
Lo que está en juego
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Tan importante para un país es la soberanía energética, como lo es la seguridad energética.
En los últimos quince años (2007-2022), las reservas de gas natural en el país han caído el 50 %, para situarse en 2,3 TPC (Tera Pies Cúbicos), que a duras penas alcanzarían para seis años, y con ellas ha caído también la producción el 9 % entre junio de 2023 y junio de este año, al pasar de 1 170 MMPCD (Millones de pies cúbicos diarios) hasta 900 MMPCD. Según la directora de la Gestora del Mercado de gas natural de la Bolsa mercantil de Colombia, María Claudia Alzate, se prevé que el potencial de producción caerá el 19,8 % entre los años 2024 y 2026. Y como la demanda crece, y crecerá aún más hacia el futuro, como sustituto del carbón y de los combustibles líquidos, según la Gestora para 2025 se estima el déficit en 12 % (120 MMPCD) y para 2026 de 30 % (350 MMPCD). Déficit este que tendrá que cubrirse con importaciones.
En ello coincide el presidente de Ecopetrol, Ricardo Roa: “Va a haber unos faltantes el año entrante que van a estar cercanos a 160 gigas de BTU [GBTUD, una medida de consumo energético], luego va a subir a 180, y de ahí en adelante a 300, y hasta a 500 si no incorporamos reservas”. No obstante, el negacionismo del ministro de Minas y Energía, Andrés Camacho, lo llevó a decir que “no es cierto que vayamos a tener escasez de gas los próximos años, no hay ninguna crisis energética y no estamos ante un riesgo inminente de desabastecimiento, razón por la cual no hay ningún traslado de costos adicionales a los usuarios”.
Por su parte, Roa se ratifica en lo ya dicho y no solo afirma que “sí vamos a depender de la importación de aquí a 2029”, sino que advierte que “eso va a hacer que se tenga un incremento significativo de la tarifa”. ¡Más claro sólo el agua! Bien dijo la presidente de Naturgás, Luz Stella Murgas, que “el déficit del gas natural no es una alerta, es una realidad, no es una narrativa”, como aduce el Gobierno.
Según había asegurado el ministro Camacho, “nunca han estado en nuestros planes opciones de importación desde otros países… No hemos visto ningún problema de abastecimiento porque estamos tomando medidas… No es cierto que vayamos a tener escasez el próximo año”. Tal vez estaba imbuido de la idea de su antecesora, la exministra Irene Vélez, cuando vaticinó irresponsablemente que “según los cálculos, las reservas probadas, probables y posibles garantizarían un suministro de gas hasta 2037, es decir, de quince años más. Incluso, si se suman los recursos prospectivos a esa ecuación, reiteró Vélez, se garantizaría gas hasta 2042, es decir, veinte años más”.
Importaciones de gas natural vs. afirmaciones del ministro de Minas y Energía
Contra todos los pronósticos y previsiones del gobierno nacional, desde el primero de diciembre de este año, Colombia, por primera vez en 45 años, inició las importaciones de gas natural para atender el consumo esencial. En efecto, mediante un comunicado público, la mayor distribuidora de gas importado TLP GAS informó que a través de la regasificadora SPEC, recibe 40 MMPCD desde el pasado 29 de noviembre, requeridos por ocho empresas distribuidoras. Los hechos son tozudos. Entretanto el ministro de Minas y Energía se obstina en negar, contra toda evidencia, las importaciones y sostiene que se cuenta con “excedentes” de gas extraído en el país que no se traducen en oferta firme en el mercado. Y no explica por qué.
La razón está en la norma aludida al respecto, que es muy clara cuando establece que “los agentes que atiendan la demanda esencial tienen la obligación de contratar el suministro y el transporte de gas natural para la atención de dicha demanda, según corresponda, con agentes que cuenten con respaldo físico”. Que no es el caso de aquella producción de gas proveniente de campos que aún están en prueba extensa. Y ello, por cuanto la misma está expuesta a factores de incertidumbre en cuanto a la capacidad de producción sostenida en el tiempo, así como en la inestabilidad en los niveles de la misma. En últimas, la que cuenta es la oferta en firme, que no sea susceptible de interrupción en sus entregas por parte del proveedor.
El ministro Camacho se niega a dar su brazo a torcer e insiste con terquedad aragonesa en que no hay necesidad de importar, que “las cifras revisadas muestran que las declaraciones de producción y disponibilidad de gas en los campos nacionales son adecuadas para atender la totalidad de los requerimientos del mercado”. Para él este es un axioma que como tal no necesita demostración. Al parecer, el ministro hizo suya la truculenta frase atribuida al expresidente de EE. UU. Harry Truman: “Cuando no puedas convencerlos, confúndelos”.
Ello lo ha llevado a poner en pausa la expedición del Decreto 2024 de 2024 que se publicó para comentarios en el mes de noviembre, que los agentes llevan meses requiriendo para habilitar las importaciones y dar vía libre para que la CREG expida la Resolución con el fin de homologar las condiciones contractuales para comprometer gas en firme proveniente del exterior y establecer el indexador de precios, los cuales, dicho sea de paso, serán mucho más altos. Aunque ella advierte que “el gas barato”, al que hemos estado acostumbrado, se acabó por fuerza de las circunstancias, porque hasta el gas producido en el país terminará por nivelarse con los precios internacionales. Son las leyes del mercado, ¡qué le vamos a hacer!
Es de anotar que esta primera importación es solo la cuota inicial, ya que, de acuerdo con el Gestor del Mercado, que maneja la cifra oficial, se estima un déficit del orden del 8,2 % de la demanda total en 2025, y en 2026 el mismo llegaría al 20,6 %. Sin fundamento alguno el ministro Camacho se aventuró a afirmar que el uso del gas importado no será inmediato. Según él, dicha importación sólo busca “cubrirse en caso de ser necesario”, pues “la producción nacional de gas será suficiente para cubrir la demanda de diciembre”.
Lo que está en juego
En estas circunstancias en las que estamos se está incurriendo en el mismo error en el que cayó la Unión Europea al precipitarse a abandonar prematuramente las energías de origen fósil, a las que tuvo que volver apresuradamente ante el riesgo del colapso de su economía. De ese trance del que todavía no termina de reponerse le quedó una lección aprendida de la cual debemos tomar atenta nota: la transición energética no debe poner en riesgo la seguridad energética. La otra lección que se sigue de la anterior es que tan importante para un país como la seguridad energética es la soberanía energética. ¡Ello es lo que está en juego!
Le recomendamos: Gas: un yacimiento gigante y una escasez inminente
*Versiones similares a este artículo se encuentran en Diario la Economía y el Informador de Santa Marta.
Acerca del autor
Amylkar Acosta
* Economista de profesión. Miembro de Número de la Academia Colombiana de Ciencias Económicas y miembro correspondiente de la Academia Colombiana de Historia. Ex presidente del Congreso de la República y ex ministro de Minas y Energía. Docente e investigador de las universidades Externado, Los Andes y del Rosario. 45 obras publicadas y columnista de los principales diarios del país.
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