Los Tres Caínes: apología de los señores de la guerra - Razón Pública
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Los Tres Caínes: apología de los señores de la guerra

Escrito por María Victoria Uribe
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Hubiera podido denunciar la degradación del paramilitarismo, pero optó por todo lo contrario, presentar al gran criminal como un héroe digno de ocupar la mente de millones de colombianos durante los mejores horarios. 

María Victoria Uribe*

La fascinación por los grandes criminales

Ante todo quiero aclarar que no soy televidente asidua de los canales RCN y CARACOL, así como tampoco lo soy de las telenovelas que estos canales emiten y con las cuales se drogan tantos colombianos.

El canal de televisión RCN ha lanzado una nueva serie con el título de Los Tres Caínes, en medio de la lucha por el rating que caracteriza a estos dos canales de la televisión nacional. Intrigada por las protestas que la serie televisiva incitó entre directivos y estudiantes de la Universidad de Antioquia, me puse en la tarea de mirar algunos capítulos disponibles en internet.

La serie tiene un tufillo de contenido histórico, según lo que puedan entender por historia sus creadores, que no son historiadores. Sus contenidos resultan contradictorios: por un lado, se reconstituye la vida de grandes criminales —  mediante la creación de personajes que, a juzgar por el rating, fascinan a la audiencia — mientras que, por otro lado, la serie es promovida con supuestos fines pedagógicos, dizque para que la historia no se repita y para que los colombianos conozcamos lo que nos ha sucedido.

Ante tal contradicción resulta inevitable hacer, al menos, dos preguntas y una aseveración:

la primera pregunta sería: ¿qué aprenden de veras sobre la historia reciente del país los colombianos y las colombianas que siguen como adictos estas series, donde los personajes son capos del narcotráfico como Pablo Escobar o paramilitares como los hermanos Castaño? 
La segunda pregunta podría formularse así: ¿qué pueden sentir las víctimas, impactadas por la violencia desatada por estos señores y cuyas heridas siguen abiertas, pues aún somos un país en guerra? 
La tercera no es una pregunta, sino un triste señalamiento, ya que la telenovela replica el estereotipo que convierte a quienes luchan contra la violencia en incitadores de la insurgencia. Me refiero a su constante alusión a sociólogos, antropólogos, periodistas y demás trabajadores sociales como supuestos instrumentos de la subversión, alusión que puede convertirlos en víctimas potenciales de la demencia criminal tan contagiosa en este país.
Una historia coja y parcial

Con respecto a la primera pregunta, el televidente es testigo pasivo cada noche de una violencia desmedida que vale porque sí, donde solo aparecen los perpetradores y sus secuaces, donde solo vemos señores de la guerra que deciden quién vive y quién muere.

Una forma maniquea de reconstruir la historia de una guerra que ha dejado preocupantes secuelas de dolor y de incertidumbre. En pantalla, vemos unos personajes semi–barbados, vestidos con uniformes militares camuflados, muy malhablados y toscos, pero que siempre andan armados.

El problema radica en que, hasta ahora en la serie, estos señores no tienen una contraparte creíble. Sus antagonistas son personas pasivas y desdibujadas. Evidentemente para los guionistas y para los creadores de la serie, los únicos personajes realmente importantes son los hermanos Castaño Gil.

Entonces ¿dónde quedan las ruinas de la memoria que el ángel de la historia va dejando a su paso? ¿Por qué no aparecen las personas que han sido aplastadas por estos asesinos y cuyos cuerpos intentan descansar en fosas comunes o en el fondo de los ríos?

Señores libretistas: si van a contar la historia del paramilitarismo, al menos tómense la molestia de contarla completa. En resumen, los televidentes aprenden que la violencia da plata, que asesinar da prestigio y estatus, y que matar y contramatar puede convertir al asesino en figura política.

Entre vampiros y Judas

Con respecto a la segunda pregunta, llama la atención que los reyes protagónicos de la serie sean los asesinos y no se dé la menor importancia a los personajes antagónicos, que efectivamente existieron y dieron su vida por impedir que esta situación siguiera adelante. Es decir, los verdaderos héroes brillan por su ausencia.  Queridos escritores de la televisión colombiana: nunca olviden que tras un vampiro, siempre debe existir un Van Helsing, porque así es la vida.

Finalmente, cómo es posible que en un país como Colombia — harto de la guerra y que intenta desesperadamente pasar la página para convertirse en un país en paz — todavía existan canales de televisión capaces de hacer la apología de la violencia, de la impunidad, del sinsentido de la muerte para ganarse las treinta monedas de oro de Judas, que ahora llaman rating.

 

*   Antropóloga, profesora de la Universidad del Rosario.

 

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