
Lo que nos queda del 20 de julio
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Detrás de la instalación del Congreso y del discurso del presidente Petro había realidades, mensajes y preanuncios de fondo. Es esto lo que muestra una lectura cuidadosa del evento y del contexto.
Delfín Ignacio Grueso*
Instituciones a salvo
El pasado 20 de julio se instaló la nueva legislatura, con la alocución presidencial que podría ser el equivalente colombiano del ‘estado de la Unión’ en Estados Unidos.
Pese a la polarización política que reina en el ambiente, el ritual respetó las formas republicanas, aunque también dejó ver novedades. A partir de lo que allí se dijo, intentaré un análisis a diferentes niveles.
El primer nivel de análisis, el de la estabilidad institucional, arroja un balance tranquilizador. En ese aspecto no se rompieron las formas. El presidente fue al recinto parlamentario y habló; la oposición habló y el presidente la escuchó.
Instalada la nueva legislatura, los parlamentarios procedieron a elegir presidentes de Cámara y Senado. El gobierno ganó una apuesta y perdió su otra apuesta. Este resultado nos dibuja al Congreso que definirá la suerte de las reformas del gobierno. Si las aprueba, pasarán a sanción presidencial y después al examen de constitucionalidad por parte de la Corte. Nada distinto de lo que debemos esperar en una democracia.
El mérito es de ambas partes. Ni las fuerzas más reaccionarias le impidieron al presidente posesionarse ni, una vez posesionado, éste ha cerrado el Congreso, cooptado las Cortes o convocado a una Asamblea Constituyente.
Bien que éste haya sido el primer presidente que se queda a oír las palabras de la oposición. Bien que la oposición haya hablado con franqueza y claridad.
Todo eso transmite tranquilidad institucional y, tras casi un año, invalida los anuncios apocalípticos propagaron los detractores de Gustavo Petro desde el momento de su elección.
El mérito es de ambas partes. Ni las fuerzas más reaccionarias le impidieron al presidente posesionarse ni, una vez posesionado, éste ha cerrado el Congreso, cooptado las Cortes o convocado a una Asamblea Constituyente.
Pasó la prueba de la inédita remoción de más de cincuenta generales sin ocasionar ningún ‘ruido de sables’, ni hay todavía señal alguna de ese ‘golpe blando’ que el presidente dice que le están fraguando.
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Los logros del gobierno
Dentro de ese marco institucional estable, el presidente ha podido desplegar su osadía política sin ser anulado por un establecimiento que desde siempre le ha sido adverso.
Logró hacer una coalición con partidos tradicionales, entabló un tranquilizador diálogo con quien hasta ahora había sido el principal líder político de Colombia, ganó con eso un margen de maniobra considerable y, además, para tranquilizar a muchos, trajo a su ministerio experimentadas figuras de gobierno anteriores.
Pero lo más osado, lo que ha sorprendido a tirios y troyanos, ha sido la forma como ha vinculado a caracterizados personajes de la derecha y a representantes de los gremios económicos más conservadores en los equipos negociadores de paz con los grupos armados.
Ahora ha vuelto a ese tipo de osadías nombrando a un temido exjefe paramilitar como gestor de paz. Y todo, todavía, sin afectar la estabilidad institucional.
La tranquilidad en ese frente parece corresponderse con una estabilidad similar en el funcionamiento básico de la economía y en el respeto a los derechos o libertades propias del mercado.
Ni el gobierno está expropiando ‘a lo Chávez’, ni se ha acabado la inversión extranjera, ni el crecimiento está por debajo del proyectado para la región, ni el dólar ha llegado a los $5.000. Al contrario, el peso se está valorizando, la inflación está cediendo y todo apunta a que el desempleo llegue a un porcentaje de un dígito, como no ocurría desde hace muchos años.
No hay cambio sin reformas
Un segundo nivel de análisis, focalizado en la democratización y en el avance en términos de justicia social, no ya en la estabilidad institucional, no arroja el mismo resultado tranquilizador.
El medidor en este aspecto es el trámite de las reformas sociales. La intransigencia con la que algunos se oponen resulta tanto de factores socioeconómicas como de consideraciones políticas.
Por una parte, los críticos de Petro defienden poderosos intereses en uno de los países más inequitativos del mundo. Por otra parte, tirios y troyanos piensan que si el gobierno tiene éxito es muy probable que el sucesor de Petro también venga de la izquierda, y que si no tiene éxito le abriría paso al regreso de la derecha.
Es mucho lo que está en juego y lo saben todas las partes. Por eso este pulso de fuerzas, que –no es necesariamente un golpe blando, sino un juego político en su sentido más radical– ya no tiene lugar en el recinto del Congreso, sino en una arena más amplia atravesada por los intereses del capital y los de familias poderosas de este país.
No en vano es el primer gobierno abiertamente izquierdista de la historia colombiana y debe soportar por igual el peso de las esperanzas de sus electores y de las actitudes prevenidas de sus detractores. Esta es la extraña y grave encrucijada política que hoy viven los Estados Unidos. Sería ingenuo ignorarlo.
El presidente tuvo algo de razón al afirmar que está aguantando el agua sucia que le arrojan fuerzas regresivas a través de la prensa. Pero no tiene toda la razón, porque en este nivel de análisis lo que debe examinarse en la eficacia de sus comunicaciones. Y esta ha ido quedando comprometida a base de ‘fuego amigo’, improvisación y falta de estrategia informativa. Y las tareas pendientes en este frente no son menores, si el gobierno quiere retener unas cartas valiosas para lo que resta del juego.
Un gobierno jugando sin estrategia
¿Cuáles son exactamente las reformas, cuál es su alcance, y hasta dónde está dispuesto el gobierno a negociarlas? ¿Por qué el presidente insiste en que está dispuesto a una concertación y, al mismo tiempo, habla como si las elecciones le hubieran extendido un cheque en blanco?
Más aún, ¿en qué basa su esperanza de que ‘el pueblo’ salga a la calle a defender las reformas, si todavía se deja tanto margen a las interpretaciones y a las tergiversaciones? En fin, ¿cuál de los discursos en relación con las reformas, el convocante del pasado 20 de julio o el desafiante del balcón presidencial, le está dando más réditos políticos?
Sí, el gobierno tiene derecho a improvisar, mientras aprende a dominar el andamiaje institucional que siempre estuvo vedado para la izquierda. Recorrer los pasillos del poder y familiarizarse con sus lógicas será siempre difícil para los recién llegados, Esto se puede comprender. Pero la improvisación tiene un límite, más allá del cual se acaba por sacrificar el proyecto político.
este pulso de fuerzas, que –no es necesariamente un golpe blando, sino un juego político en su sentido más radical– ya no tiene lugar en el recinto del Congreso, sino en una arena más amplia atravesada por los intereses del capital y los de familias poderosas de este país.
Ningún jugador de ajedrez tiene derecho a quejarse si, con ocasión de una movida equivocada, su contraparte aprovecha y le da jaque-mate. Un experimentado político como Gustavo Petro debe saberlo. No en vano ha llegado a donde ha llegado, pese a toda la resistencia contra él. Difícil creer que se engañe con respecto a la polarización en medio de la cual tendría que tramitar sus reformas.
Sabe, porque igual ocurrió bajo la pasada secuencia de gobiernos uribistas, que la polarización se nutre de hechos y de interpretaciones, más de estas que de aquellos, y que por ende su fuerza movilizadora es fundamentalmente ideológica.
Tal vez ya esté evaluando que las marchas callejeras le están funcionando más a la contraparte que a él y esté pensado jugarse más a fondo en el Congreso en este año electoral, cuando el pragmatismo de los políticos se impone sobre las diferencias ideológicas. De ser así, el pasado 20 de julio habría sido un punto de inflexión en el pulso político que se está librando en Colombia. Solo el tiempo lo dirá.
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Acerca del autor
Delfín Ignacio Grueso
*Sociólogo y filósofo de la Universidad del Valle. Ph.D. en Filosofía de la Universidad de Indiana, profesor titular de la Universidad del Valle y Líder del Grupo Praxis (Colciencias A1).
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