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Los jóvenes sin futuro

Escrito por Francisco Javier Díaz

Los estudiantes universitarios de hoy tendrán que esperar hasta los 35 años para empezar a cumplir sus proyectos de vida. Es un camino largo y lleno de incertidumbres, para una sociedad que no lo ha comprendido.

Francisco Javier Díaz*

Un futuro cada vez más incierto

Este semestre, al comenzar el periodo académico, hice un ejercicio con los estudiantes que despertó preocupación en la comunidad académica porque sacó a la luz el sinfín de barreras que hoy oscurecen la noción de futuro.

El estudiante universitario está sometido a tantas presiones familiares, laborales y académicas que al intentar construir su proyecto puede sufrir bastantes problemas.

Hacia la década de 1990, el profesor Jesús Antonio Bejarano comentaba cómo un estudiante universitario entraba en crisis al acercarse a su séptimo semestre y pensaba que había cometido un error con la carrera que cursaba y la universidad en la cual se hallaba, pero al estar tan adelantado creía que debía proseguir y culminar sus estudios.

Hoy ese evento ha cambiado diametralmente, el estudiante promedio llega al primer semestre y en las dos primeras semanas está poniendo en duda la decisión sobre su carrera. Ahí decide tomar acciones. Generalmente cancela el curso y se retira de la universidad.

La sociedad parece no entender los cambios generacionales y la sensación de ser un joven en una sociedad en constante movimiento. Prefieren echarle la culpa a los jóvenes como responsables de la falta de decisión y de la deserción.

La diferencia entre el anterior protagonista universitario y el actual está en el tiempo transcurrido, pues el futuro se ha hecho más incierto para las actuales generaciones.

También hay más información sobre los puestos de trabajo que les proveerán y los salarios que podrán obtener. Aunque existe una variable, que algunos desean ser independientes, lo que hoy llaman ser emprendedor.

Otro problema se deriva de los sentimientos morales. La presión de una sociedad que los viene catalogando como miembros de una u otra generación —X, Y, Z y otras—. Estas etiquetas han dado pie a comentarios subjetivos y prejuiciosos que confunden, segregan y limitan a los jóvenes. Sentires permitidos y comprensibles, porque las aspiraciones de vida parecen truncadas ante una oleada de adultos con ambiciones salariales que sus hijos no podrán tener.

Resultado de estos dilemas morales es la serie de señalamientos basados en la pereza, la holgazanería, el aburrimiento y otras formas de insatisfacción. Todos los prejuicios hacia las nuevas generaciones se acrecentaron con campañas como Not in education, employment or training en Gran Bretaña al finalizar la década de 1990. O en 2004 con el periódico El País de España con ‘Los ninis, ni estudian ni trabajan’. Hoy, 2023, aparece ‘Los jóvenes sin oportunidades’.

Foto: Secretaría de Integración Social - En sus dos primeras semanas de universidad, los estudiantes se cuestionan sobre la elección de su carrera y algunos se retiran.

En formación hasta los 34 años

Actualmente, en el comienzo de la tercera década del 2000, hay que ser más directo frente al estudiantado universitario, exigiéndoles pensar en el futuro, es decir, en cómo se ven a los 40 años como miembros de la ciudadanía y dentro de un mercado laboral.

Abordar esta pregunta es muy difícil. Los progenitores insisten en hablar con los hijos e hijas para preguntarles qué quieren ser cuando grandes y estimularlos a cumplir esas metas. No obstante, la relación histórica con el país que habitan es inexistente y, peor aún, la curiosidad y la duda ya no están.

Para entender mejor el ejercicio, los jóvenes deben entender el tiempo y los procesos que han vivido. La primera infancia debió tener unos dos o tres grados de jardín infantil, después la segunda infancia, una básica o primaria, para finalizar la primera etapa en el inicio de la adolescencia con la educación media.

Hasta este punto el reto de la sociedad y de los gobiernos es inmenso porque transcurren catorce años importantes, cuyo costo monetario es necesario para calcular las horas de soporte familiar, de las amistades de la calle, de los docentes en las instituciones y del gobierno a través de sus programas.

Si el estudiante logró su bachillerato y además tiene suerte, accede a la educación superior.  Ingresar a estudios superiores —técnico, tecnológico y/o profesional— y, con el mayor éxito, aparecerán becas y menores barreras por partes de los centros académicos. Después de 2 a 5 años los estudiantes habrán culminado el aprendizaje sobre un área de conocimiento y podrán entrar al mercado laboral.

Sin embargo, habrá un escalón más: los posgrados. Maestrías de dos a tres años, un perfeccionamiento del bilingüismo de aproximadamente dos años y, ojalá, un doctorado de cuatro años. Es decir, los estudiantes habrán pasado alrededor de 28 años en el proceso formativo.

Finalmente entrarán en la fase final: la experiencia profesional. El primer empleo exige siete años de preparación, lo cual implica que a los 34 años de edad serán profesionales con experiencia. Apenas hacia los 40 años estarán desarrollando las aspiraciones juveniles en la edad adulta.

Todo un camino de formación y crecimiento que, evidentemente, los deja perplejos ante la inmediatez del mundo.

La prospectiva

Esta charla es la que, generalmente, han oído toda la vida. Al estar agotados de escucharla y de imaginar las implicaciones de futuro, es mejor oír dónde están sus propias aspiraciones  y deseos. ¿Vale la pena el esfuerzo?

Sin embargo, persiste la duda ante la enumeración de escalones que deben recorrer y confrontar en los momentos de cansancio, de agotamiento y desgano, más la depresión y la insatisfacción que suscita todo este esfuerzo en medio de una sociedad que propone consumir y no invertir.

La sociedad parece no entender los cambios generacionales y la sensación de ser un joven en una sociedad en constante movimiento. Prefieren echarle la culpa a los jóvenes como responsables de la falta de decisión y de la deserción. Pero no estamos en la misma realidad que hace veinte o treinta años.

La diferencia entre el anterior protagonista universitario y el actual está en el tiempo transcurrido, pues el futuro se ha hecho más incierto para las actuales generaciones.

Los señalan como ‘la generación de cristal’, pero no dicen que son los adultos quienes no tienen la fortaleza para apoyar y entender las decisiones sobre el futuro.

Para finalizar, es útil recordar la película de Víctor Gaviria en 1988, “Rodrigo D. no futuro” sobre un grupo de adolescentes en barrios muy pobres de Medellín, además de mostrar a la cultura punk y los psicotrópicos. La sociedad no entendió que no era un tema de adicción y consumo, sino que fue un proyecto prospectivo. La película fue un estudio que mostró las causas económicas, tecnológicas y sociales que impulsaron a los jóvenes a tomar ciertas decisiones.

Además de prever y, por ende, poder prevenir ciertas conductas y situaciones que podrían afectar el futuro de los jóvenes. Y, sin lugar a dudas, no estuvieron muy alejados de la realidad actual.

**Este artículo hace parte de la alianza entre Razón Pública y la Facultad de Economía de la Universidad Externado de Colombia. Las opiniones expresadas son responsabilidad de los autores.

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