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El oscuro panorama del periodismo en Colombia

Escrito por Mario Morales
Mario Morales

Violencia, censura, autocensura, mangoneo de los dueños, polarización y desinformación son algunos de los retos que deben enfrentar los periodistas en Colombia.

Mario Morales*

Periodismo y pandemia

Este 9 de febrero se celebró el Día del Periodista en Colombia.

Esa celebración es agridulce en un país como el nuestro, donde son comunes el asesinato de periodistas, las amenazas y la censura. Y en el año pasado se sumaron a estas violencias los efectos devastadores de la pandemia sobre los periodistas.

Hoy está claro que el periodismo no va a salir indemne. Para bien o para mal, el periodismo no recuperará “la normalidad”. La COVID-19 dejó víctimas mortales y a miles de periodistas afectados en su salud física y mental o en su empleo; también transformó profundamente la manera de practicar el periodismo en Colombia.

¿Cuál es el panorama actual y cuáles son los retos para este oficio?

El triste legado

Recibimos este año con la inveterada preocupación sobre las violaciones a la libertad de prensa.

En 2020, Reporteros Sin Fronteras clasificó a Colombia en el lugar 130 de 180 en su índice de libertad de prensa. Según la organización, esto significa que en nuestro país “siguen siendo frecuentes las agresiones, las amenazas de muerte y los asesinatos de periodistas, por lo que aún es uno de los países más peligrosos del continente para la prensa”.

A la misma conclusión llegó la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP), que documentó 632 víctimas de violaciones a la libertad de prensa en 2020: amenazas, agresiones, acoso judicial, hostigamientos, ataques en el ciberespacio y dos lamentables asesinatos. En lo que va corrido de este año ya son 13 las víctimas por violaciones similares.

La pandemia

Y la pandemia ha hecho que las cosas sean todavía más difíciles: tanto el gobierno nacional como los gobiernos locales han optado por la comunicación directa con los ciudadanos a través de redes sociales. Esto ha desplazado en mucho la labor mediadora de los periodistas y su función de interpretar los contextos y dar significado a las noticias.

En 2020, Reporteros Sin Fronteras clasificó a Colombia en el lugar 130 de 180 en su índice de libertad de prensa

La falta de ruedas de prensa y entrevistas presenciales en tiempo real ha reducido la labor periodística a reproducir lo que dicen los medios internacionales y las cifras de contagios y muertes. Confundidos, los medios dudan entre ejercer su labor crítica o convertirse en mensajeros de la esperanza.

Sumidos en el terreno pantanoso de las cifras y de las fechas, la información periodística se ha vuelto un “constante presente”, sin mañana y sin conexión entre los diferentes hechos.

Financiación e independencia

Cada vez son más comunes las intervenciones de los dueños de los medios en las decisiones editoriales y los contenidos de sus publicaciones. El viejo debate sobre si un medio podía o debía expresar su línea editorial y su posición ideológica ha quedado superado.

Esto ha creado una especie de “sectarización” de la prensa que, en algunos casos, convoca a hordas de seguidores fanáticos y no a audiencias o usuarios en busca de información. La omnipresencia del capital ha echado por tierra, si aún existía, el mito de los mecenazgos, y ha reavivado la polémica sobre la concentración de poder y su legitimación por parte de los medios.

Es verdad que las empresas privadas pueden tomar decisiones de acuerdo con sus propios planes y criterios. Pero también es cierto que, a diferencia de otros negocios, el de la información tiene un vínculo insoslayable con la ciudadanía y con la democracia, que impone deberes y responsabilidades ante el oficio y ante la sociedad.

Para dar un ejemplo, una cosa es que los dueños de El Tiempo se sientan ofendidos por una columna de opinión publicada en su propio periódico y que quieran controvertirla o pedirle claridad o pruebas. Otra muy distinta es que se salten el conducto regular del editor de opinión e incluso del director para controvertir y advertir a su autora.

Como deberían saberlo estas personas, en el periodismo las formas también cuentan. Si estamos hablando en el terreno sagrado de la libertad de expresión, más hubiera valido que El Tiempo publicara una carta abierta a la columnista o que abriera un debate interno y después uno público.

Hoy, en medio de una oferta creciente, los ciudadanos deben sopesar su inversión en recursos y tiempo frente a la credibilidad y la calidad de un medio. Decisiones como la de El Tiempo amenazan la fidelización de los usuarios y anunciantes y, en últimas, la sostenibilidad misma del medio.

La continuidad de El Tiempo, de su tradición y su línea editorial son fundamentales para el ecosistema mediático, pero también para el ejercicio democrático. No hay margen de error. Ahí están a la vista los espejos del fracaso o la decadencia de medios que rompieron el pacto con sus audiencias, cambiaron la línea editorial y reemplazaron a los periodistas por políticos o ejecutivos.

Foto: Pixinio Es cierto que, en medio de la explosión de programas de debate y opinión en múltiples medios, la trampa de la lógica del adversario es “vendedora”.

Ideología, desinformación y “guerra de clics”

Pero hay más: siguiendo el ejemplo de los medios ideologizados, se han vuelto cada vez más comunes los reporteros que se dedican a la propaganda política y el proselitismo en redes sociales.

El acceso, la jerarquización, selección, elaboración y difusión de la información no son potestades o favores del periodista a la sociedad, sino un derecho humano de sus audiencias. Por eso el periodista debe reflexionar sobre los límites que tiene su derecho a expresar públicamente sus opiniones privadas.

Una cosa es que los dueños de El Tiempo se sientan ofendidos por una columna de opinión publicada en su propio periódico y que quieran controvertirla y otra que se salten el conducto regular del editor de opinión

Es cierto que, en medio de la explosión de programas de debate y opinión en múltiples medios, la trampa de la lógica del adversario es “vendedora”; pero abusar de la parte y la contraparte y del maniqueísmo distorsiona la realidad. Más aún si se incurre en la nociva práctica de tener en cada panel las mismas voces de los políticos de siempre.

La fragmentación de audiencias, el pago por contenidos y la diáspora de la pauta publicitaria han desenfrenado la guerra del clic y de la titulación engañosa. Se trata de una estrategia que trasciende la curiosidad para llegar al morbo, con el pretexto de que eso le interesa al ciudadano.

El resultado es una agenda milimétrica, donde los medios siguen la liebre ilusoria del rating o de las tendencias y dejan de lado, como un relleno, los asuntos trascendentales.

La desinformación y la posverdad avanzan y, en lugar de ayudar a interpretar y comprender, muchos medios se han enfocado en convencer.

Por eso, las prácticas periodísticas cambiaron y, tal vez, para siempre: cada vez es más común la voz autorial sin interrelaciones, sin la necesaria retroalimentación entre pares o entre el autor y el editor. La rutina de pedir respuestas atemporales, asincrónicas y sin posibilidad de interacción pauperizan la reportería. Así, se deja en manos de las fuentes el criterio de cada informe, con material de segunda mano que, además, pierde su naturalidad y su espontaneidad.

Si permitimos que esta tendencia se siga registrando, si no asumimos abierta y claramente el proceso de dignificación del oficio, quizás está cercano el momento de cumplir esa fatídica frase populista de que cualquiera puede ser periodista.

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