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Paciente: un documental para asumir nuestra humanidad

Escrito por Santiago Andrés Gómez

El director bogotano Jorge Caballero.

Santiago Andrés GómezEl documental Paciente, de Jorge Caballero, presenta el drama de una madre que busca atención médica para su hija enferma. Al verlo, no solo podemos apreciar el particular estilo de su director sino enfrentarnos a nuestra realidad con otros ojos.

Santiago Andrés Gómez*

Un sacudimiento

La importancia del estreno de Paciente radica ante todo en que, como película documental, confronta a los espectadores de modo directo, casi urgente, con asuntos propios y actuales, aunque para muchos pasen desapercibidos o no sean bien comprendidos.

No basta con que el cine colombiano nos muestre lugares cercanos a nuestra vida. Más allá del placer estético que entraña ver una película, sea por diversión o como arte, hay un placer quizá más intenso que, en nuestro medio, suele convertirse en un sacudimiento: es el placer cognitivo, realzado en el buen documental, de la certeza de un descubrimiento que suele ser lo que vemos todos los días, pero no aceptamos o consideramos.

Un observador

Sala de espera del Instituto Nacional de Cancerología.
Sala de espera del Instituto Nacional de Cancerología.
Foto: Minsalud

Paciente es el tercer largometraje de un creador especial, con una mirada penetrante, que desde hace tiempo debería haber sido difundido masivamente en nuestro país. Entre los documentalistas colombianos, Jorge Caballero tiene un aura especial.

Luego de un intenso período de formación entre España y Colombia, su primer largometraje, Bagatela (2009), ganó el Premio Nacional de Documental y varios reconocimientos internacionales, como el Premio a Mejor Película de No Ficción en el Festival de Mieres y Asturias.

La película brilló en eventos tan grandes como el BAFICI (Festival de Cine Independiente de Buenos Aires), el Festival de Guadalajara y el festival de cine documental Cinéma du Réel.

Entre los documentalistas colombianos, Jorge Caballero tiene un aura especial.

Bagatela (2009) es un relato fragmentado de situaciones diversas en los juzgados de Bogotá. Hasta allí se desplazó el director con su equipo para grabar los diálogos entre abogados y sindicados de delitos menores, captando la peculiaridad del ser humano en circunstancias absurdas, pero de tenaces consecuencias. El robo de una loción barata, de un celular, el porte de unos DVD ilegales puede llevar a una condena increíble.

El sobrio y metódico estilo visual de Caballero permite la emergencia real y la plasmación en imagen de gestos reveladores que retratan de un pincelazo todo un universo, un espíritu social y cultural, como los reiterados bostezos de unos atracadores acostumbrados a que los detengan, las expresiones de un hombre negro que pide que le presten atención porque sabe que lo discriminan, o el llanto contenido de un hombre que se ha visto llevado por la vida a robar.

La persistencia de un estilo

Luego, en Nacer (2011), Caballero intensificó lo que ya en Bagatela se había establecido como una concepción del cine que tenía muchos antecedentes y recibía fuertes influencias, pero que ahora dejaba ver tendencias personales e incluso algunas variaciones sensibles.

Aquí otra vez nos preguntamos cómo llegan a existir en pantalla una serie de rasgos y emociones tan particulares, pero ahora su resonancia es incluso más poética.

Hay una abstracción en Nacer que exige cierta sensibilidad frente al fenómeno de la maternidad como algo más que el valor anecdótico de un parto. De nuevo, la imagen logra captar la descompensación entre lo clínico y lo espiritual, que es un vacío colmado por el puro misterio de la carne viva.

En una gradación ambivalente entre la exposición y el ocultamiento, los hechos se suceden y los cuerpos aparecen o se recubren en una danza reiterativa pero animadísima. En torno a ese momento único pero definitivamente plural o universal del nacimiento, lo más anodino viene a encerrar el milagro de manera cruel, animal, a veces trágica y a veces amorosa.

Pero la actitud de Caballero no es la de enfatizar nada. Solo el eventual alargamiento de ciertas imágenes o los avezados pero imperceptibles cambios de plano sobre una misma situación parecieran subrayar la importancia de lo que, en esencia, es la simple vida. En el trance que el filme retrata, el gesto más simple consigue definir el mundo.

La sensibilidad a prueba

La tradición en que se engasta el cine documental de Caballero es la del “documental de observación”, sobre todo en las ópticas asumidas por los legendarios Frederick Wiseman y Raymond Depardon, y que en la llamada Escuela francesa de Varan tiene actualmente su más acendrado cultivo.

En especial, del maestro Wiseman proviene el seguir la vida diaria de las instituciones y la dinámica entre sujeto y orden, entre cuerpo y control.

Paciente, el documental estrenado en Colombia el pasado jueves, ofrece, en el pulcro acabado al que nos tiene habituados Caballero, los mismos alcances y nos enfrenta a los mismos desafíos que todo gran documental de observación.

Este cine es igual de sensual que etéreo.

Este se ha publicitado mucho como un filme sobre la problemática de la salud en Colombia, y esto no es falso, pero la realidad es mayor (o menor, según se mire): lo que habita al documental es cualquier cosa menos su polémico tema.

Es más bien la vivencia emotiva de Nubia, la madre atareada, cansada y atribulada, y de Leidy, su hija enferma de cáncer, a quien nunca vemos directamente, lo que puede hacer que el tema subsista de manera viva y al mismo tiempo latente, como un condicionante.

La significación del documental proviene de la perspectiva de los realizadores, porque sabe hallar la vida, la dignidad y la humanidad, aunque, eso sí, de modo ambiguo, casi indeterminado. Esta obra exigente es un sacrificio en aras de cada uno de nosotros.

Lecciones en el aire

En Colombia, la práctica del documental al estilo silencioso y contemplativo de Jorge Caballero tiene valiosos representantes, sobre todo en Antioquia, entre quienes se podría incluso destacar al Víctor Gaviria de mediados de los años ochenta, con obras maestras como Los cuentos de Campo Valdés (1987).

Eludiendo la entrevista, el comentario fuera de cuadro e incluso el uso de música incidental, este cine es igual de sensual que etéreo.

Pero en el caso de Caballero hay una compenetración más decidida formalmente, una conciencia de sí mismo y una sabiduría que es muy importante resaltar en momentos en que la tendencia ya no tan novedosa del “documental de creación” ha insistido en ejercer pronunciadas o decisivas intervenciones autorales y manipulaciones estéticas que suelen aclarar el discurso, pero al mismo tiempo alejarnos de los hechos.

Caballero sabe cómo mantenerse a una distancia prudente. Su estilo puede tener limitaciones de base, pues sus obras dejan todo en el aire para que el espectador sea quien concluya, no desde un punto de vista narrativo, sino temático, qué es lo que vio.

Pero eso no constituye un problema de la cinta sino que entraña un aprendizaje para la sociedad. Por eso también es elogiable, entre otras cosas, la campaña multimedial que ha acompañado a Paciente. Sin duda, para ser ciudadanos hay que asumir primero nuestra humanidad.

 

* Crítico de cine, realizador audiovisual y escritor, ha publicado varios libros de crítica de cine, novela y cuento. Premio Nacional de Video Documental – Colcultura 1996.

 

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