Mejorar la calidad de vida de los presos: una inversión rentable. - Razón Pública
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Mejorar la calidad de vida de los presos: una inversión rentable.

Escrito por Santiago Tobón

Mejorar las condiciones de vida de los reclusos reduce la probabilidad de reincidencia criminal y le ahorra recursos al Estado*.

Santiago Tobón**

Prisiones y calidad de vida

En muchos países, la demanda por espacios y servicios en las prisiones está aumentando más rápido que la oferta.

Colombia no es la excepción: entre 1991 y 2019, la población carcelaria colombiana aumentó de 29.000 a 122.000 internos, mientras que los cupos carcelarios pasaron de 28.000 a 80.000.

Estos patrones llevan a preguntarnos cómo la calidad de vida en las prisiones afecta el comportamiento de los internos una vez obtienen su libertad. La intuición sugiere que el paso por prisión debería reducir el riesgo de reincidencia, es decir, que debería disuadir a los criminales de cometer nuevos delitos y debería rehabilitarlos para que puedan incorporarse al mercado laboral.

Pero ¿qué ocurre si las prisiones no tienen espacio y ofrecen servicios deficientes? Dado que el castigo sería más severo, podría pensarse que la disuasión sería mayor. Pero hay razones para pensar que ocurre lo contrario:

  • el hacinamiento en las prisiones facilita la creación de redes criminales;
  • la poca oferta de programas de resocialización deprecia el capital humano; y
  • los malos tratos y la desatención pueden producir un comportamiento de revancha.

Como lo analizo en un trabajo reciente, en el contexto colombiano, las malas condiciones de reclusión tienen una relación directa con la reincidencia del crimen y esto, a su vez, tiene importantes costos económicos y sociales.

¿qué ocurre si las prisiones no tienen espacio y ofrecen servicios deficientes?

Mejores condiciones, menor reincidencia

Entre 2010 y 2013 se habilitó una nueva infraestructura carcelaria en Colombia: se crearon nuevos establecimientos —llamados de tercera generación— y se ampliaron y modernizaron algunas prisiones antiguas.

Incluso hoy, los establecimientos de tercera generación tienen menores niveles de hacinamiento. Esto se observa en la Gráfica 1, que describe la evolución en los niveles de ocupación entre ambos grupos de prisiones.

Gráfica 1. Evolución en el nivel de ocupación total para las prisiones de tercera generación y las demás

Fuente: Tobón, 2020.

Las nuevas prisiones tienen un mayor gasto por interno y una mayor tasa de participación en programas de resocialización. Además, en las nuevas prisiones se interponen menos acciones de tutela que en las viejas prisiones, donde son comunes los reclamos por asuntos relacionados con la mala alimentación, el deficiente acceso a bienes y servicios, problemas de infraestructura, y afectaciones a la salud, entre otros.

En mi investigación, comparo la probabilidad de reincidencia —medida como la probabilidad de reingreso al sistema penitenciario en el transcurso de un año después de egresar— entre internos asignados a nuevas prisiones e internos asignados a viejas prisiones.

Estos dos grupos son prácticamente iguales en sus características demográficas y su perfil criminal, y se diferencian únicamente en que unos fueron asignados a prisiones en mejores condiciones.

Los resultados sugieren que las personas asignadas a la nueva infraestructura tienen una probabilidad de reincidencia menor. La diferencia es de alrededor del 36% y sus efectos no son transitorios: tres años después de haber salido de prisión, la diferencia en la probabilidad de reincidencia entre unos y otros internos es del 38%, y la magnitud del efecto medida en puntos porcentuales aumenta de manera sostenida. Este patrón puede observarse en la Gráfica 2.

Gráfica 2. Efecto de la asignación a nuevas prisiones sobre la probabilidad reincidencia, para diferentes ventanas de tiempo, medido en puntos porcentuales

Fuente: Tobón, 2020.

¿Qué explica el efecto de las condiciones de reclusión sobre la reincidencia?

En el trabajo, también examino los factores que podrían explicar esta relación, y encuentro tres posibles motivos:

  1. Redes y habilidades criminales

Tras su paso por viejas prisiones, los internos parecen desarrollar un mayor capital criminal, es decir, más redes y habilidades criminales.

Esto se debe, entre otros factores, a que en las viejas prisiones se necesita ser parte de una mayor red interna para la supervivencia. En estas prisiones, una parte importante de la regulación interior recae sobre grupos criminales, que controlan patios y pasillos.

Los internos deben trabajar para grupos criminales si quieren tener condiciones de vida decentes: una cama, acceso frecuente a un baño, o trabajar para generar ingresos, por ejemplo, vendiendo drogas.

  1. Educación y resocialización

En las viejas prisiones, el capital humano de los internos parece deteriorarse.

Por un lado, en estas prisiones hay un acceso más restringido a programas de resocialización. Por otro lado, estos programas parecen no atender las necesidades de entrenamiento ocupacional y de educación de los internos.

La escasez de recursos de la autoridad penitenciaria no permite ofrecer programas innovadores para atender las necesidades de los internos. Algunos requieren educación; otros, formación ocupacional; otros, terapias y apoyo psicosocial. Algo de esto se hace, pero de una manera relativamente limitada.

  1. Malos tratos

El paso por las viejas prisiones es una peor experiencia, en muchas dimensiones, que el paso por las nuevas prisiones. La Gráfica 3 compara los niveles de ocupación de los sistemas de prisiones en 204 países:

Gráfica 3. Condiciones de reclusión en el mundo, medido con niveles de ocupación

Fuente: Tobón, 2020.

Como se ve, las viejas prisiones colombianas tienen niveles de ocupación del 176%, similares a las de Liberia (166%), Brasil (164%), y Honduras (179%). En cambio, las prisiones de tercera generación tienen niveles de ocupación del 112%, similares a las de Chile (111%), Reino Unido (110%) o Francia (116%).

El hacinamiento, los malos tratos y las menores oportunidades de resocialización llevan a peores condiciones de vida. Una forma de medir estas condiciones de vida es la probabilidad de morir, que en una vieja prisión es 80% mayor que en una nueva prisión.

Por eso, las personas que pasan por viejas prisiones parecen estar menos motivadas para tener una relación adecuada con la sociedad.

Los costos de las viejas prisiones

Finalmente, si hacemos una evaluación costo-beneficio del cambio en el bienestar de los internos, derivado de la construcción de las nuevas prisiones, encontramos que este es un esfuerzo que vale la pena.

Por un lado, construir cada cupo carcelario tiene un costo, y requiere un presupuesto adicional para administrarlo.

La Gráfica 4 compara los gastos por interno por año, medidos en dólares ajustados por paridad adquisitiva, para 105 países y estados de Estados Unidos.

Gráfica 4. Condiciones de reclusión en el mundo, medido con el gasto por interno

Fuente: Tobón, 2020.

Las viejas prisiones colombianas tienen un gasto de 15 millones de pesos por interno (12 mil dólares ajustados por paridad adquisitiva), similar al gasto de Serbia (10 mil dólares), Montenegro (11 mil dólares), y Grecia (13 mil dólares).

En cambio, las prisiones de tercera generación tienen un gasto de 29 millones de pesos por interno (24 mil dólares ajustados por paridad adquisitiva), similar al gasto de República Checa (21 mil dólares), Estonia (28 mil dólares) o Portugal (29 mil dólares). En países como Noruega, con una ocupación del 92%, o Australia, con una ocupación del 95%, los gastos anuales son de alrededor de 100 mil dólares por interno.

La probabilidad de morir, en una vieja prisión es 80% mayor que en una nueva prisión.

Pero, por otro lado, el crimen genera costos sociales. En el trabajo estimo que el efecto neto del mayor gasto en prisiones menos el costo social del crimen es positivo si el costo social promedio por crimen es mayor a 2.5 millones de pesos. Este es un valor muy bajo si se tiene en cuenta que cerca del 2% de las personas que analizo fueron condenadas por homicidio, y el 3% por delitos sexuales.

Al hacer este análisis, se encuentra que el cambio en el bienestar de los internos deja más beneficios que costos en solo tres años.

*Este artículo hace parte de la alianza entre Razón Pública y la Universidad EAFIT. Las opiniones expresadas son responsabilidad del autor.

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