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Pa-labrar

Escrito por Paula Cristina Quintero Alvarado
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Crónica de una profesora que nos cuenta lo que sus estudiantes le han enseñado durante la pandemia, y nos invita a reinventar la esperanza en tiempos de crisis.

Paula Cristina Quintero Alvarado*

Donde no hay esperanza, debemos inventarla
Albert Camus

La utilidad de la palabra

En un ejercicio de escritura, en vivo y en directo antes del aislamiento, Miguel dijo: La escritura sirve pa-labrar. Parecería obvio que con las palabras puede labrarse, pero en una tierra que siembra tanta sangre como la nuestra, es natural que para algunos de mis estudiantes no sea claro para qué sirve labrar si la semilla viene malita, como decimos en clase.

Me llamó la atención que en un ejercicio que consistía en sembrar y cosechar al mismo tiempo, Miguel decidiera ‘palabrar’ la realidad, es decir, producir, a partir de palabras, un nuevo sentido, una nueva porción de lo real. Estoy convencida de que al escribir abrimos, a través del lenguaje, la posibilidad de que la realidad sea diferente, y que después, es nuestra responsabilidad acompañar esas palabras con acciones.

La escritura en medio de la pandemia

Cuando comenzó el aislamiento, tuvimos que cambiar los pupitres por computadores y la campana por la alarma del celular. De inmediato, se hizo evidente que era más importante que nunca mantener –y ojalá intensificar– los talleres de escritura creativa.

En medio del encierro, la palabra se convirtió en la posibilidad de salir, viajar y respirar un aire no contaminado por la prensa, el virus y el miedo. En medio del encierro, la escritura se convirtió en movimiento, esperanza, denuncia y resistencia. En definitiva, la pandemia puso en evidencia que la escritura es un medio para relacionarnos con el otro, y nos obligó a tejer el mundo sílaba a sílaba, mano a mano.

Trabajar con niños entre los 11 y los 14 años me ha devuelto la esperanza. Durante los últimos meses, tuvimos clases a través de chats y videollamadas. El proceso ha sido sorprendente: en el salón de clases se leían esporádicamente y hacían un gran esfuerzo para guardar silencio mientras los demás hablaban. En los chats de Zoom y Teams han aprendido a leerse mutuamente: ahora notan los errores de ortografía que, como les digo siempre, acaban con mis riñones poco a poco, y se corrigen y felicitan entre ellos. ¡Se han vuelto editores, correctores de estilo y hasta críticos!

Han aprendido a buscar la palabra justa, a ayudar a sus compañeros a mejorar sus textos, a criticarlos sin lastimarlos y, sobre todo, a admirarlos y felicitarlos cuando lo merecen. En cuarentena, la palabra escrita se ha convertido en su principal medio de comunicación y, como resultado, han entendido el valor casi sagrado que tiene.

Poco a poco, han perdido el miedo a expresarse: “Ha llegado el momento… de imaginar lo que no es posible sentir”, escribió uno. “Ha llegado el momento de arrepentirse por no querer ir al colegio”, escribió otra. La escritura les ha permitido entender lo que están viviendo, ponerlo en palabras.

Se han dado cuenta de que sentarse todos los días con las mismas personas no es fácil, de que hacer el almuerzo y estar pendiente de los hermanos es una tarea titánica, y de que es posible sentirse completamente solo pese a estar acompañado todo el tiempo.

Escribir los ha hecho más empáticos: “Ahora entiendo porque mi mamá odia tanto el desorden”, confesaron unos cuantos en el chat. Escribir también les ha permitido decidir qué causas defender: “¡No a la caza de animales! No importa qué tipo de violencia sea, no la toleraremos. Ninguna vida vale más que otra”. Escribir les ha hecho entender que lo que sucede en el mundo los afecta, así sean niños, porque forman parte de él.

Escribir les dio la posibilidad de darle otra explicación al origen de los árboles, los astros y los hombres. Al escribir mitos, descubrieron que en los textos cambian no solo los animales y los fenómenos naturales, sino también ellos. Descubrieron que al escribir, devenían mejores, más sensibles, conscientes y creativos.

Foto: Región Central - labrar la historia como nuestros campesinos labran la tierra.

Optar por la posibilidad

Siempre he creído que la creatividad es una de las habilidades más importantes y subestimadas hoy en día. Una persona creativa es capaz de proponer ángulos y soluciones inusitadas porque sabe que las preguntas son más importantes que las respuestas. Las primeras ofrecen posibilidades, las segundas, certezas.

En un mundo como el nuestro, en el que muchos se creen dueños de la verdad y venden certezas a diestra y siniestra, es más necesario que nunca optar por la posibilidad.

La posibilidad de que el miedo no sea la única opción, de reír nuevamente, de entender que somos capaces de adaptarnos a nuevas formas de aprender. La posibilidad de que un monstruo tenga miedo, de que un comediante se sienta triste, de que podamos ser mejores, o por los menos, diferentes…

En el fondo, lo que digo no es más que una metáfora de lo que buscamos todos (o casi todos) por estos días: posibilidades que nos permitan limpiar nuestra mirada, descubrir un mundo nuevo y percatarnos de todo lo que hemos pasado por alto.

Como docente, el confinamiento me ha traído una preocupación doble: por un lado, mantener a los estudiantes motivados, porque que se conecten a clase no significa que se conecten con ella y, por otro, la angustia de que pierdan la esperanza al ver que la pandemia recrudece todas las pequeñas y grandes crisis del mundo. Me preocupa el futuro que vamos a ofrecerles, pero ellos me enseñan –todos los días– que solo podemos ofrecer un hoy. Uno todos los días.

Inventar la esperanza

El epígrafe que abre este texto debería ser nuestra consigna en tiempos de pandemia. Debemos ser conscientes de nuestros privilegios y sembrar la esperanza para que nuestros privilegios se vuelvan los derechos de todos en Colombia y el resto del mundo.

Soy profesora de Español y Ciencias Sociales y enseño, entre otras cosas, la historia de Colombia y América Latina. Mi trabajo consiste en remover con palabras una tierra que se tambalea entre la esperanza y la desesperanza, en la que hacer memoria duele y en donde sembrar no siempre da frutos.

Me siento dividida: como historiadora tengo la ilusión de que logremos resolver la violencia endémica que nos carcome desde hace tanto tiempo, pero como ciudadana me asusta que el virus no nos haya llevado a cuidar del otro, sino a desconfiar de él. A ratos, me parece que la indiferencia es aún más contagiosa y peligrosa que el coronavirus. Afortunadamente, mis estudiantes me demuestran que vale la pena creer que el cambio es posible todos los días.

El confinamiento me ha servido para entender que es posible esperar de forma activa: caminando hacia el punto de encuentro, así sea a paso lento. Mientras esperamos, podemos construir bien sea a través de un documento en Word, una hoja de papel escrita a mano, un chat o una nota de voz. Mis estudiantes construyen diariamente con sus comentarios críticos sobre la realidad y su hermosa terquedad que no acepta que les digan “cuando seas grande lo vas a entender”.

En realidad, ellos entienden mucho más de lo que creemos los adultos. Seguramente, con el pasar de los años adquirirán más conocimiento, pero todos los días confirmo que desde ya hacen un esfuerzo por comprender el mundo al que pertenecen.

Lo hacen porque les importa, porque tienen algo que decir. También porque quieren salir del colegio a un mundo que no los obligue a soñar en chiquito. Mis estudiantes se esfuerzan por entender el mundo porque no están dispuestos a conformarse con poco: son palabradores.

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