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Otra mirada al ELN: un federalismo insurgente

Escrito por Fernán González
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Sabemos poco sobre el “federalismo” del ELN: una suma de guerrillas regionales con un ambiguo proyecto nacional. La estrategia que funcionó ante las FARC no serviría frente a esta guerrilla*.

Fernán E. González, S. J.*

Un dialogo bloqueado

La campaña reeleccionista de Trump en la Florida denunció la presencia de negociadores del ELN en Cuba, y el gobierno de Duque minimizó la posibilidad de reabrir diálogos con esta guerrilla.

Algunas declaraciones de dirigentes elenos y los debates internos de esta insurgencia también pusieron en duda su voluntad de paz y su unidad de mando.

En ese sentido, varios artículos sobre el Ejército de Liberación Nacional (ELN) han hecho circular la idea de un “federalismo insurgente”:

  • Luis Fernando Trejos y Andrés Aponte utilizaron este concepto para explicar las relaciones del ELN con la economía cocalera, pero también para subrayar sus diferencias con las extintas FARC;
  • Juan Carlos Garzón y otros analizan la naturaleza federada del ELN para explicar por qué es equivocada la estrategia oficial de mostrar una supuesta división del grupo;
  • En una entrevista concedida a María Isabel Rueda, María Victoria Llorente —directora de la Fundación Ideas para la Paz— subrayaba cuán poco sabemos sobre las particularidades regionales de ese grupo y sobre su estructura federada en torno a un proyecto común.

Un estudio detallado

Los planteamientos anteriores prepararon el ambiente para la difusión de los resultados de una investigación del  de varios años, hecha por  el equipo de Conflicto y Paz del Centro de Investigación y Educación Popular (CINEP). Estos investigadores propusieron una mirada más estructural sobre la evolución del ELN: una mirada que aborda sus diferentes formas de actuar según las regiones donde opera.

Ciertas ideas centrales de este análisis inspiraron algunos de los textos citados anteriormente y se recogieron en ¿Por qué es tan difícil negociar con el ELN? Las consecuencias de un federalismo insurgente, 1962-2020.

Andrés Aponte y el suscrito coordinamos este libro, que se publicará en abril; Socorro Ramírez escribió el prólogo. Se trata de un estudio coordinado por Aponte y desarrollado por un grupo de jóvenes investigadores; se ejecutó gracias a recursos de la embajada de Suecia y a través de Diakonia.

Foto: Defensoría del Pueblo - ELN entregando soldados secuestrados a misión humanitaria.

Diferencias entre las FARC y el ELN

Como punto de partida, los investigadores insisten en la necesidad de reconocer que el ELN y las FARC tienen enfoques y comportamientos diferentes. Ambas insurgencias emergieron en el mismo contexto: en Colombia comenzaba el Frente Nacional; la Guerra Fría y la Revolución cubana marcaban el escenario mundial.

Pero aún entonces esas dos guerrillas difirieron en las motivaciones, los líderes, el discurso revolucionario, la trayectoria militar y organizacional y las bases sociales que los apoyaron.

Las FARC surgieron gracias a jóvenes campesinos marginales, radicalizados y adscritos al Partido Comunista; buscaban acceder a tierras y representación política en sus localidades, entre las luchas agrarias de un mundo andino cafetero azotado por “La Violencia”.

El ELN surgió como un emprendimiento armado de jóvenes urbanos; en su mayoría, universitarios hiper ideologizados y descontentos con las estrategias electorales del Partido Comunista. Buscaron insertarse en las tensiones del mundo rural, de los bolsones interiores de colonización, para cambiar la idea de Estado y sociedad: creían que el sistema político no daba espacio para sus visiones.

Por eso, las bases sociales no fueron las mismas para estas guerrillas:

  • Las FARC se apalancaron sobre un grupo particular de pobladores —los campesinos colonos y, después, los cocaleros —. Esto cohesionó más a los mandos guerrilleros que por eso se asemejaron a un ejército regular.
  • El ELN se insertó en los problemas de diversos grupos poblacionales (campesinos, sindicalistas, indígenas, comunidades negras, etc.), cuyas diversas apuestas organizativas y reivindicaciones explican los diversos rostros de esta guerrilla y, además, el carácter federado de su segunda época.

Evolución del mando guerrillero

Nuestros jóvenes investigadores llamaron la atención sobre la necesidad de analizar organizacional y territorialmente la trayectoria del ELN: se entiende a este grupo como un conjunto variado de organizaciones dentro de un proyecto nacional.

El ELN surgió como un emprendimiento armado de jóvenes urbanos; en su mayoría, universitarios hiper ideologizados

Llegaron a esta conclusión al reinterpretar la historia del ELN, cuyas ideas y acciones deben entenderse desde otra narrativa. Hoy, varios estudios han señalado la impronta federada del ELN; pero conviene recordar que no siempre fue así:

  • En sus comienzos fue una guerrilla centralizada y caudillista, sometida a un liderazgo autoritario que dio prioridad a la vía militar como mecanismo para resolver controversias internas (1964-1974).
  • Esto casi la lleva a su extinción, con el desastre de Anorí (1973), seguido por el proceso que fuera bautizado como el “replanteamiento” (1975-1983). El ELN adoptó una política de cooptación de emprendimientos armados locales, que se fueron sumando al proyecto nacional bajo una estrategia de centralización por cooptación.

Así, para evitar los males iniciales, los líderes del segundo momento del ELN —como el cura Pérez y Gabino— adoptaron una organización colegiada y federada. Esta forma de dirección era colectiva, horizontal y democrática; se caracterizaba por la amplia discusión política sobre la estrategia y la táctica armada.

Una guerrilla según el territorio

Esta organización sigue parcialmente vigente, pero la ineficaz dirección colectiva y el excesivo respeto a la autonomía de los frentes conducen en algunas ocasiones al “debate en caliente”: algunos grupos actúan sin consultar, para sentar su posición en el conjunto de la organización. El atentado contra la Escuela de Policía General Santander es un buen ejemplo.

De esa compleja organización se derivan tres rasgos centrales del ELN:

  • Sus problemas de acción colectiva. La comandancia no tiene el poder ni la capacidad para homogenizar ni alinear a todos sus frentes, como demuestran sus dificultades para centralizar el proyecto nacional organizativa y políticamente.
  • El ELN tiene distintos rostros territoriales. Como muestran los estudios regionales de caso de este libro, cada rostro refleja la variedad de sus bases y de las reivindicaciones que pretende representar. Por ejemplo, no hay una directriz clara sobre cómo conseguir recursos: a pesar de la prohibición moralista del Comando Central, la coca es una alternativa debatida, sobre la cual cada grupo decide según sus circunstancias.
  • La importancia de las bases sociales en su organización y acciones. El ELN consigue información, recursos humanos (reclutas) y materiales; aún más, las bases sociales son una instancia básica de coordinación, que le da forma a la organización armada y determina la lógica de la violencia de cada grupo regional y local.

Cuanto menos sólidos sean los lazos de los líderes con la población, habrá más problemas de coordinación y menos posibilidades de actuar colectivamente. Además, si las bases sociales no son demográficamente homogéneas —así como sus reivindicaciones y demandas—, mayores problemas tendrá la organización nacional para articularlas en la “escisión maestra de la guerra”.

En efecto, cada emprendimiento armado local responde más a las lógicas territoriales que al proyecto nacional, como lo muestran los distintos frentes. Por eso, la consideración de las bases sociales del grupo armado en cada territorio es muy importante para entender su proyecto armado; este, a su vez, determina su posición en las negociaciones de paz y su eventual tránsito a la vida civil.

Cómo adaptar la acción del Estado

Tres rasgos demuestran la necesidad de replantear los métodos de negociación y las estrategias de seguridad del Estado colombiano:

  • La receta de “tierras y curules” —bastante exitosa con las FARC— no responde a las demandas ni al discurso eleno; para el ELN son centrales los recursos naturales, las formas locales de participación democrática y las formas de integración territorial, entre otras.
  • Esta guerrilla se entiende como una instancia de intermediación entre un Estado homogéneo —que representa un bloque de poder— y una sociedad civil organizada —que se opone a las formas y apuestas de integración territorial que despliega el poder central—. Por eso se necesitarían formas de acción estatal que conecten a las comunidades con la nación, que se adapten a las situaciones regionales y que rompan la división entre buenos y malos heredada de la Guerra Fría.

El ELN tiene distintos rostros territoriales. Por ejemplo, no hay una directriz clara sobre cómo conseguir recursos

  • Con respecto a las estrategias de seguridad, los planes y apuestas contra las FARC —como atacar a sus líderes— fueron muy exitosas; pero no funcionan contra el ELN y, aún peor, tienen graves consecuencias humanitarias en las zonas inmediatas. La poca diferenciación entre los combatientes elenos y los pobladores es un factor crucial: los efectos colaterales de estas estrategias refuerzan la imagen de un Estado represivo y militarista.

Una guerrilla ajena a la realidad

Pero, por otra parte, los investigadores también critican la relación ambigua del ELN con la sociedad:

  • Desconoce a amplios sectores que la guerrilla no representa, sectores sociales que no comparten las opciones políticas del ELN;
  • Se impone autoritariamente a las organizaciones. No respeta la autonomía de las comunidades ni sus liderazgos, a causa de su proyecto de corte jacobino, tan oligárquico y opresivo con las comunidades como el proyecto de las clases dominantes que pretende combatir.
  • El ELN no sopesa las consecuencias de su estrategia de penetrar los movimientos sociales, con lo cual deslegitima esas protestas y movilizaciones y pone a estas organizaciones en la mira de la represión estatal y de otros actores armados.

El abandono de un país

En general, a la sociedad colombiana le corresponde superar el estigma de la protesta social e intentar comprender la compleja situación de las comunidades: estas viven en medio de un conflicto de legitimidades y del fuego cruzado entre los combatientes, en regiones necesitadas de una intervención estatal integral, que afronte de manera diferenciada los problemas que llevan a la protesta.

Para terminar, los investigadores concluyen que regresar a las negociaciones sería la mejor demostración de que no están cerradas las vías democráticas para la necesaria y urgente transformación social de Colombia.

  • *Una versión anterior de este artículo fue publicada en El Espectador.

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