OEA: fragmentación, presiones y adaptación - Razón Pública
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OEA: fragmentación, presiones y adaptación

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La OEA se encuentra inmersa en una situación compleja, vinculada a la crisis del multilateralismo y a la fragmentación de América Latina, la ideologización y la falta de liderazgo. Adicionalmente, enfrenta problemas presupuestales y hay fricciones políticas en una América Latina en la que predomina un péndulo ideológico izquierda-derecha.

La Organización de los Estados Americanos (OEA), organismo multilateral creado en 1948, enfrenta actualmente una coyuntura crítica tanto en su dinámica interna como en su relación con el contexto latinoamericano e internacional. Esta situación puede caracterizarse como una crisis multidimensional, derivada de las divergentes percepciones e intereses de sus Estados miembros, así como de tensiones institucionales y financieras. En particular, los incumplimientos presupuestales podrían afectar de manera significativa su sostenibilidad y su viabilidad futuras.

La finalidad principal de este organismo multilateral es afianzar la paz y la seguridad del continente, asegurando la solución pacífica de las controversias que surjan entre los Estados miembros, además de otras funciones como organizar la acción solidaria de estos y procurar la solución de los problemas políticos, jurídicos y económicos mediante acciones cooperativas, de desarrollo económico y social y de carácter cultural.

El multilateralismo se configura como el núcleo del orden internacional en el que participan diversos países que tienen un objetivo común y que pretenden que, por medio de la asociación, logren mayor desarrollo y poder negociador. A su vez, se pretende un sistema internacional más justo y estable, basado en reglas que se respeten y se cumplan. Sin embargo, en la actualidad se presentan dudas, principalmente por parte de gobiernos de derecha como el de Donald Trump, acerca de estos principios y se propicia más bien una bilateralización de las relaciones internacionales. 

En este contexto, la OEA se encuentra inmersa en una situación compleja, vinculada no solo a la crisis del multilateralismo, sino también a la fragmentación de América Latina, la ideologización y la falta de liderazgo. Esta fragmentación y polarización dificultan su accionar, en una organización en la que, en muchas ocasiones, primaba el consenso para sus decisiones.

Y es que, en la actualidad, la región enfrenta una etapa marcada por la pendularidad ideológica y mayor incidencia de factores externos que han sumido el multilateralismo en una crisis de gobernanza profunda. Se han presentado diversas olas ideologizadoras en la región, que incluyen variadas mareas rosas y tendencias de derechización, como las que se observan hoy en día.

Péndulo latinoamericano

La Marea Rosa, de 2003 a 2013, se caracterizó por la búsqueda de mayor autonomía frente a la presión de países extranjeros y por la reinserción de la política social en la agenda regional. 

Luego, desde 2015, se asistió a un “giro a la derecha”, caracterizado por la elección de gobiernos liberales-conservadores, los cuales promovieron un multilateralismo más pragmático que se fortaleció si se considera el declive de instituciones posliberales, como Unasur.  

En 2018 se inició un retorno al péndulo progresista, con el triunfo de la izquierda en países miembros como México, Colombia, Chile y Brasil, con Manuel López Obrador (2018), luego Gustavo Petro, Gabriel Boric en 2022 y el regreso de Luiz Inácio Lula da Silva en 2023. Ellos impulsaron un enfoque orientado a las políticas sociales, pasando, en ocasiones, las económicas a un segundo plano. 

La etapa dominada por gobiernos progresistas quedó atrás y la región —con algunas excepciones— ha girado claramente hacia la derecha o ultraderecha y la polarización. Toda una Ola reaccionaria. Gobiernos como los de Nayib Bukele, Javier Milei y Daniel Noboa, y las elecciones de José Antonio Kast y Abelardo de la Espriella en 2026 son tan solo una muestra del giro ideológico que padece la región. 

Y todo esto afecta y altera a una organización multilateral como la OEA, fundada, además, en un momento en el que los conflictos eran territoriales, los actores eran exclusivamente estatales y se atravesaba la Guerra Fría. Además, predominaban ideas similares en la región y los márgenes de autonomía de los países eran precarios. En la actualidad, las amenazas a la seguridad son diferentes: las transnacionales y la incidencia de actores no gubernamentales son cada vez mayores. La OEA debe modernizarse y, desde la década de los noventa del siglo pasado, ha realizado esfuerzos, pero solo ha logrado adaptarse a las nuevas circunstancias internas y externas de la organización.

La población se muestra inconforme y desconfiada de organismos multilaterales como la OEA. No se observan resultados concretos ante conflictos internacionales.  Se atraviesa, pues, una crisis de expectativas y de resultados. 

¿Presiones estratégicas?

Adicionalmente, la OEA enfrenta problemas presupuestales. Estados Unidos, que paga el 49,9% de la financiación y en 2026 debería aportar US$46 millones, aún no lo ha hecho. Esta cifra es casi la mitad del gasto corriente de este organismo multilateral, que depende de los aportes de sus países miembros. 

Y como si esto fuera poco, hay fricciones políticas en una América Latina en la que, como se mencionó en este artículo, predomina un péndulo ideológico izquierda-derecha que percibe de manera distinta el papel de este tipo de organizaciones. 

Donald Trump exige una gestión más ágil y alineada con su agenda de seguridad regional. Todo esto dificulta el margen de maniobra del secretario general, Albert Ramdin. Y parecería que existen, por parte de Estados Unidos, presiones políticas para un cambio de orientación en un momento en el que prima una nueva derecha latinoamericana más acorde con el huésped de la Casa Blanca.

Foto: Flickr: OEA- OAS

Importancia para Colombia 

Este organismo multilateral ha sido fundamental para Colombia. No solo por los dos secretarios generales que ha tenido, Alberto Lleras Camargo y César Gaviria, sino también por el tratamiento de temas prioritarios para el interés nacional del país, como la democracia, los derechos humanos, la seguridad y la cooperación regional. 

La OEA ha impulsado y respaldado en Colombia los procesos de paz y su implementación, el respeto por los derechos humanos con la CIDH, la cooperación en materia penal y judicial, la lucha contra las drogas ilícitas con la Comisión Interamericana para el Control del Abuso de Drogas (CICAD) y el Mecanismo de Evaluación Multilateral (MEM), el combate contra el terrorismo y el crimen organizado transnacional con el CICTE, y ha ejercido una observación en diversos procesos electorales, entre otros.

Al mismo tiempo, la OEA le ha servido a Colombia como plataforma de proyección internacional y regional, y podría impulsar al país a fortalecer su poder regional y ejercer un liderazgo que ha querido tener, pero que se le ha dificultado. Le ayuda a Colombia a ser más visible e influyente. Es decir, a posicionarse como potencia regional y a fortalecer vínculos y alianzas con los 34 países miembros de la organización en los ámbitos bilateral y multilateral. Hay que recordar que la Constitución de 1991 da prioridad a la integración y el relacionamiento de Colombia con América Latina y el Caribe.

La importancia geopolítica de que Colombia participe en la OEA es una realidad que se demuestra, como se ha señalado en este artículo, con hechos tangibles. Nuestro país tiene múltiples características como país andino, amazónico y caribeño, con vertiente hacia el Pacífico. Y la OEA le ha servido para apalancar, en el plano geopolítico, esta ubicación geoestratégica, que incluye grupos de integración como la Alianza del Pacífico, el Mercosur, la CAN, la Asociación de Estados del Caribe y el Proyecto Mesoamérica. Y en todos ellos se avanza también para combatir grandes flagelos como el crimen organizado transnacional y, además, para proteger la democracia en el continente. 

Eso sí, en Colombia se ha avanzado y se requiere de una mejor y más adecuada diplomacia digital y económica en la que la gobernanza público-privada desempeñe un importante papel bajo el liderazgo del Ministerio de Relaciones Exteriores con un pragmatismo institucional que visualiza el conjunto de la inserción internacional del país. Y, sobre todo, con un paraguas multilateral cooperativo como el que brinda la OEA. 

En consecuencia, el escenario actual parece conducir a un multilateralismo cada vez más complejo y, probablemente, más defensivo.

Le recomendamos: La OEA en Panamá a doscientos años del primer sueño anfictiónico

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Martha Ardila
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