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Las economías de América Latina: se acaba la burbuja

Escrito por César Ferrari

Edificios con un cielo muy despejado

César Ferrari​Con una dependencia creciente de las materias primas y los hidrocarburos, el buen momento de Colombia y sus vecinos ya comenzó a pasar. Por eso hay que volver a invertir en el campo y en la industria. Y hay un modo de hacerlo.

César Ferrari*

La desaceleración y sus causas

Casi todas las economías latinoamericanas se están desacelerando.

Según The Economist, la tasa anual de crecimiento del segundo trimestre de 2014 respecto al mismo trimestre de 2013 fue de -3,2 por ciento en Argentina, -2,40 por ciento en Brasil, 0,6 por ciento en Chile, -0,6 por ciento en Colombia y 0,7 por ciento en Perú. El crecimiento mexicano resulta extraño en ese panorama: 4,2 por ciento en el mismo período.

Tal comportamiento no debería sorprender en países que dependen crecientemente de la producción de materias primas y, por lo tanto, de la evolución de sus precios internacionales: Estos precios vienen decrecimiento sistemáticamente desde hace muchos meses, luego de su recuperación posterior a la crisis mundial de 2008-2009, por la reducción del crecimiento chino, el estancamiento europeo y el poco crecimiento estadounidense.

Estos precios vienen decrecimiento sistemáticamente desde hace muchos meses.

Según el Fondo Monetario Internacional (FMI) entre agosto de 2014 y agosto de 2013 los precios internacionales de los alimentos, un sector muy importante para Argentina y Brasil, cayeron 5,2 por ciento; los de los metales, fundamentales para Chile y Perú, cayeron 7 por ciento; y los de los energéticos, importantes para Colombia, México, Ecuador y Venezuela, cayeron 6,8 por ciento.

Para mencionar dos productos por país, entre los meses indicados los precios del maíz y la soya, fundamentales para Argentina se redujeron 4,9 por ciento y 24,9 por ciento, respectivamente; los precios del hierro y del petróleo, fundamentales para Brasil, cayeron 32,4 por ciento y 9,5 por ciento, respectivamente; los del cobre y el pescado, muy importantes para Chile, 2,6 por ciento y 11,4 por ciento, respectivamente; y el del carbón, segundo producto de exportación colombiano después del petróleo (60 por ciento de las exportaciones entre ambos), se redujo 10,4 por ciento.


Cultivo de arroz en el Tolima.
Foto: CIAT/Neil Palmer

La historia reciente

Desde principios de los años noventa América Latina ha experimentado una profunda transformación económica. Al abandonar la estrategia de sustitución de importaciones, empresas públicas y represión financiera (el llamado Consenso de la CEPAL) y reemplazarla por una estrategia de apertura y liberalización de mercados (el llamado Consenso de Washington), la mayoría de los países pasaron – en mayor o menor medida- de producir principalmente bienes agropecuarios y manufacturas a depender de la producción de materias primas y de servicios.

Para aludir al caso colombiano, según información del Banco Mundial, en 1990 la producción agropecuaria representaba el 16,7 por ciento del PIB total, las manufacturas, el 20,6 por ciento, la minería junto con la producción de electricidad, comercio y transportes, el 17,3 por ciento, y los servicios, el 45,4 por ciento. En 2012 dichos sectores representaban 6,5, 13, 24,5 y 56 por ciento del PIB, respectivamente.

El cambio se reflejó en la recomposición de las exportaciones: las de materias primas aumentaron notablemente y se convirtieron en las más importantes, y las alimentarias y las de manufacturas se redujeron. En Colombia, las exportaciones de hidrocarburos, carbón y similares, que en 2000 representaron el 43,8 por ciento del total de mercaderías exportadas, en 2012 representaban el 70,7 por ciento.

Mientras tanto, las exportaciones manufactureras colombianas, que en 2000 alcanzaron a representar 32,5 por ciento del total, se redujeron a 17,5 por ciento en 2012.

México es ciertamente el caso diferente en América Latina: sus exportaciones de manufacturas representaron en el mismo período el 74,3 por ciento del total, un poco por debajo de lo que representaron en China: 93,9 por ciento.

Empleo e ingreso

Las tasas de crecimiento resumen esos comportamientos: estas fueron mediocres en América Latina y muy inferiores a las asiáticas. El promedio de crecimiento de la economía argentina entre 1990 y 2012 fue 4,4 por ciento y entre 2000 y 2012, 4,3 por ciento.

En los mismos períodos la economía brasilera creció respectivamente, al 2,7 y al 3,4 por ciento anuales; la chilena, 5,1 y 4,2 por ciento; la colombiana, 3,7 y 4,3 por ciento; la mexicana, 2,9 y 2,4 por ciento; y la peruana, 4,6 y 5,6 por ciento. Mientras tanto, la economía china creció anualmente 10 y 10 por ciento, respectivamente.

El crecimiento de la economía latinoamericana es reducido, en gran medida, porque la inversión, responsable de expandir la capacidad de producción o aumentar la productividad, es reducida. Y ese monto reducido se concentra en Latinoamérica en los sectores productores de materias primas porque estos son los más rentables.

Sumado a esto, la infraestructura latinoamericana continúa siendo insuficiente a pesar de su importancia para la productividad.

En Colombia, las exportaciones de hidrocarburos, carbón y similares, que en 2000 representaron el 43,8 por ciento del total de mercaderías exportadas, en 2012 representaban el 70,7 por ciento.

Y como los precios de las materias primas son sumamente cambiantes y con grandes fluctuaciones en plazos muy cortos, el crecimiento de la economía no solo no fue elevado sino que se tornó sumamente inestable.

Dichos resultados se traducen en el crecimiento reducido de los ingresos. Entre 1990 y 2012 el ingreso per cápita en Argentina pasó de US$ 4.337 a US$ 11.573; en Brasil, de US$ 3.087 a US$ 11.340; en Chile, de US$ 2.388 a US$ 15.452; en Colombia, de US$ 1.209 a US$ 7.748; en México, de US$ 3.052 a US$ 9.749; y en Perú, de US$ 1.208 a US$ 6.796.

Mientras tanto, en China el ingreso per cápita aumentó 19,4 veces, de US$ 314 a US$ 6.091. A esas velocidades de expansión no debe sorprender que América Latina se esté rezagando con respecto a China y suceda nuevamente lo que ya sucedió con respecto a Corea, Taiwán y los otros tigres asiáticos: hace tres décadas eran más pobres y atrasados que los países latinoamericanos y actualmente son los nuevos países desarrollados.

Así mismo, al aumentar relativamente la producción de materias primas, se deterioró la ocupación y, consecuentemente, aumentaron el desempleo y sobre todo el subempleo, y con ello se deterioró la distribución del ingreso.

La razón es obvia: la explotación de materias primas, particularmente la minera y de hidrocarburos es intensiva en capital. De tal modo, el coeficiente Gini que mide la concentración del ingreso se mantuvo muy elevado, entre los más elevados del mundo: en 2012 fue 44,49 en Argentina, 54,69 en Brasil, 52,06 en Chile, 55,91 en Colombia, 47,16 en México y 48,14 en Perú.


Mina de carbón El Cerrejón en La Guajira.
Foto: cueva_lovelle

Causas de la transformación

¿Por qué se produjo una transformación económica tan profunda en tan poco tiempo? La razón es obvia: las rentabilidades sectoriales cambiaron de tal manera que hicieron atractiva la inversión en la producción de materias primas y cayó la rentabilidad relativa en los sectores agropecuario y manufacturero, que dejaron de ser competitivos y rentables (en algunos casos con rentabilidad incluso negativa), lo cual desestimuló la inversión en los mismos.

¿Qué hizo cambiar las rentabilidades a favor de las materias primas y los servicios y en contra de los otros dos sectores? Varias son las razones y todas apuntan en la misma dirección.

– En primer lugar, se redujo la protección arancelaria para los dos últimos, las tasas de interés se mantuvieron muy superiores a las internacionales y se revaluó la tasa de cambio (consecuencia para algunos de una supuesta enfermedad holandesa por el crecimiento de las exportaciones petroleras, aunque parecería más sensato hablar de enfermedad bancaria pues en varios de los últimos años la mayor fuente de divisas fue el endeudamiento de las empresas inducido por las elevadas tasas de interés domésticas frente a las internacionales).

– Además, los salarios aumentaron, la infraestructura se mantuvo insuficiente y los servicios importantes quedaron protegidos en mercados cerrados y oligopólicos.

– También contribuyeron los precios de las materias primas que comenzaron a elevarse sostenidamente desde mediados de los noventa hasta la gran recesión mundial de 2008-2009, entre otras razones, por la enorme aceleración de la economía china impulsada por el crecimiento del consumo en Estados Unidos.

Con estos resultados lo más probable es que durante mucho tiempo gran parte de los latinoamericanos sigan siendo pobres, desiguales y muy rezagados con respecto a los asiáticos.

Lo que debería hacerse

Si no se quiere más de lo mismo es apenas obvio que se requiere crecer más rápida, sostenida y sustentablemente a partir de una estructura productiva que lo permita y que genere más ocupación y distribuya más ingreso.

¿Qué hacer entonces? Parece también obvio: cambiar la estructura productiva en favor de los sectores que producen ocupación abundante (manufacturero y agropecuario).

Para eso hay que cambiar las rentabilidades relativas en favor de dichos sectores, lo cual implica hacerlos más competitivos para que vendan más, produzcan más y ocupen más gente directa e indirectamente. Ello requiere, en primer lugar, menores tasas de interés y una tasa de cambio más elevada.

Pero para producir más se necesita también más inversión, y eso implica mayor ahorro. Si las empresas son más rentables, generarán más utilidades, es decir, generarán más ahorro. Y si se eliminan los incentivos para distribuirlas (lo cual implica una reestructuración tributaria que incluya impuestos elevados a los dividendos, superiores a las tasas que pagan las empresas) significarán más recursos para invertir.

Para producir a menores costos se requiere también mayor productividad, y esto exige mejor infraestructura económica y, por lo tanto, más inversión pública. Afortunadamente, producir más conduce a economías de escala que, a su vez, generan mayor productividad.

Todo ello implica nuevas políticas monetarias, fiscales y de regulación económica que atiendan a los intereses de las grandes mayorías. Ciertamente esto es un problema político, y no solo económico, que América Latina, tarde o temprano, tendrá que afrontar.

 

* Ph.D. en economía, Profesor Titular de la Pontificia Universidad Javeriana, Departamento de Economía,

 

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