Nuevas oportunidades para la universidad: la virtualidad como enfoque práctico y orientado al estudiante - Razón Pública
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Nuevas oportunidades para la universidad: la virtualidad como enfoque práctico y orientado al estudiante

Universidad, profesores y estudiantes pueden combinar la virtualidad y la presencialidad para mejorar el aprendizaje y ponerlo al alcance de todos.

Grupo multidisciplinario de innovación en educación*

La vieja normalidad

Recordemos nuestras últimas clases presenciales: hace más de un año, justo cuando comenzaba la temporada de lluvias, teníamos salones estrechos para un gran número de estudiantes. Había poca ventilación; el vaho del curso anterior se confundía con el del siguiente.

Aparte de los mismos de siempre, había poca participación, pese a que había más o menos 80 estudiantes: muchos pendientes de sus teléfonos y computadores portátiles. Abundaban los bostezos; las ventanas se empañaban por la humedad y lluvia; se esperaba un gran trancón tras el diluvio del día.

¿De verdad queremos volver a lo mismo?

Ventajas de las clases virtuales

Las grandes clases “magistrales” —algunas universidades las abren al público y las llaman cátedras— nos dan la pauta sobre qué debemos hacer con los cursos a los que asisten muchos estudiantes: virtualizar.

La primera razón obvia es el riesgo de salud: el contagio es más probable para un profesor que dicte 30 clases por asignatura, que trabaje en salones con decenas de estudiantes que vienen y van. Siendo realistas, según las pautas de bioseguridad para COVID-19 en espacios confinados, las universidades tienen pocos salones para impartir clases a tantos estudiantes a la vez.

La educación remota abre la posibilidad de superar las aulas y de llegar a más personas. De este modo, pueden alcanzar zonas apartadas; además, descentralizaría las universidades y —¿por qué no? — las ayudaría a crecer un poco.

Temas de interés general se prestan muy bien para el formato de la gran cátedra. En los colegios comunitarios (community colleges) de Estados Unidos, los estudiantes pueden ver los primeros semestres de su carrera universitaria cerca a sus casas. Si este modelo se estableciera en Colombia, este tipo de cursos aportaría mucho a los programas formales.

Las grandes clases “magistrales” nos dan la pauta sobre qué debemos hacer con los cursos a los que asisten muchos estudiantes: virtualizar.

Por último, estas iniciativas aliviarían las enormes brechas educativas entre diferentes regiones de Colombia. Esta tarea sigue siendo apremiante para la política educativa; las universidades públicas y privadas podrían aportar mucho.

Regreso a la presencialidad, un intento fallido

Durante el primer semestre de 2021, algunas universidades abrieron sus talleres, grupos de estudio y laboratorios a la presencialidad, con gran ilusión. Al comienzo acudieron pocos estudiantes; llegaron aún menos durante el transcurso de las clases.

Las razones son obvias, sin necesidad de analizarlo exhaustivamente. Primero, se graban las clases y acudir es opcional; pero la segunda razón es más interesante: acudir a la universidad para apenas una clase al día no justifica los gastos ni el tiempo que se pierde en el transporte.

De hecho, la virtualidad mejoró la calidad de vida de muchos: tenían más tiempo para hacer lo que quisieran.

Ahora, imaginemos por un momento a un estudiante que vive lejos de su campus universitario —acaso en otra ciudad—: debe trastearse desde su lugar de origen hacia un sitio más cercano a la universidad; debe gastar en arriendo, alimentación y en transporte local; por último, los costos de la matrícula. Hace este esfuerzo apenas por una o dos horas presenciales a la semana.

¡Qué interesante oportunidad! Se podría, entonces, concentrar los cursos y talleres prácticos en los mismos días, para que lo aprendido compense el esfuerzo por llegar a la universidad.

Los cursos con pocos estudiantes —en los que disminuye el riesgo para la salud de los profesores— son los que más necesitan presencialidad. Así se procuran ambientes bioseguros mientras se imparte una educación de calidad, donde los profesores atienden números ideales de estudiantes por curso.

Foto: Ministerio de Educación Nacional - Las clases virtuales no tienen que ocupar el mismo tiempo que las presenciales. Se puede pensar en mucho más trabajo autónomo.

Mejoraría la educación, no solo la salud pública

Las lecciones del distanciamiento comunitario y de contagio de enfermedades infecciosas en ambientes cerrados deben mantenerse más allá de la COVID-19. Así sea para prevenir una gripe común, es una ganancia en salud pública e individual de la comunidad universitaria.

Pero, en vista de los cambios ambientales, pueden aparecen nuevas enfermedades infecciosas, sobre todo producidas por zoonosis (una enfermedad que se contagia desde otros animales hacia el ser humano). Nuevas epidemias y pandemias nos esperan en un futuro cercano. La universidad puede organizarse para ser más resiliente ante estas calamidades.

Además, el campus universitario se convertiría paulatinamente en un lugar de prácticas, talleres y debate. Esto animaría un ambiente de intercambio, cocreación, investigación e innovación; mejor aún, la atención presencial de cada profesor sería más personalizada.

Aprendizaje centrado en el estudiante: hora de dar el gran salto

Es necesario que la educación cambie de énfasis: hoy se da más importancia a la enseñanza que ofrecen los profesores e instructores que al aprendizaje de los estudiantes. En otras palabras, hay que pensar más en el mensaje que perdurará en el estudiante después de la clase, no en la lista de contenidos que un profesor se propone cumplir.

Los cursos con pocos estudiantes —en los que disminuye el riesgo para la salud de los profesores— son los que más necesitan presencialidad.

Pero, por décadas —casi que como una trampa en la interacción entre estudiantes y profesores— el enfoque sigue estando equivocado.

Los profesores, con frecuencia, aprovechan la clase para ampliar su conocimiento, reafirmarlo, mostrarlo a los estudiantes y que les reconozcan su dominio de la asignatura. Para algunos es más interesante sumergirse en una discusión académica de alto nivel que desarrollar metodologías pedagógicas para que sus estudiantes puedan comprender gradualmente los contenidos.

Este sería un esfuerzo mayor y, además, tiene menos incentivos: es placentero ampliar sus conocimientos y que les reconozcan su experticia. En ese orden de ideas, para el maestro es más difícil hacer énfasis en el aprendizaje.

Pero para los estudiantes la situación no es mejor: materias, temas, tareas, exámenes y fechas que cumplir. Por lo tanto, es más cómodo asistir a las clases como si se tratara de ir a un teatro o un stand-up comedy o de sentarse frente al televisor. Es decir, se incentiva una actitud pasiva: buscar entretenimiento en un personaje que pasa al frente, que cuenta una historia ojalá interesante.

Tal vez se haga un esfuerzo por seguir la discusión, por tomar notas y, a veces, por hacer preguntas. Pero es difícil entenderse como protagonista —corresponsable— del proceso de enseñanza y aprendizaje.

Aprendizaje en pandemia

La pandemia ha acentuado esta situación: para muchos estudiantes, la clase se convirtió en una voz que habla por un dispositivo electrónico, con la que no es necesario conversar ni mostrar interés; para el profesor, su cátedra tradicional evolucionó hacia un discurso dirigido a cajas negras que esconden su audiencia.

Así, este escenario plantea la urgencia del cambio que se discute hace décadas:

  • ¿Qué deben hacer los profesores para que no sean ellos, sino los estudiantes, los protagonistas de los procesos de enseñanza-aprendizaje?
  • ¿Cómo evitar que este esfuerzo caiga en prácticas indeseables? Por ejemplo, excusándose en la responsabilidad del estudiante, el profesor podría ser negligente.
  • ¿Cómo alcanzar ese equilibrio en el que unos y otros salen de los roles tradicionales de orador y audiencia?

El riesgo de la actual pandemia y de otras que puedan venir —como ya hemos explicado— se suma a los problemas que ya existían y que el confinamiento hizo evidentes. Hay que redefinir el equilibrio enseñanza-aprendizaje y poner al estudiante en el centro de la ecuación.

Los métodos tradicionales se han arraigado en la academia por siglos y se han acomodado en su propio sistema de incentivos para preservarse en el tiempo. Estos procesos están llamados revisarse: las formas de interacción cambiaron, pero también se abrieron nuevas posibilidades para responder a lo que el estudiante necesita.

Un cambio necesario

Algunos apenas alcanzamos a implementar las metodologías virtuales; de todas maneras, nos ayudaron a avanzar hacia esa meta.

En esencia queríamos un estudiante que aprendiera haciendo, elaborando sobre los temas de la clase en diversos formatos y exponiendo sus ideas. Algunos estudiantes fueron muy receptivos ante estas iniciativas; para otros fue una carga excesiva de trabajo.

Acá se identifica un cambio necesario: las clases virtuales no deben ser tan frecuentes como las presenciales. Tantas reuniones seguidas en streaming fatigan demasiado. Incluso se habla de desórdenes del estado de ánimo, de dolencias musculares y óseas por falta de movimiento y mala postura, de alteraciones en los ojos y el ritmo circadiano por la exposición constante a la pantalla.

Lo ideal sería, por ejemplo, tener una demostración semanal del profesor y otro tipo de interacción virtual de forma asincrónica. Incluso, algunas semanas podrían dedicarse al trabajo autónomo. Acá es donde los profesores necesitamos respaldo de nuestras universidades: apoyo a la innovación educativa e incentivos para que el estudiante se comprometa con el nuevo modelo.

Tenemos que ir más allá de las encuestas de satisfacción y percepción.

Solo un salto cualitativo nos llevará hacia una educación acorde con la realidad global, con las necesidades de la sociedad y con los retos actuales.

El riesgo de no hacerlo, como con cualquier tecnología que no se actualiza, es la obsolescencia.

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