Los “indignados” de Wall Street no son tan indignados - Razón Pública
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Los “indignados” de Wall Street no son tan indignados

Escrito por Camilo Herrera
Camilo Herrera Mora

Camilo Herrera MoraPrimero se enriquecieron con la burbuja financiera y ahora se empobrecieron porque estalló la burbuja financiera. El movimiento “Occupy Wall Street” tiene poco que ver con olas de protesta como la Primavera Árabe, y no es difícil entender por qué en Colombia no ha tenido eco. La clave de ambas cosas es el funcionamiento de las bolsas de valores. 

Camilo Herrera Mora*

Defraudados 

El mundo entero se está movilizando contra el abuso y la avaricia de la banca y de los mercados de capitales, conformando el movimiento civil, espontáneo y global más importante de los últimos meses, en algunos aspectos comparable con la primavera árabe.

El origen del fenómeno es claro: decisiones de operadores del sistema financiero estadounidense, especialmente de la banca de inversión, llevaron al mundo a una recesión en 2008 y 2009 —y a una potencial recaída en 2011 y 2012— por el deseo inercial de unos pocos de ganar aún más arriesgando los dineros de otros y la estabilidad de todo, a pesar de lo cual han salido bien librados, sin culpa y premiados con enormes bonificaciones, y en el peor de los casos, han dejado sus puestos llevándose inmensas indemnizaciones fondeadas con recursos públicos.

Si alguien juega con mi plata y pierde, y por ende hace que yo pierda todos mis ahorros, me molestaría mucho y más aún si veo que esta persona sigue ostentando su misma condición de riqueza, mientras yo me he empobrecido. 

Colombia: ¿por qué no?

Resulta curioso que este fenómeno no haya llegado a Colombia, donde existen tantos motivos objetivos para indignarse, pero además porque podría esperarse un efecto de contagio mediático dada la enorme atención que ha recaído sobre los manifestantes de "Occupy Wall Street" acampando por más de un mes frente al New York Stock Exchange (NYSE), la Bolsa de Valores más grande y famosa del mundo.

Pero el no-contagio tiene sentido. Al menos, intentaré probarlo.

El colombiano promedio no sintió la crisis financiera de 2008, ni está sintiendo la caída de la calificación del riesgo-país de Estados Unidos, ni comprende la crisis extrema de Grecia, y por eso no se siente solidario con esas causas, aunque sabe que el sistema financiero colombiano se beneficia excesivamente al manejar sus ahorros y desde hace mucho tiempo, pero que al final resulta un mal necesario, ya incorporado a sus expectativas.

Por el otro lado, mientras las bolsas dieron grandes utilidades y los bancos ayudaron a inflar la burbuja inmobiliaria, elevando artificialmente el valor de la vivienda en el mundo entero, no hubo movilizaciones masivas aplaudiendo estos procesos ni advirtiendo del peligro inevitable.

Por eso pienso que esta indignación es relativa. Siempre que haya afectados, habrá manifestaciones exigiendo sus derechos a una reparación, y más aún si hay mucho dinero de por medio.

El ojo del huracán

Revisemos el tema con cuidado. Por ejemplo, quien compró acciones de Ecopetrol en 2007 y no las ha vendido aún, ha obtenido un rendimiento del 174 por ciento. Este aumento súbito de riqueza solo se debe a que compró las acciones en el momento preciso impulsado por el mercado de capitales y sacrificando algún consumo para hacer esta inversión, es decir, sin ningún esfuerzo real.

Así, muchos inversionistas en el mundo han invertido en diversos portafolios, unos más arriesgados que otros, bajo la premisa de acumular capital, cuya rentabilidad o retorno se produce de manera “mágica”, pues se trata de un ingreso adicional y continuo.

Pero la inversión en acciones es en realidad un juego de alto riesgo, sin mayor diferencia con un casino. El valor de una acción depende de la última cotización en bolsa, pero no de su valor real o intrínseco, lo que expone a este patrimonio al vaivén de las emociones del mercado, demasiado volátil y vulnerable.

Si se aceptan estas reglas y se reconoce que se están asumiendo serios riesgos, ahí sí la indignación comienza a tener sentido:

  • Muchas personas en Estados Unidos perdieron íntegramente el valor de sus pensiones, al confiar su manejo a fondos especializados y profesionales que no hubieran debido quedar expuestos a estos juegos de mercado de alto riesgo. Como se trata de un ahorro programado para la vejez, según las normas de cada país, muchos vieron cómo su riqueza se redujo de repente en casi un 40 por ciento, en solo una semana, en Estados Unidos en 2008.
  • Otros, como en España, han visto caer drásticamente el valor de sus viviendas, adquiridas gracias a hipotecas cuyos pagos de amortización se mantienen invariables, obligando a muchas familias a venderlas ante el desempleo y la presión de los bancos, perdiendo todos sus ahorros en la aventura.

Entonces, la indignación surge no solo de tener que encajar la pérdida causada por una disfunción imprevisible del sistema, sino de descubrir que los culpables no han sido castigados, debido simplemente a que cumplieron con las leyes vigentes. 

Reacción en cadena

Las emisiones de títulos hipotecarios subprime originaron la avalancha inicial en Estados Unidos, pero la caída arrastró a todo el sistema financiero. Los bancos centrales y los ministros de Hacienda tuvieron que montar gigantescas operaciones de rescate y esto produjo un diluvio de liquidez que ahora amenaza con disparar la inflación sin que hayamos salido siquiera de la recesión.

En 2008, al tiempo que el valor comercial de sus viviendas caía bruscamente, la inflación de alimentos aumentó en forma abrupta, y se contrajo la capacidad de compra de los norteamericanos, lo cual dio pie a una reacción en cadena: comenzaron las cesaciones de pago de créditos hipotecarios, se frenó el consumo de los hogares, se afectó el mercado financiero y cayeron los precios especulativos de muchos de los papeles que se transaban en la bolsa.

Para 2009, se desembocó en una gran crisis financiera, que contagió a los bancos europeos, la confianza se hizo trizas, se contrajo el comercio mundial en un 12 por ciento y, finalmente, el PIB mundial se redujo en 2,5 por ciento: una gran recesión.

Hoy, Grecia sufre parte del guayabo de esta crisis, porque sus finanzas públicas eran particularmente vulnerables; Irlanda, Italia, España, Portugal e incluso Francia están ya muy amenazados, el euro probablemente no sobreviva, pero Europa entera busca soluciones para evitar la segunda avalancha, obligada a salvar a sus propios bancos, aunque tengan buena parte de la culpa.

La bolsa: volátil y vulnerable

Revisemos paso a paso cómo se da la crisis financiera y por qué afecta tanto a las economías y cómo al final suelen perder los más débiles:

Las acciones de una empresa no representan nada distinto que su patrimonio dividido en porciones, cuyo valor real no coincide necesariamente con el precio en bolsa de las acciones. La valoración real de una empresa es un ejercicio complejo que incorpora conceptos como la capacidad futura de generar flujo de caja y el valor de su marca.

Pero cualquier accionista puede ofrecer sus acciones en el mercado público: es la bolsa de valores, donde otros inversionistas pueden hacer ofertas por esos títulos a un precio que solo refleja su opinión sobre la empresa en ese momento. En función de las emociones del mercado, se transan acciones (renta variable) y otros títulos como bonos (renta fija) todos los días en todas las bolsas del mundo, comprando y vendiendo, como jugando monopolio.

Los índices bursátiles no son el termómetro de la economía, no reflejan necesariamente la salud de las empresas. Solo el estado de ánimo de compradores y vendedores de títulos, que sí depende de su capacidad para hacer análisis técnicos, de los fundamentales de la economía y de su propia intuición para aprovechar coyunturas especificas. Con frecuencia, reaccionan irracionalmente y adoptan comportamientos de manadas espantadas.

La riqueza de las naciones reside en el patrimonio de las personas, de las empresas y del Estado (donde se incluyen los recursos naturales). La productividad de esta riqueza está relativamente bien representada por el Producto Interno Bruto (PIB), que no es otra cosa que la suma anual de la generación de nueva riqueza a partir de esos patrimonios.

Cuando se dice que la deuda pública de Estados Unidos es del 150 por ciento de su PIB, no significa que esté quebrado, sino que el monto de la deuda equivale a la producción total del país en un año y medio (variable de flujo), muchísimo menos que el 100 por ciento de su riqueza (variable de stock).

Somos muchos los que tenemos un patrimonio del que todavía debemos más del 50 por ciento. Esta deuda es fácilmente tres o cuatro veces el valor de nuestros ingresos en un año, y no por eso estamos quebrados. 

El efecto dominó

Los corredores de bolsa en el mundo entero compran y venden con dinero de otros y se quedan con grandes comisiones por el simple hecho de saber jugar en medio del vaivén del mercado, mientras que los gerentes generales de las compañías representadas por estas mismas acciones que pasan de mano en mano en un solo día, deben asegurar que la empresa venda, sea sostenible y produzca utilidades.

En el momento en que la bolsa cae por un choque emocional o por un fenómeno económico real, son muchos los que salen a vender, los precios de las acciones caen y el valor aparente de las empresas se desploma.

El comisionista se queda con las comisiones, pero el gerente debe enfrentar el problema de responder a sus accionistas por sus dividendos, cayendo con frecuencia en la tentación de hacer recortes de gastos generales y de nómina. Una caída bursátil puede tener un efecto duradero sobre el sector real y en el empleo.

Paralelamente, muchos otros inversionistas, como los fondos de pensiones, que no son especuladores, sino gestores de fondos de capital a muy largo plazo, ven cómo sus fondos pierden valor y rentabilidad a cada minuto y comprenden que el problema social por la pérdida de valor de las pensiones se va acercando, simplemente porque algún jugador del mercado actuó irresponsablemente.

El sistema funciona y funciona bien, aporta recursos para que las personas aumenten su riqueza y sus ingresos, pero es volátil y más allá de ser justo en términos económicos, es completamente vulnerable frente a choques inesperados: un solo jugador importante que se mueva mal, causa la caída de todas las fichas del dominó. 

¿Víctimas o revolucionarios?

Los indignados del “Occupy Wall Street” son en general personas que perdieron su riqueza en estos peligrosos juegos bursátiles. Algunos son simples ahorradores que perdieron la línea de su horizonte sin poder hacer nada. Otros son pequeños inversionistas que vieron esfumarse esa riqueza artificial que habían ganado apostando en la bolsa.

Pero los banqueros, los brokers e intermediarios financieros siguen en sus puestos ganando buenas comisiones, y tal vez sufriendo algunas pérdidas por la caída del mercado.

Este movimiento social es el clamor de las víctimas de la vulnerabilidad del sistema, pero no parecen personas que luchen contra el sistema, sino por recuperar algo de la riqueza que el sistema les había dado y que les quitó de un sopetón.

El movimiento ha atraído naturalmente a muchos descontentos, los jóvenes se están solidarizando, comienzan apenas a organizarse, no quieren reconocer liderazgos ni estructuras, por el momento…

Pero Colombia está muy lejos de esta dinámica:

  • nuestro mercado accionario todavía es pequeño.
  • las personas no invierten mucho en bolsa.
  • la volatilidad de la Bolsa de Valores de Colombia no es tan fuerte.
  • lo esencial de la riqueza de los hogares colombianos, en todos los estratos, está representado en su vivienda.

Lo que sí recuerdan muchos colombianos con dolor fue la crisis del Sistema UPAC entre 1998 y 2002, que golpeó violentamente a unos 600.000 hogares, al modificarse torpemente la fórmula para calcular los intereses, ante la ola inflacionaria del momento que a su vez fue producto de la crisis rusa.

Los bancos tuvieron gran parte de la responsabilidad –y aún la tienen– por su ineficiencia reflejada en márgenes de intermediación excesivos, y una todavía muy baja tasa de bancarización de los sectores populares, que dificulta la formación de riqueza en los hogares.

Me reafirmo: la indignación es relativa: están indignados los afectados y se movilizan por todo el mundo, pero nadie se indignó cuando ellos mismos aumentaban su riqueza a tasas superiores al 20 por ciento anual, inflando las burbujas inmobiliarias o trasladando recursos de capital productivo hacia los mercados bursátiles y dejando de generar empleo deliberadamente. 

*Presidente de RADDAR Consumer Knowledge Group.

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