Producción científica en las universidades: ¿cómo estamos? - Razón Pública

Producción científica en las universidades: ¿cómo estamos?

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El debate sobre la calidad de la educación en el país tiene varias aristas. Una de ellas puede ser el informe anual SCImago sobre la producción científica de las Instituciones de Educación Superior. Este texto analiza algunos de los resultados.

Julio César Zuluaga*

¿Por qué leer el informe?

El informe SCImago de 2014, (periodo 2012-2008), sobre la producción científica de las Instituciones de Educación Superior (IES) en Iberoamérica fue publicado recientemente. Los resultados son importantes para Colombia porque permiten comparar nuestra producción de conocimiento con las de de otros países en un estadio similar de desarrollo.

Es importante involucrar a toda la comunidad científica en la formulación de las políticas de producción de conocimiento; pero esto supone que la comunidad se despoje de su actitud arrogante e inquisitiva frente a los agentes de política.

El informe arroja nuevas luces para el debate en curso sobre la calidad de la educación colombiana,  además de las tocantes a la construcción de capacidad científica, tecnológica y de innovación; a regalías de Ciencia, Tecnología e Innovación (CTI); a inversión en ciencia básica versus ciencia aplicada, al nuevo sistema de medición de grupos de investigación de Colciencias, y a cuestiones similares.  

En un país donde la política educativa, científica y tecnológica se formula y ejecuta de modo desarticulado y con poco sustento en evidencias, es conveniente revisar los datos de este estudio comparativo.


Universidad de Antioquia, en Medellín.
Foto: Edwin Zacipa

Las que más publican

El SCImago no constituye un “ranking” de universidades, como de forma ligera se presentó en algunos medios. Es una clasificación basada en el número de publicaciones y n su ponderación según el grado de influencia de la revista respectiva, según los datos registrados en la base “Scopus”. El informe ofrece indicadores como las redes de colaboración internacional, el impacto científico y la especialización temática de estas organizaciones.

En el ámbito nacional (cuadro 1), las universidades con mayor número de artículos publicados en revistas académicas (columna O) son:

  • Nacional de Colombia (6.077),
  • de Antioquia (3.187),
  • de los Andes (2.423),
  • del Valle (1.676) y
  • Javeriana (1.425).

En la columna IBE se observa que las tres primeras IES colombianas ocupan los puesto 38, 75 y 90, respectivamente. Teniendo en cuenta las universidades de Latinoamérica (columna LAC), los puestos pasan a ser el 18, 37 y 46.

Para tener una idea de la magnitud del rezago del país, el primer puesto en Iberoamérica y Latinoamérica lo ocupa la Universidad de Sao Paulo, con un total de 51.283 documentos (8 veces más que la Nacional de Colombia). El segundo y tercer puesto lo ocupan las Universidades de Lisboa y Nacional Autónoma de México con 20.712 y 20.531, respectivamente.

Tabla 1. Fuente: SIR Iber Colombia 2014.

Inserción internacional

No menos interesante, en términos de inserción en redes internacionales de investigación, es el indicador “% IC”, o porcentaje de la producción de la IES publicada en colaboración con IES fuera del país. Según este dato, la más internacionalizada entre las cinco primeras universidades de Colombia es la de los Andes (56 por ciento), seguida de cerca por la de Antioquia (49 por ciento) y la del valle (48 por ciento). En Iberoamérica, las universidades de Sao Paulo, Lisboa y Nacional Autónoma de México tienen el 26, 48 y 40 por ciento, respectivamente.

Tener un alto o bajo porcentaje no es positivo o negativo. Estos datos indican que cada país se encuentra en una fase –y emplea una estrategia− distinta de producción científica. Un alto porcentaje puede obedecer a la búsqueda de colaboraciones como un modo de  desarrollar aprendizajes y adquirir experiencias o conocimiento no disponibles en el contexto local.

Por ejemplo, una universidad como la de Sao Paulo, que tiene 51.283 artículos, solo tiene 26 por ciento en colaboración internacional; mientras tanto Los Andes, registra 2.423 artículos y un 56 por ciento en colaboración: son dos universidades con grados de desarrollo y estrategias diferentes. Este es un punto a tener en cuenta en las políticas, para evitar sesgos en el momento de evaluar -o financiar- a las IES.


Universidad Antonio Nariño.
Foto: Wikimedia Commons

El círculo virtuoso

Colombia ocupa un lugar prestigioso entre las IES latinoamericanas, pese al rezago evidente frente a algunos países de la región.

Dentro de Colombia ocurre algo parecido. La mayoría de las IES están rezagadas en relación con las tres universidades líderes, al menos en términos de producción científica. En comparación con  países como Brasil y Chile, puede decirse que aquí es mayor la concentración de la producción científica en unas pocas IES.

En efecto: las líderes están ubicadas en las tres ciudades principales (Bogotá, Medellín y Cali); son las más grandes y las que tienen más recursos para investigar, lo cual redunda en más reputación social y más capacidad atraer estudiantes, profesores calificados e incluso financiamiento público. Es un círculo virtuoso que pone en desventaja a las universidades medianas o ubicadas en regiones apartadas.

Un caso desconcertante

Más allá del problema de los recursos están los de calidad, impacto y relevancia de la producción científica.

En este punto sería bueno analizar el caso de la Universidad Antonio Nariño. Es una IES  mediana y relativamente poco conocida en el país, que sin embargo ocupa el puesto 18 entre las IES colombianas, con 260 artículos, y una proporción muy alta de colaboración internacional (83 por ciento).  En otro indicador, el Impacto Normalizado (NI) – donde se tiene en cuenta el número de citaciones de los artículos- esta universidad logra 6,4, mientras que las tres primeras universidades de Colombia tienen  0,57, 0,69 y 1,67, respectivamente. No menos, en el indicador de publicaciones de alta calidad (columna %Q1), la Antonio Nariño logra un valor bastante alto (62.3), mientras que la Nacional, de Antioquia y los Andes llegan a 21, 27 y 39, respectivamente. Lo mismo ocurre con el indicador Ratio de Excelencia %Exc que mide el porcentaje de producción científica de una institución incluida en el grupo de trabajos más citados de su campo científico; la Antonio Nariño tiene un 40 por ciento frente a un 4, 6 y 16 por ciento de las tres primeras del país.

A pesar de estos porcentajes, y de que los datos la ponen por encima de las universidades líderes, la Universidad Antonio Nariño no está dentro de las tres primeras del país.

Y al final… más temas de debate

A todas luces, más allá de este ejercicio rápido y parcial sobre algunos hallazgos del informe SCImago, necesitamos  seguir discutiendo y llevar al espacio de las políticas públicas los problemas tocantes a la productividad de las inversiones, al impacto y a la relevancia de la investigación científica en Colombia.

Por ejemplo, en el debate sobre regalías todavía no es claro, como algunos sostienen, que la inversión deba concentrare en las regiones con universidades líderes, sobre todo porque existen sanas sospechas sobre a la productividad, impacto y relevancia de la producción de estas universidades.

También existen preguntas sobre el tipo de conocimiento que deben producir las IES, como decir:  

  • Deben tratar de aumentar el número de artículos en revistas indexadas internacionalmente, o deben orientarse a producir patentes o registros de diseño industrial con aplicaciones comerciales.
  • Deben reforzar los vínculos entre las IES nacionales o los nexos con universidades extranjeras.
  • (En 2013 asistimos a debate tan intenso como estéril sobre si el país debería hacer investigación básica o aplicada).
Más allá del problema de los recursos están los de calidad, impacto y relevancia de la producción científica.

Comunidad y planeación

Por otro lado, es importante involucrar a toda la comunidad científica en la formulación de las políticas de producción de conocimiento; pero esto supone que la comunidad se despoje de su actitud arrogante e inquisitiva frente a los agentes de política.

Por ejemplo, el cambio del modelo de medición de Colciencias, donde de los 219.482 investigadores registrados en sus bases, apenas 1.092 opinaron sobre la construcción de este modelo. No estamos pensando como comunidad. Y si embargo nadie distinto de la  comunidad científica podrá convencer a la opinión y a los agentes de política que la inversión en ciencia y educación es rentable, guste o no guste ese concepto.

No menos, se necesita entender que la política científico-tecnológica no es tan racional, tan sin fricciones y tan exenta de incertidumbres como se piensa a menudo. Necesita de   planeación a largo plazo, pero también de ensayo-error y análisis de los datos, con seguimiento constante y capacidad de adaptación y corrección, donde converjan los actores directamente interesados y quienes posean conocimiento relevante. Pero urge sobre todo  articular los diferentes actores del sistema educativo y científico-tecnológico para  formular  una ley general de CTI.

 

* Historiador de la Universidad del Valle, estudiante de doctorado en Administración de la Universidad de los Andes e investigador visitante en el Jackstädt Center for Entrepreneurship and Innovation Research, University of Wuppertal (Alemania).

juliocesarzuluaga83@yahoo.com

 

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