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Los ciudadanos: protagonistas del plebiscito

Escrito por Omar Rincón

Omar RinconUn recorrido por los personajes y hechos que rodearon las campañas del plebiscito muestra que los políticos y los periodistas dejaron mucho que desear y que el protagonismo lo tuvo la ciudadanía, que fue la verdadera ganadora.

Omar Rincón*

Las encuestas

Las encuestas sobre el plebiscito comenzaron – y acabaron- fracasando y confundiendo. Y tal vez con mala intención. Dos encuestas dieron como ganador por mayoría impresionante al No

 y dos al Sí. Los analistas estaban confundidos, pero los señores de la desinformación no: hablaban de un país polarizado y contradictorio. Hasta que Daniel Coronell hizo la tarea investigativa del buen periodista y demostró que las encuestas estaban mal hechas.

Después, las encuestadoras hicieron un acuerdo ético-técnico que exigía tres cosas:

  • Preguntar primero si el encuestado iba a votar,
  • Preguntar por qué opción iba a votar, y
  • Hacer por lo menos 1.000 encuestas.

Cuando se acercaba el 2 de octubre todos esperábamos las encuestas, pero esta vez no aparecían. Finalmente las sacaron con timidez y ya no fueron titular de página entera. Las encuestas se dedicaron interesadamente a formar la opinión de los colombianos y perdieron su credibilidad. Los ciudadanos creemos cada vez menos en las encuestas y pensamos cada vez más que representan un mal para la democracia colombiana.

Y el hecho mondo y lirondo es muy sencillo: ninguna de las encuestas que fueron publicadas se acercó tan siquiera  al resultado del plebiscito, que por eso mismo resultó tan inesperado y ha producido tanto desconcierto.

Santos y Uribe

El presidente Santos no demostró ser un gran estratega. Sea por ego, por convicción, o por cualquier otro motivo, se salió con la idea de ir a un plebiscito a pesar de la diatriba de Uribe y sus feligreses, a pesar de la Iglesia que actuó como Pilatos, y a pesar de Vargas Lleras y su cinismo de siempre. Y sin embargo, igual que a Cameron con su Brexit, el tgiro le salió por la culata y el No se impuso sobre el Sí así haya sido por un pequeño margen.  

Santos tuvo paciencia y  se hizo rodear de la comunidad internacional. Y como sabía que él no era el hombre para liderar la campaña por el Sí se hizo a un lado e hizo lo mejor que ha hecho en materia de comunicación en su gobierno:

Nunca se supo cuántas campañas había. Más de cien, seguro. 

– Ante el acoso de la oposición por la pregunta del plebiscito, les dijo “el presidente hace la pregunta que se le dé la gana”. Ahí se portó como el que manda, y

– Después de cumplir con su parte, dejó la decisión de aprobar el Acuerdo en manos del pueblo colombiano. Diluyó su voz para darles espacio al equipo negociador y a los colombianos activistas.

Por otro lado, Uribe confirmó que es un gran luchador. El más bravo de la manada. ¡Cómo luchó! Pueblo por pueblo, mentira por mentira, trino por trino. Fue el rey del escándalo. Se juntó hasta con el más bobo de todos: Pastrana, el que entregó el país a las FARC.

Para mantenerse en su ira a favor del No, no creía ni en las encuestas. Y para reinar usó el adjetivo fácil, el trino falso, el grito herido, y fue el rey del matoneo. Luchó hasta el final. Y con su escasa pero efectiva victoria sigue siendo el guía de la manada que no quiere pensar, solo obedecer. Un gran rival, un gran caudillo. Un político populista pura sangre.

Las campañas

No se supo cuál era la campaña del Sí. Podía ser la campaña de De la Calle explicando el acuerdo. O la de los deportistas. O la de las celebridades. O la de Mockus y su pedagogía. O la de la izquierda. O la de César Gaviria y el liberalismo. Nunca se supo cuántas campañas había. Más de cien, seguro. Y al final no hubo solo un mensaje, ni una campaña, sino una movilización de los ciudadanos donde cada grupo se sintió publicista, activista y promotor de la creencia de que el Sí era la solución para Colombia.

Pero tampoco el No tenía campaña. A menos que se llame campaña a solo decir “no” y a decir que se sigue a Uribe. Aquí salieron a relucir todo tipo de argumentos zombis. Los más extraños fueron eso de que el Acuerdo imponía una “ideología de género”, y el del “castro-chavismo”, que es una ficción imposible pero mueve a mucha gente. Fue una campaña sin rostro ciudadano, ni de celebridades, ni de intelectuales (porque la derecha se quedó sin intelectuales). En medio de los pocos rostros, todos los mensajes anónimos buscaban exacerbar el odio contra Santos, las FARC y el Acuerdo (en ese orden). Y una sola figura se adoraba: el expresidente Uribe.

También hubo héroes populares que nacieron de la tierra y no olvidaron su destino. Nairo ganó y mandó una imagen de él y su familia apoyando el Sí. Su primer testimonio de campeón fue para afirmar que esa victoria era un aporte a la paz. En la otra orilla, Daniel Torres, jugador de la Selección Colombia, reveló que el Sí es diabólico porque no está inspirado en Jesús. Quiere la guerra a pesar de que Jesús siempre buscaba el perdón.

Los periodistas simplemente se convirtieron en “mensajeros” de las mentiras del No y del Sí. 

Mientras tanto los futbolistas famosos como James y Falcao andan más pendientes del billete, de la farándula, y de adornar su cabeza con peinados más que con ideas. Cuando los entrevistan hablan como robots del marketing. Se declaran hinchas de la Colombia sin política y por eso no dicen ni sí, ni no.

En el plebiscito todos jugaron: unos apostando a sus valores, como Nairo y el Pibe; otros a su fe religiosa, como Torres; y los del marketing, como James y Falcao, a su dios billete. Seguir pensando que el deporte no es político es una actitud pusilánime y poco ciudadana. Los deportistas, que son los personajes más conocidos y admirados del país, tendrían que ser más participativos frente a lo que sucede en él.

El periodismo

Para parecer objetivo y neutral, el periodismo se decidió por el equilibrio: una fuente del Sí y una del No. Pero eso no basta. El periodismo debe constatar si hay verdad y valorar las opiniones, adjetivos y acusaciones de cada fuente. Pero los periodistas simplemente se convirtieron en “mensajeros” de las mentiras del No y del Sí. Así solo sirvieron a la polarización y la desinformación.

El papa Francisco le dio nombre concreto a este modo de informar: “el periodismo basado en chismes y rumores es una forma de terrorismo”. Y es que en la campaña del plebiscito se hizo terrorismo. Si terrorismo es atentar contra la sociedad, hubo mucho de esto por parte de Uribe y del procurador, y de los que vendían miedos y mentiras desde el Sí.

En este contexto hay que valorar la actitud periodística de Yolanda Ruíz, quien ante las gravísimas e incendiarias acusaciones sin comprobar que hizo María Fernanda Cabal decidió no emitirlas porque consideró, entre otras cosas, que “no puede ser que (…) los periodistas sigan reproduciendo lo que dicen nuestros dirigentes sin tener una capacidad de mesura frente a ellos”. Este escándalo puede ser el que más haya marcado la campaña del plebiscito porque documentó la moral de cierta clase dirigente, y también, la valentía del buen periodismo. Hay que recordar que el periodismo es acerca de la verdad, y si una fuente miente y el periodista se da cuenta no debe emitirse esa voz. Buen periodismo es verificar la verdad de las fuentes, contextualizar la información y analizar con criterio. No es un nuevo periodismo, es el de siempre hecho con criterio y responsabilidad ciudadana.

El nuevo país: los ciudadanos cuentan

Los líderes de la Asociación Campesina del río Guayabero le pidieron explicaciones a la periodista María del Rosario Arrázola, de Los Informantes. Le preguntaron si había informado de su trabajo a la Junta de Acción Comunal con el “fin de salvaguardar la integridad de los habitantes”, que anteriormente se había visto afectados por culpa de la estigmatización que han sufrido por parte de Caracol y RCN.

Aquí surge una reflexión para los periodistas, ya que como dice el Acuerdo, hay que “construir la democracia de abajo hacia arriba” para transformar la manera de hacer política en Colombia. Y esto significa que el asunto de la libertad de expresión no es solo el acceso a nuevos medios, sino también el derecho a una representación responsable y respetuosa, y a la autonomía sobre la propia imagen.

Este es un signo del nuevo país que emergió con el proceso de paz y el plebiscito. Uno de ciudadanos diversos que quieren tener voz, que ya no quieren ser solo objetos de políticas, de bombardeo mediático o miedo militar. Uno que pide a los medios dejar el relato de guerra y la visibilidad de los guerreros para que cuenten que hay más Colombia que esa. Un nuevo país ciudadano surge; esperemos que los medios lo sepan contar.

Sin embargo, no sabemos celebrar. No sabemos salir a la calle, ni hacer fiestas colectivas. 52 años de miedo, los profetas del odio y las policías de la represión nos han convertido en un país miedoso. Por eso en el país de la paz se vale manifestarse, protestar y exigir, pero antes hay que encontrar nuevos rituales, otras ceremonias, las de las ciudadanías del goce.

El final que es un comienzo

Menos mal llegó el 2 de octubre y se acabó este capítulo de la guerra del adjetivo inútil. Todo fue agresivo y en nombre de la paz. Todos querían la paz pero usando palabras y actitudes violentas.

No hubo campaña para recordar, todo fue para el olvido. Y eso fue muy bueno porque apareció el nuevo país. El periodismo no supo cómo informar en perspectiva de paz, nuestros políticos se convirtieron en terroristas, el pueblo se dividió en dos fes: en una católica y cristiana de odio, y otra agresiva y civilista de paz. Lo maravilloso pasó porque los ciudadanos se convirtieron en activistas del nuevo país. Lo mejor de la comunicación pública del plebiscito es que no hubo campaña, pero abundó la diversidad ciudadana.

 

* Director de la Maestría en Periodismo, Universidad de los Andes, Colombia. orincon61@hotmail.com

 

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