Paradoja de Uribe, desafíos de Santos
Compartir:
¿Por qué el gobierno de Uribe fue tan popular –y por qué tuvo críticas tan fuertes? Un análisis penetrante de la psicología de los colombianos y de los dos modelos de país que hoy se están enfrentando. Más allá de los cambios tecnocráticos que hasta ahora ha anunciado, el presidente Santos tiene un gran desafío cultural.
Francisco Thoumi *
I. La paradoja
Popularidad al tope
El gobierno de Álvaro Uribe Vélez que terminó el 7 de agosto deja planteada una paradoja notable. Por un lado, no hay duda de que Uribe ha sido el presidente más popular desde que la popularidad y la favorabilidad se han medido estadísticamente en el país. Tampoco cabe duda de que de haber sido candidato presidencial otra vez, hubiera sido reelegido abrumadoramente. En efecto, al sucesor de Uribe, escogido por él, lo favoreció una enorme mayoría con la consigna de que continuaría con los programas y lineamientos del gobierno anterior.
Pro
Los defensores de Uribe resaltan como los grandes logros de su administración la disminución en el número de secuestros y muertes violentas (objetivos de la Seguridad Democrática), el crecimiento económico y la gran inversión extranjera (concentrada en minería), la disminución en el área cultivada con coca (aunque la producción de cocaína disminuyó mucho menos), el debilitamiento de las guerrillas, y el aumento en el gasto social (especialmente en “Familias en Acción”).
Contra
Pero, de otro lado, la gran mayoría de las evaluaciones del gobierno, elaboradas por una serie de estudiosos y analistas de diversas corrientes de pensamiento, ponen en tela de juicio los resultados obtenidos. Destacan, entre otros, el aumento de la corrupción, la violación de los derechos humanos (falsos positivos, chuzadas, etc.), la participación de parapolíticos y gentes vinculadas al narcotráfico en la coalición de gobierno, el aumento en el número de desplazados, la adaptación y diversificación de las organizaciones criminales, la concentración de la riqueza y el ingreso, el altísimo desempleo, la concentración de poder en la Presidencia, el ataque a las Cortes y la intolerancia con el disenso.
¿Quién entiende?
La divergencia tan marcada entre la popularidad de Uribe y los análisis y evaluaciones de su gobierno despiertan interrogantes de interés. ¿Será que la gran mayoría de electores no entienden la realidad del país y votan equivocadamente? ¿Será que los analistas no entienden al país y a los electores? ¿Será que los intereses de los electores y los de los analistas son divergentes y cada cual promueve el suyo?
En este artículo se explora la diferencia entre los paradigmas de la mayoría de los electores y de los analistas y estudiosos con relación a lo que debe ser la democracia, la naturaleza del Estado y la relación del individuo con el Estado como factor clave para entender cómo un Presidente cuya administración ha tenido criticas tan fuertes, termina con su popularidad en alto y siendo de acuerdo con una opinión generalizada, “el mejor presidente en la historia del país”.
II. Características de Uribe y de la sociedad colombiana
Cuestión de estilo
Para dar respuesta a los interrogantes mencionados es necesario identificar las características y cualidades de Álvaro Uribe y las de la mayoría de los colombianos.
Primero, Colombia es un país diverso donde no existe un acuerdo sobre puntos fundamentales como qué es el Estado o cuál es su papel y cuál debería ser la relación entre él y los individuos que lo conforman.
En una organización política moderna los ciudadanos tienen derechos independientemente del Estado, y la Constitución es un instrumento para limitar el poder de los gobernantes de manera que no violen los derechos individuales o abusen del poder. En el contexto de muchos países del tercer mundo, los derechos de cada persona dependen del gobernante y por eso las Constituciones enumeran una lista cada vez más larga de derechos que, según esta perspectiva, el gobernante debe garantizar. No sorprende que en Colombia la Constitución de 1991 tenga casi 400 artículos en los que se dan normas que en su gran mayoría en el primer mundo se formulan en la legislación corriente.
En un país de siervos
En Colombia la mayoría de las personas no son ciudadanos en el sentido moderno sino siervos que dependen de la benevolencia del gobernante, líder o gamonal de turno. Para ellos el Estado es algo distante al cual no pertenecen. En este contexto, el Estado está controlado por un grupo político o élite que lo maneja de acuerdo con sus intereses, creencias y veleidades. En un Estado moderno, los ciudadanos ejercen sus derechos de manera independiente del gobernante y ellos son parte del Estado.
Aunque en Colombia se han dado enormes cambios en las últimas generaciones, para la mayoría el modelo de Estado que prevalece sigue siendo el pre moderno. Esto no sorprende en un país donde la mayoría de personas ha padecido violencia, tiene temor de ser robada, asaltada o extorsionada y siente que tiene que protegerse de los demás porque el Estado no la protege. Los colombianos temen tomar un taxi en la calle y los taxistas temen tomar ciertos pasajeros; la gran mayoría ha conocido a alguien que ha sido asesinado o que ha sufrido un “paseo millonario”, secuestro o extorsión.
El por qué del conservadurismo
Me atrevo a afirmar que, aunque no se acepte, la gran mayoría de los colombianos padece del Síndrome de Stress Post Traumático. La inseguridad generalizada genera una búsqueda de tranquilidad y un conservadurismo muy fuerte. Por ejemplo, muchos colombianos que han logrado tener una pequeña vivienda o ser dueños de un taxi quieren proteger sus pequeñas pertenencias y tienen gran desconfianza de quienes proponen cambios radicales en la sociedad. El colombiano en particular y la sociedad colombiana en general son hoy profundamente conservadores.
Para tener un Estado moderno se requiere que los individuos se sientan ciudadanos, con derechos y deberes independientes del gobernante de turno. Se requiere tener confianza en los demás, que también son ciudadanos. Esta confianza genera un sentido de pertenencia que se expresa en sentimientos de solidaridad, reciprocidad y respeto. Cuando no hay confianza en los demás, es imposible tener un Estado y una ciudadanía modernos, porque ser ciudadano requiere identificarse con la sociedad, con todos los demás miembros de ella.
Un caudillo con raíces
Álvaro Uribe fue elegido Presidente en 2002 en un momento en el que la gente tenía temores y sentimientos profundos de inseguridad después de un período en el que se consolidó el narcoterrorismo y se sucedieron gobiernos aparentemente débiles bajo los cuales se fortaleció la guerrilla. La situación era tal que la movilidad en el país se vio disminuida por el temor al secuestro y se llegó a hablar en serio de que las FARC se iban a tomar a Bogotá. Uribe capitalizó esos sentimientos de temor y elaboró una agenda basada en la búsqueda de la seguridad que llamó democrática.
El nuevo Presidente no fue un oportunista. Es cierto que identificó sentimientos profundos de los colombianos y adaptó para ellos su campaña y discurso. Sin embargo, si se buscaba capitalizarlos políticamente se requería tener cualidades de liderazgo, las que mostró con amplitud. Uribe ha sido lo más cercano a un caudillo que ha tenido Colombia en los últimos 50 años de historia.
Uno más del conjunto
Como todos los seres humanos, Uribe es producto del entorno de su niñez y primera juventud. Y al igual que la mayoría de los colombianos, es una persona con raíces profundas en la Colombia tradicional del campo, la religión católica y la familia extensa. Además, como tantos otros colombianos, fue marcado por la violencia, especialmente por el asesinato de su padre atribuido a las FARC.
Por eso es posible enumerar cinco cualidades que lo han hecho profundamente popular:
- Es paternalista. En un país con muchos ciudadanos pre modernos en cuyo imaginario las conexiones personales (las “palancas”, amistades con poderosos, etc.) determinan el acceso a los servicios o al presupuesto del Estado, Álvaro Uribe se conectó con muchos colombianos a quienes los políticos solamente visitaban buscando votos. Los Consejos Comunitarios de los sábados fueron una expresión del paternalismo sincero del ex presidente.
- Es autoritario. En un país donde los gobiernos anteriores se percibían como débiles, al fin hubo un presidente que “se amarró los pantalones”. Al fin la gente sintió que el presidente quería hacer cosas y exigía que se hicieran. Un corolario de su autoritarismo fue infortunadamente la concentración de poder en la Presidencia y el debilitamiento de muchos ministerios.
- Es mesiánico. Sin duda el tiene un compromiso para salvar a Colombia y parecería que a lo menos en ocasiones, se ha sentido imprescindible. Pero su sentido de salvación está determinado por su posición frente a las FARC, no por un análisis de los problemas estructurales, institucionales y culturales del país. Por eso, su programa de seguridad democrática se concentró en la lucha contra las FARC mientras en la coalición de gobierno participaron personajes vinculados a los paramilitares y al narcotráfico.
- Es parroquial y provinciano. Su símbolo, el sombrero aguadeño tradicional de los arrieros, refleja certeramente su cosmovisión. Esta característica le permite sentirse cómodo con gente sencilla, con una visión tradicional del mundo.
- Es consecuencialista, alguien para quien los resultados priman. El es un hacedor que se fija metas, elabora una estrategia para lograrlas y toma las medidas para obtenerlas. Su énfasis es en resultados, muchas veces a costa de principios. Por eso, no duda en tratar de cambiar las reglas o desecharlas cuando estas son un obstáculo para lograr sus propósitos. En un país donde muchos no conciben las normas como una restricción que debe ser respetada, Uribe no ha sido diferente. Como tiene certeza en la bondad de sus metas, no ha tenido muchas dudas en violar normas que sean un obstáculo para lograr “lo bueno”.
Estas cualidades lo han hecho extraordinariamente popular. En efecto, refleja muy certeramente el ethos de una proporción muy importante de los colombianos. Uribe ha sido realmente el presidente de los colombianos, en contraste con Alfonso López y Virgilio Barco por ejemplo, que actuaban como peces en el agua en Washington o Londres pero que guardaban distancia con los colombianos del común. La sincronía entre Uribe y la mayoría de los colombianos es el fundamento de la identificación de la mayoría con él y la razón por la cual ha tenido un teflón extraordinario.
III. Las críticas a Uribe
La búsqueda de El Dorado
Las críticas a Uribe las hacen estudiosos y analistas que muchos consideran idealistas o imprácticos alejados de la realidad. Estos rechazan el sistema paternalista tradicional (real) y abogan por la creación de una Nación y un Estado modernos (irreal) en Colombia. Por eso a Uribe se lo critica por haber debilitado las instituciones del Estado, fortalecido grupos con valores pre modernos; por promover un crecimiento económico basado en la explotación de recursos naturales, desarrollando una economía extractiva que no permitió disminuir sustancialmente el desempleo y la desigualdad y que confirmó que la riqueza se “descubre, captura y extrae”, no que aquella se crea con la innovación, la disciplina en el trabajo y el ahorro. Por eso en Colombia se sigue buscando El Dorado.
Colombia es un país pero no es una Nación en el sentido de un pueblo con un proyecto común que genere identidad y solidaridad y ciudadanos con derechos y deberes innatos. Además, como muchos sabemos que el país es muy rico, especialmente en recursos naturales, pero vemos que somos pobres, fácilmente concluimos que “nos robaron”. Por eso, no sorprende que en Colombia el capitalismo sea “salvaje”, es decir rapaz, especulativo y buscador de rentas y negocios que enriquezcan rápidamente.
La crítica bifronte
En contraste con la Colombia tradicional, existe una pequeña Colombia que está abierta al mundo, es globalizada y reconoce la necesidad de reformas sustanciales para que el país se pueda incorporar a las economías modernas avanzadas. Este grupo es muy diverso y no ha generado un consenso sobre qué cambios son necesarios aunque la experiencia en la campaña electoral pasada demostró la existencia de dos grupos de críticos. Por un lado, un grupo busca cambiar el modelo económico y promover reformas tradicionales como la agraria, la fiscal, la urbana, etc. El otro grupo, conformado principalmente por jóvenes con niveles de educación relativamente alto considera imperativo fortalecer el imperio de la ley como un prerrequisito para el desarrollo de una sociedad razonable.
Gobernar por el miedo
El proyecto de Uribe fue acabar con las FARC y se basó en el temor al secuestro, la extorsión, las vacunas y al asesinato. Así por ejemplo, su plan de desarrollo "Visión Colombia Segundo Centenario, 2019” fija diversas metas para esa fecha incluyendo un país sin drogas ilegales, guerrillas y grupos violentos, pero no explica cómo se llegará a ellas. Implícitamente, supone que utilizando mano dura contra las FARC y generando crecimiento económico basado en la explotación de recursos naturales, especialmente la minería, se tendrá un país en paz.
La visión de Uribe de lo que sería la Colombia ideal es la de un país con unas estructuras productivas y unas instituciones semejantes a las actuales, pero sin violencia. Por eso, en el discurso oficial las FARC eran la “causa” de los problemas del país y la “solución” a ellos era acabar con las FARC, para lo cual había que empezar estableciendo el control sobre el territorio. Para eso utilizó el Plan Colombia, diseñado y desarrollado originalmente por Pastrana, y fortaleció el estamento militar. Esta fue la piedra angular sobre la que se montó la búsqueda de esta meta.
IV. Limitaciones del individualismo
Primer enfoque, segundo enfoque
El enfoque seguido por Uribe enfrenta un problema fundamental. Propone desarrollar una secuencia: control del territorio primero para luego proceder con el resto, cuando realmente no se sabe si la meta se puede obtener de esa manera. En efecto, dadas las características de la sociedad colombiana, este enfoque requeriría un esfuerzo mucho mayor que incluyera grandes reformas en la estructura del Estado y de la sociedad.
Colombia es y ha sido una sociedad con estructuras y normas vulnerables que nunca ha tenido un proyecto de Nación, que genere identidad y cohesión social. El país se caracteriza por un individualismo extremo que en muchos es amoral. El proyecto de Uribe no consideró el riesgo de que quienes fueran a hacer cumplir las leyes en zonas de débil presencia estatal podrían sacar ventajas personales mediante el rompimiento de las normas que deberían hacer cumplir.
¿Y al alcalde quién lo ronda?
Así, al enfocarse en la lucha contra “los malos” (la guerrilla) se descuidó el resto de los posibles violadores de la ley y el resultado fue claro: paramilitares y narcotraficantes penetraron las estructuras del Estado en varias regiones y explotaron los presupuestos municipales. Hasta la guerrilla sacó beneficios financieros en algunos municipios. Las Fuerzas Armadas terminaron cometiendo delitos enormes como los falsos positivos. Y la excusa de la “Seguridad Democrática” se utilizó para interceptar las comunicaciones de las Cortes y de los opositores, etc.
El punto es simple. Dadas las características de la sociedad colombiana existe un problema fundamental: ¿Quién guarda a los guardianes de la ley? El proyecto de Uribe asumió que el problema era mucho más sencillo: ¿cómo acabar con los “bandidos” de las FARC? Sin embargo, tuvo una gran acogida. El estilo y discurso de Uribe generó confianza en la mayoría de los colombianos, a quienes no les importó que el país continuara sin solucionar situaciones difíciles, mientras “su asunto personal” se resolviera o simplemente dejara de ser muy grave. Los analistas veían que los problemas no se resolvían y que surgían otros nuevos y reforzaban sus críticas, muchas de las cuales caían en una mayoría de oídos sordos.
Tanto a los defensores como a los críticos de Uribe se les puede decir que realmente él no es ni ha sido el problema puesto que sólo es un reflejo de la sociedad. El problema en realidad es Colombia.
V. El problema: un conflicto institucional
De derrumbe en derrumbe
El problema de Colombia es fundamentalmente institucional, es decir de una convivencia de normas de comportamiento conflictivas, lo cual socava la aplicación de cualquier modelo de desarrollo económico.
Hoy abundan las críticas al modelo neoliberal el cual surgió hace veinte años cuando el intervencionismo y proteccionismo se “agotaron”, en gran parte porque las medidas tomadas desde el Estado terminaron siendo formuladas por grupos de interés que no lograron adaptar la economía nacional a los cambios externos. Por ejemplo, en 1970 Colombia tenía una pujante industria textil, aunque altamente protegida. En 1990 estaba quebrada. Las industrias del Estado, como Paz del Río nunca se desarrollaron satisfactoriamente, y durante mucho tiempo operaron a pérdida, etc. Al mismo tiempo la economía ilegal prosperó, la corrupción superó “sus justas proporciones”, y cayó la tasa de crecimiento de la economía.
Los promotores del intervencionismo de Estado no tuvieron respuestas de política a esa situación y la única opción viable fue buscar fortalecer las funciones reguladoras y de control de los mercados por parte del Estado y eliminar su participación en actividades productivas, coto de caza de políticos y sindicatos.
¿Otra vuelta de tuerca?
Hoy hay críticos que quieren devolver el reloj y regresar al intervencionismo en el sector productivo. Esta reacción es una respuesta al fracaso del control y regulación por parte del Estado, la cual se expresó en la crisis financiera de hace 10 años, en la concentración de la riqueza, en la incapacidad de los gobiernos locales para ejecutar obras de infraestructura, en el desperdicio y corrupción en programas como Agro Ingreso Seguro, etc. El problema de quienes quieren fortalecer el intervencionismo y controlar los medios de producción es simple: tienen que convencer a los colombianos que ellos actuarán como controladores benévolos que buscarán el bienestar común y no sacarán ventajas individuales. La experiencia del último gobierno de Bogotá resalta claramente el desafío que enfrenta este grupo.
Nadie desde el gobierno o la oposición tiene un discurso que afirme que lo que busca es explotar el Estado para su beneficio personal. Las ideologías siempre presentan modelos que tienen como meta el bienestar común, por lo que los discursos de izquierda o de derecha se utilizan para justificar políticas. Sin embargo, cuando coloquialmente se habla de que “fulano es cuota de zutano” o se acepta como normal hablar del CVY (¿cómo voy yo?) implícitamente se reconoce que hay un conflicto entre las medidas que toma el gobierno y el bienestar común.
La existencia de un “nosotros”
Infortunadamente el problema de Colombia va mucho más allá del conflicto entre los modelos neoliberales e intervencionistas o socialistas. Mientras los comportamientos individualistas extremos amorales sean aceptados por grupos significativos de la sociedad, ambos enfrentarán grandes dificultades para establecer sistemas que permitan supervisar y controlar a los guardianes de los recursos del Estado y de la sociedad. La única forma como una sociedad puede vigilar a los vigilantes es por medio de un cuerpo social fuerte donde exista confianza, solidaridad, reciprocidad y solidaridad y respeto al resto. En otras palabras, que exista un “nosotros” que permita que sea la ciudadanía y el control social los que guarden a los guardianes. Mientras esto no se logre, será posible mejorar algunas políticas, pero al final no se resolverán los conflictos estructurales de la sociedad y se continuará “sobreaguando”, es decir logrando mantener una semblanza de orden en el corto plazo sin que se logre construir una sociedad razonable.
VI. El desafío de Santos
Santos no es Uribe
Juan Manuel Santos no es Álvaro Uribe. Por el contrario, es un hombre cuyas vivencias y educación contrastan dramáticamente con las de su antecesor. Santos es un hombre que se mueve como pez en el agua en los ambientes globalizados, alguien que está dispuesto a escuchar posiciones diferentes a las suyas y a recibir asesoramiento de expertos y especialistas que a muchos pueden parecer idealistas o imprácticos.
Los ministros y asesores que ha designado son personas muy calificadas, tal vez “tecnócratas”, que pueden contribuir a forjar una agenda de gobierno, en contraste con Uribe que tenía su propia agenda y buscó quienes lo ayudaran a desarrollarla. Por ejemplo, Santos ha reconocido que el problema de la concentración de la tierra es grave y requiere soluciones, que el manejo de las relaciones internacionales se debe hacer con expertos en diplomacia, que las finanzas, el bienestar social y la planificación económica tienen que estar dirigidos por economistas reconocidos con experiencia en análisis económico, etc. Es posible estar en desacuerdo con algunas de las posiciones o paradigmas de estas personas, pero no se puede afirmar que no están altamente capacitadas en sus diferentes campos.
Hacia un contrato social
El nuevo gobierno puede avanzar mejorando las políticas, desconcentrando el poder, respetando la separación de poderes, y aceptando los consejos de personas especializadas. Sin embargo, el desafío de Santos va mucho más allá. Para enfrentar la corrupción, por ejemplo, tendrá que buscar modificaciones en los comportamientos socialmente aceptados en muchos círculos. Esto requiere forjar un Proyecto de Nación: empezar aceptando lo que el país es y con base en eso forjar el contrato social que nunca ha existido en Colombia.
Ese contrato debe tener metas amplias sobre cuál sería el país que queremos y medidas específicas sobre cómo llegar a ellas. Es claro que esto requeriría un amplio debate donde se pudieran discutir los diferentes paradigmas a pesar de que las comunicaciones entre ellos son muy difíciles.
Las opciones “antipatrióticas”
Es importante aceptar que es muy probable que no se pueda llegar a un acuerdo sobre algunos temas fundamentales. La solución que implícitamente se ha tomado en Colombia en esos casos ha sido el enfrentamiento violento. Por eso, será necesario estar dispuestos a buscar soluciones creativas como un diferente ordenamiento territorial, una federalización del país, u otras opciones, algunas de las cuales sin duda podrían parecer anti patrióticas, como por ejemplo dar autonomía a algunas regiones en las que el control desde Bogotá sea demasiado costoso o simplemente inviable.
Una manera de pensar el proceso de cambio requerido es tomando al país como si estuviera en transición de una sociedad con valores tradicionales y un capitalismo primitivo difícil de justificar como sistema que beneficie a la gran mayoría de la población, a una sociedad con valores y un sistema de mercado moderno en el que existan suficientes controles efectivos a los abusos del capitalismo “salvaje”. Sin embargo, lo más probable es que una parte muy fuerte del estamento político del país se oponga a este tipo de proyectos.
En conclusión, el nuevo gobierno enfrenta problemas enormes que intentará atacar tecnocráticamente. Las preguntas claves son si reconoce la necesidad de reformas culturales profundas, y si puede diagnosticarlas y tratar de desarrollarlas. Solo la historia dirá si el país continuará “sobreaguando” o si finalmente entrará en camino de desarrollar su potencial.
*Cofundador de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí.
Acerca del autor
Francisco Thoumi
*Cofundador de Razón Pública. Para ver el perfil del autor haga clic en este enlac.e.
0 comentarios
¿Por qué el gobierno de Uribe fue tan popular –y por qué tuvo críticas tan fuertes? Un análisis penetrante de la psicología de los colombianos y de los dos modelos de país que hoy se están enfrentando. Más allá de los cambios tecnocráticos que hasta ahora ha anunciado, el presidente Santos tiene un gran desafío cultural.
Popularidad al tope



