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Olga Orozco: la oscuridad es otro sol

Escrito por Francisco Burbano

“Es víspera de Dios. Está uniendo en nosotros sus pedazos”. Centenario de una poeta crucial, en medio de esta nueva oscuridad.

Francisco Javier Burbano Puin*

 En el principio, la Pampa

En el corazón de Argentina se abre la Pampa, a veces infinita. Esa llanura, recostada contra la Cordillera de los Andes y contenida por el océano Atlántico, es la casi interminable puerta de entrada a un territorio que se pierde hacia el sur, en una región remota de fuego y hielo. En ese extremo del continente americano, en ese lugar mítico trajinado por las barbaries y las nostalgias, se tejen y destejen numerosos relatos.

Entre todos ellos, destaca uno contra el fondo de las leyendas y los años. Con voz ronca y profunda, se oye hablar a una mujer sobre la Pampa de su infancia, sobre esa infatigable extensión en la que “las cosas más ínfimas adquirían un relieve insensato”. Comienza, entonces, el largo inventario del paisaje de su memoria: las altas montañas, cargadas de piedra y nieve; la inmensa tierra gris, atravesada por vientos y ríos oscuros; los pastizales, los médanos, los campos de girasoles, los matorrales y los cardos, y al fondo, casi borrado por la bruma, el caldén, árbol nudoso, de ramas ásperas y desnudas; las cercas, los muros bajos y las talanqueras, todos inútiles; las interminables vías del tren, la larga sucesión de vagones, las diminutas estaciones perdidas en medio del polvo; a lo lejos, casas e iglesias dispersas, pueblos y ciudades pequeñas como pañuelos. Y en lo alto, un cielo profundo, a veces limpio, inundado de sol,  a veces tormentoso y cerrado. La tierra de la más honda lejanía.

¿De quién son esa voz y esos recuerdos que regresan de la muerte?

El 17 de marzo de 1920, “con sol en Piscis y ascendente en Acuario”, nació en el pequeño pueblo pampeano de Toay la poeta argentina Olga Orozco. Muy pronto hizo a un lado el apellido paterno –Gugliotta– y consagró su nombre al apellido que la acercaba a las mujeres de su origen: su madre, que en vida “la salvaguardaba de cualquier peligro”, y su abuela, una narradora prodigiosa que desde siempre la deslumbró con sus ceremonias blancas.

Pasados los primeros años, vinieron las mudanzas, primero a Bahía Blanca en 1928 y, luego, a Buenos Aires en 1936. Aunque la Pampa quedaba atrás, inevitablemente ella se convirtió en un paisaje interior, el lugar de una infancia perpetua plagada de terrores y misterios. Vinieron, con los viajes, los oficios precoces: la escritura y el tarot. Vinieron los amores (entre ellos, su única gata, Berenice) y los amigos (Oliverio Girondo y Alejandra Pizarnik, y todos los artistas e intelectuales que confluyeron en “La Tercera Vanguardia”, en la revista Canto y en la heterogénea generación del 40). Vinieron las muchas ocupaciones, la radio, el teatro y el periodismo, las notas de los años sesenta en la revista Claudia (que firmaba con ochos seudónimos distintos, más o menos) y los “orózcopos” del diario Clarín, firmados entre 1968 y 1974 por “Canopus”, su pseudónimo astral y, también, el nombre de una de las estrellas más luminosas del cielo terrestre. Vinieron, sobre todo, los libros y, más tarde, los premios. Finalmente, en 1999, vino la muerte, después de un ataque al corazón. Esa fue, entre tantas otras cosas, la vida de Olga Orozco.

Cien años después de su nacimiento y veintiún años después de su muerte, ¿qué se puede decir de su poesía?

La poesía de Olga Orozco

Foto: Facebook Olga Orozco poeta
La poesía de Olga Orozco se baraja entre las máscaras, las voces y las manos.

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En medio de todo, los poemas

Muchas cosas se han dicho sobre la poesía de Olga Orozco. En principio, se ha dado vueltas en torno a la elaborada estructura de sus poemas, ese cristal hechizado que desgarra, vertiginosamente, los límites de la lengua y el lenguaje. Con  Desde lejos (1946), su primer libro, se erige la forma general de su poesía que perdura intacta hasta el final: sus poemas se despliegan como una inundación oceánica, sus versos son un desborde incesante en la oscuridad. Se trata, pues, de una escritura enigmática, a veces deslumbrante, otras abrumadora.

Por otro lado, la poesía de Olga Orozco ha sido incrustada, sin posibilidad de reinvención o fuga, en la tradición del surrealismo. Ese, a mi parecer, ha sido el gran error: considerarla una dócil y previsible heredera. Además de las vanguardias europeas, cruciales en el panorama latinoamericano de principios del siglo XX, la poeta argentina alzó su obra sobre la luz de horizontes distintos: las tradiciones milenarias condensadas en los Vedas, el Libro de los muertos egipcio y el gnosticismo; las literaturas del siglo XIX, sobre todo, las obras de Giacomo Leopardi, Gérard de Nerval, Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud y el conde de Lautréamont; las obras de Rainer María Rilke y Czeslaw Milosz, y las de varios de sus contemporáneos, entre ellos, Juan Rulfo. Los poemas de Olga Orozco no son, bajo ningún motivo, simples cadáveres exquisitos construidos a fuerza de asociaciones automáticas y versos abandonados a la inconsciencia.

En ellos, más bien, se inaugura un mundo insaciable, una cierta forma del universo erigida sobre las estructuras de los sueños. Lejos del delirio ininteligible, los poemas van y vienen entre la vigilia y el sueño, rondan en el más acá y el más allá de las cosas, dan inicio al desdoblamiento o la transfiguración de lo real. Así, se despliegan los múltiples estratos de la experiencia: no sólo el rostro luminoso de la luna, también su mar oscuro; no sólo la armazón del mundo, también su espalda y sus declives; no sólo las profundidades del alma, también su revés.

Para que se cumplan las visiones, los poemas se transforman en ceremonia. Por supuesto, como se cuenta en “La cartomancia”, antes que nada se sufren las demoras de toda iniciación: “Las Estrellas alumbran el cielo del enigma./ Mas lo que quieres ver no puede ser mirado cara a cara/ porque su luz es de otro reino./ Y aún no es hora. Y habrá tiempo”. Lentamente, en una especie de insomnio, la poesía despierta al enigma del mundo y, entre los signos y los símbolos, se deja oír un doble llamado.

De golpe, los poemas se adentran en una región en sombras –un inmenso desierto, una casa abandonada– sólo habitada por fantasmas. De ese primer llamado se habla en “Desdoblamiento en máscara de todos”: “Lejos,/ de corazón a corazón,/ más allá de la copa de niebla que me aspira desde el fondo del vértigo,/ siento el redoble con que me convocan a la tierra de nadie”. Arrojados a esa zona del lenguaje, los poemas atraviesan el despojo y la herida, el abismo y la caída, la expulsión y el éxodo. Allí, la realidad aparece bajo la forma de un cortejo en retirada, de un largo prontuario de derrotas.

Sin embargo, no se trata de la insoluble tiranía de las tinieblas. Es, más bien, la exposición de un campo de batalla, porque, como se lee en “Con esta boca, en este mundo”: “Nuestro largo combate fue también un combate a muerte con la muerte, poesía”. Indudablemente, de esa batalla con las sombras surge un segundo llamado.

Poemas de Olga Orozco

Foto: Facebook Olga Orozco poeta
Cien años después de su nacimiento y veintiún años después de su muerte, ¿qué se puede
decir de su poesía?

Entonces, los poemas se abren a una región luminosa –un camino de luciérnagas, un jardín– en el que crecen las flores entre aguas, hogueras y senderos. En “Génesis” se oye la voz del antes, el ahora y el después, la voz del principio y el final: “El cielo estaba ardiendo en la extinción de todos los infiernos/ y en la tierra se borraban sus huellas y sus pruebas./ Yo estaba suspendida en algún tiempo de la expiación sagrada; yo estaba en algún lado muy lúcido de Dios;/ yo, con los ojos cerrados./ Entonces pronunciaron la palabra”. Entre ritos y oráculos secretos, con la intermediación de talismanes y sortilegios como poemas, se hace posible el regreso desde la muerte y al amor. Allí, la realidad aparece bajo la forma del asombro, la entrega infinita  y el canto.

La poesía de Olga Orozco se baraja entre las máscaras, las voces y las manos: blasfemia, lamentación, elegía, letanía, plegaria, presagio, invocación, revelación y canto, todo en el golpe deslumbrante de un relámpago. Es una poesía barajada entre las piedras (usaba tres para escribir: una que le regaló su primer amor antes de irse ella de Toay a los ocho años, otra extraída de la tierra donde nació su padre y la última, de la tierra donde nació su madre), suspendida en el tiempo, en la memoria y el olvido, en la muerte y el amor, inseparables acaso.

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Al final, los homenajes

Con todo, se celebran los cien años del nacimiento de Olga Orozco. ¿Por qué diez, cincuenta, cien años y no once, cuarenta y cuatro, noventa y ocho? Como siempre, la fascinante superstición del diez.

La celebración sería larga: notas y artículos; reediciones y prólogos; un doodle en Google; recitales, conferencias y seminarios; un largo etcétera. La pandemia y la cuarentena han hecho de esto algo más íntimo, tal vez más auténtico y atroz.

Se celebran cien años de una búsqueda infinita. Unidad y ruptura, los poemas de Olga Orozco, finalmente, revelan la pequeña almendra ensimismada en el fondo del tiempo: “Es víspera de Dios./ Está uniendo en nosotros sus pedazos”.

*Profesional en Estudios Literarios.

**La foto de portada es una ilustración elaborada por Paula Burbano Puin. 

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