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Los partidos en Colombia: en qué están y a dónde van

Escrito por Francisco Leal Buitrago
Francisco Leal Buitrago

Francisco Leal BuitragoLa historia de vieja data, las huellas de Álvaro Uribe Vélez, la habilidad de Santos y el juego de coaliciones ayudan a entender el momento político y las perspectivas de los partidos de la Unidad Nacional, los verdes y el PDA, en unas votaciones que estarán amenazadas por la violencia y la exclusión social.

Francisco Leal Buitrago*

Del sectarismo al clientelismo

El bipartidismo Liberal-Conservador nació a mediados del siglo XIX y penetró en toda la población, sin distingos de clase, en una sociedad rural, pobre y atrasada, mediante la  "fe de carbonero" que indujeron las guerras civiles de la segunda mitad de ese siglo.

Aquel sectarismo pre-moderno permitió que el bipartidismo se mantuviera como fuerza política suprema hasta mediados del siglo XX, sustituyendo en gran medida a un Estado sumamente frágil. Su mayor logro fue sobrevivir a varios intentos de formación de terceros partidos.

A partir del tardío proceso de modernización del Estado, que comenzó bajo el Frente Nacional (1958-1974), el sectarismo fue sustituido por el clientelismo -que disparó la corrupción- como medio principal para reproducir el bipartidismo: este fue el resultado de mantener la paridad obligatoria en los cargos públicos en una época de rápida expansión de la burocracia.

Se acaba el bipartidismo

Pero, paradójicamente, el Frente Nacional hirió de muerte al bipartidismo, porque trasladó la competencia electoral al interior del partido que tuviera su turno, lo cual dio pie a las facciones identificadas con los nombres de jefes nacionales pero sostenidas por los caciques locales. El fraccionamiento diluyó poco a poco las divisas azul y roja, y las identidades de liberales y conservadores. Numerosos caciques sustituyeron así la autoridad suprema de los ‘jefes naturales'.

La prolongada exclusión y la marginalidad de la mayor parte de la población, y el  consecuente déficit de conciencia ciudadana, se mantuvieron sin mayores cambios. Durante el siglo y medio de bipartidismo, la violencia cumplió un papel de mediación  política, propiciada por la debilidad y la modernización tardía del Estado. Desde los años ochenta, la lógica del narcotráfico diversificó la violencia y profundizó los autoritarismos regionales, que buscaron la ‘captura' del Estado mediante su presencia en el Congreso.

Golpes de gracia y sorpresas iniciales

El proceso antedicho culminó con las elecciones presidenciales de 2002, cuando por primera vez un candidato disidente de uno de los dos partidos tradicionales alcanzó la Presidencia en la primera de las dos vueltas. A partir de 2002, el frágil sistema de movimientos y partidos menguó su ya escasa capacidad de aglutinar el conjunto de intereses sociales para tramitarlos ante el Estado, en una sociedad modernizada mediante las prácticas del ‘capitalismo salvaje'.

El debilitamiento de los partidos fue estimulado por los manejos caudillistas del Presidente Uribe, inéditos en la historia del país. El accionar autoritario nacional y regional profundizó la individualización de la política, mientras que la coalición de gobierno impulsó la reelección presidencial inmediata, que fue alimentada con el clientelismo y la corrupción.

Pero después de cuatro años de continuidad, la ratificación de la prohibición constitucional de una segunda reelección abrió el espacio para una nueva coyuntura, que crea muchos interrogantes para el futuro de los partidos. La breve pero intensa campaña electoral de 2010 fue también inédita en la historia nacional:

  • Apretadas encuestas mostraron cambios rápidos y drásticos en las preferencias ciudadanas.
  • Los resultados de las elecciones legislativas se disociaron radicalmente de lo ocurrido luego con las presidenciales.
  • Un amplio sector de ciudadanos apáticos estimulados por los desmanes del gobierno rodeó al candidato que percibían como honesto. A este sector se sumaron los críticos del gobierno para dar el gran susto al candidato triunfador, cuya campaña se apoyó en la arrolladora maquinaria política oficial, en medio de subterfugios poco éticos.

Los partidos post-Uribe

En orden descendente de número de votos en las pasadas elecciones legislativas (porcentajes aproximados) se presentan primero los partidos principales de la coalición del gobierno de Uribe y luego los principales opositores e independientes.

Los Uribistas

  1. Partido de la U (25 por ciento), fundado al comienzo del gobierno Uribe como eje de su guardia pretoriana e integrado por desertores provenientes principalmente del Partido Liberal. Fue el eje de la coalición de gobierno alimentada con dádivas clientelistas;
  2. Partido Conservador (21 por ciento), rescatado por Uribe de los restos del bipartidismo y sumiso puntal consentido por los favores oficiales. Ratificó el deslizamiento presidencial de los principios liberales;
  3. Partido de Integración Nacional PIN (8 por ciento), grupo ‘uribista' resucitado con este nombre luego de perder la personería jurídica por la investigación de varios de sus miembros por irregularidades referentes a la ‘para-política' y la ‘narco-política';
  4. Partido Cambio Radical (8 por ciento), desertor del Partido Liberal que alimentó la coalición de gobierno.

 De oposición e independientes

  1. Partido Liberal (17 por ciento), el otro sobreviviente del bipartidismo, que tuvo el mérito de lograr esta votación luego de cuatro años de oposición al gobierno de Andrés Pastrana (1998-2002) y de ocho años al gobierno de Uribe (2002-2010);
  2. Polo Democrático Alternativo (7 por ciento), opositor del gobierno y más reciente emprendimiento de la izquierda, con gran acogida en las elecciones presidenciales de 2006;
  3. Partido Verde (4 por ciento), independiente, acogió la alianza de dos ex alcaldes de Bogotá y uno de Medellín, cuya fórmula integrada por Mockus y Fajardo dio la sorpresa de la ‘ola verde' que asustó al candidato oficialista[1].

El éxito de Santos

El presidente Juan Manuel Santos demostró una gran habilidad política desde que, de manera subliminal, inició su campaña cuando aceptó el cargo de ministro de Defensa en el segundo período de Uribe. Esto fue ratificado en la corta campaña de 2010, una vez que la Corte Constitucional frenó el segundo intento reeleccionista.

La culminación del  proceso se vio con el llamado del candidato Santos a los partidos para integrar un movimiento de ‘Unidad Nacional', lo que dio sus frutos con más de nueve millones de votos (69 por ciento del total), la mayor votación en la historia nacional, frente a los nada despreciables tres millones y medio de votos de Mockus (28 por ciento).

En la coalición del nuevo gobierno están los partidos de la U, Conservador, Liberal (salido del largo ostracismo como oposición), Cambio Radical y, de manera vergonzante, el PIN. En la oposición permaneció solitario el Polo Democrático. Y, en una especie de limbo quedó el Partido Verde.

La Unidad Nacional

Aunque la cantidad de votos de cada partido corresponde, grosso modo, al número de congresistas, hay diferencias que tienen que ver con las normas electorales, como si las listas son abiertas o cerradas, la circunscripción nacional para Senado y las departamentales para Cámara. Pero en esencia, el número de congresistas es la mejor medición del poder relativo del partido, a lo que hay que sumar la habilidad del presidente para aglutinar fuerzas en coaliciones permanentes o transitorias que apoyen sus proyectos. De esta manera:

  • La Unidad Nacional tiene 28 senadores del partido de la U, 22 del Conservador, 17 del Liberal, 8 de Cambio Radical y 9 del PIN. Es decir, 84 de un total de 102 senadores, una mayoría apabullante. El Polo cuenta con 8 y el Partido Verde con 5.
  • De los partidos mencionados, en la Cámara de Representantes quedaron, de la Unidad Nacional 48 integrantes de la U, 36 del Partido Conservador, 35 del Liberal, 15 de Cambio Radical y 11 del PIN, que suman 145 de un total de 166 representantes, otra mayoría apabullante[2].

La sorpresa

La mayor sorpresa del gobierno de Santos radica en haber marcado diferencias con el de Uribe, desde que los resultados de la primera vuelta mostraron una clara ventaja para él. Estas diferencias no son sólo en su estilo conciliador, sino también en el contenido, pues se ha ubicado como un liberal doctrinario frente a la derecha del ‘uribismo'.

Además Santos asumió como suyas algunas banderas del candidato liberal, como también algunas de los Verdes y del Polo. Incluso ha aprovechado la catástrofe invernal para promover su imagen. Estos hechos han creado incomodidades en la ‘Unidad Nacional', en particular entre la U y entre los conservadores, que sin lograrlo han buscado ‘torpedear' los proyectos centrales del Gobierno.

La habilidad de Santos siempre ha marcado la pauta y Uribe se ha mostrado cauteloso. La ganancia mayor de la coalición ha sido para el liberalismo, que junto con Cambio Radical se convirtieron en el apoyo principal de Santos.

El enredo en Bogotá

Cuando aún no termina el mes enero, en medio del ‘guayabo' de las fiestas decembrinas, la Alcaldía de Bogotá y los desastres de la actual administración sirvieron de escenario para iniciar temprano la campaña para las elecciones municipales y departamentales de octubre.

Su pivote ha sido el ex presidente Uribe quien, desde que se vio forzado a abandonar la ‘Casa de Nari', no ha logrado quitarse la piquiña de su personalidad hiperactiva y camorrera.

En este caso, el problema radica en que entre sus áulicos de los partidos Conservador y de la U no hay un candidato obvio para la Alcaldía de Bogotá. El ex alcalde de la ciudad, Enrique Peñalosa, recibió coqueteos del ‘uribismo', del cual siempre ha sido afecto, alimentados por la ambigüedad y la desidia política de los verdes, que han despilfarrado buena parte del capital político que tuvieron hace pocos meses. La etérea visión política de Mockus y un asomo de ambición sirvieron para que el nombre de Peñalosa quedara flotando entre los uribistas, pero en la Unidad Nacional hay varias candidaturas anunciadas para el cargo.

Haciendo cábalas

  • Una posible alianza de los partidos Liberal y Cambio Radical les traería buenos réditos  electorales, máxime con su ubicación destacada en el Gobierno y la eventualidad de que se fusionen en un solo partido, el Liberal.
  • A los conservadores les quedan muchas cartas individuales y posibles coaliciones regionales con la U, que seguramente serán triunfadoras pues cuentan con la más numerosa representación en el Congreso.
  • En el campo de la oposición, el Polo, que hace poco tuvo éxitos sorprendentes, muestra una decadencia producto de sus disímiles corrientes y su desastre en Bogotá, con una estrecha visión política frente a una opinión pública polarizada por el gobierno de Uribe y en su mayoría derechizada. Así, es difícil augurarle éxito en estas elecciones.

    Tres amenazas muy serias

    No es mucho lo que puedo añadir a las conjeturas sobre los resultados de las próximas elecciones, pues habrá muchas jugadas imprevisibles. Pero creo importante concluir con una referencia a tres fenómenos que seguramente seguirán recortando la democracia colombiana en esta coyuntura:

    La violencia Sin duda, este es el problema más grave, en especial la que ha servido de mediadora de prácticas políticas de grupos con entronques mafiosos. La limpieza de la ‘parapolítica', la ‘narco-política' y del ‘sistema político del clientelismo' y la corrupción, es una tarea que -si acaso- apenas comienza y demorará en mostrar resultados contundentes. Por eso la violencia pesará en los resultados de las elecciones de octubre en distintas regiones del país.

    La exclusión Miseria, pobreza, insalubridad, desempleo y subempleo alimentan el clientelismo, el fraude, la violencia y otros lastres propios de la carencia de condiciones mínimas de ciudadanía, que impiden el ejercicio autónomo de los derechos electorales. Elecciones regionales, como las de octubre, son las más afectadas por este inmenso problema.

    La composición del Congreso: Finalmente cabe señalar que ninguno de los partidos o movimiento con representación en el Congreso se libra de tener en su seno especímenes que alimentan los problemas señalados. Claro está que los hay con mayor o menor ‘representación' viciosa.

    Pero mientras no haya normas precisas y verificables sobre el manejo político, que se articulen con políticas amplias de bienestar social, los partidos seguirán siendo débiles o de pacotilla y sin capacidad para formar un sistema efectivo de partidos que cumpla las funciones elementales propias de una democracia liberal.

    * Sociólogo, Profesor Honorario de las Universidades Nacional y De Los Andes.

     Notas de pie de página


    [1]Fuente: Congreso Visible. Bogotá. Departamento de Ciencia Política. Universidad de los Andes.

    [2]Ibidem.

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