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Los errores de la política monetaria y fiscal de Colombia

Escrito por Fernando Guerra
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Para salir de la crisis económica y social, estas políticas deben dejar de privilegiar a los más ricos y perjudicar a los más pobres.

Fernando Guerra Rincón*

Del keynesianismo a la economía de la oferta

La políticas monetaria y fiscal son elementos fundamentales para el crecimiento de una economía de mercado como la de Colombia.

Sin embargo estas políticas, tan eficaces en otros tiempos, han perdido eficacia para el crecimiento económico y el desarrollo humano por el abandono de las teorías keynesianas que permitieron el New Deal (1933-1938), el resurgimiento de la economía norteamericana tras la Gran Depresión de 1929, y el milagro de la recuperación de la economía europea (Plan Marshall), tras los estragos ocasionados por la Segunda Guerra Mundial.

Estos extraordinarios resurgimientos económicos fueron posibles porque se usaron herramientas propias del keynesianismo, como el déficit fiscal. En ese entonces, las concepciones del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco Mundial (BM) permitieron que la economía estadounidense y la europea respetaran la igualdad, la fraternidad y la libertad y se comprometieran a consolidar los Estados de Bienestar.

Pero en la década de 1970, el keynesianismo fue abandonado con la superficial excusa de su agotamiento para darle paso a la economía de la oferta que rápidamente se convirtió en la teoría predominante. Esta teoría busca el beneficio exclusivo de los sectores empresariales y sus principales banderas son la reducción de impuestos, la apertura hacia el mercado global, el empequeñecimiento del Estado, el control monetario y la austeridad.

Estos principios se consolidaron bajo el Consenso de Washington y, desde entonces, han tenido efectos desastrosos en el mundo entero porque las políticas fiscales de numerosos países están al servicio de los grandes conglomerados empresariales. Así las cosas, los sistemas tributarios decidieron darles primacía a los impuestos indirectos sobre los directos y beneficiar a los más ricos. Esto dio pie a la llamada sociedad del 1%, donde las clases medias asumen mayores cargas fiscales que los más ricos. Como resultado, en la actualidad 2.153 multimillonarios poseen más riqueza que 4.600 millones de personas.

El ejemplo americano

El descalabro fiscal ha sido tal, que varios billonarios estadounidenses le han pedido a su gobierno que les cobre más impuestos. En 2011, Warren Buffett pidió que “dejaran de mimar a los millonarios” y afirmó que “mientras las clases pobres y medias luchan por nosotros en Afganistán y mientras la mayoría de los estadounidenses luchan por llegar a fin de mes, nosotros, los súper ricos, seguimos teniendo extraordinarias exenciones fiscales».

Durante la pandemia, Apple, Google, Facebook y Microsoft, las llamadas Big Tech, han multiplicado sus ingresos y sin ganancias sin pagar más impuestos. Un informe reciente asegura que mientras un estadounidense de ingresos medios paga una tarifa de impuestos del 14%, Warren Buffett paga el 0,10%, Jeff Bezos el 0,98%, Michael Bloomberg el 1,30% y Elon Musk el 3,27%.

Foto: Flickr Banco de la República - La obsesión con la austeridad, las reformas que no gravan a los que más tienen y la inflación nos dejan pocos caminos para salir de la crisis

Los problemas de Colombia

En Colombia, uno de los países más desiguales del mundo, el panorama es igualmente desesperanzador: los súper ricos pagan a una tasa efectiva de impuestos entre 1 y 2%, mientras que los países de la OCDE tributan alrededor del 25%. Las últimas reformas tributarias han sido, en general, una torta de beneficios para los grandes grupos económicos adornadas con migajas para la clase media y la clase baja.

El descontento de los miles de jóvenes que exponen su vida en la protesta social debe abonársele a la política fiscal en boga. Y no solo a la de este gobierno, sino a las de todos los gobiernos que han seguido al pie de la letra los principios de la economía de la oferta.

La economía de la oferta busca el beneficio exclusivo de los sectores empresariales y sus principales banderas son la reducción de impuestos, la apertura hacia el mercado global, el empequeñecimiento del Estado, el control monetario y la austeridad.

Los beneficios tributarios otorgados a los más ricos han resultado en un exceso de deuda que anula cualquier posibilidad de atender con prontitud y eficacia las necesidades de los más pobres y de las regiones más abandonadas del país. Este año, el saldo de la deuda pública alcanzó el 65,6% del PIB, por lo cual debemos destinar 70 billones de pesos a su pago este año.

La obsesión torpe por seguir la regla fiscal anula cualquier posibilidad de mejora de las condiciones de vida de los colombianos en el corto y mediano plazo. La Constitución de 1991 que ratificó la independencia del Banco de la República en el manejo de la política monetaria es una de las causas del aumento de la pobreza y el abandono de las regiones.

La excesiva preocupación del Banco por la inflación le impide utilizar otros instrumentos para contrarrestar el deterioro de la economía. Pese a que actualmente la inflación no es un problema para América Latina -como lo fue en el siglo pasado-, los economistas que dirigen el Banco Central siguen empecinados en evitarla a toda costa.

Cada año acuden al manoseado y envejecido argumento de la inflación para evitar el aumento de los salarios, ignorando lo que alguna vez dijo Henry Ford: “Yo tengo que pagarle buenos salarios a mis trabajadores para que me compren los carros que produzco”

El Banco Central ha sido incapaz de emitir el dinero necesario para atender la pandemia y resolver los males estructurales del país porque se empecina en que sus reservas permanezcan intactas. Pese a que el FMI recomienda que los países tengan reservas suficientes para cubrir tres meses de obligaciones internacionales, las de Colombia (60.000 millones de dólares) alcanzarían para cubrir siete meses, más del doble de lo que recomienda el organismo internacional. Parte de estas reservas deberían ser destinadas a ayudar a los más necesitados en vez de permanecer guardadas en bancos internacionales que no producen rendimientos importantes para el país.

Las últimas reformas tributarias han sido una torta de beneficios para los grandes grupos económicos adornadas con migajas para la clase media y la clase baja.

Durante la década de los 90, el presidente de la Asociación Nacional de Industriales resumió los resultados de las medidas austeras en la célebre frase: “La economía va bien, pero el país va mal”. Hoy estamos aún peor, pues el país y la economía están en crisis.

La importancia de los impuestos

No tenemos paz, la producción y exportación de cocaína están por las nubes, tenemos índices altísimos de pobreza y la popularidad del presidente está por el piso. Sin embargo, la política monetaria sigue favoreciendo a los más ricos y perjudicando a los más pobres.

Es evidente que Colombia necesita más recursos para atender las necesidades de sus habitantes, pero esos recursos no pueden provenir de las clases menos favorecidas. Es hora de que el Estado exija que los más privilegiados tributen más y se “metan la mano al drill”

La descompuesta sociedad colombiana es producto de la falta de generosidad de los sectores más acaudalados. Las instituciones económicas, jurídicas y políticas deben propiciar reformas que estén a tono con los nuevos tiempos y los problemas que traen consigo. Como bien dijo un pensador: “La sociedad que tienes es el reflejo de los impuestos que pagas”.

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