Ni mercado, ni Estado, ni academia: educar ciudadanos para el mundo - Razón Pública
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Ni mercado, ni Estado, ni academia: educar ciudadanos para el mundo

Escrito por Freddy Cante
fredy cante

fredy canteDurante este fin de semana se juega su suerte la educación superior en Colombia. El intenso pulso entre estudiantes y gobierno no se definió del todo. Es hora de reflexionar. Una invitación a ampliar las perspectivas para encontrar el propósito profundo de la educación, más allá de las lógicas particularistas.

Freddy Cante*

¿Qué sigue ahora?

La movilización de los estudiantes, masiva, creativa y no violenta, y su impacto contundente en lograr que el gobierno pusiera reversa y mostrara intenciones de retirar el proyecto de reforma a la educación superior, constituyen un logro en sí mismo, sin duda.

Sigue ahora la tarea de afrontar tres grandes desafíos:

  1. promover más igualdad de oportunidades en el acceso a la educación.
  2. buscar que una persona con liderazgo intelectual y no con estrecha visión de negocios asuma el ministerio de educación.
  3. promover la educación para la formación de ciudadanía y la generación de democracia.

A este último punto he dedicado el siguiente análisis.

Más allá del debate sobre la educación gratuita

En su Jerarquía de los CornudosCharles Fourier mostró que existen alrededor de 80 formas de que le pongan los cuernos a cualquier persona. Así demostró cuán frágil y porosa es la barrera protectora de los derechos al sexo y al afecto exclusivos, que con ingenuo orgullo, ostentan maridos y esposas aún en estos tiempos.

Hoy, cuando muchos ansían el acceso a una educación superior de calidad y sin ánimo de lucro, también se podrían hallar muchas formas bajo las cuales educandos, profesores y egresados terminan tarde o temprano siendo maleables instrumentos de intereses, ya sean estos mercantiles (lucro), estatales (razones de Estado), o propios de las vanidades del ego (narcicismo académico).

La universidad es un sistema abierto: sus entradas o insumos son presupuestos, donaciones, matrículas, servicios de consultoría y educación comercial, y sus salidas o productos son los egresados y la investigación académica y aplicada.

Este sistema opera como una “fábrica de conocimiento útil” que está conectada, principalmente, con el mercado y con el Estado. Sólo marginalmente mantiene contacto con los sectores sociales marginados y excluidos del mercado y del Estado, sus “víctimas”. 

La lógica del mercado

El lenguaje del mercado gira en torno del interés, definido como soborno, cruda codicia, insaciable apetito de lucro. Hay una diversidad de intereses mercantiles, a saber:

  1. De universidades con ánimo de lucro, que pueden ofrecer “servicios educativos”, a condición de que estos sean rentables, y exigen altas matrículas a los educandos.
  2. De muchos de los propios estudiantes quienes, con precocidad, básicamente estudian porque están movidos por el lucro: rápida movilidad social, altas aspiraciones salariales, buenos negocios
  3. De muchas de las universidades que diseñan y mantienen el perfil de las carreras universitarias (las prioridades en materia de contenidos temáticos de la investigación y la docencia), en función de los resultados cognitivos y de los servicios profesionales que demanden las empresas mercantiles (que con incentivos monetarios premian a las mejores ofertas y castigan a los herejes que osaron tomar cátedras políticamente incorrectas).
  4. De muchos profesores e investigadores que, en aras de “servir” a su universidad, adoptan estrategias privadas para generar recursos monetarios propios, mediante consultorías comerciales, venta de servicios de educación continuada o asesorías, y terminan siendo reducidos al papel de intelectuales vasallos de intereses mercantiles, aunque amasen una “pequeña” fortuna personal.
  5. De muchos catedráticos que han de sobrevivir dictando montones de horas de cualquier cosa que les demanden (¡la dictadura de clase!), y cumpliendo (con salarios de hambre) con los deberes académicos que, supuestamente, deberían cumplir los profesores más estables.

La lógica del Estado

Cuando prima la razón de Estado, las universidades están en riesgo de educar e investigar en función de cuestionables y nocivos poderes de destrucción, y de intereses políticos, que benefician a unas élites o a sectores muy privilegiados.

El Estado no es un ogro filantrópico. La política también es un negocio. La universidad ha ofrendado ejércitos de serviles “intelectuales” para alimentar Leviatanes infernales como el totalitarismo (en donde confluyeron enfermizas pretensiones del conocimiento como el socialismo autoritario y el fascismo).

La universidad de la tan publicitada “democracia” estadounidense ha ofrendado algunos de sus más selectos hijos a la Razón de Estado: brillantes economistas (laureados con el Nobel), como J. K. Arrow, J. Nash, H. Simon o T. Schelling han sido leales servidores de las empresas guerreristas de la mayor potencia militar del planeta.

La lógica del ego academicista

Cuando reina la vanidad de los académicos, estos promueven sus propios intereses por encima de todo: valiosos puntos (premios traducibles en dinero) por publicaciones en revistas académicas ultra-especializadas y posicionadas en rankings internacionales y por otras formas de producción editorial.

A esto se suma la carrera por ostentar conocimientos exclusivos, secretos y por crear abstrusos modelos… aunque habiten el mundo platónico y luchen por resolver problemas imaginarios.

Es por lo menos inocente pensar que resulten desinteresados e iluminados paladines salvadores de la humanidad los disciplinados ejércitos de científicos obedientes a la férula académica (lo que es obligado y permitido pensar) y aferrados a su vanidad (credenciales, publicaciones, títulos). 

¿Más leyes o comportamiento voluntario? 

Nuestro atávico santanderismo macondiano nos hace creer que los problemas se solucionan mediante buenas leyes —¡y bonitas constituciones! —. Pero la ley tiene dos límites: a) es apenas una estructura de incentivos selectivos (castigos y recompensas) que por sí sola no cambia el comportamiento de la gente; b) en los muy pocos casos donde resulta sensata y bien diseñada, no se cumple a cabalidad, pues del dicho al derecho hay mucho trecho, del derecho a la acción hay onda brecha… Desde La Riqueza de las Naciones de Adam Smith y El Leviatán de Hobbes, economistas y juristas se han concentrado en diseñar estructuras de comportamiento mediante incentivos selectivos: garrote y zanahoria.

Infortunadamente con frecuencia se olvida que los seres humanos podemos cambiar de comportamiento voluntariamente, transformar nuestros sentimientos, creencias, valores, ideologías y visiones del mundo.

La formación de mejores personas a partir de cambios voluntarios de comportamiento ha sido el legado de sabias enseñanzas de revolucionarios como Jesús, Gandhi, Marx, Gramsci y Martin Luther King.

Esta ruta de cambio social voluntario (por convicción y por sentimientos) está teorizada en textos seminales como La Teoría de los Sentimientos Morales de Smith, o La Idea de la Justicia de Amartya Sen.

Ocio y educación

En su oda al ocio In Praise of Idleness, Bertrand Russell mostró que la educación nos permite a estudiantes y profesores una ociosidad reflexiva, un precioso tiempo para ejercer crítica argumentada, un resquicio para construir saber no servil a determinados intereses.

A partir de su planteamiento puede sugerirse la siguiente clasificación del trabajo:

  1. El trabajo genuino es el de orden material (transformar la posición o el estado de diversas clases de materia).
  2. El trabajo intelectual (producir nuevo conocimiento o difundir el existente, para mejorar el trabajo material y para contribuir a la mejora de las sociedades en materia de relaciones sociales y de organización para resolver problemas), y
  3. El pseudotrabajo es el de aquellos que mediante estratagemas de la política (hombres de Estado, militares, administradores y burócratas), o de mercado (organizaciones empresariales, comerciales y financieras) gobiernan a los trabajadores y, parasitariamente, amasan fortunas privadas gracias a lo que captan del trabajo ajeno; en esta dimensión también entran los asesores que aconsejan a los que mandan (los serviles intelectuales) y los políticos (inventores de partidos y de estados de opinión). El trabajo desmedido y sin actividad de reflexión conduce a una moral de esclavos.

Formar ciudadanos del mundo

Cuando los presuntos científicos sociales deifican ficciones como la llamada mano invisible — que pone los vicios privados al servicio de la virtud pública —, entonces confían supersticiosamente en los ajustes “automáticos y sabios” del libre mercado.

Alejandro Gaviria, decano de economía de la Universidad de los Andes, llama hacer bien la tarea al servilismo micro e ignorar el resultado final a la indiferencia acerca de lo macro ¡Como cualquier especulador de los que causaron la crisis económica mundial de 2008, que no acaba de terminarse: hicieron muy bien la tarea — su cadena de transacciones — pero han sido cínicamente indiferentes sobre los resultados finales!

Un mejor economista, el profesor Herbert A. Simon, subrayó que los científicos sociales han de trabajar en pro de intereses colectivos, pues su cliente es la sociedad y, por tanto, no deben descuidar lo macro. Hacer bien la tarea en lo micro (lo local, lo inmediato) exige alguna planificación (proyección macro) para indagar sobre los impactos y consecuencias de una acción.

Martha Nussbaum, en contravía de quienes claman por una educación al servicio de intereses de mercado o de Estado, en contraposición a quienes defienden lo “políticamente correcto” (defensa de la tradición y del statu quo, obediencia ciega a los preceptos de los especialistas), ha mostrado que, gracias a la enseñanza de las humanidades, de las artes y de la literatura, la universidad ha formado y debería seguir formando ciudadanos del mundo [1]. De su propuesta se destacan los siguientes planteamientos, que deberían incorporar no sólo las universidades, sino todos los centros de formación técnica y tecnológica y -como no- los planteles de educación primaria y secundaria:

  1. Formar a los estudiantes en las artes de la argumentación y del pensamiento crítico. Una vida sin reflexión, sin autocrítica, sin dudar de los comportamientos y valores heredados, sin criticar los lenguajes impositivos del mercado y del Estado es una vida sin sentido. Siguiendo la perspectiva de Sócrates, los estudiantes deben ser humildes y reconocer cuán poco saben, pero también exigentes, pues en sociedades complejas no existe existir nadie que pueda ostentar el monopolio de la verdad.
  2. Formar estudiantes que sean ciudadanos del mundo, esto es, de indagar sobre las consecuencias e implicaciones de sus acciones locales y cortoplacistas, y su relación con los grandes problemas mundiales: sobrecalentamiento global, pobreza persistente, crisis económica mundial, agotamiento de recursos naturales, inseguridad alimentaria, atropellos contra las libertades de la gente…
  3. Formar estudiantes que puedan tener imaginación moral, es decir, capacidad para ponerse en lugar de otra gente. Esto depende, en gran parte, del contacto con el arte y con la literatura, y del esfuerzo para narrar bien las vivencias de personas distintas a nosotros en términos de etnia, de ideología, de posición social, de contexto histórico…

Si se trabaja en estas perspectivas, será posible contrarrestar la ubicuidad de intereses que amenazan a la educación y a la democracia.

* Doctor en Ciencias Económicas de la Universidad Nacional, profesor asociado de la Facultad de Ciencia Política de la Universidad del Rosario, investigador del Centro de Estudios Políticos e Internacionales de la misma universidad.

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