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¿Es posible que las políticas sociales se basen en la ciencia?

Escrito por Álvaro Guzmán
Alvaro Guzman Razón Pública

En medio de la pandemia y los programas sociales novedosos que intentan atenderla, la respuesta de Max Weber a esta pregunta crucial vuelve a cobrar relevancia a cien años de su muerte.

Álvaro Guzmán Barney

Del ser al deber ser

Al cumplirse los cien años de su muerte, el pensamiento del gran sociólogo alemán Max Weber está más vivo que nunca. Su erudición y el gran número de textos que integran su obra monumental me impiden intentar siquiera una mirada de conjunto, así que he optado por traer a cuento un artículo relativamente corto que es fundamental para las ciencias sociales, su relación con la política social y las posibilidades de una teoría crítica, anclada en los principios del conocimiento científico y desligada de usos políticos: “La objetividad del conocimiento en las ciencias y la política sociales” (texto del cual existen dos traducciones).

Se trata de la introducción, escrita en 1904, para el primer número de la revista Archiv Für Sozialwissenschaft und Socialpolitik, en la que el autor presenta la “línea editorial” y se pregunta cómo debe proceder una revista que adhiere a los principios de la ciencia y al mismo tiempo quiere incidir en la política social.

Esa diferenciación entre el ser y el deber ser no estuvo presente en los orígenes del pensamiento científico, sino que es un producto de la modernidad. De aquí que Weber parta de la tesis común, según la cual una ciencia empírica no puede preocuparse por decirnos qué hacer: la ciencia se ocupa de las cosas como son, y lo que decidamos hacer con sus hallazgos es asunto nuestro. Esta es la idea que Weber irá matizando a lo largo de su extenso artículo.

El problema de los valores

A diferencia de las ciencias naturales, en las ciencias sociales están presentes los juicios de valor. No, en principio, los valores del investigador, pero sí los de las personas, grupos o sociedades que investiga; el ejemplo más común es el de las “acciones con sentido” es decir, de aquellas cosas que hacen las personas para lograr un objetivo que consideran deseable (utilizar una máquina para volar, votar para tener un buen gobierno, rezar para ir al cielo…).

Para mantener su objetividad, el científico social puede limitarse, según Weber, a una crítica “técnica” es decir, a juzgar si los medios usados por la gente se adecúan o no a la finalidad que dicen buscar. También se puede hacer una crítica “substantiva”, aunque formal, de la consistencia de los valores; por ejemplo, ¿será que la persona o sociedad aplica el mismo rasero en situaciones donde la lógica indica que debería aplicarlo?

Pero, muy importante en la perspectiva weberiana, no se puede juzgar la validez intrínseca de esos valores, porque ellos son “un asunto de fe”.

En busca de la objetividad

Ni la alternativa “técnica” ni la “sustantiva” resuelven pues el problema planteado. Para hacerlo necesitamos volver sobre la orientación de valor como parte constitutiva de las ciencias sociales.

Una posible solución es adoptar una cierta neutralidad, a partir de la presentación ecléctica de posiciones intermedias. Weber rechaza claramente esta manera de entender la objetividad en las ciencias sociales (en el lenguaje de hoy diríamos que no basta con decir que el gobierno tiene la mitad de la razón y sus opositores tienen la otra mitad).

Por el contrario, Weber propone hacer explícito un cierto punto de vista valorativo unilateral, su relación con la ciencia y su conexión con la política social. En consecuencia, los editores de la revista no pueden impedir que en sus artículos se expresen juicios de valor. Pero si deben velar porque se haga consciente al lector de las implicaciones de los juicios de valor, del paso de terreno de las afirmaciones científicas al terreno evaluativo y normativo.

Foto: Wikimedia Commons PORTADA Sin duda los aportes de Weber sobre la objetividad en las ciencias sociales son fundamentales hoy.

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Realidad y conceptualización

El asunto es más complejo, ya que Weber reconoce que los valores están presentes en el desarrollo mismo de la ciencia, al punto que una actitud de “indiferencia moral” no forma parte ni es condición de la objetividad científica. ¿Por qué razones?

Una ciencia social es objetiva sólo si hace una selección analítica de los problemas que le interesan, y esto implica desarrollar un punto de vista unilateral. Así, un hecho socioeconómico no posee esta cualidad por sí mismo u “objetivamente”; es más bien el resultado del interés cognitivo del investigador que lleva a su definición.

En el plano individual del investigador, se presenta por tanto el vínculo entre la conceptualización científica de un problema y la adhesión a una serie de valores, normas y motivos que el científico tenga para ejercer su oficio. Sin las ideas valorativas del investigador no sería posible un conocimiento con sentido de la realidad concreta. Esta orientación de valor no está presente sólo en la delimitación del problema; también en su despliegue, en el análisis y construcción del conocimiento.

Pero, ¿qué distingue entonces al pensamiento científico? De manera sintética, siendo abusivo con Weber, diría en una frase que esta diferencia consiste en el “ordenamiento analítico de la realidad empírica”.

Aquel ordenamiento de la realidad se hace mediante las herramientas metodológicas que el propio Weber diseñó para las ciencias sociales, comenzando por el “tipo ideal” o descripción simplificada de, digamos, un empresario calvinista para entender el impacto de esta religión sobre el capitalismo. Y aquel “ordenamiento de la realidad” prosigue con la contrastación de los tipos ideales con la evidencia empírica e histórica, la explicación de los hechos concretos y las inferencias que de allí se puedan desprender.

Los tipos ideales

Estas son construcciones conceptuales que buscan entender la singularidad histórica analizando “el sentido” de las acciones y el marco legal que las condiciona (por ejemplo, el empresario calvinista cree que el éxito económico demuestra que uno está “predestinado” al cielo, y el calvinismo inspira ciertas normas jurídicas que ayudan a ese éxito).

Los tipos ideales abarcan de manera exagerada partes de una realidad concreta que es infinita en sus posibilidades de conocimiento. En medio de los aspectos valorativos ya mencionados, el tipo ideal se apoya en un razonamiento lógico, en la comprensión clara de las relaciones entre los hechos, por ejemplo, entre los motivos y las acciones, y en una explicación argumentada de cómo se encadenan los acontecimientos.

Este ejercicio conceptual no puede conducir a resultados subjetivos, en el sentido de que sean válidos para una persona y no para otras. Es la importancia de la argumentación.

Foto: International Business Consulting La discusión sobre la objetividad y el papel del científico social son muy importantes en un momento como el que vivimos.

No al marxismo

La concepción “materialista de la historia”, como una visión del mundo que implica relaciones casuales inevitables en la historia concreta de las sociedades es rechazada sin ambages por Weber, no sólo por el papel decisivo o único que Marx atribuye al factor económico, sino además por las inferencias de todo orden que los marxistas suelen hacer de este axioma.

Por eso dice Weber que la Revista está interesada en los fenómenos económicos, pero además en aquellos que son económicamente relevantes o están condicionados por la economía. Esta profunda diferencia conceptual con Marx no impide que Weber reconozca que la construcción ideal-típica más importante para entender la sociedad es la teoría marxista, tal y como se expresa en El Capital (inferencia mía). Por eso espera el autor que en la Revista se presenten discusiones alrededor de la obra del “gran pensador”. Valora la capacidad explicativa de su construcción ideal-típica, y lo pernicioso y errado que resulta pensar que conceptos como el de plusvalía (fundamental en la obra de Marx) sean “empíricamente válidos o reales”.

El interés de la Revista es desarrollar una “ciencia empírica de la realidad concreta”. Pero, según lo dicho, esto sólo es posible por medio de un trabajo teórico, especialmente analítico. No propone la adopción deductiva de principios universales. Tampoco visiones sistemáticas de la cultura (que otros grandes autores han usado para sus explicaciones). Los tipos ideales, por ejemplo, no son un objetivo de conocimiento sino apenas un medio para entender mejor la realidad empírica. Ciertamente esto no excluye sistematizar los conceptos y ponerlos en discusión, como lo hace Weber en las primeras páginas de su monumental “Economía y Sociedad”.

Weber y la academia de hoy

En muchas discusiones y textos académicos se ha querido identificar a Weber con la defensa de la “neutralidad valorativa”.

En este corto escrito he tratado de mostrar que el planteamiento de la “objetividad” en las ciencias sociales no tiene nada que ver con la “neutralidad valorativa”. Para Weber, la “objetividad” no se puede desligar del mundo de los valores, que hacen presencia de diversas maneras en la conceptualización científica. Pero —no menos importante— Weber es sumamente cuidadoso y riguroso al distinguir y separar entre el ser y el deber ser, entre la realidad que es objeto de las ciencias sociales y las ideologías o valores personales del científico social.

Por otro lado, he de decir que la enseñanza de la sociología en muchas universidades no ha escapado al error de creer que la “teoría sociológica” se reduce a lo que dijeron en su tiempo autores como Durkheim, Marx o el propio Weber. No hemos entendido que la teoría es ante todo un medio para la investigación y comprensión de realidades históricas concretas: esta fue la enseñanza de Weber.

Mencione la crítica de Weber al materialismo histórico para apuntar también a la importancia y alcance del “pluralismo académico” que tanta falta hace en nuestro medio. Weber expresa sus diferencias con Marx con toda claridad, pero saluda la capacidad explicativa del pensamiento marxista y abre las páginas de su Revista a sus seguidores, siempre que lo hagan con responsabilidad académica para con los lectores.

Weber, como parte del problema metodológico que plantea, también se inscribe él mismo en un marco valorativo que impregna su obra y que se desprende de una visión del mundo. Hoy parece de la mayor importancia reivindicar el papel del sujeto en la construcción de la sociedad. La posibilidad de ver en el individuo un espacio de libertad y de indeterminación. Hay una reivindicación del sujeto, si se quiere de un cierto liberalismo, frente a los totalitarismos que han signado la historia de los últimos cien años.

Weber fue un visionario.

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