Nacionalismo ramplón y diplomacia | Mauricio Jaramillo Jassir
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Nacionalismo ramplón y diplomacia

Escrito por Mauricio Jaramillo-Jassir

Hace unas meses un importante político colombiano que, de hecho, ocupó cargos diplomáticos de peso salió a la palestra pública invocando la “soberanía judicial”, remedo de concepto para justificar que algunos dirigentes colombianos esquiven instancias internacionales, incluso si se trata de crímenes de lesa humanidad. Hace unas semanas, el presidente argentino tildó a su homólogo colombiano de asesino habiendo señalado en el pasado al Papa Francisco de “imbécil y representante del maligno”. La semana antepasada, el gobierno de Ecuador ordenó el asalto a la embajada mexicana donde se encontraba solicitando asilo el exvicepresidente Jorge Glas. No son hechos aislados ni anecdóticos, se trata de una preocupante tendencia a despreciar el derecho en nombre de la soberanía, y en medio de un nacionalismo ramplón que jamás había sido trascendente ni radical en América Latina. Salvo ahora, los dirigentes y gobiernos se agreden, todo con el fin de disparar la popularidad.

El violento asalto a la sede diplomática mexicana ordenado por Daniel Noboa rompe la historia diplomática latinoamericana. Si bien hay antecedentes como la masacre de indígenas en 1982 ordenado por la dictadura militar guatemalteca en la sede diplomática española, no parece equiparable pues se trataba del auge de los gobiernos castrenses que abrazaron la doctrina de contención al comunismo y en el caso centroamericano, estas acciones se enmarcan dentro del genocidio a la población indígena, cuyo paroxismo fue la masacre sistemática del pueblo ixil. El caso más asimilable del pasado, fue el bombardeo al campamento de las FARC en Santa Rosa de Sucumbíos, norte del Ecuador, ordenado por Álvaro Uribe Vélez en 2008. Al igual que Noboa, el entonces mandatario colombiano suscribió la tesis de que la soberanía de un tercero estaba siendo usada para promover la impunidad y agitando la bandera de su soberanía, ordenó la agresión condenada regionalmente, pero que a la larga quedó en la impunidad. Es más, en Colombia no pocos sectores aún celebran la operación Fénix y consideran que el derecho internacional y sus principios son valores cuyo respeto se circunscribe a gobiernos débiles o hipócritas. En ese mismo son, Uribe Vélez habló alguna vez de una diplomacia “meliflua y babosa”.

Noboa, es un inexperimentado mandatario que llegó al poder por una carambola de circunstancias entre las que se encuentran la incapacidad de su antecesor Guillermo Lasso para gobernar y una forzada aplicación de la llamada “muerte cruzada” (artículo 148 de la constitución) para convocar elecciones y el dramática asesinato del candidato Fernando Villavicencio que cambió drásticamente el panorama electoral. Es el presidente más joven de la historia ecuatoriana con 36 años, pero a juzgar por estos hechos, no ha sido la renovación lo más destacable de su perfil, sino la inexperiencia y las salidas en falso con efectos irreparables para Ecuador y no únicamente en términos de imagen, el deterioro del Estado de derecho con una medida de este tipo es innegable. Como si se tratara de un asunto menor y para restar gravedad, Noboa salió a decir que no pediría excusas a México y que, a cambio, invitaba a Andrés Manuel López Obrador a “comer ceviche con tacos y cerveza” con el fin de limar asperezas. El chiste es flojo y la propuesta destinada, se nota que aún desconoce la gravedad de los hechos e ignora lo que significa el derecho de asilo en esta zona y lo que representa México para miles de asilados que huyeron de las dictaduras militares a lo largo del siglo XX y lo corrido del XXI.

AMLO a través de su canciller Alicia Bárcena (antigua secretaria ejecutiva de la Cepal) ha emprendido una cruzada diplomática en dos frentes, acudir al sistema de Naciones Unidas para lograr la suspensión de Ecuador como miembro (algo que nunca ha ocurrido) e interponer una denuncia ante la Corte Internacional de Justicia por una clara violación al derecho consular. Además la violenta acción puso en riesgo la vida no sólo de Glas sino del personal diplomático mexicano, sobresale el caso de Roberto Canseco, jefe de la misión mexicana en Quito, violentado por la policía ecuatoriana.

Esta costumbre riesgosa de romper los códigos diplomáticos no es una muestra admirable de incorreción política o de rebeldía frente a un sistema supuestamente anacrónico. Lo contrario, significa un atentado contra un esquema de derechos y garantías recíprocas que incluso en las épocas más aciagas de gobiernos autoritarios se ha respetado con poquísimas excepciones. La cancelación del diálogo bilateral con Quito es una decisión acertada del gobierno colombiano que no puede volver quebrar el derecho internacional en nombre de la soberanía o mostrar simpatía por una acción de ese tipo como se hizo en épocas de Uribe o Duque. Aquello hizo parte del ADN del paréntesis autoritario colombiano (2002-2010) y nos mostró la cara del tan justificadamente temido terrorismo de Estado.

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