islas vulnerables e ignoradas

La lejanía del resto del país, su diminuto tamaño, el acelerado crecimiento demográfico, el abandono estatal, y la escasez de recursos han dejado a las islas de San Andrés, Providencia y Santa Catalina en una posición sumamente vulnerable.

A mediados de octubre, la ONU señaló que en los últimos 20 años los desastres naturales por inundaciones y tormentas se han duplicado en el mundo entero. El desinterés de la comunidad internacional por el cambio climático está perjudicando a nuestras islas. El paso de los huracanes Eta e Iota por Colombia puso en evidencia que pertenecer a la OCDE no implica darles un buen manejo a los recursos naturales ni invertir en la prevención de desastres como este.

Al abandono estatal y el desinterés de la comunidad internacional, hay que agregarle las nefastas consecuencias que ha traído consigo el modelo de Puerto Libre en San Andrés. Además de afectar la identidad cultural del pueblo raizal y de promover el éxodo masivo de personas a la isla, disparando los índices de hacinamiento, este modelo propicia que los turistas opten por paquetes ‘Todo incluido’ que le dejan poco o nada a los habitantes locales.

Durante siglos, el gobierno colombiano ha impuesto modelos continentales que ignoran el contexto económico, social y cultural de las islas. Hasta ahora, todos los esfuerzos por “acercar” el Archipiélago al resto del continente han fracasado porque el gobierno no se ha esforzado por reconocer y proteger los derechos humanos del pueblo raizal.

En vez de contribuir al progreso de las islas, las políticas establecidas por el gobierno han socavado la soberanía alimentaria (basada en la pesca y agricultura) y la seguridad hídrica (basada en la cultura de cosecha y el almacenamiento de aguas lluvias) de nuestras comunidades. En el fondo, estas políticas buscan la asimilación del pueblo raizal, debilitan nuestras tradiciones y aumentan la vulnerabilidad de las islas.

Sabiduría perdida

Los abuelos y las abuelas cuentan que nuestros ancestros sabían que los fuertes vientos del norte que se originan en los meses de diciembre y enero, y las tormentas tropicales de la temporada ciclónica del Atlántico, que aparecen entre el primero de junio y el 30 de noviembre, forman parte del ciclo natural de la vida insular, por lo cual el pueblo raizal ajustó sus rutinas y costumbres a ese ciclo.

También cuentan que los raizales conocían la fuerza destructora de los huracanes, y los superaron muchas veces sin ayuda externa. Por ejemplo, las tormentas de los años 30 y 40 provocaron el desbordamiento de los arroyos Lazy Hill, Bowden y Gammadith en Providencia y ocasionaron algunos daños en las viviendas de las islas, pero no tuvieron efectos dramáticos gracias a la sabiduría de los raizales. Lamentablemente, sus conocimientos ancestrales se han ido perdiendo con el paso del tiempo, y nuestra relación con los ancestros y sus conocimientos se ha debilitado considerablemente.

Durante siglos, el gobierno colombiano ha impuesto modelos continentales que ignoran el contexto económico, social y cultural de las islas

Alertas ignoradas

En los últimos cien años, muchos huracanes han amenazado nuestras islas: algunos las han rondado, otros las han rozado, y otros, como el huracán Joan de 1988, se han “estacionado” muy cerca de ellas. Antes de Joan, fue Hattie en 1961, y después fueron César en 1996 y Mitch en 1998. Este último causó por lo menos 20.000 muertes y dejó más de 8.000 personas desaparecidas en Centroamérica.

En 2005 llegó Beta, y causó estragos en las islas, pero gracias a la barrera de coral relativamente bien conservada por nuestros ancestros, logramos evitar efectos catastróficos. Ese había sido nuestro encuentro más cercano con un huracán hasta que, en noviembre de este año, Eta tocó la puerta e Iota entró con fuerza a nuestras islas. Como dijo un amigo, “no fue un desastre, sino una hecatombe”. Muchos lo perdieron todo.

Sin duda, la reconstrucción de la infraestructura de las islas llevará años o quizás décadas, especialmente si queremos recuperar el sello raizal de la cultura caribeña y anglosajona que caracterizaba nuestra arquitectura, y el entorno vegetal que contrastaba con el azul turquesa del mar.

Aún me parece increíble que después de tantas alertas (Hattie, Joan, César, Mitch y Beta), el gobierno no se esforzara por prevenir este tipo de desastres. No hubo prevención, preparación ni protocolos.

Foto: Presidencia de la República Las alertas tempranas fueron ignoradas y ahora se debe atender una catástrofe.

Las advertencias de nuestros vecinos

En los últimos años, nuestros vecinos caribeños nos mandaron advertencias de todo tipo. Los siguientes extractos lo confirman:

Sabíamos, entonces, que podría haber una primera vez en San Andrés y Providencia.

El gobierno colombiano decidió ignorar todas las advertencias de nuestros vecinos caribeños. No hay otra explicación posible para la falta de prevención y planeación en nuestras islas. Los mandatarios no han hecho nada para reducir nuestra vulnerabilidad ante este tipo de fenómenos. Si le hubiéramos prestado atención a nuestros vecinos, esta tragedia habría podido ser evitada o, por lo menos, mitigada.

¿Qué deberíamos hacer?

“¿Qué estás haciendo?”, le pregunté al mono cuando vi que sacó un pez del agua y lo puso en la rama de un árbol. “Estoy salvándolo de perecer ahogado” me respondió. Esta fábula africana nos recuerda la importancia de identificar las necesidades de los demás antes de tratar de ayudarlos, pues si no lo hacemos, podemos perjudicarlos a pesar de tener buenas intenciones.

Antes que nada, es importante reconocer y agradecer la solidaridad de ciertos sectores de la comunidad internacional, y de muchos colombianos. Sin ustedes, esta tragedia sería aún peor. ¡Gracias!

Sin embargo, la solidaridad de unos pocos no será suficiente para superar esta catástrofe.
Es hora de que entendamos la complejidad de la situación, y busquemos soluciones verdaderamente efectivas. Para empezar, es necesario que dichas soluciones tengan en cuenta el conocimiento y los deseos de los ancianos, ancianas, hombres, mujeres, niños y niñas del pueblo raizal. Sería un error poner en marcha modelos continentales tecnocráticos que niegan nuestras particularidades, nuestro conocimiento, y nuestras aspiraciones.

Es hora de tomarnos en serio el cambio climático, y de recuperar la infraestructura física y los ecosistemas terrestres, marinos y costeros de nuestras islas. Para lograrlo, debemos fomentar y fortalecer la resiliencia de nuestra comunidad, pues solo así podremos garantizar la permanencia de las tradiciones y creencias que se han visto gravemente amenazadas por la construcción del Puerto Libre.

Como señalé anteriormente, el Puerto Libre causó que la población creciera de forma exponencial en muy poco tiempo, debilitó la cultura raizal, y dañó la economía local. Es hora de empoderar a todos los habitantes de las islas, fortalecer su sentido de pertenencia, y devolverles lo que el Puerto les ha quitado.

El plan de reconstrucción debe ser elaborado por y para el pueblo raizal, pues solo así será posible satisfacer nuestras necesidades y rescatar nuestros saberes y tradiciones. Debemos transformar la desesperanza y el miedo en esperanza y fortaleza para construir el futuro que todos soñamos. Es hora de aliarnos con actores estratégicos del sector público y privado que nos ayudan a partir de las iniciativas locales a rediseñar la educación, el orden social, la salud, los sistemas de saneamiento básico, ambiental y la economía y la incorporación de energías alternativas en nuestras islas.

Sería un error poner en marcha modelos continentales tecnocráticos que niegan nuestras particularidades, nuestro conocimiento

Es hora de que el gobierno colombiano pague la deuda histórica que tiene con el pueblo raizal, y expida normas y políticas acordes a nuestro contexto. Es la oportunidad perfecta para que los mandatarios cumplan, de una vez por todas, el artículo 310 de la Constitución: es hora de que se comprometan a proteger la identidad cultural del pueblo raizal.

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