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Occidente e Islam: monoteísmo semítico y paranoias colectivas

Escrito por Ricardo Chica
Ricardo Chica Razonpublica

Ricardo Chica RazonpublicaEnemigos irreconciliables, pero hermanos gemelos. Detrás del “choque de civilizaciones” hay un fundamentalismo musulmán, un fundamentalismo judío y un fundamentalismo cristiano. El Dios de los Ejércitos es en verdad temible.

Ricardo Chica*

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Foto: Government Press Office

No saben lo que hacen

Hace 50 años pesaba sobre el mundo la amenaza nuclear debida a la confrontación entre Estados Unidos y la Unión Soviética. En el mundo  globalizado de hoy, esa amaenza se ha desplazado a la confrontación entre India y Pakistán.

De igual manera, la fuente principal de inestabilidad ha pasado a ser la transformación del conflicto árabe–israelí en una guerra contra el terrorismo enfocada sobre la yihad islámica, que se desplaza por el mundo árabe: en África, hasta Somalia y Nigeria; en Asia, hasta Pakistán e Indonesia.

En una columna  publicada en Portafolio el 29 de diciembre de 2008, consideré pertinente criticar la interpretación huntingtoniana del conflicto palestino–israelí que pretende disolver en un etéreo choque de civilizaciones de origen religioso lo que en realidad constituye un caso de opresión, de expropiación y de ocupación de carácter económico y político: el Estado de Israel ha logrado imponer y estabilizar un nuevo régimen de apartheid, esta vez contra los palestinos.

En uno de esos giros imprevisibles de la historia, la confrontación de Occidente con la yihad islámica se ha ido alejando de su origen para extenderse hacia otro frente: la coalición contra Irak para organizar su ocupación sobre la base de falsa evidencia de la existencia de armas de destrucción masiva.

Esta aventura produjo — en buena medida debido a la torpeza de George W. Bush y de Tony Blair — un millón de muertos y varios millones de huérfanos y de refugiados, más la destrucción de un país.  Todo con el propósito mezquino de entregar jugosos contratos de reconstrucción, de logística y de seguridad a la rosca de Dick Cheney.

Se puede calificar de torpeza, porque se equivocaron de objetivo: hubieran debido intervenir en Afganistán, en donde sí pululaban los aliados de Al-Quaeda. Una torpeza que llevó incluso a consagrar inicialmente este crimen de lesa  humanidad como una cruzada, sello de la inveterada ignorancia de Bush.

Monoteísmo semítico, raíces comunes

¿Qué tienen en común los fundamentalistas islámicos de Indonesia a Nigeria, con los fundamentalistas del cristianismo de derecha en Estados Unidos y con el gobierno de Netanyahu?  Que todos se consideran escogidos por Dios:

· Ya sea por haber sido llamados a extender la yihad contra los infieles occidentales;

· o bien llamados a imponer y a extender a sangre y fuego las libertades democráticas norteamericanas al resto de la humanidad;

· o en fin, por haber sido elegido — por el pueblo elegido — para protegerlo de una amenaza tan espantosa como el Holocausto: un Irán nuclear. 

Este es otro caso de éxito de la propaganda de Israel: lograr que el incierto programa nuclear de Irán deje en un segundo plano a dos amenazas bien reales:

· un Pakistán nuclear, en donde militares — víctimas de una paranoia similar y con estrechos vínculos con el terrorismo islámico — tienen acceso a un arsenal de misiles nucleares de verdad; 

· la demencial Corea del Norte de Kim.

De manera que la cruzada de Bush y de Blair ha efectivamente acercado la coyuntura política internacional a la visión de choque de civilizaciones de Huntington y de Toynbee, quien una vez entendió el estado de opresión impuesto por Israel a los palestinos,  resolvió apoyar a estos últimos. 

Regresión psicológica

Un componente muy importante de este conflicto es la paranoia judía e islámica: la necesidad narcisista de sentirse superior a los demás se reafirma mediante la revelación divina.

 

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Foto: Brave New Films 
 

Por ejemplo, la ocupación ilegal de nuevos territorios despojados a los palestinos por parte de judíos fundamentalistas se justifica con el argumento de que esa es la Tierra Prometida, cuyos títulos de propiedad no provienen del derecho humano, sino de la elección divina, eso sí con el apoyo de milicias no propiamente celestiales: el gobierno y el ejército israelí.

El Occidente cristiano ya hace siglos logró superar la mentalidad de cruzada que, por ejemplo, durante la reconquista española condujo a destruir uno de los casos más notables de convivencia pacífica entre mahometanos, cristianos y judíos: el califato de Córdoba, donde floreció una civilización muy superior a los reinos cristianos medievales. Al frenarse la conquista mora en el Norte de España y en el Sur de Francia, se desencadenaron las persecuciones de la Inquisición.

Pero los furiosos fundamentalistas israelitas, islámicos y cristianos norteamericanos de la actualidad han logrado que el mundo haga una regresión de ocho siglos en el caso de la confrontación Occidente–Islam y de miles de años en las relaciones de los israelitas con sus vecinos. 

El Señor de los Ejércitos

Como es obvio, las dificultades que se enfrentan en cualquier conflicto se hacen insuperables cuando una de las partes alega agencia divina en su lógica opresora, invasora y expropiatoria, mientras la otra también está convencida de que los territorios en cuestión tienen un significado especial en su culto, como es el caso emblemático de Jerusalén.

La paranoia judía ha sido alimentada durante dos milenios por una espiritualidad basada en un Dios nacionalista y racista, que interviene para aplastar a los enemigos de su pueblo escogido y fue reforzada por la tradición de los pogroms, cuya culminación fueron los horrores, la inhumanidad y la deshumanización del Holocausto.

Resultará imposible alcanzar una solución para el conflicto árabe–israelí — o sea encontrar una salida diferente a que el Estado de Israel aplaste a sus enemigos no por intervención divina, pero sí motivado por sentimientos religiosos —  mientras su líder político siga convencido de que la esencia del problema radica en que el mundo islámico —  en particular Irán — intentan regresar a los horrores de la persecución histórica contra los judíos: una expresión prototípica de la paranoia judía.

Pero las otras dos partes — islámicos y seguidores de los cristianos fundamentalistas norteamericanos — no resultan menos irracionales: un mundo occidental alineado con los intereses israelitas y sus cruzadas, de una parte, mientras, por otra parte, impone a sangre y fuego las instituciones democráticas occidentales.

Se asesina a estudiantes que tienen el atrevimiento de pretender que las mujeres tengan acceso al conocimiento; se asesina a voluntarios que intentan salvar a sus niños de la poliomielitis; se asesina a políticos que se atreven a criticar o a oponerse a la extensión de la sharia islámica; fatuas sobre la cabeza de intelectuales o caricaturistas que se atrevan a criticar el extremismo islámico; destrozo de centenares de víctimas mediante atentados suicidas, generalmente durante el culto de la secta opuesta (chiitas contra sunitas).

Este es el resultado de un fundamentalismo que no ha sido permeado aún por la modernidad — que salvó al cristianismo occidental de los horrores absolutistas del Medioevo — y que se expresa, por ejemplo, mediante crímenes feroces cometidos por los opositores sirios:

· como el caso de un rebelde que se come literalmente el corazón de un enemigo;

· o el asesinato de un adolescente, acusándolo falsamente de haber irrespetado al Profeta;

· o el destrozo de docenas de inocentes partidarios del gobierno, mediante el uso de bombas suicidas que incluyen el uso de armas químicas, cuya denuncia significó para Carla del Ponte ser silenciada de Naciones Unidas.

Siria: los mismos errores

Pero por increíble que parezca, americanos y británicos encabezan nuevamente una coalition of the willing — que está uniéndose a Arabia Saudita, ese modelo de democracia —  para apoyar y armar a los rebeldes sirios.

Es un proceder que pone nuevamente de manifiesto la tradicional incapacidad americana para identificar el problema central: tal como no entendió los proyectos históricos de independencia de Cuba y de Vietnam[1], ni el ABC de las alianzas y contradicciones entre sunitas y chiitas — que hacían de una alianza entre Sadam Hussein y Al-Quaeda  un despropósito — e indicaban lo lógico de invadir Afganistán y lo absurdo de invadir a Irak como respuesta a los atentados del 11 de septiembre de 2001.

Resulta sorprendente la incapacidad de la política exterior norteamericana–británica para aprender de sus descalabros: no los hace tomar conciencia del error que están cometiendo en Siria ni siquiera el hecho de reconocer que la primavera árabe solo ha logrado reemplazar unas dictaduras seculares con regímenes inclinados al fundamentalismo islámico, de manera que los derechos de la mujer y otras libertades sufren severas regresiones; ni la forma como los talibanes y Al–Qaeda se volvieron contra Occidente después de que los había apoyado y armado en contra de los rusos.

Nuevamente — como en la guerra contra el terrorismo — están conduciendo paulatinamente a que ese conflicto se convierta en una guerra entre Occidente y el Islam, poniéndose al servicio de los intereses del Estado de Israel — al debilitar el poder militar rival más importante de la región —  a la vez que apoyan a los sunitas contra sus enemigos chiitas más acérrimos: arman a los rebeldes, en vez de forzarlos a negociar.

Como lo dijo un miembro belga del parlamento europeo, armar a los centenares de yihadistas europeos que están luchando contra Assad equivale a alistar a los talibanes que regresarán a Europa flamantemente armados. 

Muy difícil impedir el choque

Pareciera que el choque entre el Occidente post-cristiano y el Islam ha alcanzado un punto de no retorno. Lanzar palos al aire en Medio Oriente no va a lograr frenar lo que se ha ido construyendo poco a poco: un auténtico choque de civilizaciones.

 

 
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Foto: David Shankbone 
 

¿Cómo salir de un predicamento donde el mundo regresa al enfrentamiento medieval entre moros y otomanos contra cristianos? Siendo realistas ya es virtualmente imposible, pues esto requeriría, de parte de Occidente reconocer sus crímenes en Irak, su complicidad con el Estado de Israel en contra de los palestinos e impulsar en forma efectiva la solución de los dos Estados.

A su vez, del lado islámico, se requeriría un esfuerzo de los sectores moderados por ganarse el favor de los jóvenes, hoy en competencia abierta con los fundamentalistas. Este esfuerzo requeriría no solamente una conversión a los aspectos más espirituales del Islam, sino también una extensión de los valores seculares de la modernidad.

Del lado israelí se requeriría que fuerzas políticas progresistas favorables a los derechos de los palestinos ganaran influencia frente a los fundamentalistas y a la paranoia judía encarnada por Netanyahu, algo igualmente difícil en la coyuntura actual.

Superar la resistencia a una salida civilizada requeriría transformar la paranoia enraizada en los orígenes de sus monoteísmos semíticos a los valores espirituales y de respeto por los demás de versiones menos legalistas y ritualistas de sus religiones.

Algo así ha sucedido con el cristianismo: en sus orígenes ofrecía una liberación del ritualismo y del legalismo judíos.  La modernidad lo despojó del exceso de poder, pero propulsó sus valores de solidaridad y de respeto a la realidad política y social. 

La clave está en los valores

La historia del cristianismo arroja evidencia sobre regresiones en el poder eclesiástico desde Constantino, pasando su extensión a sangre y fuego que fue la conquista del continente americano, o la forma como la marina británica impuso la esclavitud a los Estados católicos — España y Portugal — una vez que anglicanos y cuáqueros lograron movilizar su poderoso Estado en contra de los intereses esclavistas.

Pero como también lo atestiguan Montesinos y de las Casas en medio de esos horrores — y ya en nuestros tiempos la resistencia de los teólogos luteranos frente al nazismo en Alemania, que incluyó el martirio de Bonhoeffer en defensa de los judíos, y el Concilio Vaticano II y la Conferencia del CELAM en Medellín — diversos sectores dentro del cristianismo han luchado por moverse hacia una postura más moderna: humildad  y servicio a la humanidad, así todavía haya prelados convencidos de que  fuera de la Iglesia no hay salvación.

En fin, se trata de abandonar sus raíces paranoides provenientes  del monoteísmo semítico y de permeabilizarse a valores cristianos que la modernidad ha permitido desplegar, como el respeto por los derechos humanos y la condenación de la violencia, así antes fuera justificada por el atávico ojo por ojo y diente por diente.

* Director Centro de Estudios Asiáticos, Universidad Autónoma de Manizales. Ph.D, M.Phil en Economía, y Diploma en Desarrollo, de la Universidad de Cambridge. Ha sido profesor de las universidades de los Andes, Javeriana y Cambridge e investigador del CEDE y Fedesarrollo.    

[1] Ver: “The Fog of War: Eleven Lessons from the Life of Robert S. McNamara”, documental de Errol Morris. 2003.

http://www.youtube.com/watch?v=KkQk50qtTwo

 

 

 

 

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