Medicamentos para la COVID-19: ¿qué sabemos hasta el momento? - Razón Pública
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Medicamentos para la COVID-19: ¿qué sabemos hasta el momento?

Escrito por José Julián López
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Las vacunas disminuirán la velocidad de contagio, pero no aliviarán a las personas contagiadas. ¿Cuáles drogas o tratamientos han demostrado alguna eficacia para tratar la COVID-19?

José Julián López*

Una carrera con falsas salidas

Desde el comienzo mismo de la pandemia se han venido investigando medicamentos o tratamientos que puedan prevenir o disminuir los síntomas de la COVID-19. Pero infortunadamente y hasta hoy no se conocen medicinas que eviten los desenlaces fatales entre pacientes que ingresan a las Unidades de Cuidados Intensivos (UCI).

La llegada del virus por supuesto causó gran conmoción, y los hospitales del mundo entero se congestionaron ante la demanda desbordada de atención médica especializada. Entonces se tejieron muchas teorías en torno a qué medicamentos podrían aliviar la enfermedad.

Pronto se supo que el virus SARS-Cov-2 ingresaba al organismo al unirse a los receptores donde actúan medicamentos como enalapril y losartán, y que además tenían una relación indirecta con analgésicos como el ibuprofeno.

Poco después el médico francés Didier Raoult realizó algunos estudios mal diseñados y anunció que la azitromicina (un antibiótico) y la hidroxicloroquina (un medicamento para el paludismo y la artritis reumatoide) mostraban resultados espectaculares.

La falta de alternativas y las exigencias de la situación obligaron a los médicos a usar estos medicamentos. Mientras tanto los científicos los estudiaban y la población los consumía sin control, alentada por la opinión de algunos políticos. Pero nadie conocía las consecuencias de combinar esos dos medicamentos, a tal punto que hoy en día no se sabe cuántas personas fallecieron como consecuencia de las arritmias producidas por esta interacción medicamentosa.

Cooperación internacional

La OMS intentó poner orden y dio comienzo a un programa internacional de investigación más riguroso, que se conoce como el proyecto Solidaridad. Institutos nacionales de salud, gobiernos, universidades y hospitales de más de cien países han venido sumando sus esfuerzos y compartiendo hallazgos para tratar la nueva enfermedad. En Colombia, el doctor Carlos Álvarez, médico e infectólogo, fue nombrado coordinador de estos estudios.

Hoy en día no se sabe cuántas personas fallecieron como consecuencia de las arritmias producidas por esta interacción medicamentosa.

Este ensayo clínico pretende obtener evidencia más robusta y de mejor calidad sobre la enfermedad, pero también recuperar los lineamientos éticos que se dejaron a un lado debido a la urgencia de la pandemia. Durante los primeros meses se violaron muchos principios éticos, entre ellos: solicitar un consentimiento informado a los pacientes o a sus familiares para usar medicamentos cuya eficacia (principio de beneficencia) y seguridad (no maleficencia) eran desconocidas.

Foto: Presidencia de la República Algunos tratamientos que han mostrado ser efectivos, son muy costosos y de difícil adquisición.

Tipos de pacientes y formas de tratarlos

La COVID-19 se manifiesta de diversas maneras. Casi el 80 % de los infectados no presenta síntomas o los presenta levemente, como si fuera una gripa. Otro 15 % presenta síntomas moderados y necesita atención médica en los hospitales. El 5 % restante corresponde a las personas que presentan complicaciones respiratorias, cardiacas o renales.

Dependiendo de cómo se manifieste la enfermedad, los pacientes recibirán un tratamiento distinto. Las personas que no presenten síntomas o cuyos síntomas sean leves únicamente necesitan aislarse y utilizar acetaminofén.

Quienes presenten síntomas moderados usarán ocasionalmente medicamentos antiinflamatorios, antibióticos para contener o evitar la sobreinfección por bacterias, e incluso un soporte ventilatorio no invasivo, por ejemplo, oxígeno por cánula.

Finalmente, algunas personas necesitarán atención médica especializada en las UCI, con profesionales altamente capacitados y una cantidad de fármacos adicionales al tratamiento contra la infección o sus complicaciones.

Desde una perspectiva epidemiológica, las vacunas deben prevenir la transmisión del virus y disminuir la velocidad de contagio. Pero quienes necesiten atención en los hospitales precisarán de medicamentos que disminuyan las complicaciones de la COVID-19.

La vacunación aún está lejos de ser universal y no puede olvidarse el tratamiento de los pacientes individuales, es decir, el tratamiento para disminuir los síntomas o las complicaciones de la infección por COVID-19 y el tratamiento que ataca directamente al virus (viricida) o que disminuye su replicación.

Muchas alternativas y no mucha claridad

Entre los medicamentos más usados para disminuir los síntomas o las complicaciones de la COVID-19 se destacan la hidroxicloroquina, la azitromicina, la dexametasona, el tocilizumab, los interferones y más recientemente la colchicina.

Por otro lado, entre los medicamentos usados para acabar con el virus están la ivermectina, el plasma de convalecientes y algunos antivirales como remdesivir, avifavir, favipiravir y lopinavir+ritonavir, un reconocido medicamento contra el VIH.

Pero los médicos necesitan también otro grupo de medicamentos para mantener los signos vitales de los pacientes graves: fentanilo, midazolam, propofol y rocuronio, entre otros.

Autorizaciones para uso de emergencia

La pandemia dio pie a un exceso de demanda de los medicamentos anteriores, y esto a su vez impulsó la búsqueda de otras alternativas farmacológicas. Por eso la información al respecto cambia con mucha rapidez e incluso puede variar entre el momento de escribir esta nota y el de su publicación.

Hasta la fecha y aunque los resultados son dudosos, el remdesivir está aprobado para uso de emergencia en Estados Unidos, pero no en Colombia. La dexametasona también está aprobada; es un medicamento barato y conocido por los médicos debido a sus propiedades antiinflamatorias e inmunosupresoras.

Se demostró que esas características ayudaban a disminuir la mortalidad en los pacientes hospitalizados en cuidados intensivos, aunque esta situación no es extrapolable a los pacientes con enfermedad leve o moderada.

La ivermectina aún no cuenta con el apoyo de las agencias reguladoras de medicamentos del mundo, porque la evidencia actual no es suficiente. Sin embargo, es un medicamento económico y su perfil de seguridad es aceptable; por eso se usa ampliamente off-label en muchos países. Esto se conoce en Colombia como usos no indicados en el registro sanitario (UNIRS).

Aunque los resultados son dudosos, el remdesivir está aprobado para uso de emergencia en Estados Unidos, pero no en Colombia. La dexametasona también está aprobada

Debido a su perfil de seguridad desfavorable, se abandonaron algunos medicamentos como la azitromicina, la hidroxicloroquina y el lopinavir+ritonavir. Otros medicamentos como el tocilizumab, los interferones o los antirretrovirales siguen siendo estudiados.

El costo de los tratamientos

El precio de los medicamentos nuevos como el remdesivir o de los desarrollados con biotecnología como el tocilizumab y los interferones es el más elevado; un tratamiento puede sobrepasar los diez millones de pesos.

Es complicado estimar un precio para el plasma de convaleciente, un producto que se obtiene a partir de la sangre de las personas que padecieron la enfermedad, ya que en principio estos productos no son mercancías.

Las demás medicinas tienen un mercado competitivo (los medicamentos genéricos) y aunque presentan precios económicos, ante la alta demanda seguramente caen en el campo de la especulación como consecuencia del desabastecimiento.

Es claro que los enfermos de gravedad necesitarán de la atención médica y los medicamentos. Pero no hay que olvidar que la COVID-19 no es una enfermedad que afecte exclusivamente a los individuos, también es una enfermedad social. Por eso las medidas para controlarla no deben limitarse al campo farmacológico.

Las vacunas ayudaran a disminuir el efecto del virus sobre la salud de las personas, pero también hay que reducir las situaciones que favorecen la diseminación del virus y las complicaciones de la enfermedad: el desempleo, la informalidad laboral, la desnutrición y la falta de vivienda digna y de acceso a los servicios públicos. La vacuna no solucionará estos problemas.

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