Los 60 años de la UNCTAD: Por qué pensar en el desarrollo y no solo en el comercio
Foto: UNCTAD

Los 60 años de la UNCTAD: Por qué pensar en el desarrollo y no solo en el comercio

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Al estudiar la oferta de países en desarrollo para el mercado internacional, la UNCTAD se ha encontrado con mercados basados en productos con bajo valor agregado. ¿Cómo mejorar la situación?

Diego Cardona Cardona*

El origen de la UNCTAD

Hay aniversarios que deben celebrarse. Esta semana se han conmemorado los sesenta años de la UNCTAD. Era el año 1964, en plena guerra fría, y solo dos años después de la crisis de los misiles, soviéticos en Cuba y estadounidenses en Turquía, que estuvo a punto de llevar a una tercera guerra mundial.

Luego del inicio de una política de distensión que duraría hasta finales de los ochenta, una iniciativa de países del sur del planeta llevó a la primera Conferencia sobre Comercio y Desarrollo en el marco de Naciones Unidas. De allí surgió la UNCTAD. 

En concordancia con la actividad creciente del grupo de países en desarrollo en el seno de Naciones Unidas (el llamado Grupo de los 77), las primeras reflexiones fueron sobre la relación entre comercio y desarrollo; la búsqueda de un mejor equilibrio entre Norte y Sur del planeta, que sigue siendo una necesidad evidente; y, en general, la relación de estos temas con la equidad internacional.

Ello ha sido recordado con motivo de este aniversario, que inexplicablemente pasó desapercibido en Colombia (no solo en los medios de comunicación). Además, la UNCTAD ha publicado recientemente un sustancioso informe sobre los grandes temas de su competencia, el cual debe llamarnos a una seria reflexión.

Lo que dice la UNCTAD

En solo una década, los países en desarrollo han visto incrementar el costo de su deuda pública en tres veces y media, con todas las graves consecuencias que de ello derivan: menos fondos para el desarrollo económico y social.

La deuda pública de los países pasó en solo doce años, entre 2010 y 2023, de 51 trillones de dólares a 97, casi duplicándose. El asunto se ha convertido en un problema sustancial para los países en desarrollo, debido al acceso limitado a los recursos financieros globales, los elevados costos de los préstamos, las devaluaciones de sus monedas y las limitaciones generales al crecimiento y al comercio. 

En los países desarrollados, esta aumentó aproximadamente un 50 %, en el mismo período. Además, en el caso de los países en desarrollo, dicho incremento fue de 350 %. Es decir, en solo una década, los países en desarrollo han visto incrementar el costo de su deuda pública en tres veces y media, con todas las graves consecuencias que de ello derivan: menos fondos para el desarrollo económico y social.  

Muchos especialistas se preguntan ahora si esa situación puede ser sostenible, y si no estamos a punto de afrontar graves consecuencias en la productividad y el bienestar de la mayor parte de la humanidad.

Las consecuencias para el mundo

Todos estos factores tienen incidencia negativa para el desarrollo social y económico, y se convierten en un limitante dramático para la inversión en desarrollo de infraestructura, en bienestar social y en la competitividad internacional. 

A ello deben sumarse los costos crecientes del cambio climático, que son dramáticos para algunos países en desarrollo, incluyendo la necesidad de afrontar emergencias (inundaciones, sequías, calentamiento global, huracanes, y otros más).

Si se quiere un mundo no solo más próspero en abstracto y con pocos beneficiarios, sino también inclusivo, y sobre todo sostenible; y si se quieren cumplir algunos de los objetivos de Desarrollo Social, fijados por Naciones Unidas, es necesario reflexionar sobre el tema y replantear algunas de las políticas y concertaciones internacionales al respecto.

El problema adicional es que el deterioro de los términos de intercambio en los últimos 50 años no ha dejado de existir. Para el caso, una cifra importante que hace relación a Colombia: en los años 70, el precio internacional del café llegó a los 2.50 dólares por libra (que serían aproximadamente 16 dólares actuales). Este precio, en 2024, ha fluctuado en los mismos 2.50 dólares, con lo cual, proporcionalmente se pagan seis veces menos que en los años setenta. Lo mismo puede decirse del banano y muchos otros alimentos y materias primas exportables. 

Mientras tanto, las tasas de interés internacionales se han elevado en aproximadamente tres veces, y los precios de las manufacturas y productos elaborados han crecido cinco o seis veces.

Por su parte, los servicios desarrollados (software, comunicaciones y maquinarias, por ejemplo), se han elevado en diez veces en el mismo período.  Como se ve, una situación compleja para países cuyos ingresos dependan de poco valor agregado. Es el caso de la mayor parte de los países en desarrollo.

El desarrollo de las industrias es necesario

El comercio no es solo una sumatoria de fríos datos estadísticos para deleite de algunos técnicos. La relación entre comercio y desarrollo es fundamental, y cuando decimos desarrollo, hemos de hablar de comercio justo y de cadenas productivas que respeten las economías locales y regionales, así como de algo fundamental: la incorporación de valor agregado en los productos de nuestros países, en especial los dedicados a exportación. 

Tomar de las plantas los mangos o los aguacates, el café o el algodón, la soya o los cereales, deja alguna ganancia, por supuesto. Extraer de la tierra algunos minerales, también. Pero en las transacciones internacionales, la oferta exportable es importante no solo en cantidad (cuántas toneladas se producen o exportan), sino que el grado de transformación es el eje del proceso.

No es la venta de café en grano lo ideal, sino su transformación en café soluble y su colocación en los mercados, incluso al detal (ubicación de tiendas), lo que da mayor ganancia. En el caso del banano, por ejemplo, ocurre que, por cada Euro de venta a Europa, quedan aproximadamente 10 centavos para los productores. El caso es semejante con el del café.

Foto: Agencia Nacional de Infraestructura - Hemos de hablar de comercio justo y de cadenas productivas que respeten las economías locales y regionales, así como de algo fundamental: la incorporación de valor agregado en los productos de nuestros países.

De nada sirven decenas de Acuerdos de Libre Comercio, si no tenemos oferta exportable.

El resto se queda en intermediarios, transportes, seguros, derechos de importación, transformación y, sobre todo, ubicación en los sitios de venta. Esta clase de problemas son justamente los que ahora estudia la UNCTAD.

Un tema que no debe estar en el olvido

De nada sirven decenas de Acuerdos de Libre Comercio, si no tenemos oferta exportable. Este es un tema que viene rondando en la UNCTAD desde los años ochenta, pero parece que solo pensamos en ello por breves períodos, cada dos décadas, y parece que aún no hemos aprendido la lección.

Bienvenido sea por ello el cumpleaños sesenta de la UNCTAD, un hecho de la mayor importancia para nuestros países, y que hubiera merecido mayor atención por parte de los responsables políticos y la opinión.

Todavía podemos retomar esa reflexión, que es crucial no solo para nuestro desarrollo, sino como un mecanismo de supervivencia en un medio internacional de competencia, no siempre leal o justa, para los intereses de nuestros países.

Las soluciones pueden ser diversas: “Exportar o morir”, era la divisa desde la apertura económica de los noventa. Pero en muchos casos faltó un complemento. Era un error apostar solo a las ventajas comparativas primarias (los recursos naturales como agricultura y sobre todo minería).

Transformación y desarrollo industrial sostenible parecen ser la clave del proceso para tener una mejor capacidad exportadora y, sobre todo, un mayor nivel de ingresos para nuestros países y sus gentes.

Por ello, sin demeritar las actividades clásicas de la OMC, tenemos la obligación de repensar el asunto de una manera más integral: la UNCTAD nos recuerda una serie de tareas aún no cumplidas.

Una institución que comenzó siendo presidida por Raúl Prebisch, y que es dirigida hoy por otra persona de América Latina (Rebeca Grynspan), merecería mayor atención en nuestros países, en especial cuando hablamos de temas como soberanía alimentaria, transferencia eficaz de tecnología, creación de condiciones endógenas para el desarrollo, políticas de alto contenido social, y búsqueda de mayor equidad internacional.

Un mayor acercamiento o pacto entre actividad pública y sector productivo, y un mayor componente en ciencia, tecnología e innovación, parecen indispensables. Así se ha hecho en países como China, Japón, Corea del Sur, y otros del Sudeste asiático. Así se intenta en otros países, como India, Brasil, México y Turquía, entre otros. No podemos ser inferiores a ese propósito si queremos un país no solo viable sino también próspero para sus habitantes.

Acerca del autor

Diego Cardona Cardona

*Magíster en Estudios de Asia y África de El Colegio de México y doctor en Relaciones Internacionales del Instituto de Altos Estudios Internacionales de Ginebra, Suiza. Correo: dcardonac@gmail.com

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Diego Cardona Cardona

*Magíster en Estudios de Asia y África de El Colegio de México y doctor en Relaciones Internacionales del Instituto de Altos Estudios Internacionales de Ginebra, Suiza. Correo: dcardonac@gmail.com

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