Los sistemas nacional y distrital de cuidado: política social para formar ciudadanos
Foto: Facebook: Secretaría Distrital de la Mujer

Los sistemas nacional y distrital de cuidado: política social para formar ciudadanos

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El cuidado es una alternativa a las políticas sociales neoliberales. Aquí examinamos esta categoría desde la ética, el trabajo y la política.

Yolanda Puyana Villamizar*

Programa local con reconocimiento internacional

El programa de la Alcaldía de Bogotá Manzanas del Cuidado ganó el Premio Internacional de Innovación Urbana de Guangzhou (también conocida como Cantón). Según la revista Cambio, “el reconocimiento destaca las políticas públicas innovadoras que mejoran el desarrollo y la estabilidad social, económica y ambiental en las ciudades”.

Además, todos los candidatos a la alcaldía de Bogotá propusieron continuar con esta política social. A su vez, el Sistema Nacional del Cuidado del Ministerio de la Igualdad se inspiró en este proyecto.

Mostraré cómo los sistemas nacional y distrital de cuidado superan la mirada neoliberal sobre política social; también, cuáles dificultades encuentran en distintas regiones y municipios. 

Le recomendamos: Trabajo no remunerado: la apuesta del Sistema Distrital de Cuidado

Un nuevo paradigma de política social

La administración de Claudia López configuró el Sistema Distrital del Cuidado, según acuerdos con el movimiento social de mujeres. Este es su objetivo: Dar alcance a las demandas de cuidado de manera corresponsable entre el Estado, el Distrito Capital, el sector privado, la sociedad civil, las comunidades, las organizaciones comunitarias, y entre mujeres, hombres y personas no binarias en sus diferencias y diversidad.

Reconocer el cuidado como trabajo proviene de la ética feminista. Implica que el cuidado se entienda como un gasto de energía y como una limitación en las oportunidades de quienes lo asumen como único proyecto de vida

Al mismo tiempo, el Ministerio de la Igualdad —inaugurado por el gobierno actual— creó el Sistema Nacional del Cuidado a través de la Ley 2281 de 2023. Tiene los mismos principios de corresponsabilidad y diversidad del distrital: “garantizar los derechos humanos de las personas cuidadoras” (artículo 6).

Necesidades diarias

Estos programas responden a una división injusta del trabajo entre hombres y mujeres: las actividades dedicadas a la reproducción de la vida y al cuidado. Además, cubren una necesidad central de la población, pues, en Colombia, casi 17 millones de personas necesitan cuidado diario.

Según la Encuesta Nacional del Uso del Tiempo (ENUT), “el tiempo diario promedio dedicado por los hombres a actividades de trabajo remunerado […] es mayor en 1 hora y 20 minutos que el dedicado por las mujeres. En cambio, el tiempo diario promedio dedicado por mujeres a actividades de trabajo no remunerado […] es mayor que el dedicado por hombres en 4 horas y 38 minutos” (Boletín técnico, p. 3)

El cuidado: cambio ético, laboral y político

La categoría cuidado es una alternativa a las políticas sociales neoliberales, que tienen una orientación asistencialista y familiarista. La diferencia se entiende cuando examinamos el cuidado desde la ética, el trabajo y la política.

Por el hecho de existir, todas y todos somos responsables de la vida y del medioambiente que la produce. En consecuencia, nos atañe el ejercicio de la ciudadanía como una tarea de corresponsabilidad entre las redes sociales que garantizan la calidad de nuestra existencia: el Estado, la sociedad civil, los grupos familiares y el mercado.

El Sistema del Cuidado reconoce este esfuerzo como un trabajo. Había sido invisibilizado: por tradición, lo hacemos las mujeres en los hogares, debido a la interpretación social de que es propio de la naturaleza materna.

Reconocer el cuidado como trabajo proviene de la ética feminista. Implica que el cuidado se entienda como un gasto de energía y como una limitación en las oportunidades de quienes lo asumen como único proyecto de vida; lo más importante: quienes cuidan van a apreciarse a sí mismos como trabajadores y productores de riqueza social.

Esto revierte en el Estado la garantía de dos derechos humanos centrales: el derecho a ser cuidado y el derecho a que cuidar no sea la única trayectoria vital posible. También supera la división sexual del trabajo, pues a ambos sexos nos atañe la conservación de la vida.

Como propuesta ética y política, pone el énfasis en las tres r reiteradas por el feminismo:

  • reconocimiento ante la invisibilidad;
  • reducción del trabajo a través de los recursos;
  • redistribución para romper con la injusta sobrecarga de tareas para las mujeres.

Manzanas del Cuidado

Lo que más se resalta del Sistema son las Manzanas del Cuidado: áreas cercanas que integran recursos para atender las necesidades de las familias bogotanas. Hay servicios jurídicos, psicológicos y de recreación, por ejemplo.

Lo más importante, a mi parecer, es el cambio cultural y de equidad, al reconocerse el trabajo de quienes por siglos han mantenido a la población que, por diferentes circunstancias, necesita ser cuidada.

El propósito de los sistemas es involucrar a hombres y mujeres en el cuidado: desmaternalizarlo. Hasta ahora, ha estado inserto en el mundo privado de la familia, a cargo de las madres.

2.622.794 personas —la mayoría, mujeres— han participado en el Sistema Distrital del Cuidado, apenas en los tres últimos años y a pesar de la pandemia.

La sobresaturación de tareas de cuidado daña a quienes se encargan de ellas. Por eso se propone hacer énfasis en las tres R:

  • Las lavanderías comunitarias reducen el trabajo y dan un respiro a los cuidadores, un respiro para descansar y encontrar otras actividades que enlacen con una comprensión distinta del cuerpo agobiado por las tareas. ¿Qué tal una actividad que vivifiqué el diario vivir de una mujer, como montar bicicleta, porque en la infancia nunca tuvo la oportunidad?
  • Hay talleres para que los hombres desarrollen facultades que les faciliten ser cuidadores, en otras palabras, ayudarles a construir una nueva masculinidad. ¿Cuánta agresión no se disminuye?, ¿qué mejor forma de prevenir tanta violencia en las relaciones familiares que la redistribución del cuidado?

Un poco más concreta es la experiencia de una mujer en la manzana del cuidado de Manitas. Ella manifiesta que, en una edad inesperada, por fin alcanzó el ansiado nivel de secundaria asistiendo a la manzana del cuidado todos los sábados; mientras tanto, su hijo discapacitado fue bien atendido.

Al mismo tiempo, como contraste con los efectos de inmovilidad que pueden tener los subsidios, las Manzanas ofrecen proyectos para emplear a los cuidadores motivándolos y ayudándoles a buscar trabajos productivos.

Dejar atrás el asistencialismo

La política social se reproduce a partir de imaginarios propios del pensamiento neoliberal. A nivel general, entiendo por política social neoliberal la que se ha concentrado en los pobres: en quienes carecen de un empleo formal, son estratificados como tales, se imaginan como dependientes y no se trata como a ciudadanos.

En América Latina, el Consenso de Washington estableció esta política social como salida a las crisis económicas de 1989 en Latinoamérica. Este consenso reúne estrategias económicas impulsadas por el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo y el Departamento del Tesoro de Estados Unidos. 

Buena parte de esta estrategia opera por medio de las transferencias condicionadas llamadas subsidios, que tienen múltiples modalidades y justificaciones. Cuando se les otorgan a personas con capacidad de trabajo y sin límites, tienen efectos graves en sus proyectos vitales porque tienden a convertirlos en dependientes.

Durante el gobierno de Juan Manuel Santos, se denominaba Más Familias en Acción; llegaba a 2,5 millones de hogares, incluso a los más apartados del país; lo institucionalizó la Ley 1532 de 2012. Continuó durante Iván Duque y aún no se le ha dado un viraje sustancial en el gobierno de Gustavo Petro.  

Las narrativas sujetas a los subsidios reproducen el asistencialismo; los sistemas del cuidado van más allá, al proponerse una política más integral y humanizante.

Por ejemplo, el programa Familias en Acción se ha utilizado con una intención clientelista: los últimos presidentes lo han tomado como un medio para asegurar su caudal electoral. Cuando se trata del sistema del cuidado, su ética invita a un cambio cultural para que todos activemos nuestro papel en la reproducción social.

Con los subsidios, se tiende a estigmatizar a quienes los reciben; los hace sentirse pobres y “vulnerables”, por lo que minimizan su capacidad para dirigir sus propias vidas. Según Marion Young, “los subsidios conllevan [sic] una estigmatización peligrosa a través del lenguaje, porque cercenan el ejercicio de la ciudadanía, y se inhibe, así, la capacidad de toma de decisiones de los llamados ‘vulnerables’ en torno a su proyección social”.

El cuidado de sí lleva a la solidaridad: ayuda a cada persona a entenderse como interdependiente. 

Los programas como Familias en Acción se han enfocado en las madres; han excluido, por tradición, a los padres del manejo de los recursos y de su participación. Una consecuencia es que las madres usuarias se convierten en lideresas y trabajan en tareas de participación comunitaria requeridas por el programa: un intenso trabajo no reconocido por el Estado.

Los sistemas del cuidado democratizan el trabajo familiar para que sea corresponsabilidad de ambos sexos y de todas las generaciones. 

Los retos 

Los sistemas nacionales y distritales del cuidado enfrentan retos persistentes y continuos ante esta nueva perspectiva de la política social.

En primer término, los servicios sociales deben coordinarse desde una perspectiva de género. Lograr lo alcanzado en Bogotá no fue fácil. El cambio de administración nos lleva a proponer la continuidad de los profesionales a cargo de este sistema. Lo alcanzado hasta ahora refleja horas de trabajo de profesionales, así como su formación en esta perspectiva.

Asimismo, supone proyectar procesos, no actividades que se interrumpan con frecuencia, cuando los encargados de los programas acaban sus contratos. Si no continúan —tras haber trabajado con mística y dedicación—, se malogra lo alcanzado con las comunidades y la capacitación a los profesionales. El Estado no contabiliza estas pérdidas intangibles causadas por contratar personal durante pocos meses.

Foto: Secretaría de Integración Social - La existencia de lavadoras comunitarias implica un descanso para los cuidadores y una oportunidad para llevar a cabo otras actividades.

Las narrativas sujetas a los subsidios reproducen el asistencialismo; los sistemas del cuidado van más allá, al proponerse una política más integral y humanizante.

En segundo lugar, la proyección regional del Sistema Nacional del Cuidado me produce un interrogante acerca del apoyo político a las iniciativas del Ministerio de la Igualdad. Basta recordar la baja votación por candidatos cercanos a Gustavo Petro en las pasadas últimas elecciones.

Por ese motivo son esenciales la responsabilidad y el entusiasmo del movimiento social de mujeres, y de otros sectores democráticos, incluyendo la academia. Recordemos que en Bogotá las mujeres protagonizaron la iniciativa, el seguimiento y la participación a través del Consejo Consultivo.

Nacionalmente, las cuidadoras de personas con discapacidad nos han dado ejemplo con su trabajo arduo y de varios años para que el Congreso aprobara la Ley 2297 del 2023. Esta ley “establece los beneficios para los cuidadores de personas en situación de discapacidad, brindándoles flexibilidades horarias en su lugar de trabajo, oportunidades de emprendimiento, garantía de salud mental y física por medio de EPS y servicios educativos y de formación en el SENA”. 

En tercer lugar, me preocupa la participación comunitaria en las ciudades. La corresponsabilidad incluye la inserción de la sociedad civil en el cuidado. Por eso, la desconfianza de las comunidades en torno al contexto vecinal se podría convertir en un obstáculo para la participación.

El estudio “Nociones y prácticas del cuidado de niños, niñas y adolescentes en Bogotá, Bucaramanga, Cali, Cartagena y Medellín: lo común y lo diverso” encontró fuertes manifestaciones de desconfianza ante apoyar el cuidado de niños, niñas y adolescentes. Por el contrario, las redes parentales se consideraron como las sustentadoras del cuidado.

Interpreto ese temor hacia el otro como consecuencia del desplazamiento ocasionado por el conflicto armado y los problemas de la urbanización. De allí la necesidad de provocar cambios culturales sobre la democratización del cuidado en las familias y, sobre todo, en las comunidades.

Cecilia López Montaño —exministra de agricultura del presidente Petro— deja un claro mensaje: aún es posible que la política social haga más énfasis en la visión del cuidado y —¿por qué no?— que se traduzca en acciones que sustituyan los tradicionales subsidios. Dice la exministra: “La política social, concentrada principalmente en los subsidios, no ha llevado a los pobres a superar su situación, sino que los ha puesto en condición de vulnerabilidad”.

Me atrevo a proponerle a la exministra estas reflexiones aquí hechas para apoyar a la sociedad civil con los sistemas distrital y nacional del cuidado, porque así nos encaminaríamos a superar tanto asistencialismo, maternalismo y clientelismo en la política social. 

Puede leer: El crítico panorama de los cuidadores en Colombia

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