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Los acuerdos sobre precios y mercados: tan antiguos como actuales

Escrito por Julio Silva

Estatua del filósofo escocés Adam Smith, en Edinburgo.

Julio-SilvaA raíz de la sanción impuesta por la Superintendencia de Industria y Comercio a empresas y empresarios azucareros, vale la pena examinar el origen y el papel de estos  procederes en la historia de las economías de mercado. 

Julio Silva-Colmenares *

Advertencias del fundador

Para empezar, hay que decir que los acuerdos entre empresarios para fijar precios o distribuirse mercados son tan antiguos como el propio capitalismo.

Ya en La riqueza de las naciones (1776) Adam Smith, el fundador de la ciencia económica moderna y el (presunto) abogado de la “mano invisible”, escribió que “Es raro que se reúnan personas del mismo negocio, aunque sea para divertirse y distraerse, y que la conversación no termine en una conspiración contra el público o en alguna estratagema para subir los precios. Es ciertamente imposible prevenir tales reuniones por ley alguna que fuese practicable o coherente con la libertad y la justicia. Pero aunque la ley no puede impedir que las personas del mismo negocio se agrupen, tampoco debería hacer nada para facilitar esas agrupaciones; y mucho menos para volverlas necesarias”.

Como muestran multitud de ejemplos, tales “conspiraciones” siguen siendo actuales, tanto en Colombia como en otros países, y no siempre para subir los precios.

Aunque Smith había definido la libre competencia como una “mano invisible” que podría llevar a la mejor asignación de los recursos para beneficio común, sin que ese fuese el interés del empresario, también reconoció que “(…) Nunca he visto muchas cosas buenas hechas por los que pretenden actuar en bien del pueblo”.

Los acuerdos entre empresarios para fijar precios o distribuirse mercados son tan antiguos como el propio capitalismo. 

Para Smith la libre competencia era entonces un supuesto teórico, pero no una realidad cotidiana. El filósofo escocés llegó incluso a pronunciarse contra el monopolio, como un posible producto de la libre competencia, y lo calificó como “el peor enemigo de la buena administración, que nunca puede establecerse de forma generalizada si no es a consecuencia de esa competencia libre y universal que fuerza a cada uno a recurrir a ella por su propio interés”.

El análisis más critico

Bolsa de valores de Nueva York
Bolsa de valores de Nueva York
Foto: RosieTulips

Casi un siglo después de Smith, Karl Marx vio de manera más clara esta negación dialéctica de la libre competencia. En su polémica con Proudhon dijo: “En la vida práctica no solamente se encuentran la competencia, el monopolio y su antagonismo, sino también su síntesis, que no es una fórmula, sino un movimiento. El monopolio produce la competencia, la competencia produce el monopolio. Los monopolios surgen de la competencia, los competidores se hacen monopolizadores. (…) La síntesis es tal que el monopolio sólo puede mantenerse pasando continuamente por la lucha de la competencia”.

Ni Marx ni Federico Engels, su colaborador y amigo entrañable, pudieron escribir en concreto sobre el paso del capitalismo a su fase monopolista, pero sobre la base de su análisis del capitalismo de libre competencia previeron tal paso y señalaron algunas de las condiciones generales que regirían esta transformación.

El gran mérito de Marx fue señalar que la acumulación no solo produce un crecimiento cuantitativo del capital, sino también su cambio cualitativo, con el paso hacia unidades productivas más complejas y métodos técnicos más perfeccionados por la introducción de la ciencia al proceso de trabajo.

Así no solo aumenta la contradicción entre los trabajadores y los propietarios de los medios de producción, sino también entre los propios capitalistas. Como escribe Marx: “No se trata ya de una simple concentración, idéntica a la acumulación, de los medios de producción y del poder de mando sobre el trabajo. Se trata de la concentración de los capitales ya existentes, de la acumulación de su autonomía individual, de la expropiación de unos capitalistas por otros, de la aglutinación de muchos capitales pequeños para formar unos cuantos capitales grandes. (…) Se trata de una verdadera centralización, que no debe confundirse con la acumulación y la concentración”.

Más adelante afirma que “Dentro de una determinada rama industrial, la centralización alcanzaría su límite máximo cuando todos los capitales invertidos en ella se aglutinasen en manos de un solo capitalista”. Engels añadió la siguiente nota de pie de página en la cuarta edición de El Capital sobre este tema: “Los novísimos trusts ingleses y norteamericanos aspiran ya a esto, puesto que tienden a unificar, por lo menos, todas las grandes empresas de una rama industrial, en una gran sociedad anónima con monopolio efectivo”.

La visión neoclásica

Un siglo después de Marx, Paul A. Samuelson – conocido como autor de la influyente “síntesis neoclásica”- anotó que la “construcción ideal” de Smith no era más que eso: una figura teórica para explicar el funcionamiento de una economía en condiciones de competencia perfecta.

En su Curso de Economía Moderna (1948), dice Samuelson que “(…) El propio Smith ya reconoció algunas de las limitaciones realistas con las que tropezaba su doctrina, pero solo más tarde descubrieron los economistas que las virtudes que se atribuían a la libre empresa solo son verídicas cuando están actuando de lleno los frenos y compensaciones de la competencia perfecta”.

Samuelson precisa así su observación: “La realidad es que muchas de las alabanzas dedicadas al sistema de competencia están fuera de lugar, porque, como hemos dicho antes, el nuestro es un sistema mixto de competencia y monopolio. Un cínico podría decir de la libre competencia lo que Bernard Shaw dijo, en cierta ocasión, del cristianismo: que su único defecto consiste en que nunca ha sido puesto en práctica. Jamás ha existido un siglo de oro de la libre competencia, y hoy día la competencia no es perfecta en el sentido económico, e incluso, probablemente, cada vez lo es menos, debido en gran parte a la índole peculiar de la producción en gran escala y a la técnica, a los gustos de los consumidores y a la organización comercial”.

Mercados monopolistas

Busto del filósofo, economista y sociólogo Karl Marx en Alemania.
Busto del filósofo, economista y sociólogo Karl Marx en Alemania.
Foto: gravitat-OFF

Al hablar de mercados de monopolio, como la industria farmacéutica con patentes (una fuerte barrera de entrada), el teórico de la administración José Carlos Jarillo dice que “ La base de la capacidad de obtener beneficios en un sector determinado está en las imperfecciones de ese sector (…) Lo que una empresa necesita para poder asegurarse beneficios a largo plazo es una ventaja competitiva sobre sus competidores. Una ventaja competitiva es cualquier característica de la empresa que la aísla de la competencia directa dentro de su sector”.

Sin embargo, en el desarrollo concreto del capitalismo el fenómeno de la ascendente centralización no ha funcionado como lo previeron Marx y Engels, pues es contrarrestado por el fraccionamiento artificial de las empresas según conveniencia de los capitalistas. Hoy en día es frecuente ver que se controla una actividad o se tiene un monopolio, pero manteniendo la independencia jurídica y administrativa de las empresas. Desde hace más de un siglo el capitalismo ha encontrado diversos métodos para simular la competencia.

Para sintetizar, podría decirse que la concentración de la producción expresa la reproducción ampliada (el crecimiento económico para capitalizar parte de la plusvalía creada), así como las relaciones entre las clases enfrentadas en la producción. En cambio, la centralización del capital no depende tanto de la acumulación, ya que, al expresar la diferenciación de los capitalistas, es un mecanismo de redistribución del capital en funcionamiento, de la plusvalía capitalizada.

Desde hace más de un siglo el capitalismo ha encontrado diversos métodos para simular la competencia.

Como es obvio, mientras diversas corrientes del pensamiento económico ven todavía la libre competencia como el cimiento del capitalismo actual, quienes siguen a Marx, sin negar la competencia, ven su superación dialéctica y hablan del capitalismo monopolista.

Sin embargo hay que tener en cuenta que la gran empresa, per se, no es un monopolio, sino la manifestación de la concentración de la producción, o sea, un fenómeno que se da en el ámbito del proceso de producción.

El caso del azúcar en Colombia

Lo anterior nos permite entender que a medida que haya mayor centralización del capital y que mayor sea su participación en un mercado determinado, habrá mayor posibilidad de acuerdos sobre precios o reparto del mercado, como lo comprueban los casos de la producción de azúcar, cemento, derivados del papel, cerveza, bebidas gaseosas, servicios bancarios y otros renglones en la economía colombiana, algunos bajo investigación de la Superintendencia de Industria y Comercio (SIC).

En el caso del azúcar, ya en la década de 1960, el autor de esta nota sostenía que esta era una industria de típico monopolio, controlada por una “oligarquía azucarera” compuesta por las familias Eder, Caicedo, Cabal y Garcés, dueñas de 12 de los 20 ingenios existentes en ese momento y con más del 70 por ciento de la oferta. Y esta situación no ha cambiado mucho en los últimos cuarenta años.     

Si se unen la concentración de la producción y la centralización del capital se da la posibilidad del monopolio como un tipo nuevo de relación social que se establece en otro ámbito, en el mercado, donde una o varias grandes empresas tienen la capacidad de determinar algunas de las condiciones bajo las cuales actúan la oferta y demanda (como es el caso del azúcar y otros mencionados más atrás).

Por tanto, es evidente que en nuestro caso había las condiciones para que la “conspiración” se diese y que la SIC tuviera razones suficientes para sancionar a los azucareros en un monto que sea correlativo al daño causado.

 

* Presidente de la Academia Colombiana de Ciencias Económicas, miembro correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas de España, doctor en Economía de la Escuela Superior de Economía de Berlín y doctor en Ciencias Económicas de la Universidad de Rostock (Alemania); director del Observatorio sobre Desarrollo Humano y profesor-investigador universitario. obdehumano@fuac.edu.co

 

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