Los adioses de José: el abismo del olvido y la memoria - Razón Pública
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Los adioses de José: el abismo del olvido y la memoria

Escrito por Alexandra Aguirre
Fernando Pautt

Fernando PauttLos adioses de José
Dramaturgia y dirección: Víctor Viviescas.
Actuación: Fernando Pautt.
Grupo: Teatro Vreve.

Reseña por:  Alexandra Aguirre Rojas

Al entrar a la sala, el espectador se encuentra con un patio de casa pobre, en el que sólo se ven unas cuantas sábanas blancas extendidas en una esquina. Al hacerse el silencio en las graderías, se escucha una respiración estertorosa que proviene de detrás de los tendidos. Cuando los ojos se acostumbran a la penumbra, descubren parte de la figura de quien emite el sonido… Repentinamente, irrumpe en el escenario. Es un hombre viejo, cargado con una pesada maleta y un par de cajas de cartón, que –tan abruptamente como ha salido― grita un “Adiós” y vuelve a la posición inicial. Tras una pausa, el viejo retorna para contar su historia, la historia de varias generaciones en este país que han hecho el tránsito entre la vida rural y la urbana, y que, en la refriega diaria por el sustento, se han encontrado con el amor, la pobreza, la muerte, la violencia y la soledad. Así inicia Los adioses de José, un monólogo escrito y dirigido por Víctor Viviescas e interpretado magistralmente por Fernando Pautt.

Es cierto que la anécdota es bien conocida. Lo que hace memorable esta pieza teatral es que está constituida por fragmentos que se articulan por medio de la poesía. El logro del dramaturgo reside en que, con el lenguaje cotidiano de un obrero, transmite un sentimiento poético:

La tierra estaba a la mano. Pero no la arábamos.

Mi oficio era ya de ciudad. Aunque en el campo.
Todavía en el campo.
(Silencio).
Tiempo simple. Tiempo sencillo.
Tranquilo suceder de las cosas.
Lento trasegar de las cosas.
Con esa mujer me hice hombre.
Conmigo se hizo mujer.
Mi nombre era esa palabra que ella decía.
Su nombre, yo lo inventaba todas las noches.
Cuando me escondía en ella del cansancio y la agitación.
Cuando me profundizaba en ella.
Cuando finalmente llegaba el silencio.

 

En otras palabras, la obra no sólo provoca que el público se conmueva por la desgracia del protagonista, sino que permite al espectador situarse en la realidad lacerada del conflicto colombiano. Simultáneamente, la sonoridad de las palabras crea una atmósfera que parece sacar al personaje del tiempo. José aparece en el escenario por unas circunstancias precisas, es fruto de una profunda reflexión sobre el fenómeno actual del desarraigo y el exilio del campesinado y sobre las precarias condiciones que acarrea la vida forzada en la ciudad. La sonoridad con la que José habla es un intento por separarse de ese mundo de ruindad, pero también es la única forma que tiene para declararse perdedor en la lucha contra una realidad que se le escapa de las manos.

Si recordamos, el teatro clásico habla de hombres en acción. Es decir, de aquellos que toman decisiones y se constituyen mediante actos que influyen sobre otros y sobre su entorno. Un sujeto así tiene una presencia clara y precisa porque actúa en el mundo y forja su identidad en él. No obstante, este sujeto dista abismalmente de la mayoría de los sujetos del teatro contemporáneo, que descree de la idea de un sujeto completamente construido, con una identidad sólida y petrificada. El teatro contemporáneo, específicamente el de Víctor Viviescas, se ocupa de sujetos que, como José, no pueden actuar contra el mundo, tomarlo en sus manos y transformarlo para darle sentido a su propia vida. Al contrario, José es víctima de las circunstancias que tuvo que vivir. De ahí que en esta oportunidad veamos un personaje que cuenta, no que actúa. José narra su desgracia: permanecer. Él permanece a pesar de todo, de la muerte de la mujer que daba significado a su existencia, de criar dos hijos para que luego sucumban a muertes violentas, no obstante sus cuidados (“el temor no es suficiente para preservar a los hijos”, dice). José sobrevive a la soledad de la vejez y permanece después como fantasma, obligado a contar su historia.

José, entonces, es pura memoria desgarrada. Su relato es el recuento de la vida de un hombre incapacitado por la situación para conducirla a feliz término. De igual manera, la narración está desgarrada, incompleta, hecha de jirones de recuerdos evanescentes que el protagonista se obstina en preservar. Solo, con la palabra como última herramienta, aunque esté rota y haya perdido contundencia, José se empeña en mantener sus recuerdos haciendo diversos inventarios o mostrando –irónicamente, como si fueran ruinas de un pasado glorioso- objetos que sirven como reliquias dolorosas: el rosario heredado de la madre, el relicario con la foto de la Negra (su esposa), los juguetes de sus hijos, objetos que representan la fe, el amor y la inocencia perdidos. La paradoja cruel es que es imposible asir al pasado y la memoria sólo puede delatar esta pérdida, no frenarla. Por eso, José hace hincapié en los momentos más dolorosos, en los que han logrado cincelarse en su memoria. Si recuerda las noches de amor con la Negra es porque su pérdida es la mayor y la más significativa, puesto que ella era el último resquicio de armonía en un mundo desolador en el que todo es cansancio, agitación y miedo. Lo otro, la mezquindad de la pobreza, la brutalidad de las violencias (la de los grupos armados, la de las pandillas de barrio) y la muerte de sus hijos son los sucesos que pueblan esa desolación.

 

En una escena, José exhibe sobre su cuerpo fotografías de su hijo. Se trata de una vida que puede resumirse en ocho o diez fotos que él se sujeta con pinzas de tendedero al saco y al sombrero, en un gesto de impotencia con el que intenta reapropiarse de esa corta existencia perdida antes de que él, el padre, pudiera entenderla. En este fragmento, vemos a un pobre viejo al que se le desmigajan los recuerdos y debe aferrarlos de manera física a su cuerpo para poder mantener viva la memoria de algo tan preciado -y al tiempo tan ajeno- como la vida que él mismo propició y que fue segada sin que nadie respondiera por ello. Ese gesto de impotencia revela una condición de fragilidad y de precariedad porque está condenado a la inutilidad. Gesto vano que no logra ningún objetivo, no le da sentido a su vida ni deja huella sobre el mundo. En este sentido, José se asemeja a los personajes de Kafka que ejecutan, sin asomo de esperanza, una acción totalmente baladí en un mundo indiferente que no se preocupa por ellos.

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José es solamente un testigo inerme de la catástrofe que es su existencia y quisiera negarse a hablar de ella. Constantemente se resiste a emplear la palabra y rememorar. Pero sin importar sus tentativas de silencio o de huir del escenario se ve impelido a mantenerse en él y a repetir sus gestos y sus palabras:

Y estas cajas,
esta maleta,
este taburete de cuero negro y blanco,
este retorno, eterno,
esta espera.

Este estar atado
al llamado,
a la presencia,
a esta… convocatoria,
a estar aquí,
aquí…

Aquí donde estoy
donde permanezco
donde
-cada noche-
cuando se hace la oscuridad
-cada noche-
comparezco,
-cada noche-
acontezco.
 

José está condenado a estar ahí, en escena, y a decir eso que se rehúsa a decir: que la vida (su vida) de figurín de teatro está impregnada de una realidad aterradora e inicua:

veía correr los cuerpos de hombres
y mujeres 
que indiferentes exponían su carne a la intensa labor de la muerte.
Las noticias traían cada día el repetido inventario de los muertos. 
Con sorpresa veía en las calles desde mi ventana
esa carne de cañón
que con indiferencia se libraba a la risa, a los besos,
a las caricias escondidas.
Esas que siempre se sabe que existen.
Un día mi hija también se había dejado estrujar en el rincón de un corredor,
también había recibido besos furtivos, besos de pasión,
de una carne que lucha por sobrevivir, por derrotar a la muerte.
Pero no hay derrota.
No hay carne que sea invencible.
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Por esta causa José intenta escapar o refugiarse en el silencio. Porque ese acaecer de la vida que va directamente al abismo es inenarrable por lo gratuito. En esta obra no se habla de vidas pletóricas de significado, sino de “carne de cañón” abatida con desidia por el caos, la corrupción, la violencia y es imposible dar una explicación a los sufrimientos que le infligen.

Por otro lado, José está al borde de la inexistencia y del olvido. Él sabe que no es un hombre real ni pretende serlo, sus palabras permiten sospechar que él es consciente de su condición de fantasma o de personaje de ficción que se dirige a un auditorio. Se siente “convocado” a un “retorno eterno” y devela su propia artificialidad. La obra no es simplemente una denuncia; como en la mayor parte de las obras de Víctor Viviescas, en Los adioses de José puede seguirse un rastro de la preocupación del autor por los conflictos de la sociedad, específicamente por la violenta problemática colombiana. Sin embargo, podemos pensar que en dicha dramaturgia se entreteje, también, un cuestionamiento a las mismas estrategias del teatro. Esta sospecha de José es la misma sospecha que tienen los personajes de Yellow taxi… o La esquina o cómo murieron los futbolistas que mataron a Karim —que está en temporada hasta el tres de diciembre en el Teatro de garaje, de Bogotá—. Aquí, los personajes que intentan huir de una situación imposible (tal vez onírica, tal vez de almas en pena, tal vez de ficción teatral) se saben observados aunque tienen la certeza de que están solos:

Dos: Percibo presencias ladinas que nos observan, nos vigilan, ¿nos acechan? Algo acuoso como ojos de pescado que se desliza por mi piel, que me quita la piel, que desnuda mi cadáver.

En La esquina… hay una frecuente referencia a ese otro plano cerrado que los escruta y del que no se pueden desprender, el plano del espectador que los ata y los obliga a ser presencia aun en contra de su voluntad. Asimismo, en la obra de este dramaturgo colombiano, es usual que las figuras se encuentren confinadas a espacios que producen claustrofobia. A pesar de que algunos personajes se hallan al aire libre, siempre están poniendo barreras, o se encuentran cercados por la neblina y la oscuridad. El espacio limitado es tanto un refugio de lo exterior como una condena a la incomunicación. Además, los sujetos constantemente sufren de un extrañamiento de su lenguaje que parece ser consecuencia de la endeble aptitud para dominar la realidad. José mismo padece esta miseria del lenguaje. Desde que falleció su esposa no puede entender el mundo en el que vive:

Cuando la Negra murió, todo dejó de tener sentido.
Ellos sobre todo.
¿Qué son los hijos en ausencia de la madre?
Cuando ella murió, fue él el que me lo dijo.
Fue la última vez que entendí lo que decía.
Y casi no lo entendí.
Lo oía, pero no entendía, no entendía.
Desde entonces todo se borró.

El lenguaje es esquivo para el protagonista. José desespera porque no puede describir apropiadamente su experiencia. Él no encuentra un lenguaje que sea común entre él y quienes le rodearon o entre él y quien lo escucha. En otras palabras, José y otros personajes de Viviescas no dominan el mundo (son ajenos a la posibilidad de ser el sujeto de acción que rige con entereza su destino) y no pueden nombrarlo ni tampoco asirlo. Consecuentemente, si el lenguaje es el instrumento privilegiado para manipular la realidad –nombrar es crear y dominar- y ellos carecen de tal habilidad, les será imposible consolidarse a sí mismos porque nunca podrán abrir un espacio que les pertenezca, en el que su identidad se marque de manera indivisa y distinta. Los personajes se intuyen vulnerables ante el silencio, la fragmentariedad, el tiempo y la aleatoriedad de los recuerdos como si en cualquier momento pudieran convertirse en algún otro, como si pudieran desaparecer o disgregarse en el ambiente.

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Fotografías: Carlos Lema

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