Milei, Argentina y los austriacos | Suelen Castiblanco | Razón Pública
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Milei, Argentina y los austriacos

Escrito por Suelen Emilia Castiblanco

Tal vez una de las noticias más sorprendentes de este 2023 ha sido la victoria de Javier Milei en Argentina. El líder de la coalición La Libertad Avanza y exdiputado nacional por la ciudad de Buenos Aires ganó las elecciones presidenciales en segunda vuelta del que, puede ser, el país con la tradición más gobiernista de América Latina. En un país en el que el Estado, ya sea democrático o cooptado por la Junta Militar, ha sido actor central de la economía y la sociedad, Milei se hizo presidente con una agenda que él define como “anarcocapitalista” y “paleolibertaria”.

Entre los múltiples artículos que se han escrito a propósito de la victoria de Milei y las posteriores medidas que ha anunciado como parte de lo que ha denominado “terapia de choque” para la recuperación de la economía argentina, uno de ellos, publicado por la BBC se refiere a la influencia de la Escuela Austriaca de economía sobre el pensamiento del presidente, haciendo particular énfasis en Friedrich von Hayek, Premio Nobel de Economía en 1974, y principal referente de esta escuela a la que también se la acredita por hacer parte del respaldo teórico tras las políticas neoliberales de ajuste estructural implementadas en buena parte del mundo en desarrollo en la década de los noventa.

En el libro “Camino de servidumbre” (1944), Hayek critica al socialismo y a la estrategia de economía planificada que restringe las libertades individuales, y con ellas, considera que también al progreso. Y, en “Los principios de un orden social liberal” (1982), resume buena parte de sus postulados políticos y económicos en una oda al liberalismo y su necesidad para el avance de las sociedades.

De acuerdo con Hayek, el liberalismo no surgió de una construcción teórica, sino que respondió al deseo de expandir los beneficios de la libertad individual de los ingleses en el siglo XVIII y que, desde su perspectiva, fue la razón detrás de la prosperidad y el crecimiento del imperio inglés en el siguiente siglo. Estos principios liberales ingleses, a diferencia de los continentales desarrollados en Francia, parten del supuesto de que, bajo la vigencia de reglas justas que protejan la propiedad privada, se generará un orden espontáneo en el que los individuos estarán en libertad de usar sus conocimientos y aptitudes para perseguir sus propios fines. En este marco, este orden espontáneo no tiene un propósito, ni hay un acuerdo común sobre los resultados esperados; en su lugar, este orden se basa en la reciprocidad, esto es, el beneficio mutuo de los participantes.

La emergencia de esta organización social orientada por la ley y no por un propósito común, implica entonces que el bienestar común no es una meta previamente definida a la que la sociedad deliberadamente desea llegar, sino un orden abstracto que procura “la mejor oportunidad para que cualquier miembro seleccionado al azar haga uso de su saber para el logro de sus propósitos”.

En este marco, el Estado se debe limitar a garantizar el cumplimiento de estas reglas justas de conducta que han emergido espontáneamente en la sociedad y proveer los pocos bienes y servicios que el mercado no pueda. Estas reglas justas aplicadas de forma universal beneficiarán a unos y perjudicarán a otros; sin embargo, esto es un resultado natural del orden social y debe ser aceptado. Los resultados del orden social no están determinados por las intenciones de nadie y no pueden ser previstos, son producto de la combinación de las habilidades, esfuerzos y oportunidades de las personas, pero también de cosas que están fuera de su control. Así, los beneficios de los individuos se derivan del valor de sus servicios, y este valor no tiene nada que ver con la utilidad, merecimiento o necesidad. Como resultado, no sería posible juzgar los resultados del orden social como justos o injustos y, por el contrario, cualquier intento de crear un orden “más justo” implicaría llegar a un acuerdo sobre un fin común, algo contrario al orden espontáneo y, por ende, a la restricción de la libertad individual.

De esta forma, es claro por qué desde los postulados de Hayek, temas tales como la “justicia social”, la redistribución de la riqueza, la superación de la pobreza, entre otros, carecen de sentido. Sin estas funciones, y limitado únicamente a garantizar el cumplimiento de las reglas de conducta, centradas en señalar lo que no se debe hacer en lugar de decir qué hacer, el poder ejecutivo pierde su razón de ser y reducirlo a las mínimas proporciones estaría plenamente justificado.

En economía, todo modelo de predicción siempre requiere considerar los supuestos sobre los que está construido y, pese a sus aspiraciones de universalidad, el contexto en el que fueron pensados. Es claro que las sociedades latinoamericanas son muy distintas a aquella sociedad inglesa cuyas características Hayek pensaba exportar al mundo. La evidencia de esto la vivimos en nuestra región cuando las políticas neoliberales de ajuste estructural mostraron que algunas políticas son muy buenas para la economía, pero muy malas para las personas. La “terapia de choque” argentina podrá recuperar a mediano plazo los indicadores económicos que tanto preocupan a los técnicos, pero lo hará a un alto costo social para aquellos más vulnerables. El tema no siempre son los fines, a veces son los medios.

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2 Comentarios

Daniel Bernal enero 4, 2024 - 2:58 pm

Clásico. Los argentinos sólo saben de fútbol. Se merecen a Milei.

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Eduardo Sáenz Rovner enero 4, 2024 - 8:27 pm

Daniel: Argentina es el único país latinoamericano con tres premios Nobel en Medicina y Ciencias. Eso no quita que tengan tres campeonatos mundiales de fútbol. Colombia, sin premios Nobel en Medicina y Ciencias y sin mundiales, se merece a Uribe y a Petro, «two of a kind».

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