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Los antimodernos

Escrito por Fernando Urueta
Antoine Compagnon

Antoine Compagnon Antoine Compagnon
Los antimodernos
Autor: Antoine Compagnon
Manuel Arranz (trad.) Madrid: Acantilado, 2007, 252 páginas.

Reseña escrita por Fernando Urueta 

En los últimos años la editorial Acantilado ha publicado un libro y medio de Antoine Compagnon. El pequeño volumen ¿Para qué sirve la literatura? (Barcelona, 2008), lección inaugural de su cátedra de literatura francesa moderna y contemporánea en el Colegio de Francia, y la mitad de Les antimodernes : de Joseph de Maistre à Roland Barthes, cuya versión en español, sin ninguna aclaración por parte del editor, no incluye los siete ensayos de la segunda parte, solo los seis de la primera, más la introducción y la conclusión.

Según dice Compagnon en la lección inaugural, el desafío que estimula sus trabajos desde hace tiempo es «anular la contradicción que conecta y desconecta continuamente la literatura y la modernidad como el abrazo de los amantes malditos en el soneto Duellum de Baudelaire». La impresión que dejan sus libros traducidos al español es otra, casi opuesta, más cercana a la que deja el soneto, en donde el duelo de los amantes no se resuelve. «Las bodas de la literatura con la modernidad nunca han dejado de ser belicosas», dice Compagnon en la misma lección, solo unas líneas más adelante, retomando la metáfora del duelo de los amantes, que ruedan al infierno «a fin de eternizar el ardor de su odio». Desde la Revolución francesa, es la hipótesis del historiador de la literatura francesa, la mejor literatura ha puesto en tela de juicio a la modernidad. La modernidad ha respondido poniendo en tela de juicio a la literatura, hasta arrinconarla. Que esta contradicción no se haya resuelto explica, según él, por qué sigue siendo urgente preguntarse ¿para qué sirve la literatura? ¿Por qué y cómo leer en una época en que la «aceleración digital» recorta el tiempo disponible para ella en el ocio? ¿En nombre de qué valores defender su presencia en la escuela, donde los textos documentales la desplazan o incluso la devoran? ¿Cómo reivindicar su utilidad en la vida pública, en la prensa por ejemplo, donde las secciones literarias se marchitan?

Ni Las cinco paradojas de la modernidad (Caracas: Monte Ávila, 1993), primer libro de Compagnon traducido al español, ni Los antimodernos se proponen anular la contradicción entre literatura y modernidad, consumar sus bodas belicosas en un abrazo bienaventurado. Al contrario, el desafío explícito en ambos libros es presentar la contradicción como tal. La tradición de la literatura y el arte modernos, dice Compagnon, siguiendo el argumento de Octavio Paz en Los hijos del limo, es una tradición paradójica, hecha de rupturas y contradicciones, una tradición que se vuelve todo el tiempo contra sí misma. El relato histórico moderno, genealógico y teleológico, no puede dar cuenta de ella porque tiende a evitar o a resolver las paradojas que no encajan en su intriga. Habría que hacer una historia contradictoria de la tradición moderna, o una historia de sus contradicciones y paradojas, «concebida como un relato con lagunas, una crónica intermitente. Porque probablemente la faz oculta de cada modernidad es la faz más importante: las aporías y antinomias extraídas de los relatos ortodoxos».

Estas palabras, extraídas de Las cinco paradojas de la modernidad, describen mucho mejor el desafío que enfrenta Compagnon en Los antimodernos: iluminar la faz oculta de algunos relatos ortodoxos de la modernidad: la Revolución francesa, el culto ilustrado a la razón, el optimismo o la creencia en el progreso, la democracia, la idea de que el hombre es bueno por naturaleza, la idea de la libertad, la igualdad y la fraternidad como fundamentos del contrato social. Compagnon pone el acento en los relatos contrarios, la contrarrevolución, la anti-ilustración, el pesimismo, el pecado original, la idea del terror y la violencia, lo sublime por antonomasia, como los verdaderos fundamentos de la sociedad. Dicho brevemente, en este libro se acentúa la reacción de los antimodernos y de la literatura, «constitutivamente antimoderna, cuando no reaccionaria», contra la modernidad. La contradicción se tensa tanto que, más que resolverse, tiende a convertirse en una oposición. Por un lado, la modernidad y sus defensores: Lamartine, Hugo, Zola, Anatole France, las vanguardias históricas, el Nouveau Roman. Por otro, los relatos heterodoxos de la modernidad, incluida la literatura, y sus defensores: Chateaubriand, de Maistre,  Baudelaire, Bloy, Proust, Claudel, Gracq, Barthes.

Compagnon sabe que la hipótesis es esquemática y generalizadora. Tal vez no toda, intenta matizar, pero «casi toda la literatura francesa de los siglos XIX y XX preferida por la posteridad es, si no de derechas, al menos antimoderna», o «si no es de derechas, por lo menos se enfrenta a la izquierda». En cuanto a los antimodernos, repite una y otra vez, no es que no sean modernos, tampoco que sean simples conservadores, reaccionarios o tradicionalistas. A pesar de la insistencia, no queda claro en qué consiste la modernidad de los antimodernos ni cuál es su diferencia con los conservadores, los reaccionarios y los tradicionalistas. Compagnon se limita a fórmulas vagas: los antimodernos son los «reaccionarios con encanto», los «modernos en libertad», los modernos que «no se dejan engañar por la modernidad», «los modernos en dificultades con los tiempos modernos, el modernismo o la modernidad».

Por ejemplo, la antimodernidad de Baudelaire, «prototipo» del antimoderno, tiene que ver con su ambivalencia frente a la modernidad, más que con el simple rechazo del conservador, según Compagnon. Pero a Compagnon no le interesa mostrar la ambivalencia, solo las ideas baudelaireanas más reaccionarias, que no pueden negarse: la reivindicación del gobierno aristocrático contra toda forma democrática, la del pecado original contra las ideas de progreso e inocencia natural del hombre, la de la providencia o voluntad divina contra la soberanía popular, la del sacrificio en la guerra y en el patíbulo, como ritos fundacionales de la sociedad, contra las consignas revolucionarias de igualdad, libertad y fraternidad. Para decirlo con los términos de Marshall Berman en Todo lo sólido se desvanece en el aire, Compagnon enfatiza el «modernismo contrapastoral» de Baudelaire, los argumentos y la retórica que le opone a los relatos de la modernidad. Tiene de su parte un poderoso arsenal de citas, muy sugestivas la mayoría, casi todas extraídas de los Diarios íntimos, publicados póstumamente. Pero ni rastro de las «pastorales modernas» de Baudelaire, de su fe en la receptividad de la burguesía al arte moderno, en el progreso económico y cultural de la humanidad, en la belleza que puede ser extraída de la pompa de la vida moderna. En todo caso, más que las pastorales modernas de Baudelaire, se extraña en Los antimodernos la comprensión baudelaireana de la modernidad y de sus contradicciones, a la que Compagnon le hace más justicia en Las cinco paradojas de la modernidad.

El carácter esquemático y generalizador del libro, en su versión española, tiene una posible disculpa: solo se tradujo la primera parte, titulada «Las ideas», dedicada a los relatos más generales de la tradición antimoderna. En la conclusión, Compagnon esgrime sin querer una razón de por qué había que traducir el libro entero: «Las ideas, los hombres. Entre aquéllas, que forman un sistema de pensamiento bastante coherente, una visión del mundo marcada por algunas constantes a largo plazo, y éstos, diferentes, caprichosos, veleidosos, las discordancias aparecen en seguida». Quizá en los ensayos de la segunda parte, titulada «Los hombres», donde al parecer Compagnon analiza de manera particular a algunos antimodernos, se matice un poco la generalidad y el esquematismo de la primera.

Pero aún se puede aventurar otra hipótesis. Lejos de asumir una posición crítica frente al talante reaccionario de los antimodernos, Compagnon parece interesado, no solo en una estetización, también en una justificación intelectual. Esta puede ser la razón por la cual se resiste a llamar a los antimodernos reaccionarios, conservadores o tradicionalistas, y de que acentúe tanto la contradicción entre la literatura y la modernidad, y entre los antimodernos y los modernos. Tal vez el desafío inconfesado de Los antimodernos sea proveer de una sólida y bien diferenciada tradición de literatura y de pensamiento modernos a la reacción política, tanto en Francia como en los Estados Unidos, donde Compagnon es profesor, además de en el Colegio de Francia, en la Sorbona y en la Universidad de Columbia. El «juego antimoderno», para Compagnon, estuvo prohibido en los años posteriores a los horrores de mediados del siglo XX; en las últimas décadas hemos entrado de nuevo en él. «Los neoconservadores americanos de principios del siglo XXI, antiguos intelectuales de izquierda, pero partidarios del conservadurismo de Leo Strauss por hastío del liberalismo, en sentido americano, representarían la versión contemporánea del antimodernismo, o bien en Francia los "nuevos reaccionarios" denunciados al público en 2002»[1]. Sin embargo, tanto a los neoconservadores como a los nuevos reaccionarios, antimodernos en el lenguaje de Compagnon, les falta, como a la derecha en general, «un mito fundador comparable a lo que es el progreso para la izquierda». Despejar el camino para hallar ese mito parece ser, en últimas, el verdadero desafío de Los antimodernos.

Podría aceptarse, aunque solo fuera como hipótesis, que la cultura literaria, moral y política ha dado un giro ideológico hacia la derecha. Desde esta perspectiva, que Los antimodernos haya merecido en 2005 el premio Pierre-Georges Castex de la Academia de ciencias morales y políticas y en 2006 el premio de la crítica de la Academia francesa probablemente diga más acerca de ese giro que acerca del libro. También podría aceptarse que la resistencia ideológica a la modernidad es inseparable del valor de la literatura moderna convertida en canon por la posteridad, como sostiene Compagnon. Que esto la ponga del lado de la derecha política y en contra de la izquierda, eso ya no se puede aceptar tan fácilmente, ni siquiera como hipótesis, así sea por esta sencilla razón: es imposible endilgarle a la izquierda, en general, una fe ciega en el progreso y en los demás mitos modernos, y más todavía, hacer de la duda, de la ambivalencia, de la crítica privilegios de la derecha. O por esta otra: la resistencia ideológica de la literatura moderna no es solamente resistencia a la modernidad sino a las ideologías.

La literatura desconcierta, despista, desorienta más de lo que lo hace cualquier otro discurso, político, filosófico, religioso, porque recorre regiones de la experiencia que solo ella reconoce en los menores detalles, como sostiene Compagnon en ¿Para qué sirve la literatura?. Es un ejercicio de pensamiento, pero su pensamiento «procede a tientas, sin cálculo, por intuición, guiándose por el olfato». En ella no encontramos reglas generales o ejemplos incuestionables, menos aún verdades universales, pero aún así se muestra más capaz que otras formas de conocimiento a la hora de esclarecer las motivaciones y los comportamientos humanos. En palabras de Compagnon, «la literatura nos enseña a sentir mejor, y como nuestros sentidos no tienen límites, no concluye jamás, sino que permanece abierta -como un ensayo de Montaigne- después de habernos hecho ver, respirar o tocar las incertidumbres y las indecisiones, las complicaciones y las paradojas que se esconden detrás de las acciones», meandros en los cuales los demás discursos se pierden, pero «que una larga frase de Proust abarca a la perfección».

Nota al pie de página


[1] Compagnon se refiere a la polémica abierta en Francia en 2002 por un artículo de Maurice T. Maschino titulado «Los nuevos reaccionarios». Una traducción al español se encuentra en esta dirección: http://www.rebelion.org/hemeroteca/medios/maschino111102.htm.

 

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