Las ocho condiciones para decir que hay democracia - Razón Pública
Inicio TemasPolítica y Gobierno Las ocho condiciones para decir que hay democracia

Las ocho condiciones para decir que hay democracia

Escrito por Alejandro Cortés Arbeláez
Alejandro-Cortes

Más de un político colombiano coquetea con los autoritarismos, y por eso es necesario que tengamos una definición mínima y compartida de lo que significa democracia.

Alejandro Cortés Arbeláez*

La confusión

Hace unos días el periodista Juan Pablo Calvás le preguntó a Camilo Romero, precandidato presidencial de la Alianza Verde, si Venezuela y Nicaragua pueden considerarse dictaduras. En respuesta, Romero afirmó que estos países tienen “asteriscos de democracia pendientes”.

Aunque no causó revuelo mediático, su respuesta produjo reclamos, incluso dentro de su mismo partido. El senador Antonio Sanguino, por ejemplo, señaló que Venezuela y Nicaragua no pueden considerarse “democracias con asterisco”, sino regímenes autoritarios.

Más allá de revelar algo sobre las ideas de Romero y Sanguino, este episodio refleja la poca claridad sobre el concepto de democracia entre figuras de la política colombiana y, por supuesto, entre los ciudadanos del común.

Hace unos años pregunté a mis alumnos qué entendían por la palabra democracia. Las respuestas no fueron ni siquiera parecidas entre sí: “mayorías que se reparten el poder”, “el gobierno que debe respetar a las minorías”, “la gran utopía del hombre”, “acceso a las mismas oportunidades e igual responsabilidad frente a los deberes”.

La carga emocional

¿Por qué existe tan poca claridad sobre la democracia? ¿Por qué esta palabra puede ser usada para calificar regímenes políticos diametralmente opuestos? ¿Qué explica, por ejemplo, que Iván Duque y Nicolás Maduro sostengan que el país que ellos gobiernan es una verdadera democracia y que su vecino tiene un régimen dictatorial?

Hay que buscar la respuesta a estas preguntas en la carga emocional positiva que acompaña a la palabra democracia. Como muchos analistas lo han dicho, las palabras pueden tener usos descriptivos y también emotivos: el uso descriptivo consiste en designar cosas; por ejemplo, la palabra “cortina” describe un objeto que usamos para bloquear la luz. El uso emotivo consiste en expresar una emoción determinada; por ejemplo, las palabras “¡hurra!” o “¡bravo!” expresan que algo nos gusta.

Pues bien: la palabra “democracia” tiene tanto un uso descriptivo como un uso emotivo. Describe un tipo de régimen político y, al mismo tiempo, es asociada con un estado de cosas deseable. Pero esta mezcla de connotaciones afecta o disminuye la exactitud o capacidad descriptiva de la expresión “democracia”.

Democracia directa y representativa

Un primer paso para clarificar el concepto consiste en retomar la distinción clásica entre democracia directa y democracia representativa: mientras en la primera los ciudadanos deciden acerca de los asuntos de interés común, en la segunda los ciudadanos delegan este poder en representantes elegidos para ello.

Así, en la democracia directa los ciudadanos votan para decidir y en la democracia representativa votan para elegir a quienes deciden.

Ahora bien, es posible encontrar puntos intermedios entre ambos modelos de gobierno. Este es el caso de las democracias representativas contemporáneas que adoptan mecanismos de democracia directa como el referendo o el plebiscito. En todo caso, todos los regímenes democráticos actualmente existentes son de carácter principalmente representativo. Algunos, como el colombiano, se definen como “democracias participativas” porque incorporan mecanismos de participación directa, pero esto no anula su naturaleza eminentemente representativa.

La democracia es un método

Después de entender la carga emotiva que tiene el concepto de democracia, podemos entender por qué, en términos generales, la derecha asocia este concepto con valores como la libertad económica, mientras que la izquierda lo asocia con valores como la justicia social.

Lo anterior puede volver sumamente difícil la discusión sobre el concepto de democracia: si cada corriente política asocia a la democracia con los valores que defiende, tendremos múltiples definiciones del concepto. ¿Es posible salir de este atolladero?

Una manera de acercarnos a un acuerdo sobre el significado del concepto de democracia es adoptar una definición centrada en las reglas de juego y no en los propósitos últimos del sistema político. La democracia puede servir para perseguir la libertad económica o la justicia social, entre otros múltiples fines y/o valores políticos en conflicto, pero no está atada irremediablemente a ninguno de ellos.

Una definición mínima

Pasemos pues a una “definición mínima de democracia”. Tengamos presente que esta definición hace referencia al modelo de democracia representativa y no al de la democracia directa.

En palabras de Michelangelo Bovero, “en cuanto método para decidir, la democracia es de por sí agnóstica respecto de los fines sociales últimos […] La democracia es una forma de gobierno que puede albergar una amplia gama de contenidos, es decir, de direcciones políticas distintas y alternativas entre sí”.

En otras palabras, la democracia como forma de gobierno no establece “qué” debe decidirse, sino únicamente las reglas de juego que definen “quién” puede decidir y “cómo” puede decidir. Lo central, por supuesto, es que estas reglas de juego, estas reglas “para decidir”, permitan “la distribución más igualitaria posible del poder político”.

Las reglas de juego de la democracia

¿Cuáles son estas reglas de juego para lograr la distribución más igualitaria posible del poder político? Siguiendo a Robert Dahl y Norberto Bobbio, es posible precisar ocho reglas como otras tantas condiciones de la democracia:

  1. Cargos públicos electos y abiertos. Los cargos públicos donde se toman las principales decisiones legislativas y político-administrativas deben ser de elección popular. Además, estos cargos deben estar abiertos para que cualquier ciudadano, en principio, pueda competir para acceder a ellos.
  2. Elecciones libres, imparciales y frecuentes. Las elecciones para ocupar cargos públicos deben desarrollarse con imparcialidad por parte de las instituciones encargadas del proceso. Así mismo, deben celebrarse con una periodicidad más o menos preestablecida y en un ambiente de poca coerción.
  3. Libertad de expresión. Los ciudadanos deben poder expresarse libremente respecto de los asuntos públicos, incluso cuando se trata de críticas radicales al gobierno o al Estado.
  4. Acceso a fuentes alternativas de información. Debe permitirse la existencia de fuentes de información alternativas a las oficiales, para que los ciudadanos puedan acceder a distintas perspectivas. Esto se traduce en la necesidad de una vigorosa libertad de prensa.
  5. Autonomía de las asociaciones de ciudadanos. Los ciudadanos deben tener el derecho de constituir asociaciones u organizaciones independientes (grupos de interés, movimientos sociales y bancadas políticas) para buscar sus propósitos comunes.
  6. Ciudadanía inclusiva e igualitaria. Los derechos políticos deben estar en cabeza de todos los adultos residentes en el Estado, con muy contadas excepciones que deben tener justificaciones de peso extraordinario. Esto implica, por ejemplo, que el voto de cada individuo debe tener exactamente el mismo peso que el de los demás (“una cabeza, un voto”).
  7. Principio de mayoría. En las elecciones de cargos públicos, así como en los procesos decisorios en el interior de cuerpos colegiados como el Congreso, las decisiones deben tomarse a través del principio de mayoría. La alternativa que obtenga un mayor número de votos debe considerarse como válida y vinculante para todos los miembros de la colectividad.
  8. Principio de protección de las minorías. Aunque el principio básico para la toma de decisiones es el principio de mayoría, debe garantizarse que las decisiones tomadas por las mayorías respeten los derechos básicos de las minorías. Especialmente aquellos que les permiten organizarse y, eventualmente, convertirse en mayorías.
Foto: Consejería Presidencial para los derechos humanos - La democracia como forma de gobierno no establece “qué” debe decidirse, sino únicamente las reglas de juego que definen “quién” puede decidir y “cómo” puede decidir.

La democracia como ideal y como asunto de grado

La definición mínima de democracia expuesta a partir de las reglas de juego resulta útil para clarificar el disputado concepto de democracia.

Existen por supuesto otras definiciones que complementan o controvierten esta definición mínima, puesto que ella no está exenta de polémica. Por eso importa concluir con dos aclaraciones respecto de las reglas de juego mencionadas:

-En palabras de Bobbio, esas reglas no necesariamente son condiciones suficientes, pero sí son condiciones necesarias de la democracia.  Un régimen donde se respeten estas reglas puede tener déficits democráticos, pero un régimen donde se irrespete gravemente una de ellas no puede ser llamado democracia.

La definición mínima de democracia es un “ideal límite”. Es decir, es inalcanzable en su plenitud por ser un ideal. De esta manera, no existe una democracia como la aquí descrita, sino democracias reales que, en mayor o menor medida, se aproximan a este ideal.

-La definición mínima permite calificar los regímenes políticos como democráticos o antidemocráticos y además calificar el grado de democracia que exhibe cada uno de ellos. La democracia no es apenas cuestión de “sí” o “no”, sino de grados o niveles de democracia.

Artículos Relacionados

Este sitio web utiliza cookies para mejorar tu experiencia. Leer políticas Aceptar

Política de privacidad y cookies

Conoce la galería de obra gráfica de Razón Pública

Podrás adquirir obra gráfica de reconocidos artistas latinoamericanos a un excelente precio y ayudarnos a financiar este maravilloso proyecto periodístico