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Los 150 años de la Nacional: ¿una universidad para los estudiantes?

Escrito por Fabián Acosta
Manifestaciones por parte de los estudiantes de la Universidad Nacional.

Manifestaciones por parte de los estudiantes de la Universidad Nacional.

Fabian AcostaLa Nacional nació como una universidad moderna en sintonía con las necesidades de un país en construcción, pero en los últimos años el mercado se ha impuesto sobre la educación y los estudiantes han sufrido las peores consecuencias.

Fabián Acosta*

Una universidad moderna

El camino de la universidad moderna en Colombia lo ha construido la Universidad Nacional. La Universidad es moderna en todos los sentidos posibles:

  • En primer lugar, fue moderna por ser espacio de las revoluciones nacionales –independentistas en nuestro caso– que iniciaron el avance hacia una sociedad secularizada donde la ciencia y el conocimiento pudieran desarrollarse libremente.
  • Es moderna por su papel estratégico en la formación de los profesionales necesarios para un país en proceso de consolidarse como Estado independiente, que requería de educación superior dentro de un sistema de instrucción pública nacional.
  • Es moderna por haber abierto una posibilidad de educación para las clases  trabajadoras, que fueron construyendo la experiencia de una modernidad capitalista industrial en una época de masificación.
  • Es moderna por su protagonismo social, claramente expresado en la emergencia de los estudiantes como manifestación de rebeldía y de experiencia juvenil novedosa. Se trata de los estudiantes que protagonizaron las luchas reivindicativas de los siglos XX y XXI, relacionadas con la expansión de ciudades como Bogotá, con la conquista de la autonomía universitaria, y con la reforma de la educación superior, como ocurrió en el caso de la MANE.
  • El carácter moderno de la Universidad Nacional se manifiesta sobre todo en el hecho de ser uno de los principales laboratorios para la formación del sujeto joven, para la invención contemporánea de la experiencia de juventud, inexistente en épocas anteriores.

Homenaje a los estudiantes

El estudiantado de la Universidad Nacional –diverso, autónomo, beligerante y movilizado en incontables ocasiones– es también el resultado de estos 150 años de historia  de nuestra Universidad.

En este aniversario debería también conmemorarse al estudiantado, a sus múltiples generaciones promotoras del cambio, signos vitales de la historia de Colombia. Debería recordarse esta sangre varias veces derramada injustamente por obra de la violencia estatal y social.

El camino de la universidad moderna en Colombia lo ha construido la Universidad Nacional. 

El estudiar se realiza en función de trabajar. También se realiza en función de producir cultura y asegurar el acceso a la cultura. Cada vez menos el estudio se escapa del mundo de la producción y del trabajo, de los ciclos del consumo y del mercado. El estudiantado es una fuerza de trabajo imprescindible. Su existencia y producción se circunscribe a un mapa aún nacional, pero de creciente movilidad. Como fuerza de trabajo con múltiples potencias apunta en diversas direcciones, algunas desafortunadamente negativas, pero también muchas positivas.

Es cada vez más evidente el ingreso de la educación superior a la economía de mercado, aunque no debe tenerse la ingenua idea de que la universidad pública haya estado alguna vez completamente desligada de las necesidades del mercado.

El fenómeno indiscutible de lo público privatizado por las prácticas de estandarización, de medición costo-beneficio, de adelgazamiento del bienestar y de la cultura para la universidad no debe pasar desapercibido. Es el intenso presente de este recorrido de 150 años.

Lo más impresionante de esta historia reciente es que “el estudiantado” se haya convertido en una expresión fría para aludir al volumen de matrícula o a los niveles de admisión, de deserción, de graduación. Una cifra, un número. Es mucho más que eso: “el estudiantado” no son apenas los jóvenes universitarios como una población abstracta, como un insumo de la empresa universitaria, sino la esperanza de vivir una experiencia de juventud satisfactoria y la realidad de una generación de miles de seres humanos jóvenes. Posibilidades –o imposibilidades–radicales de la experiencia vital de toda una sociedad.

Por una universidad humana

Universidad Nacional de Colombia.
Universidad Nacional de Colombia.  
Foto: Alcaldía Mayor de Bogotá

La Universidad, cuyo sesquicentenario conmemoramos, no es una institución abstracta. En ella viven y se desenvuelven mujeres y hombres de carne y hueso, con experiencias cotidianas, con biografías reales.

Hay un imaginario todavía fuerte que está en boca principalmente de los llamados “sujetos académicos”, una cierta mistificación del campus donde estudiantes, profesores y trabajadores son ordenados y diferenciados conforme al mérito y la “masa crítica académica”. Este halito místico sobre los “estamentos” de la universidad encubre las condiciones humanas que se debaten en este escenario, que hace visibles a algunas y hace invisibles a otras.

Es claro que la universidad como institución social es un armazón de funciones y de propósitos, de metas perseguidas, de políticas estatales. Sin embargo cifrar seres humanos, convertirlos en estamentos –estudiantes, profesores y trabajadores–, es una manera de simplificar el asunto. Estos mismos seres humanos también se manifiestan como parte de generaciones distintas: adolescentes, adultos jóvenes, adultos mayores. Se trata de un conjunto complejo de trayectorias individuales y generacionales, de una humanidad viva y dinámica que palpita en la experiencia universitaria de hoy.

La universidad, esta gran entidad de la cultura y la ciencia, poderoso dispositivo de producción de sujetos trabajadores, de ciudadanos reales, variación de lo público, tiene todavía pocas posibilidades de contestación crítica y creativa, particularmente en el asunto de una política universitaria distinta.

Esta institución pública, paradójicamente privatizada, máquina de individuación de sujetos jóvenes, tal vez los ha hecho invisibles al haberse convertido en una institución que especula con la educación superior. Vende un servicio en una atmósfera educativa, pero lo hace en clave especulativa, como en los mercados financieros.

La sociedad consume títulos universitarios, grados y posgrados, sin importar si resuelven problemas de la vida, de la existencia humana. Se ha consolidado un mercado de la educación superior, y hay que reconocerlo porque mucho de lo que se exige de la educación actual se relaciona precisamente con este plano: se ofrece lo que se consume, tenga esto o no verdadero sentido humano.

Y si los jóvenes son consumidores de servicios educativos, de mercancías educativas, cuentan como compradores, como cifra. Su invisibilidad como sujetos humanos carga este sino. Pero también cargan el sino del prejuicio histórico acerca de lo que significa ser joven: menor de edad, incapaz de asumir responsabilidades y obligaciones, potencialmente violento y consumidor de sustancias non sanctas. O como muchas veces se expresa esto en el ámbito universitario: joven poco preparado, precario lector, etc.

La sociedad no es consciente de este asunto, y menos aún la universidad. Esta última se fue convirtiendo en la gran esperanza de los jóvenes. La universidad pública está casi siempre puesta en el horizonte de la pobreza, en las opciones de ciudadanía para la pobreza, porque promete y puede construir verdadera igualdad de oportunidades y posibilidades reales de movilidad social.

O por el contrario – como hoy muestran las cifras- educa a jóvenes provenientes de colegios   privados, con lo cual aumenta la desigualdad de oportunidades y –como también muestran las cifras- intensifica el contraste entre la formación de alta calidad y la precariedad del mercado laboral.  Se trata de un vaivén histórico que no se debe ignorar, de un proceso de ascenso desde la pobreza a la experiencia de la clase media para desembocar hoy día en la    precarización de los empleos del egresado.

Lecciones

Estudiantes Universidad Nacional.
Estudiantes Universidad Nacional.  
Foto: Agencia de Noticias Universidad Nacional

La Universidad Nacional lleva 150 años educando a las nuevas generaciones, formando profesionales de primer nivel en todas las disciplinas y los campos, aplazando la obligación del trabajo que pesó sin alternativa alguna sobre muchas generaciones de jóvenes.

Como homenaje a esas generaciones que hoy educamos en la ciudadanía, la cultura y la profesión restablezcamos su visibilidad. Si los miramos y aprendemos también de ellos la universidad completará su ciclo humano.

Debemos aprender del sentido de asociación y de colaboración inventiva, de la viva democracia juvenil. Aprenderemos así a comprender también el egoísmo generacional que los adultos, los maestros, hemos contribuido a formar y que lanza a los jóvenes estudiantes a la decepción y la frustración.

La sociedad consume títulos universitarios, sin importar si resuelven problemas de la vida, de la existencia humana. 

Y esto, además, en una sociedad donde ni siquiera sabemos con seguridad para dónde van la ciencia, los conocimientos que reproducimos o los que producimos, la filosofía, las humanidades y ni siquiera la universidad misma como institución social.

La universidad parece ser cada vez menos una oportunidad de movilidad social y de bienestar juvenil. La sociedad debe pensar en esto, la academia también. La idea de una educación para el trabajo está herida de muerte:

  • ¿Seguiremos cantando tonadas místicas sobre la universidad como academia y superestructura cultural sin preocuparnos por el destino de los jóvenes que educamos?
  • ¿No es esto un llamado para que la Universidad retome el espíritu de renovación que en un momento crucial produjo el paro nacional universitario convocado por jóvenes y organizaciones agrupados en la MANE y que logró interesar a toda la sociedad por el destino de la reforma universitaria?
  • ¿Tendría algún sentido hacer hoy una reforma universitaria sin incluir a los jóvenes estudiantes como sujetos vivos y no solo como objetos de procesos educativos?

Los jóvenes son la sociedad en ciernes. La juventud es la experiencia de inventar la situación de bienestar deseada para una sociedad como la nuestra. Acabar con la invisibilidad de la juventud por medio de planes de estudio, de nuevos programas que resuelvan los problemas actuales en términos de existencia humana, alimentación, ecología y convivencia es la necesidad de hoy.

* Profesor asociado del Departamento de Ciencia Política de la Universidad Nacional y director del Observatorio de Juventud (OBJUN). fracosta9@gmail.com

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