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El peligro de la automedicación para tratar la COVID-19

Escrito por Carlos Alberto Calderon Ospina

Con la COVID-19, se ha exacerbado la pandemia de la desinformación médica. ¿Por qué es importante que todo medicamento tenga sólida evidencia científica?

Carlos Alberto Calderón Ospina, M.D.*

La pandemia de la desinformación

Con la COVID-19 llegó otra pandemia tanto o más peligrosa: la pandemia de la desinformación y del desconocimiento de la evidencia científica.

Líderes de todas las orillas políticas han alentado a los ciudadanos a automedicarse, y la desinformación ha llegado a tal punto que se ha promovido incluso la ingesta de desinfectantes como medida para prevenir o curar la enfermedad.

Pero, ¿por qué es importante que todas las medidas que se tomen para prevenir o curar el virus estén rigurosamente basadas en la ciencia?

La importancia de la evidencia científica

La Medicina Basada en la Evidencia (MBE) es el movimiento que promueve el uso consciente y explícito de los métodos mejor sustentados a la hora de tomar decisiones para cuidar la salud.

Este movimiento surgió como una reacción contra la investigación basada en estudios observacionales, que suele tener sesgos metodológicos importantes, así como la práctica clínica basada exclusivamente en la experiencia personal.

Entre otras cosas, la MBE ha sabido discernir entre las terapias útiles para tratar el Virus de la Inmunodeficiencia Humana (VIH) de las que no lo son. Su trabajo fue definitivo para que el VIH dejara de ser una infección invariablemente fatal, y se convirtiera en una enfermedad crónica con la que las personas pueden vivir.

Así mismo, la MBE ha permitido determinar los métodos de tratamiento más eficaces y seguros para condiciones como el asma, la diabetes mellitus y la hipertensión arterial, entre muchas otras enfermedades. Este movimiento ha contribuido a asegurar vidas más longevas y ha mejorado la calidad de vida de los pacientes.

Los pilares de la MBE

La MBE se fundamenta en dos pilares: los Estudios Clínicos Aleatorizados (ECAs) y las revisiones sistemáticas y meta-análisis de estos estudios.

Los ECAs son experimentos clínicos controlados, que buscan obtener resultados confiables asignando aleatoriamente los sujetos que participan en la investigación de dos grupos de estudio. Esta asignación permite que los pacientes de cada grupo sean lo más similares posible y elimina la posibilidad de que un investigador o un paciente prefiera un tratamiento sobre otro.

Los estudios consisten en que un grupo recibe el tratamiento de prueba (intervención), mientras que el otro recibe placebo (control). Mediante criterios de inclusión y exclusión muy detallados y una aleatorización cuidadosa, los investigadores minimizan el impacto de otros factores que por sí mismos podrían explicar diferencias en los desenlaces (esos son los llamados factores de confusión).

También se controla el uso de terapias concomitantes y se realiza un seguimiento estricto para garantizar la adherencia al tratamiento asignado. El diseño “a doble-ciego”—donde el investigador tampoco sabe quién pertenece al grupo de intervención y quién al de control—minimiza el sesgo de observación. Así, se evita que el investigador sobrestime los efectos benéficos de la intervención.

De tal forma, si al final del estudio hay diferencias en un desenlace específico, como por ejemplo algún caso de mortalidad entre los grupos del estudio, estas solo podrán atribuirse al uso de la intervención que está siendo probada.

Foto: Departamento de Estado La Medicina Basada en Evidencia permite tener mucho más control sobre los efectos de los medicamentos en los pacientes.

No hay tratamiento para la COVID-19

En un escenario como el actual, en el que se busca desesperadamente una cura para la COVID-19, es fundamental que los tratamientos estén basados en evidencia científica.

A pesar de que hay varios ejemplos de medicamentos que se han recomendado para el manejo de la COVID-19, me centraré en los más populares: la Hidroxicloroquina (HCQ) y la Ivermectina.

Primero, es necesario considerar que estos son medicamentos reposicionados para la COVID-19. Esto significa que normalmente se destinan para tratar otras condiciones, como la malaria, algunas enfermedades reumáticas —en el caso de HCQ—y una amplia gama de enfermedades parasitarias —en el caso de la Ivermectina—.

Para demostrar la eficacia y la seguridad en el manejo de esas enfermedades, tanto la HCQ como la Ivermectina completaron todas las fases de desarrollo de un medicamento, que incluyen una fase preclínica y tres fases clínicas, la última de las cuales estuvo basada en Estudios Clínicos Aleatorizados (ECAs).

Es decir, estos fármacos solo pudieron adquirir el estatus de medicamentos para enfermedades como la artritis reumatoide o las helmintiasis después de un cúmulo de información recogida entre 10 y 12 años y un compilado de evidencia clínica de alta calidad.

Pero, en el caso de la COVID-19, no cualquier resultado de estos medicamentos puede considerarse como una alternativa para tratar el virus. El reposicionamiento de este tipo de medicamentos únicamente será aceptable como alternativa terapeútica para COVID-19 cuando se limite a los ECAs, es decir, cuando haya suficiente evidencia científica.

El primer paso en falso

La historia de la HCQ muestra el peligro de promover medicamentos sin sustento médico.

Líderes políticos como Donald Trump y Jair Bolsonaro promovieron su uso, y sus recomendaciones partieron de reportes anecdóticos que distan del rigor metodológico de los ECAs. Irresponsablemente, promovieron este medicamento como cura de la enfermedad, sin esperar a la conclusión de los ECAs que estaban en curso.

Las consecuencias no se hicieron esperar: la automedicación alcanzó cifras sin precedentes hasta el punto de llevar al desabastecimiento de HCQ en varios países. La comunidad científica se dividió entre férreos defensores y opositores de esta terapia, quienes ante la falta de evidencia clínica de buena calidad apelaban más a las pasiones que a los estudios para sustentar sus afirmaciones.

Poco después vino el fraude científico del doctor Mandeep Mehra, que señaló un aumento de la mortalidad en pacientes con COVID-19 que usaron este medicamento. Sus afirmaciones enardecieron aún más los discursos en contra y a favor, y finalmente vimos una luz esclarecedora cuando se detuvieron de manera definitiva los brazos de los dos ECAs de referencia a nivel global con HCQ por falta de eficacia en el tratamiento de COVID-19.

La lección más importante que dejó la corta historia de la HCQ durante la pandemia es que debemos ser cautos y pacientes frente a las recomendaciones basadas en estudios distintos de los ECAs, pues son estos los únicos que permiten arribar a conclusiones válidas sobre la eficacia de una intervención.

Por eso no deja de sorprender el entusiasmo de algunos mandatarios locales en Colombia que promueven la Ivermectina para tratar la COVID-19 sin evidencia clínica de buena calidad que respalde su uso en esta indicación. Para no ir más lejos el alcalde de Cali, Jorge Iván Ospina, dio luz verde al suministro de la Ivermectina para el tratamiento de los pacientes con COVID-19.

Este uso indiscriminado por fuera de los ECAs, en los cuales los pacientes son conscientes de los posibles riesgos y beneficios de su participación en el estudio, es irresponsable y poco ético, pues promueve el uso de medicamentos sin eficacia probada pero con una serie de efectos adversos bien documentados.

Los efectos adversos

Los niveles de evidencia de la MBE están organizados en forma de pirámide. En el nivel más bajo y, por lo tanto, menos confiable, están la opinión de expertos, las editoriales periodísticas y los artículos de opinión.

Desafortunadamente, los videos de YouTube de supuestos médicos que recomiendan determinadas terapias suelen viralizarse en redes sociales. Sin embargo, no dejan de ser eso: simples opiniones.

Aparte de ser baratos y accesibles, tanto la Ivermectina como la HCQ tienen un común denominador: fueron promovidos bajo la falsa presunción de que, como no había evidencia en su contra, eran útiles para el control de la COVID-19.

Esta conducta podría ser aceptable si no fuera porque la HCQ tiene un riesgo importante de producir arritmias cardiacas, problemas visuales y anemia por destrucción de glóbulos rojos. Por su parte, altas dosis de Ivermectina pueden llevar a un intoxicación neurológica.

Por lo tanto, no es ético ni aceptable recomendar terapias para la COVID-19 —ni para ninguna enfermedad— sin evidencia clínica sólida basada en ECAs de buena calidad —por muy urgente que sea el hallazgo de un medicamento útil para el control de la enfermedad—.

Debido a la ausencia de una terapia eficaz para las formas leves de COVID-19, es fundamental sumar la “no automedicación” a las demás medidas de autocuidado, que incluyen el uso del tapabocas, el lavado frecuente de manos y el distanciamiento social.

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