Mejor la compasión que la venganza - Razón Pública
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Mejor la compasión que la venganza

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Darío LondoñoA propósito de un asesinato que debe horrorizarnos y ayudarnos a cambiar.

Darío Londoño Gómez *

Hoy, a las seis de la mañana, como es ya costumbre en nuestro país, escuché el Himno Nacional mientras revisaba mis notas para terminar este artículo, "Cesó la horrible noche" escribió el Presidente Rafael Núñez en la primera estrofa. Tengo que aceptar que al escucharla se me sobrecogió el corazón; cuántas veces hemos pensado que por fin cesó la horrible noche, cuántas veces lo hemos deseado.

Sin embargo pensé en la noche que tuvo que vivir el padre de los tres niños asesinados, qué horrible noche tuvo que ser esa. Pero también pensé en las noches que está pasando el Subteniente, detenido, en manos de la justicia, como debe ser, pero sobre todo en compañía de su conciencia, sin poder reparar el daño que hizo, oyendo el odio, la rabia y la ira que hoy le profesa el país entero.

Y después del Subteniente pensé en el General Navas, a quien conozco, un hombre de hablar pausado y rostro tranquilo, qué horribles noches debe estar pasando también, sufriendo por las víctimas y también por los victimarios, sus hombres. Sé que se duele, pero tengo la certeza de que en estas noches y también en las anteriores está pensando en una solución definitiva, o por lo menos en el comienzo de una solución; porque tras ese rostro tranquilo hay un hombre de acción, preocupado por los derechos humanos, por los niños, por sus nietos.

Si queremos ser algún día dignos de nuestro Himno Nacional, si queremos acercarnos a que por fin cese esta horrible noche, ha llegado el momento de dejar de culparnos entre nosotros y actuar juntos como país, como sociedad.

No tengo la intención de justificar de ninguna manera las actuaciones de algunos miembros del ejército, no podría; pero sí tengo la intención de continuar y reforzar mi creencia en el ser humano, en el individuo, en un ser que es capaz de tanta bondad, coraje y fortaleza, como de tanta maldad, cobardía y debilidad. Hoy tengo la firme intención de que reflexionemos sobre la compasión.

La empatía y la compasión se pueden aplicar a alguien que uno ama, quiere o aprecia, a alguien que uno no conoce y a un enemigo, a alguien que me hizo daño o que hizo algún daño; estas dos últimas constituyen la compasión genuina. Es fácil, es natural sentir compasión por un niño, por una víctima, por un padre o una madre que sufren; es difícil, muy difícil sentir compasión por quien hizo daño a ese niño, por ese victimario. Y sin embargo, esa es la compasión verdadera.

Entiendo y comparto con la sociedad colombiana su preocupación y sus reacciones frente a los últimos hechos. Son muy graves y no tienen excusa ni justificación alguna, pero al oír las declaraciones y leer los titulares, no puedo hacer otra cosa sino pensar en cuánto ha permeado la violencia todas las capas de nuestra sociedad.

Hemos aprendido a manejar el maltrato, maltratando; a ser heridos, hiriendo. Respondemos a la rabia con rabia y a la violencia con más violencia. Esto no puede continuar.

Ha llegado el momento de dejar de culparnos entre nosotros y crear una sociedad que pueda afrontar la complejidad, las decisiones difíciles, la ambigüedad, el dolor, el dolor de sus miembros sin trivializarlo, de todos sus miembros, de las víctimas y de los victimarios. Porque sólo entendiendo sus comportamientos y las causas que lo producen, podremos prevenirlo.

La semana pasada murió un coronel del ejército, uno de los más brillantes oficiales de estrategia militar, estudiante del General Navas. A este coronel también lo lloramos, pero en silencio, en privado; estamos acostumbrados a que los hombres y mujeres del ejército mueran. Si fuésemos una sociedad que puede afrontar su propia complejidad, el dolor de todos nuestros miembros debería ser igual. Pero estamos acostumbrados a la muerte, estamos acostumbrados a la violencia.

A pesar de mi "rebeldía social", creo en la disciplina, en su aplicación y exigencia, especialmente en las instituciones militares; pero por experiencia sé que la moral impuesta no funciona. La moral requiere un desarrollo individual, hay que promoverlo, así como promovemos el aprendizaje de las matemáticas en los colegios o escuelas, o el avance del ejército hacia la paz.

La compasión, la ética y la moral deben ser enseñadas, practicadas, reforzadas. Preparamos a nuestros niños y jóvenes para la universidad y el trabajo, pero, ¿los preparamos para enfrentar el mundo? ¿Los preparamos para cambiarlo? Debemos empezar a educar seres humanos emocionalmente capaces, no inválidos.

En mi reciente ejercicio profesional me ha tocado trabajar tanto con el ejército como con el Instituto de Bienestar Familiar. He visto los hogares de las madres comunitarias, los hogares de los niños y niñas que reciben apoyo del Estado y también de quienes no lo reciben, pero como contraste, he visto a soldados y oficiales pelear una guerra interminable, los he visto, con el corazón sobrecogido, mutilados, heridos, tanto en el cuerpo como en alma, los he visto bajar de un helicóptero en una bolsa negra.

Como especie, hemos tendido siempre a ignorar lo que no nos gusta, a esconderlo, a negarlo; según William Ospina nuestra historia es "la historia de una permanente venganza", desde la primera indígena violada por un soldado del ejército de Carlos V. Pero al igual que en la novela de Urzua, en la reflexión final de su personaje, quien afirma: "No reconocí las señales y me tocó empezar de nuevo", creo que hoy nos pasa lo mismo, no hemos reconocido nunca las señales. William Ospina tiene razón, debemos volver a empezar.

* Ingeniero Civil de la Javeriana. Master en Hidraulica Fluvial de la Universidad de Delft. Primer Viceministro de Vivienda, Agua potable y desarrollo urbano. Director de Invias. Director de la CAR. Profesor Universitario de la Javeriana y la Escuela de Ingenieros.

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