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Persiguiendo fantasmas: el toque de queda de noviembre

Escrito por César Caballero
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Ninguna autoridad ha hecho un balance del toque de queda; no han dado explicaciones. ¿Fue un estado de excepción? La estrategia parece ser el olvido.

Cesar Caballero*

El primer toque de queda desde 1977

El 22 de noviembre del 2019, el presidente Iván Duque decretó un toque de queda para Bogotá; inicialmente cubría a algunas localidades, pero después se extendió a toda la ciudad.

Grandes protestas sociales —que incluyeron varios cacerolazos— fueron el contexto de esta medida; los ciudadanos expresaron espontáneamente su rechazo a varias medidas del gobierno nacional y a desmanes de la Fuerza Pública.

Los bogotanos aceptamos y cumplimos la medida. Nos encerramos en nuestras casas. Y empezamos a recibir señales sobre la inminencia del peligro. Las redes sociales se inundaron de mensajes sobre la presencia de «vándalos» que entraban a las casas o conjuntos residenciales; se decía «ya llegan», «se están metiendo». Las declaraciones de algunos dirigentes políticos se sumaban al temor, zozobra, inseguridad y, en últimas, al terror.

Hasta ahora, en agosto del 2020, ni el gobierno nacional ni ninguna autoridad ha hecho un balance del toque de queda; tampoco han dado explicaciones. La estrategia parece ser el olvido.

Para recordar que eso pasó e intentar que no se repita del mismo modo, adelantamos una indagación junto con el concejal a Diego Cancino y su equipo de trabajo sobre lo que sucedió esa noche. La titulamos como esta columna: Persiguiendo fantasmas, sobre lo que pasó la noche del toque de queda en Bogotá.

Los disturbios que no fueron

Después de varios meses de trabajo, podemos constatar distintos hechos:

  • No hay una sola persona judicializada por los sucesos de ese día;
  • Las autoridades no reportan ningún detenido por vandalismo durante esa noche;
  • Ninguna entidad ha ofrecido o intentado ofrecer algún balance sobre la jornada;
  • Las cifras que nos entregaron en respuesta a nuestros derechos de petición son inconsistentes;
  • Hay contradicciones entre el presidente y la Policía sobre los patrullajes mixtos.

Un mecanismo excepcional

Un toque de queda es una medida excepcional del Estado, que restringe muchos derechos de los ciudadanos. Por eso debe usarse con muchísimo cuidado. La Constitución de 1991 intentó limitar el uso de los estados de excepción. Durante la vigencia de la Constitución de 1886, su uso se convirtió en la «nueva normalidad», y todos los gobiernos decretaron estados de excepción: fueron el mecanismo «normal» de la administración pública para enfrentar casi todas las situaciones.

En respuesta a eso, uno de los avances de la nueva Constitución fue intentar que los estados de excepción no fueran «normales» en Colombia. El gobierno tiene la potestad de decretarlos cuando considere que las circunstancias lo ameritan, pero se espera que lo haga de manera responsable y frente a evidencias ciertas y claras.

Hoy sabemos que los tales «vándalos» fueron fantasmas ¿Por qué las autoridades tomaron esta medida tan drástica para controlar a unos grupos de personas que, según ellas mismas, no existieron?

Si el gobierno fue engañado —al igual que muchos medios de comunicación que ayudaron a difundir la medida y los miles de personas que replicamos las alertas sobre vándalos—, ¿por qué no hay ninguna investigación?

Foto: Alcaldía de Bogotá Se presentaron algunos desmanes durante las protestas, pero no hay registros de altercados en la noche del 22 de noviembre.

Instrumento mal usado

Los estados de excepción no deberían ser la norma, pero el actual presidente parece estar cómodo con ellos.

Aparte del toque de queda del 22 de noviembre, ha decretado dos estados de emergencia por la pandemia y ordenado un confinamiento de varios meses. Además, todos los alcaldes han impuesto medidas restrictivas de los derechos de los ciudadanos y, como resultado, vamos a completar cerca de seis meses en condiciones anormales.

Hablamos con varios testigos; manifiestan que no hay protocolos claros sobre un toque de queda y que no se han definido las funciones de las distintas autoridades. No sabemos si se decretó por razones justificadas; no sabemos cómo fue el comportamiento de las autoridades ni si toda la ciudad lo respetó. Es decir, se utilizó un instrumento sin saber cómo hacerlo, cómo funciona ni cómo evaluar sus resultados.

Hay una seria contradicción entre el presidente y la Policía Metropolitana sobre los hechos. El primero ordenó el patrullaje nocturno entre el Ejército y la Policía; después dijo en rueda de prensa había sido exitoso.

Tenía sentido ordenarlos, pues la Policía parecía necesitar refuerzos y, aunque no sea la función constitucional del Ejército, sí puede apoyar a la Policía en caso de necesidad. Solo el presidente puede autorizar esa medida.

Duque afirmó que habría patrullajes mixtos; pero la Policía Metropolitana de Bogotá, respondiendo a un derecho de petición, dice que no se hicieron. Además, los videos de la ciudadanía y del mismo Ejercito muestran la presencia de este último, pero no parece haber ningún miembro de la Policía.

Tanto la administración nacional como distrital cuentan con entidades especializadas en los temas de seguridad y en la evaluación de políticas públicas. Deberían aprender sobre esta situación para actuar mejor en el futuro. Es alarmante que hasta ahora ni siquiera se haya intentado. El olvido no es una buena estrategia para mejorar políticas públicas.

No basta con que las medidas sean legales; se necesita que sean justificadas, legítimas y eficaces. La única manera de saber si una política pública excepcional —como el toque de queda— es una evaluación comprensiva, independiente y rigurosa; pero hasta el momento no se ha intentado.

Vándalos, fantasmas y conspiraciones

Los vándalos de esa noche son como los fantasmas: todos hemos oído hablar de ellos, algunos creyeron verlos y a todos nos asustaron. La analogía se extiende a que no se ha probado que existan y a que algunos los promueven para alimentar narrativas de conspiración y miedo.

Esa noche cundió una sensación generalizada: «los vándalos se están metiendo a los conjuntos»; ninguna entidad, ni siquiera por curiosidad o error, ha intentado esclarecer si existieron ni quién propagó esta idea. Los videos, audios y mensajes sí existen, aunque no sabemos cuáles son reales y cuáles no. El colapso de la línea 123 por demasiadas llamadas es algo de público conocimiento; la Alcaldía tiene esa información.

También hay registros de video sobre actuaciones de la fuerza pública que dejan muchas dudas. No sabemos si son ciertos o no, si corresponden a esas fechas o fueron grabados antes; tampoco se documenta este tipo de sucesos en Bogotá o en otras ciudades.

El exalcalde Peñalosa señaló públicamente que podría ser una estrategia coordinada de un grupo político concreto para incitar al terror; prometió investigaciones y revelaciones. Ninguna se concretó, pero su hipótesis de trabajo puede ser una línea válida para intentar dilucidar lo sucedido. El tema de los vándalos parece haber pasado y algunos quisieran que los olvidáramos; pero es importante seguir recordando, preguntando y pidiendo las investigaciones y explicaciones, para que no nos vuelvan a engañar con fantasmas.

Puede consultar aquí Persiguiendo fantasmas, sobre lo que pasó la noche del toque de queda en Bogotá, una investigación de Diego Cancino y César Caballero.

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