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Nuestra imbecilidad moral

Escrito por RazonPublica

Donald Trump ha llevado el sofisma de la falsa equivalencia hasta un nivel sin precedentes en la historia.  

Hernando Gómez Buendía* 

Frente a las cámaras de televisión, a la vista del mundo, el presidente de Estados Unidos declara con soberbia que cometió el delito por el cual el Congreso está a punto de juzgarlo.  Dice que va a seguir cometiéndolo. E invita abiertamente a varios gobiernos extranjeros a que le ayuden a seguir haciéndolo.  

Su argumento es muy sencillo: el tan solo está cumpliendo el deber de pedir que se investigue a dos políticos corruptos. Hillary Clinton, por haber contratado a una empresa de Ucrania para atacarlo con fake news en las pasadas elecciones. Y Joe Biden (por pura coincidencia, el más probable rival de Trump en estas elecciones), por haber exigido la destitución del fiscal que investigaba a su hijo como miembro de la junta directiva de una empresa petrolera que robó mucha plata en Ucrania y en China. Un inglés y un australiano ayudaron también a las fake news de Hillary y por tanto estos países también deben denunciarla. 

Lo único cierto de todo lo anterior es la presencia del fulano en la junta directiva, y la petición de Biden, como vicepresidente de Obama y en representación de la OTAN, de que el fiscal fuera destituido porque no estaba investigando a ninguna de las muchas empresas corruptas de Ucrania. Lo demás son inventos enfermizos de Trump y sus compinches, que han sido investigados hasta la saciedad por la CIA, el FBI y los fiscales de Ucrania, Reino Unido y Australia sin encontrar ni la más mínima prueba. 

No importa: los seguidores de Trump están seguros de que Hillary es corrupta, Biden es corrupto, los demócratas, todos, son corruptos. En la historia de Estados Unidos, ningún candidato y ningún presidente ha sido tan corrupto como Trump, estafador de profesión, ahora traficante de influencias, abusador de mujeres, ególatra y mentiroso empedernido. No importa: los Clinton son corruptos, los Biden son corruptos.           

El truco no funcionaría si no fuera por los periodistas, fiscales y personas honestas e “imparciales” para quienes una falta es una falta. Personas como el director del FBI cuando anuncio que investigaba a Hillary por usar su computador personal para comunicaciones oficiales, y ese anuncio a pocos días de las elecciones, le dio a Trump la victoria. Una falta es una falta, y el señor del FBI escribe libros, se lava las manos y repite que cumplió con su deber. 

Es la falsa equivalencia.  Lo que en Colombia hacen cada día los periodistas independientes, imparciales y honestos, que denuncian con el mismo vigor e igual escándalo al que dijo tener un diploma que no tenía y al autor de una masacre, al político que se robó unos millones y al que se robó unos miles de millones, al que sus fuentes le dicen que es un bandido y al que ha sido condenado por los jueces.  

Es la imbecilidad moral convertida en el arma y la bandera de los buenos, de los que luchan sin cuartel contra la corrupción, de esos mismos que piden pena de muerte o cadena perpetua para el que viola niños peo no para el que asesinó campesinos detrás de un uniforme, el editorialista que denuncia la fuga de Aida Merlano pero guarda silencio sobre las maniobras billonarias de los grandes “empresarios” de Colombia, el señor y los jóvenes que dicen que “todos los políticos son corruptos”, o los que dicen que el secuestro justificó a los paramilitares o que las injusticias de Colombia justificaron los crímenes de las guerrillas, o el gran líder que no les puede perdonar a las FARC y sin embargo perdonó a las AUC.

Sin entender que unos males son más malos que otros, y que ningún mal justifica otro mal, no hay moral, ni hay adultos, ni hay sociedad, ni hay futuro posible. 
      
* Director de la revista digital Razón Pública. 
**Artículo publicado originalmente en El Espectador.

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