
Entre el miedo y las garantías democráticas
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La primera vuelta presidencial se desarrolló en relativa calma. Pero el balance de seguridad electoral no puede reducirse únicamente a la ausencia de violencia o alteraciones del orden público.
Votar en libertad
Las elecciones definen quién gobernará un país y, al mismo tiempo, ponen a prueba la capacidad del Estado para garantizar que la ciudadanía pueda ejercer sus derechos políticos, votar libremente y confiar en las instituciones democráticas. Por eso la seguridad electoral implica garantizar que las elecciones puedan desarrollarse en condiciones reales de libertad política.
Lo anterior supone proteger candidatos, campañas, jurados y puestos de votación, pero también asegurar que la ciudadanía pueda participar sin miedo, presiones ilegales, restricciones a la movilidad o desinformación. De allí que la seguridad de una elección ya no depende únicamente del control del orden público, sino también de la capacidad del Estado para garantizar confianza institucional, libertad electoral y condiciones equilibradas de participación democrática.
En muchos países —y Colombia no es la excepción— los procesos electorales se desarrollan en medio de fenómenos como la polarización política, la desinformación, las presiones ilegales sobre comunidades o el control armado de territorios y economías locales. En estos contextos, la violencia no siempre aparece mediante atentados o ataques visibles. Muchas veces opera de forma más silenciosa, lo que afecta las condiciones reales de libertad política y participación ciudadana.
Así, una elección puede desarrollarse sin hechos graves de violencia y aun así presentar restricciones reales para la libertad política y la participación ciudadana. El miedo colectivo, las amenazas contra liderazgos sociales, las restricciones a la movilidad o la desconfianza institucional también terminan afectando la calidad de la democracia y las condiciones de competencia electoral.
En Colombia esta discusión adquiere una importancia particular. La persistencia del conflicto armado, la expansión de economías ilegales y la presencia territorial de grupos criminales continúan afectando la vida política en distintas regiones del país. Por eso las elecciones terminan convirtiéndose no solo en una disputa entre candidatos, sino también en un escenario donde se cruzan tensiones institucionales, poderes ilegales y problemas históricos de construcción estatal.
Entre el miedo y la calma electoral
La primera vuelta presidencial de 2026 llegaba precedida por un ambiente de fuerte tensión política y preocupación por la seguridad. El atentado contra el candidato presidencial Miguel Uribe Turbay semanas antes de las elecciones reactivó en el país viejos temores sobre el regreso de la violencia política y sobre la posibilidad de que el proceso electoral terminara afectado por hechos de orden público.
El atentado produjo además un efecto político inmediato. Distintos sectores comenzaron a advertir sobre riesgos de desestabilización, amenazas contra campañas y posibles alteraciones violentas durante la jornada electoral. En medios de comunicación, redes sociales y debates públicos volvió a aparecer la idea de que Colombia podía regresar a escenarios de confrontación política más intensos, semejantes a los vividos en otros momentos críticos de la historia electoral del país.
Las alertas emitidas por la Misión de Observación Electoral (MOE), la Defensoría del Pueblo y otros organismos nacionales también reforzaron esas preocupaciones. Desde comienzos de 2026, varias entidades venían advirtiendo sobre riesgos asociados al fortalecimiento de gobernanzas armadas ilegales, amenazas contra liderazgos políticos y restricciones a la libertad del elector en distintos territorios del país.
A esto se sumó el deterioro de varios indicadores de seguridad durante los meses previos a las elecciones. El fortalecimiento de grupos armados regionales, la expansión de economías ilegales y las dificultades para consolidar la presencia estatal en algunas regiones alimentaron la percepción de que el país enfrentaba un contexto especialmente complejo para desarrollar la primera vuelta presidencial.
Incluso algunos candidatos y sectores políticos insistieron durante los días previos en la existencia de amenazas graves sobre el proceso electoral. Las campañas estuvieron marcadas por discursos de temor, denuncias anticipadas de fraude y advertencias sobre posibles hechos violentos. En ciertos casos, la discusión pública pareció desplazarse más hacia la desconfianza institucional y la sospecha política que hacia el debate programático entre candidatos.
Sin embargo, los resultados de la jornada mostraron un panorama distinto al que muchos anticipaban. Las elecciones presidenciales se desarrollaron en relativa calma institucional. No se registraron atentados terroristas ni alteraciones generalizadas del orden público capaces de afectar gravemente el desarrollo de la votación. El Plan Democracia permitió desplegar uno de los mayores operativos de seguridad de los últimos años y garantizó el funcionamiento de puestos de votación, transporte de material electoral y presencia institucional en gran parte del territorio nacional.
La Registraduría, la Procuraduría, la MOE y la Defensoría del Pueblo entregaron un balance de relativa normalidad sobre la jornada electoral. Aunque se reportaron irregularidades, denuncias y algunos delitos electorales, el país logró desarrollar la primera vuelta sin una crisis nacional de violencia ni hechos generalizados de orden público que afectaran gravemente el proceso electoral.
La jornada dejó así una primera conclusión importante: el país logró contener los riesgos inmediatos de violencia política que muchos anticipaban semanas antes de las elecciones. Pero también dejó abierta una discusión más amplia sobre las amenazas que hoy siguen afectando las garantías electorales y la confianza institucional en Colombia.
Más allá del orden público
Pero el balance de seguridad electoral no puede medirse únicamente por la ausencia de hechos graves de violencia durante la jornada de votación. Las amenazas sobre las elecciones hoy son más amplias y muchas veces menos visibles. También pasan por la presión sobre comunidades, la desinformación, la desconfianza institucional o las limitaciones reales para ejercer la participación política en distintos territorios del país.
En Colombia persisten territorios donde actores armados ilegales, economías criminales y estructuras de poder local continúan afectando las dinámicas políticas y electorales. Allí el problema no siempre aparece mediante ataques visibles o alteraciones masivas del orden público. Muchas veces opera de manera más silenciosa, a través del miedo, las presiones sobre comunidades o las restricciones indirectas a la participación política.
La presencia de grupos armados puede afectar la libertad electoral mediante amenazas contra liderazgos sociales, restricciones a la movilidad, control de economías locales o presión sobre comunidades rurales. Aunque estas situaciones no necesariamente impiden la realización formal de las elecciones, sí terminan condicionando las condiciones reales de competencia democrática y libertad política en distintos territorios del país.
Precisamente, uno de los elementos que llaman la atención en los resultados de participación electoral es que, aunque la primera vuelta alcanzó una participación nacional cercana al 58% del censo electoral —una de las más altas de las últimas décadas—, varios municipios históricamente afectados por conflicto armado, economías ilegales o débil presencia estatal continuaron registrando niveles de abstención superiores al promedio nacional.
En distintas zonas del Pacífico, el Catatumbo, el sur de Córdoba, el Bajo Cauca antioqueño y algunas regiones amazónicas la participación electoral siguió siendo considerablemente menor frente a los grandes centros urbanos. Desde luego, la abstención tiene múltiples causas y no puede explicarse únicamente por factores de violencia o inseguridad. Sin embargo, en varios de estos territorios persisten problemas relacionados con restricciones a la movilidad, control territorial armado, débil presencia institucional y miedo colectivo que terminan afectando indirectamente las posibilidades reales de participación política de la población.
Por eso la seguridad electoral hoy también pasa por garantizar condiciones efectivas de libertad política durante todo el proceso electoral y no únicamente por mantener el control del orden público el día de la votación. En muchos territorios las presiones armadas sobre comunidades, los controles ilegales sobre economías locales o la baja capacidad institucional terminan afectando las condiciones reales de competencia democrática incluso sin hechos visibles de violencia.
La disputa por la confianza electoral
A esto se suman otros fenómenos cada vez más relevantes: la desinformación y la creciente desconfianza sobre las instituciones electorales. Durante las semanas previas a las elecciones circularon versiones falsas, denuncias anticipadas de fraude y discursos que cuestionaban la legitimidad del proceso electoral antes incluso de realizarse la votación. En varios momentos, la discusión pública pareció desplazarse más hacia la sospecha política y la polarización que hacia el debate programático entre campañas.
La polarización también termina afectando las garantías electorales y la confianza institucional. Cuando distintos sectores políticos cuestionan permanentemente las autoridades electorales o promueven narrativas de fraude sin suficientes evidencias, se debilita la confianza ciudadana y aumenta el riesgo de conflictividad poselectoral. Allí la seguridad electoral también depende de la capacidad institucional y política para preservar mínimos de legitimidad y confianza pública sobre el proceso electoral.
Por eso la primera vuelta presidencial deja una doble lectura. Por un lado, el país logró evitar una crisis de violencia electoral y mantener la estabilidad básica de la jornada democrática. Pero, por otro lado, siguen presentes amenazas más silenciosas y estructurales relacionadas con la coerción territorial, la fragilidad institucional, la polarización y la desinformación.
Los retos de la segunda vuelta
La segunda vuelta presidencial del próximo 21 de junio llegará en un ambiente probablemente más polarizado y tensionado que el de la primera. La reducción del número de candidaturas a dos y la concentración de la disputa política pueden aumentar las tensiones alrededor del proceso electoral y de sus resultados.
El primer reto seguirá siendo mantener las condiciones básicas de seguridad y orden público que permitieron desarrollar la primera vuelta en relativa calma. La fuerza pública y las autoridades electorales tendrán nuevamente la responsabilidad de garantizar el funcionamiento institucional de la jornada y proteger campañas, liderazgos políticos y puestos de votación.
Pero los desafíos de la segunda vuelta irán más allá del control policial o militar. En las próximas semanas pueden intensificarse las narrativas de fraude, la desinformación y las disputas sobre la legitimidad electoral. Allí las garantías electorales también dependerán de la capacidad institucional y política para preservar mínimos de confianza pública sobre el proceso y sus resultados.
A esto se suma la persistencia de riesgos territoriales en varias regiones del país. Aunque la primera vuelta no registró hechos generalizados de violencia, continúan existiendo territorios donde grupos armados, economías ilegales y estructuras criminales mantienen capacidad de presión sobre comunidades y dinámicas políticas locales. En esas regiones el reto, además de garantizar puestos de votación o presencia de la fuerza pública, es avanzar en tener condiciones reales de libertad política y participación ciudadana.
La segunda vuelta pondrá así a prueba la capacidad del Estado para evitar hechos de violencia, y también la capacidad del sistema político e institucional para mantener mínimos de confianza, legitimidad y estabilidad en medio de un escenario cada vez más polarizado.
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Acerca del autor
German Dario Valencia
*Profesor del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia. Integrante de ISEGORÍA, plataforma digital de seguimiento al proceso de paz con el ELN. Contacto: german.valencia@udea.edu.co
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