Petro y la desinformación: matices | Silvia Serrano | Razón Pública

Petro y la desinformación: matices

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Hay dos tendencias cada vez más claras en las estrategias persuasivas del presidente Gustavo Petro. 

Una es el uso de nociones abstractas para hacer subsunciones convenientes a sus objetivos y que se presentan como conclusiones irrefutables. Esto se ve más o menos así: “Mandato popular”: lo que hace el gobierno, incluyendo las reformas y todos sus detalles. “Establecimiento”: quienes se oponen o critican en mayor o menor grado al gobierno progresista. 

La otra estrategia es la de exagerar situaciones que tienen algo de cierto, pero a las que les da un alcance mayor, con un dejo de victimización. Esto pasa, por ejemplo, con la insinuación de que el Congreso es el que bloquea el cambio. Por supuesto que hay quienes en el Congreso se van a oponer a todo lo que proponga el presidente y lo van a hacer con la pobreza argumentativa que los caracteriza. Pero tanto la reforma tributaria como los avances de la pensional muestran que lo del bloqueo institucional para evitar el cambio no es exactamente así. 

La forma en la que el gobierno se relaciona con la “desinformación” es un buen ejemplo de ambas tendencias. Aunque la desinformación es un problema global que va de mal en peor y es una realidad en algunos medios de comunicación colombianos, a veces el presidente califica como desinformación cosas que no lo son, y a veces sobredimensiona la cuestión. 

Una muestra la semana pasada fue respecto de la intención del gobierno de volver a exigir que migrantes de Venezuela tengan el pasaporte al día para ingresar y permanecer en Colombia. Varios medios de comunicación difundieron un borrador de resolución publicado por la Cancillería que claramente iba en esa línea. Esto desató críticas y expresiones de preocupación (entre las que me incluyo), a lo que la primera respuesta del gobierno fue un escueto trino del presidente diciendo que “no es cierto” que se exigirán pasaportes a este grupo de migrantes. Sólo después de que el presidente se quejó injustificadamente de los medios de comunicación, el canciller Murillo respondió, pero trasladando la responsabilidad a sus funcionarios. 

Tranquiliza que la resolución haya sido retirada – porque sería un retroceso en materia de derechos humanos – pero el caso muestra que la prioridad del presidente fue señalar a los medios de comunicación por difundir el borrador de resolución, en vez de preocuparse por dar una explicación oficial de si era cierto que el gobierno estaba considerando ese cambio tan problemático y de las razones que lo justificaban. Parece un tema menor pero no lo es. El trino del presidente generó una hostilidad significativa contra los medios que, en esta ocasión, no era fundada porque las noticias fueron claras en decir que era un borrador. De hecho, lo que hicieron estos medios fue positivo, porque así nos enteramos de una mala idea, pudimos criticarla y llamar la atención del gobierno que, al final, tuvo que retractarse. 

Con las reformas a los sistemas de salud y de pensiones el presidente también ha insistido en la desinformación. Aunque la ha habido, exagerar la cuestión le es funcional al gobierno para no asumir su cuota de responsabilidad en la confusión. El presidente Petro tiene un estilo de discurso rimbombante que puede sonar seductor, pero que es tan reiterativo y genérico que en sus alocuciones no contribuye a dar las claridades que la gente necesita sobre los impactos de las reformas en sus vidas. 

A esto se suman las formas erráticas de comunicación. El fracaso de la reforma a la salud dio lugar a una secuencia de pronunciamientos desafortunados. Una de las primeras reacciones del presidente fue sorprender con la propuesta de convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente que generó un fuerte rechazo y que, por su tenor, ameritaba una muy buena justificación que todavía no ha llegado. Cada comunicación posterior fue más enredada que la otra y hasta ahora el presidente mantiene un lenguaje ambivalente sobre el tema. Luego vinieron las intervenciones a algunas EPS que, con razón, generaron pánico y caos informativo. El presidente empezó a hablar de esas intervenciones de forma ofuscada y fragmentada y a través del peor medio posible: una red social cuyas características ya conocemos. Otro ejemplo fue el tarifario que el Ministerio de Salud publicó por error y que causó un alboroto innecesario. 

Por último, no hay que dejar de lado que los silencios oficiales también son caldo de cultivo para la desinformación. Hay muchos temas en los que el presidente ha evadido dar explicaciones satisfactorias. Por ejemplo, dio una respuesta muy pobre a las preocupaciones sobre los gastos de la primera dama. Ha guardado silencio ante cuestionamientos por designaciones de personas que no tienen experiencia, que son sus amigos personales o que tienen serias denuncias de violencia de género. Muy seguido da pie a la especulación cuando incumple compromisos sin dar razones. 

Es válido que el gobierno denuncie la desinformación cuando la hay. Pero que eso no le impida revisar su papel en el problema. Y las comunicaciones oficiales deberían ser el mejor antídoto en vez de contribuir. Ojalá mejoren. 

Acerca del autor

Silvia Serrano

Abogada, experta en derecho internacional de los derechos humanos. Co-Directora en el Instituto O´Neill para el Derecho y la Salud Nacional y Global de la Universidad de Georgetown, donde también es profesora adjunta.

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Abogada, experta en derecho internacional de los derechos humanos. Co-Directora en el Instituto O´Neill para el Derecho y la Salud Nacional y Global de la Universidad de Georgetown, donde también es profesora adjunta.

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