Philip Roth, Los hechos: Autobiografía de un novelista* - Razón Pública
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Philip Roth, Los hechos: Autobiografía de un novelista*

Escrito por Fernando Urueta

Philip Roth, Los hechos: Autobiografía de un novelista

Fernando Urueta

Philip Roth nació en 1933, en Newark, una ciudad industrial del estado de Nueva Jersey situada a pocos kilómetros de Nueva York. Sus abuelos habían emigrado de Europa del este, de Galitzia y la Rusia polaca, y llegado a Estados Unidos durante la oleada migratoria de finales del siglo XIX. Su madre era ama de casa; su padre, agente de seguros. Creció en el seno de una familia judía y adelantó sus primeros estudios en un colegio público para judíos, en Weequahic, un barrio judío de clase media baja. Tras graduarse del instituto en 1950 y pasar brevemente por los preparatorios de Derecho de un college estatal, estudió Lengua Inglesa en Bucknell, una pequeña universidad de Lewisburg, Pennsylvania, y una maestría en la Universidad de Chicago, donde más tarde, aunque muy joven todavía, a los veintitrés años, inició su carrera como profesor universitario.

El primer libro de Roth, la colección de relatos Goodbye, Columbus, se publicó en 1959. Los hechos: Autobiografía de un novelista, casi treinta años después*. Entre uno y otro, había escrito catorce libros de ficción, una recopilación de ensayos y entrevistas, y otros cuantos artículos, dramas y cuentos no recogidos en libros. Goodbye, Columbus lo hizo conocido en Estados Unidos de una manera particular. Le valió el National Book Award de narrativa y, entre otros, los elogios de Saul Bellow, uno de los mayores novelistas estadounidenses del siglo XX. Pero al mismo tiempo lo enfrentó a la más adusta oposición social que haya despertado alguno de sus libros, no integrada por gentiles, hombres y mujeres no judíos de uno u otro extremo del espectro, sino por eminentes rabinos y judíos de clase media que lo acusaban de ser un antisemita y de suministrar "combustible" al antisemitismo. Los hechos apareció inmediatamente después de la publicación de La contravida (1986), cuarta novela de una serie cuyo narrador es Nathan Zuckerman, personaje de ficción, especie de alter ego de Roth -un "cerebro alterno" lo llama él-, también nacido en los años treinta, estadounidense, judío y novelista. Según Roth, esta serie, cuyas tres primeras novelas fueron El escritor fantasma (1979), Zuckerman desencadenado (1981) y La lección de anatomía (1983), constituyó una réplica aplazada a las acusaciones de antisemitismo que desató su primer libro, una cristalización de ese conflicto público en un drama de desacuerdos familiares.

Los hechos es el manuscrito autobiográfico de Roth precedido por una carta suya dirigida a Zuckerman y seguido por la carta de respuesta del personaje. La historia es esta: durante el período de meditación posterior a una fuerte depresión, Roth enfoca su atención en recordar dónde y cómo había comenzado, en qué momento había despegado el "lado maníaco" de su imaginación. En vez de hallar un momento único originario, encuentra "una historia de orígenes múltiples". Y la escribe. Su niñez y su adolescencia en casa; el alejamiento de la casa paterna y los años de universidad; la difícil relación matrimonial con la mujer de sus sueños; el enfrentamiento con la comunidad judía a raíz de la publicación de Goodbye, Columbus, y la experiencia liberadora de finales de los sesenta que desembocó en El lamento de Portnoy (1969), la novela que lo dio a conocer en Europa y que lo hizo célebre en Estados Unidos. Gracias a este esfuerzo de escritura, luego de haber estado al borde de la disolución mental y afectiva, Roth se siente nuevamente unido a sus propósitos, "vuelto a comprometer con  la vida". Duda, sin embargo, del valor del manuscrito, de si vale la pena publicarlo, así que se lo envía a Zuckerman pidiéndole una opinión franca al respecto.

El manuscrito autobiográfico de Roth tiene características de romance. Por ejemplo, el recuerdo nostálgico de un pasado idealizado, una secuencia de hechos o aventuras como elemento esencial de la trama y un personaje central sin conflictos interiores o cuya evolución interior es imperceptible para el lector. Su forma general también es la de un romance, es decir, una búsqueda que se consuma en varias fases: el idilio juvenil del héroe, aun dominado por sus padres, pero al abrigo de amenazas exteriores como el antisemitismo; luego el viaje peligroso y las aventuras preparatorias, esto es, las experiencias sexuales e intelectuales en la universidad; después el combate decisivo, en este caso doble, con el fanatismo religioso y con una esposa mentirosa y resentida, que al final muere, como suele morir en el romance el personaje antagonista; y por último la exaltación del héroe victorioso, el escritor "decidido a ser un hombre absolutamente independiente", a no dejarse arrebatar su libertad por ningún motivo. Incluso tiene trazas de romance la contraposición moral entre el héroe inocente y sus enemigos, los coléricos y sectarios judíos que lo acusan de antisemita y la mujer que inventa un embarazo para obligarlo a casarse.

Obviamente, el narrador del manuscrito adopta una retórica de sinceridad que casa muy bien con todo esto, el tono confesional propio de una autobiografía. Sin embargo, a pesar de ese tono y de la insistencia de Roth, en la carta a Zuckerman, en que el manuscrito lo presenta "sin disfraz", pues dice estar cansado de las máscaras, las distorsiones y las mentiras, visto en conjunto, Los hechos sigue un modelo literario arraigado en una tradición de literatura imaginativa: enviar a alguien un manuscrito precedido por una carta en la que se explican las vicisitudes que llevaron a él. Pero en este caso el modelo no cumple su función tradicional, crear una apariencia de verdad, hacer creíble lo que se cuenta, sino la contraria, poner en duda la verdad que parece rezumar toda autobiografía, puesto que ese alguien a quien se le envía el escrito es un personaje novelesco.

Esta ironía formal, a través de la cual se difumina la frontera entre realidad autobiográfica y ficción, es reforzada por la respuesta de Zuckerman, un muy buen ejemplo del sarcasmo repetitivo que distingue a los narradores de Roth. Aquí, el sarcasmo se debe a que las observaciones críticas del personaje son, esencialmente, una autodefensa de su existencia literaria. Uno de los motivos para escribir sobre sí mismo, dice Roth, fue haber escrito tanto sobre Zuckerman a lo largo de una década, y sobre Portnoy y Kepesh y Tarnopol, el cansancio de tener que dorarles a otros la píldora para que aceptaran existir. Zuckerman le recomienda que no publique el manuscrito precisamente porque le sale mucho mejor escribir sobre otros, encarnar la propia experiencia en la representación de un personaje, que informar con escrúpulo sobre su vida. Él y Portnoy y los demás, asegura, le sirven para desligarse de su biografía y escribir libremente, sin la preocupación de hacer daño, sin la vergüenza de la revelación, sobre sus propias crisis y manías. "Quien posibilita que te destripes implacablemente, quien te hace de médium en los verdaderos enfrentamientos contigo mismo…, soy yo". Y sobre este motivo vuelve una y otra vez, desde distintos ángulos, su argumentación.

A quien escribe una autobiografía, dice Zuckerman, no se lo juzga desde un punto de vista estético, sino desde un punto de vista moral: no importa qué tan bien cuenta la historia, sino qué tanto se acerca a la verdad. El manuscrito autobiográfico de Roth falta a la verdad no solo porque oculta algunas cosas y miente sobre otras, sino también porque, al personalizar la experiencia en vez de personificarla, cierra el camino que la imaginación le abre al conocimiento. El trabajo del novelista consiste en entrelazar los hechos con la imaginación: esa es su puerta de acceso a la realidad; lo que aquí se intenta es desentrañarlos, y en buena medida es lo que se consigue: "un destilado de los hechos que renuncia a la furia imaginativa". Sin embargo, esta renuncia no genera una mayor fidelidad a los hechos, como aduce Roth en la carta de presentación, sino simplemente una disminución de su carga dramática, una evasión de los conflictos interiores y los desacuerdos familiares. Por ejemplo, los escasos comentarios que hace Roth sobre sus padres están henchidos de respeto, comprensión y amor filial, y solo de reojo mira el conflicto con su padre o la insatisfacción que generaba en él el moralismo judío del hogar. Vaciar los hechos de su carga dramática no lo acerca a la verdad, pero sí lo inhibe de explorar libremente las diversas facetas que constituyen una personalidad humana. Por eso, lo que obtiene el lector de esta autobiografía es la imagen de un Roth parcial, incompleto. Lo que pasa por franqueza y fidelidad a los hechos es más bien una danza de los siete velos. De ahí la categórica conclusión de Zuckerman: el autobiográfico "es, seguramente, el más manipulador de todos los géneros literarios".

La distancia irónica frente al romance de juventud, por la remisión del manuscrito a un personaje novelesco y por el contenido de la respuesta de este, conecta Los hechos con la tradición del Quijote y de Madame Bovary, es decir, la tradición de la novela como parodia del romance y de sus ideales. En todo caso, el libro de Roth es difícilmente comparable con novelas autobiográficas como Infancia, de J.M. Coetzee, y Una historia de amor y oscuridad, de Amos Oz, que se permiten una exploración profunda de los conflictos interiores y de los dramas familiares de sus personajes. Permitirse esto en Los hechos, según la carta de presentación de Roth, habría sido un exceso de imaginación impropio, si se tienen en cuenta las pretensiones de verdad del género autobiográfico. Este exceso de imaginación, de acuerdo con la respuesta de Zuckerman, constituye la infinita superioridad de la novela en su exploración de la realidad. En esto, justamente, radica el valor del libro. Los hechos es una reflexión crítica sobre la autobiografía que asume los problemas formales del género, y al mismo tiempo es una elocuente defensa de otro género, la novela, y de sus pretensiones de conocimiento. 

* The Facts: A Novelist's Autobiography se publicó por primera vez en 1988. En 1989 apareció una  traducción al español, de Jordi Fibla, que difícilmente se encuentra hoy en bibliotecas colombianas. La nueva traducción, publicada en el 2008 y reeditada el año pasado, es de Ramón Buenaventura.

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