Necesitamos ciudades más verdes, no islas de concreto
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Necesitamos ciudades más verdes, no islas de concreto

Escrito por Jorge Vásquez

El cambio climático es real y lo estamos viviendo. Esta es una invitación a combatirlo.

Jorge Vásquez Muñoz*

El cambio climático es real

¿Has sentido cómo en los últimos años las temperaturas parecen cada vez más altas? ¿Pudiste oír con más frecuencia en las noticias los problemas de desabastecimiento o racionamiento de agua por causa de prolongados tiempos secos? y ¿cómo, especialmente durante esos periodos, arden bosques y montañas en Colombia? ¿Te enteraste de las cada vez más numerosas poblaciones afectadas por deslizamientos e inundaciones provocadas por eventos muy intensos o prolongados de lluvia? 

Lo más probable es que hayas respondido sí a alguna de estas preguntas. Esto demuestra que el cambio y la variabilidad climática global son reales y tienen  expresiones locales en todo el planeta. 

Pensemos también en los 11,2 billones de pesos que costaron al país (¡a todos nosotros!) los daños ocasionados por el fenómeno de La Niña del 2010-2011. Es mucho dinero, ¿no? Vemos entonces que el impacto de estas situaciones no es sólo ambiental y a la salud, sino a la economía.

No es un fenómeno distante geográficamente ni un asunto del futuro. Está ocurriendo ya y seguirá ocurriendo con mayor intensidad en los próximos años en todo el planeta, incluyendo tu calle, tu barrio, tu comuna o vereda. Por esto necesitamos adaptarnos a la nueva situación, que será permanente. No se trata de mentira, alarmismo, o exageración, y mucho menos de una broma.

Igual que una crisis en las finanzas personales o familiares nos obliga a pensar cómo hacer uso más inteligente de los recursos, gastar menos o tener mayores ingresos, y la crisis energética a reducir el consumo o a cambiar nuestras fuentes de energía, la crisis climática nos invita a pensar en los ajustes que necesitamos hacer en nuestras actividades y comportamientos cotidianos. 

Foto: Jardín Botánico - Pese a los reconocidos beneficios de las zonas verdes en los barrios, como el de retener el polvo emitido por motos y carros o absorber el agua del suelo después de las lluvias, cada vez es más común que sean reemplazadas por parqueaderos o zonas comerciales.

Lo que se vive en las ciudades

Hemos visto cómo en los últimos años, en Medellín, Bogotá, Cúcuta y otras ciudades, las autoridades ambientales alertan con más frecuencia sobre los críticos niveles de contaminación atmosférica. 

Aumentan las medidas para restringir el uso de vehículos particulares, desaconsejan salir a hacer actividad física y deporte, e incluso suspenden actividades en las instituciones educativas para no exponer a los niños a altos niveles de polución. Esta contaminación, según algunos investigadores, contribuye a la muerte diaria de 5-7 personas en el Valle de Aburrá, por citar un ejemplo.

El cambio climático y la contaminación atmosférica nos afectan a todos, sin discriminación, de forma directa e indirecta. Pensemos, por ejemplo, que las cenizas de los incendios forestales que ocurren en La Amazonía o en Venezuela las respiramos en nuestras ciudades, al ser transportadas por el viento por largas distancias. 

Pensemos también en los 11,2 billones de pesos que costaron al país (¡a todos nosotros!) los daños ocasionados por el fenómeno de La Niña del 2010-2011. Es mucho dinero, ¿no? Vemos entonces que el impacto de estas situaciones no es sólo ambiental y a la salud, sino a la economía

La ecología nos enseña, y lo hará cada vez de forma más clara y ruda, que en la trama de la vida todo está conectado. Desde la desaparición de los bosques en nuestros campos hasta el aumento del número de automóviles que circulan por nuestras ciudades, son múltiples las causas del cambio y variabilidad climática y de la contaminación atmosférica. 

Hay que actuar

Algunas de estas causas reclaman acciones gubernamentales nacionales y de los organismos internacionales. Como ciudadanos debemos confiar y exigir que las realicen, porque está claro que sin la presión de una ciudadanía educada y cohesionada y sin el apoyo de medios de comunicación responsables, nuestros gobiernos no harán las cosas con la velocidad que la gravedad de la situación reclama. 

Otras acciones son ineludibles porque nos corresponden a cada uno de nosotros. Una pequeña y con un impacto positivo es mantener lo más sano posible nuestro entorno inmediato. No solo los lugares en que vivimos y trabajamos, sino también nuestra calle y barrio. 

Y mantenerlo sano no es apenas asear, separar y sacar oportunamente los residuos, o no hacer ruidos que afectan nuestra salud y la de los vecinos. Salud en nuestro entorno es también tener barrios donde podamos sentirnos frescos, cómodos, e incluso alegres. 

Por eso preocupa un fenómeno que se está dando en ellos y que estoy seguro también han visto ustedes. Estamos eliminando nuestras zonas verdes. Estamos suprimiendo nuestros árboles, arbustos, prados y jardines. 

No entiendo bien por qué, si para todos es tan obvio el placer y el bienestar que nos brindan las plantas. Nos ofrecen sombra y frescura; retienen en sus hojas y ramas parte del polvo nocivo que emiten carros y motos; dan cobijo y alimento a las aves que nos alegran los días con su color y canto; ayudan a retener el agua en el suelo después de las lluvias, contribuyendo a que las alcantarillas no colapsen y las quebradas no se desborden; además de otros muchos servicios.

el cambio y la variabilidad climática global son reales y tienen expresiones locales en todo el planeta.

A pesar de todas estas bondades y placeres que nos brinda la vegetación, estamos eliminando y pavimentando nuestros antejardines y andenes arbolados. Los antejardines y andenes son parte del espacio público y tienen una importante función colectiva reconocida por la ley colombiana. 

Pero muchos de ellos se están convirtiendo en parqueaderos o zonas comerciales, originando problemas para la movilidad peatonal, la convivencia, y la salud pública, sin mencionar los perjuicios para la fauna y todo lo que hace a las ciudades más bellas y amables para caminar y vivir.

Una ciudad más verde

Las inspecciones de policía, las oficinas de planeación municipal, las secretarías de medio ambiente y las autoridades ambientales, deben por eso atender con eficacia este problema creciente de nuestras ciudades. 

A multiplicar iniciativas como las que han emprendido, por ejemplo, colectivos de investigadores en Medellín (Sobre el proyecto – Antejardines de Medellín (wordpress.com) o el Instituto de Desarrollo Urbano de Bogotá en algunos corredores comerciales de la ciudad (antejardines | Portal Web IDU). Pero sobretodo a que los ciudadanos cuidemos y cultivemos más plantas en esos antejardines, pues pueden llegar a ser infinitos, por pequeños que parezcan. 

Nuestra salud física y mental necesita esos espacios, próximos a nuestra experiencia cotidiana de la ciudad. Numerosos estudios indican que en ciudades con más vegetación hay menos personas sufriendo de hipertensión, diabetes, o depresión. También por ello necesitamos mantener y aumentar el verdor en nuestros sentidos y en nuestros paisajes urbanos, para vivir mejor.

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