Los milagros de la técnica - Razón Pública
erna vonder walde

Los milagros de la técnica

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erna vonder waldeEstamos hiper-conectados, amarrados a aparatos que crean la expectativa de disponibilidad permanente e inmediata y han alterado la manera de relacionarnos con los demás. Las nuevas tecnologías han producido cambios importantes en la cultura política. Su papel es ubicuo y complejo. Por eso mismo es imperioso relacionar el uso de las “TIC” con la investigación, la difusión de conocimiento, la educación y la cultura.

Erna von der Walde*

¡Siempre listos!

En una vieja canción de los Tigres del Norte un hombre le pide a su novia que lo llame al celular cuando quiera, pero sobre todo cuando se encuentre rodeado de gente para que todos puedan ver cómo es de importante. Hacia el final de la canción, sin embargo, el tipo confiesa que en realidad el patrón le dio el celular, que lo controla de día y de noche y que no lo deja ni entrar al baño.

Estos cantantes de narco-corridos vislumbraban a comienzos de la década de los 90 algo que se ha convertido en uno de los fenómenos más salientes de la tardo-modernidad: el de la conectividad permanente. Todos lo padecemos de una forma u otra. Una de las más notorias es la de la expectativa de disponibilidad permanente que genera. Si uno no contesta el celular inmediatamente o devuelve la llamada en el momento mismo en que el celular le informa que acaba de perderse el imperativo esfuerzo de otro ser humano por comunicarse, la mayoría de la gente se siente con pleno derecho de preguntar qué estaba haciendo y por qué no contestaba. Hace 20 o 30 años, uno se iba de viaje a los Llanos, a Tierra Adentro, a la Guajira o al Chocó y todo el mundo sabía que se perdía en la profundidad de las selvas, montañas, sabanas o desiertos durante un par de semanas. Ahora, hay que salir a buscar el montículo en el que encuentre señal para verificar los mensajes que le hayan dejado, consultar el correo electrónico, resolver asunticos.

Estamos hipercomunicados, pero no tenemos tiempo de hablar. La mayoría de las veces, cuando recibimos una llamada, la persona al otro lado está terminando una conversación mientras espera que contestemos. Este encadenamiento perpetuo es incluso enigmático. Nunca me he podido aclarar cómo saben qué le han dicho a quién, o si será que tienen la misma conversación con todo el mundo. Consuetudinariamente, mientras supuestamente charlan con uno, interrumpen la conversación telefónica para recibir otra llamada o contestar el celular, por no mencionar que están leyendo correos electrónicos o revisando su Facebook y su Twitter. La comunicación superficial de indicar que “me gusta” o lanzar cada tanto frasecitas de 140 caracteres ocupa muchas más horas del día que el intercambio real y cara a cara con otros seres humanos.

Cambios en las relaciones personales

Puede ser que estemos llegando a un punto en el que de hecho nos ponen nerviosos los intercambios cara a cara. Cuando hablamos con alguien, debemos escuchar; nuestras respuestas tienen que adecuarse de alguna manera a lo que ha dicho el otro. De hecho, nuestros ojos y nuestras facciones adoptan expresiones que de alguna manera apoyan o dan sustento a lo que dicen nuestras palabras. Los jóvenes se dicen “te amo” cuando van a terminar una conversación sin que medie entre ellos una relación particularmente íntima, y lo dicen en el mismo tono que usan para decir “hasta luego” o “hablamos”. Esta desconexión entre las palabras y el sentimiento que expresan debe ser la que impera, en sentido contrario, en las sartas de insultos que se lanza la gente en los comentarios que hacen en Facebook, en los blogs o en los artículos de prensa digital. Hay veces en que describir lo que sucede como un diálogo de sordos realmente no le hace justicia a la situación; pareciera más bien que se ha congregado una multitud de autistas esquizoides.

Alguna distorsión de las relaciones personales se debe estar produciendo cuando los individuos empiezan a sentir que son más libres y, supuestamente, por ello más felices cuando se pueden expresar sin tener que tener en cuenta a los demás, sin tener que desarrollar eso que llaman empatía. En las conversaciones presenciales la cara de mi interlocutor me dice cómo va recibiendo mis palabras, me va mostrando sus reacciones antes de que pueda formular palabras. Todos sabemos que el lenguaje gestual dice muchas cosas que no dice el verbal. Y que el lenguaje verbal tiene matices que no se traducen bien al lenguaje escrito. El lenguaje computacional se ha inventado los emoticones para cubrir esa brecha, pero naturalmente no lo logra.

Ciertamente, nos falta una especie de Urbanidad de Carreño adaptada a los usos de las nuevas tecnologías. Nos hace falta un manual de modales para el uso del correo electrónico que establezca ciertas reglas del juego. Por ejemplo, ¿cuánto tiempo debe uno esperar antes de empezar a acosar al receptor de un correo para que le envíe respuesta? La recepción inmediata no implica necesariamente la obligación de respuesta inmediata. Puesto que los mensajes llevan fecha y hora, ¿no sería necesario establecer que aun cuando la gente no lea sus correos a media noche, uno debería esperar hasta el día siguiente para enviárselos? Al fin y al cabo, mensajes enviados a las 2 de la mañana dan la sensación de que la persona no puede ni dormir de la angustia que le causa el asunto en cuestión. Antiguamente, en el colegio nos enseñaban a redactar una carta. Hoy en día, tendría que enseñarse en los colegios cuáles son las formas adecuadas de usar el correo electrónico, cómo participar en un foro, cuándo es correcto o incorrecto hablar por celular.

Estoy conectado, luego existo

Además, no sabemos cómo desconectarnos. Es tal el efecto que está teniendo la hiperconectividad que un día antes de Nochebuena la empresa alemana Volkswagen anunció que sus servidores de Blackberry dejarían de enviarles mensajes electrónicos a los empleados por fuera de las horas de trabajo. Volkswagen no es la única; Henkel, fabricante de detergentes para la ropa, decidió darles una “amnistía electrónica” a sus trabajadores durante las fiestas de Navidad y Año Nuevo. Los padres ya no saben cuánto tiempo de uso diario del computador es adecuado y si alejar a los hijos de las redes por varias horas al día puede llegar a afectar su vida social.

No solo los niños y adolescentes pueden sufrir de síndrome de abstinencia si se les desconecta del círculo de amigos por un rato. Ya hay estudios científicos que revelan afectaciones serias causadas por las nuevas tecnologías. La gente se deprime si no recibe con cierta regularidad señales de que sus “amigos” de Facebook leen o, más aún, “les gusta” lo que han puesto en su muro. La gente se siente acosada si reciben con frecuencia señal de que ha entrado un correo, pero igualmente se siente preocupada o frustrada si no está recibiendo dichas señales con regularidad. Los cambios y las actualizaciones también son causantes de ansiedad y estrés. Los aparatos alcanzan su obsolescencia programada cada vez con mayor frecuencia; y con la obsolescencia del aparato se vuelven obsoletos nuestros conocimientos. Regularmente, los usuarios de Facebook se quejan porque cambian ciertas especificaciones; al cabo de un par de semanas, se acostumbran; y al cabo de un par de meses se quejan nuevamente porque les cambian lo que supuestamente no querían que se introdujera apenas unos meses antes. Y ya nadie recuerda ni cómo era, ni que fue lo que se introdujo como novedad. Es una especie de despiste permanente.

Olas de cambio

Por otro lado, el año 2011 demostró que los usos que se podían hacer de Facebook y Twitter eran mucho más que intercambiar canciones favoritas con los amigos o seguir las divagaciones de las celebridades. La primavera árabe, las manifestaciones de UK Uncut, Occupy Wall Street, de los Indignados, las marchas de los estudiantes contra la reforma de la Ley 30 en Colombia, así como los disturbios de Londres en agosto, se organizaron y cobraron una capacidad de acción y reacción que tomó por sorpresa a las fuerzas del orden. Desde que comenzó el uso comercial extendido de la WWW, el Subcomandante Marcos del EZLN en México exploró y utilizó las posibilidades que ofrecía para difundir su pensamiento y orientar la acción de los zapatistas. Pero en 2011 lo que presenciamos fue una proliferación de movimientos sociales sin cabeza visible, cuyo antecedente más notable fue el de la así llamada guerra del gas en El Alto, Bolivia en 2003.

Los lugares de la geografía nacional que jamás recibieron la cobertura del teléfono, como son muchas de las fronteras, hoy gozan de conexiones celulares y a través de ellas, de conexiones a la red. Uno intercambia número de celular y dirección de correo electrónico lo mismo con un indígena del Amazonas que con el ejecutivo de una empresa en Bogotá. Pero no es fácil saltar de ahí a la conclusión de que estamos siendo testigos de procesos de “democratización”. Estamos presenciando cambios importantes y significativos producidos por las nuevas tecnologías. Más aún, su aceleración es cada vez mayor y estamos permanentemente a la zaga, sin alcanzar a comprender sus implicaciones. Arrastramos, además, un cierto fetichismo de la tecnología, que ha sido una marca cultural de la modernidad y de las visiones del progreso. Seguimos aferrados a la idea de que el aparato en sí mismo puede hacer milagros. Desde los años 90 se ha creado una mistificación acerca de las tecnologías digitales e informáticas y se proyecta hacia ellas la solución a una multitud de problemas, el más craso y patente, el de la educación.

Una pequeña muestra de ello es una noticia que apareció recientemente en el periódico inglés The Guardian. Con bombos y platillos se anuncia un computador tableta que puede representar una revolución internética en la India. Los consumidores objetivo de esta tableta son los pobladores que ganan el salario más bajo. Los creadores del aparato anuncia las ventajas de incorporar a este amplio sector de la población al mundo de la red: los niños podrán estudiar, los campesinos podrán consultar el estado del tiempo, las mujeres embarazadas podrán consultar al médico. En comparación con China y Estados Unidos, India tiene un porcentaje muy menor de usuarios de internet, entre otras a causa de alto índice de analfabetismo. No obstante, en sus intentos de ensalzarla, los promotores de esta tableta parecen pasar por alto que muchos de los usos que ellos le ven requieren precisamente de esa mínima destreza: la lectoescritura. Nadie pensaría que con solo llevar libros a un pueblo la gente podría leerlos, pero parece que tal lógica no se traslada a las nuevas tecnologías. Se habla sobre ellas como si produjeran el milagro por sí solas, sin intervención de padres y maestros.

Una cosa parece ser cierta: no sabemos cuáles son los alcances y las posibilidades de las nuevas tecnologías. La velocidad con la que cambian nos avasalla constantemente. Pero claramente sus implicaciones no son meramente técnicas y sus necesidades no son apenas un problema de ampliar cobertura. Las nuevas tecnologías están produciendo cambios en la cultura, en la manera en que vivimos y nos relacionamos, pensamos y actuamos. Por eso me tomé la libertad de escribir mi primera contribución a la sección cultural de Razón Pública sobre uno de los temas que considero de primer orden. Es urgente que debatamos públicamente, como parte de la sociedad que queremos, las inversiones que se hacen en tecnologías informáticas, lo que eso implica. Es fundamental que relacionemos nuestro uso de tecnologías con la investigación, la difusión de conocimiento, la educación y la cultura.

* Licenciada en Filosofía y Letras de la Universidad de los Andes, M.A. de la Universidad de Warwick, seminarios de doctorado en Universidad de Frankfurt, Ph.D. de la Universidad de Essex, ex profesora de la Universidad de Nueva York, profesora de la Universidad Javeriana y el  Instituto Caro y Cuervo, ha publicado extensamente sobre literatura, historia y estudios culturales.

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