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Los debates en TV: hablar sin antes pensar

Escrito por Freddy Cante
fredy cante

fredy canteDe culiprontos, lenguaraces, gamines y otros artistas del atajo en la simulada democracia mediática.

Freddy Cante*

 

Algunos límites del conocimiento y de la deliberación

El mundo de permanente conocimiento en que viven científicos, investigadores y literatos les permite el privilegio de asignar generosas porciones de tiempo (años o décadas) al riguroso y exhaustivo análisis de la información disponible, hasta llegar a la mejor respuesta, dentro de lo posible. Persisten los errores y los problemas no resueltos, dadas la persistencia de información incompleta, los problemas de racionalidad limitada y toda la gama de equivocaciones inherentes a la naturaleza humana.

El imperio de la práctica que condiciona a profesionales como ingenieros, médicos, políticos y tecnócratas, exige soluciones rápidas y acciones más inmediatas (en el transcurso de días, semanas o meses). Esto implica un menor conocimiento y un menor uso de la información disponible, a lo que se agregan las indebidas presiones de clientes, votantes y opulentos financiadores con enorme influencia.

Los problemas del inadecuado tratamiento del conocimiento y de la información se agrandan en la llamada democracia deliberativa, pues la circulación e interacción de ideas (idas y venidas, respuestas y contra respuestas, argumentos y contraargumentos) no se pueden examinar seriamente si se aumentan la cantidad de temas a tratar y el número de participantes.

El triunfo de las razones es apenas un espejismo. Si alguien descubre los mejores argumentos y las más adecuadas soluciones, es demasiado difícil

Democracia deliberativa simulada

El infierno que aprisiona a reinas de belleza, candidatos presidenciales y profesionales de salud -sobre todo después de la ley 100 y el declive de nuestro precario sistema de atención- es que se les exigen respuestas, soluciones y fórmulas coherentes para problemas complicados, sujetos a dos grandes restricciones: ínfimas fracciones de tiempo (segundos o minutos) y, por tanto, insignificantes dosis de análisis.

A tal atentado contra el pensamiento se suma que, en la mayoría de los casos, reinas de belleza y candidatos políticos son invitados a resolver problemas hipotéticos. Ganan las respuestas más audaces, la imagen de anuncios y eslóganes antes que las respuestas honestas, meditadas y abiertas a la duda y a la falibilidad de cualquier solución humana.

En los llamados debates electorales hay millones de anónimos ciudadanos que se asoman a las pequeñas pantallas televisivas para ver que entrevistadores y candidatos reeditan un ridículo examen oral de escuela primaria. Quienes preguntan posan de inclementes profesores que buscan una respuesta acertada de sus alumnos regañados, y en muy poco tiempo.

El público clama por ruido y furia, tiene masoquista sed de fuertes dosis de sinsentido empaquetado en espectaculares frases o imágenes. Con razón afirmó George Bernard Shaw que "…El político… tiene que aprender ahora a fascinar, divertir, engatusar, asustar o llamar de alguna manera la atención del cuerpo electoral"[1].

La trivialización de la política llega a tal punto que existe más público y mucho más tiempo para seguir a 22 guaches que se agreden por tratar de meter una pelota en un arco; observar el monótono y fastidioso recorrido circular de unos niños grandes que conducen a toda velocidad; o seguir los movimientos y formas más edificantes y excitantes de modelos y reinas que desfilan en las pasarelas. El colmo de la trivialidad es que mucha gente se deleita en contemplar inmisericordes tandas de las mismas propagandas día y noche, o en presenciar la misma historia de siempre que monótonamente se reedita en cada novelón o enlatado.

Las fatales consecuencias de palabrería irresponsable

Si la política fuese meramente un despliegue de hipocresía y un juego de simulación, como cualquier novelón, entonces no sería condenable sino más bien divertido y recomendable el uso de palabras irresponsables. A las modelos y reinas se les perdonan sus equivocaciones cognitivas dados sus contundentes argumentos corporales y sensuales. A los políticos en ejercicio no se les deberían perdonar sus equivocaciones, pues sus palabras o promesas irresponsables cuestan vidas y destruyen recursos públicos.

En Colombia los Santos pasarán a la historia por sus atributos de culiprontos y sietelenguas.

El actual candidato presidencial Juan Manuel Santos es un culipronto confeso, como aparece registrado en la revista Semana del 7 de Mayo de 2007: "…´Me puse de ‘culipronto' y me apresuré a dar la noticia´…De esa manera explicó el ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, su error de anunciarle al país la histórica incautación de 25 toneladas de coca en Nariño el lunes pasado. Al final se supo que eran 13,2 toneladas y que habían sido incautadas en Pizarro, Chocó".

Los culiprontos son de fácil y muy barata conquista para la relación sexual. También se caracterizan por hacer graves o contundentes afirmaciones sin responsabilidad, es decir, sin contar con suficiente información y sin sopesar los datos.

Se podría afirmar que la forma superior del culiprontismo es la de funcionarios sinvergüenzas que se apresuran a mostrar resultados inflados y a ocultar tremendas equivocaciones. Es como presentar falsos positivos en los discursos e informes públicos. La llamada "operación jaque" es un título pretencioso que tiende a volverse mito, gracias a la exagerada publicidad.

Pachito Santos se ha destacado, como lo diría Lucho Garzón, por no haberle puesto un termostato a su lengua. El peligroso mercenario israelí J. Klein evadió a la justica colombiana gracias a que alegó la violación del artículo 3 de la Convención Europea de Derechos Humanos. Ésta establece que "Nadie podrá ser sometido a torturas, ni a tratos inhumanos o degradantes". Para la decisión de la Corte se tuvo en cuenta que el Vicepresidente de Colombia Francisco Santos expresó públicamente que Klein debería "pudrirse en la cárcel" ("rot in jail"); esta frase fue estratégicamente tomada por la defensa para ganar el caso.  

Al menos durante los últimos ocho años ha sido exitosa la modalidad del machismo ("¡sí, claro!") y la gaminería discursivas ("¡¡¡le rompo la cara marica!!!"). Quizás algún día el saliente presidente Uribe deba rendir cuentas políticas por su irresponsable y emotivo uso de frases y ofensas verbales que pudieron haber nutrido la violencia y polarización que existe en el país.

Para comenzar a luchar contra el atajismo en las palabras, los diferentes candidatos presidenciales deberían reconsiderar seductoras apuestas publicitarias como: "seguridad democrática""prosperidad democrática" y aún "legalidad democrática". Tan grandilocuentes eslóganes son un buen atajo pues seducen electores; el problema es que se promete mucho más de lo que se puede dar en uno o en dos cortos períodos presidenciales.

El único alivio y la confianza que aún me queda es que existe algún candidato que todavía duda, busca múltiples opciones, llora y confiesa al público sus demasiado humanas debilidades.

*Doctor en Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Colombia. Ha sido asesor de Antanas Mockus en el programa de resistencia civil, durante su segunda alcaldía. Posteriormente fue asesor de la Secretaría de Gobierno Distrital, durante parte de la administración de Lucho Garzón. Recientemente ha sido consultor del International Center on Non Violent Conflict. Actualmente es profesor principal de la Facultad de Ciencia Política de la Universidad del Rosario, e investigador en temas de acción colectiva y movimientos sociales. Es editor académico y coautor de más de 7 libros sobre acción política no violenta y acción colectiva. Este año saldrá su primer libro sobre libertades individuales  y acción colectiva. Correo: documentosong@gmail.com

 

Nota de pie de página


[1] Hombre y Superhombre; edición digital en http://biblioteca.vitanet.cl/colecciones/800/820/822/hombresuperhombre.pdf, p. 192

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