Las dos confrontaciones nucleares de Trump: la guerra como estrategia económica - Razón Pública
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Las dos confrontaciones nucleares de Trump: la guerra como estrategia económica

Escrito por Andrea Arango

Andrea ArangoComo no ha podido cumplirle a sus votantes, el nuevo presidente se está viendo obligado a ocuparse de las crisis internacionales donde sus únicas estrategias son las amenazas y el aumento del gasto militar.   

Andrea Arango Gutiérrez*

Del intervencionismo al aislacionismo

En la campaña electoral del hoy presidente Trump,  los asuntos de política exterior ocuparon un lugar muy  secundario frente a los problemas domésticos y la necesidad de fortalecer a Estados Unidos desde su propio suelo.

Los partidarios del aislacionismo – una corriente de opinión y análisis de antigua data en Estados Unidos- se entusiasmaron cuando Trump advirtió que la invasión de Iraq por parte de Bush había sido un error, y creyeron que al fin tendrían un presidente que abandonaría las acciones militares, humanitarias y políticas en suelo extranjero para concentrarse en sanear las finanzas domésticas, ya que los demócratas y los republicanos habían compartido la agenda intervencionista  desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Trump ofrecía entonces una política exterior distinta de la de Obama. Este había causado la desilusión de muchos ciudadanos porque su promesa de retirar las tropas de Iraq sólo se hizo a cambio de reforzar la presencia militar en Afganistán – e incluso, según decía Trump, a que el Estado Islámico se apoderara de una parte de Irak-. Y en todo caso al terminar el Gobierno de Obama la presencia estadounidense se había extendido de Iraq y Afganistán a Yemen, Siria y Somalia en el norte de África.

Ocho años atrás la diferencia entre Obama y Bush también había sido significativa: Bush hablaba de “guerra preventiva” o de acciones militares unilaterales para garantizar la seguridad nacional e ir en busca de las armas de destrucción masiva que tendría Iraq, mientras que Obama hablaba de intervenciones humanitarias y de apoyo multilateral a los procesos de democratización que por entonces se asomaba en el mundo árabe.  

Promesas estancadas

Pronunciamiento del Presidente Donald Trump frente al programa nuclear de Corea del Norte.
Pronunciamiento del Presidente Donald Trump frente al programa nuclear de Corea del Norte. 
Foto: Embajada de los Estados Unidos en Uruguay

Pero dos hechos obligaron a Obama a ampliar la presencia militar de Estados Unidos y sus aliados de la OTAN y la ONU en la región del Medio Oriente y el Norte de África (MONÁ): el surgimiento y consolidación del Estado Islámico, y la llamada “primavera árabe” desde diciembre del 2010.

Y sin embargo aquello que suele presentarse como una simple reacción de Washington a eventos coyunturales en la región MONÁ en realidad es parte de una estrategia de acción más prolongada, anterior a aquellos dos eventos, y que puede ser interpretada como la causa de los mismos.

Su estilo  autoritario y políticamente incorrecto, no le permitió avanzar en el marco de un Estado  liberal  con fuertes mecanismos de control al ejercicio del poder presidencial. 

Aquí debo notar que la presencia militar de Washington en la región es de muy vieja data, y que después del fin de Guerra Fría consistió en apoyar “luchadores por la libertad”, rebeldes que acabarían convertidos en fundamentalistas islámicos y perpetuarían actos terroristas (el caso, por ejemplo, de Bin Laden).

Esa estrategia contrasta con la de Rusia, que le apostó a fortalecer gobiernos autoritarios – una estrategia que Trump acabaría por adoptar durante su campaña por la Presidencia-. Trump en efecto insistía en fortalecer al gobierno de turno sin importar que fuese autoritario para lograr la pronta estabilización política y militar de estos países turbulentos; y la estabilidad así adquirida permitiría que su Gobierno se concentrara en las urgencias internas en vez de verse desbordado  por las crisis en la región MONÁ.

Una vez elegido presidente, Trump le dio la prioridad a la política doméstica, pero  su estilo  autoritario y políticamente incorrecto, no le permitió avanzar en el marco de un Estado  liberal  con fuertes mecanismos de control al ejercicio del poder presidencial. Sus decretos (“executive actions”) y proyectos de ley han sido obstaculizados por jueces federales, congresistas, gobernadores o alcaldes demócratas, e incluso miembros del Partido Republicano:

  • No fue posible vetar el ingreso de musulmanes al país,
  • Tampoco revocar y reemplazar el sistema de salud que fue el gran logro del presidente Obama,
  • Ni ha logrado conseguir el presupuesto para el muro de la frontera con México o elevar   el techo de endeudamiento,
  • Su anunciado retiro del Acuerdo sobre Cambio Climático produjo el compromiso oficial con ese acuerdo por parte de muchos Estados y ciudades de Estados Unidos, igual que muchos se han rebelado contra el intento de obligarlas  a perseguir a los migrantes ilegales (las llamadas “ciudades santuario”).    

Las barreras judiciales, legislativas y administrativas tienen estancada la agenda de Trump. La única salida que le queda al presidente para cumplir su compromiso de recobrar la grandeza norteamericana, y al hombre de negocios para reafirmar su capacidad ejecutiva, es la política exterior.

Mantenerse como potencia militar

Debido a los atentados del 11 de septiembre, ahora los decretos referentes a la seguridad nacional no necesitan ser aprobadas por el Congreso. Esto concede un amplio margen de maniobra al presidente para decidir en asuntos internacionales, y es por eso la vía que Trump utiliza más y más.

Parece paradójico que- después de criticar tan duramente a Bush por sus aventuras militares-  Trump insista en aumentar el presupuesto de defensa y en actuar de forma unilateral en la escena global. En su discurso ante la Asamblea General de la ONU del pasado 19 de septiembre, Trump calificó como vergonzoso el acuerdo multilateral con Irán en materia nuclear, y dejó claro que, al igual que Bush, está dispuesto a emprender acciones unilaterales.

Para Trump ese acuerdo que con gran dificultan habían logrado negociar Obama y sus aliados es una “vergüenza para Estados Unidos” porque implica reconocer un descenso en la capacidad militar de la primera potencia del mundo.

Más intrigante resulta ser que -luego de oponerse a Obama por permanecer en Afganistán y por su estrategia de apoyar la democratización del mundo árabe- Trump aumente el pie de fuerza militar en Afganistán y siga utilizando la retórica en contra de gobiernos que niegan libertades a sus ciudadanos (Cuba, Venezuela, Irán y Corea del Norte fueron los cuatro socios de esta especie de nuevo “eje del mal” que recibieron la embestida de Trump ante la ONU).   

Ahora bien, la continuidad en la política internacional norteamericana, a pesar de los cambios en la presidencia, y de que el actual presidente sea un outsider que prometía aislarse de los conflictos internacionales, se explica por dos razones:

  1. La necesidad de conservar la preeminencia en el orden global, la cual se ha logrado gracias a la superioridad en materia de armas. Estados Unidos necesita seguir demostrándole al mundo su liderazgo para determinar la agenda de la comunidad internacional, y para hacerlo no puede aislarse.
  2. El interés económico porque la industria de las armas es esencial para la economía norteamericana. Estados Unidos es el Estado que más dinero destina a gastos militares (36 por ciento) seguido de China (13 por ciento). Asimismo, Estados Unidos es el mayor exportador de armas.

Esos dos elementos explican la actual inexistencia de la diplomacia por parte del gobierno  Trump. La promesa del nacionalismo populista en la esfera económica doméstica se vio truncado por el diseño institucional de Estados Unidos y por la clase política tradicional. Trump necesita garantizar algún triunfo, y reafirmar la grandeza norteamericana dentro o fuera de casa.  

Las amenazas

Helicópteros de la Guardia Nacional.
Helicópteros de la Guardia Nacional.
Foto: Department of Military

Garantizar la grandeza internacional a través de la industria armamentista contribuye a resolver   el problema interno que afecta a los votantes de Trump es decir, la pérdida de empleos por cuenta de la crisis financiera del 2008.

Los hechos posteriores a la crisis económica de los años 30 enseñan que la mejor forma de recuperar la economía es estimular los mercados mediante el gasto público -y el gasto militar es un renglón central en este gasto-. La industria armamentista que se vio aporreada por  Obama -quien invirtió más en el desarrollo tecnológico de Silicon Valley-, encuentra una oportunidad excelente con el Gobierno Trump.

Trump calificó como vergonzoso el acuerdo multilateral con Irán en materia nuclear, y dejó claro que, está dispuesto a emprender acciones unilaterales.

La situación anterior explica las dos afirmaciones más controversiales en el discurso de Trump ante la ONU: la posibilidad de retirarse del acuerdo nuclear con Irán y la amenaza de “destruir completamente” a Corea del Norte.

Nada de lo cual ha impedido que se mantengan las contradicciones. Después de reunirse con líderes de Japón y Corea del Sur, Trump anunció la expansión de sanciones financieras contra Corea del Norte, pero no se refirió a acciones militares.  Según opinan muchos analistas, estas sanciones  no tendrán mucho efecto sobre el programa nuclear de Kim-Jong-un. Y aun peor: la amenaza de anular el Acuerdo nuclear de Obama y sus aliados con Irán le está diciendo a Corea del Norte que no se puede confiar en la palabra de Estados Unidos, o que firmar el acuerdo que les exige Trump sería el suicidio.         

Y si faltara: el estilo imprudente de este hombre de negocios puede acabar en daños de magnitudes nucleares.

 

* Politóloga de la Universidad de Antioquia, magíster en Ciencia Política de San Diego State University en California (SDSU), profesora de la Universidad de Antioquia y de la Universidad EAFIT. andrearango09-15@hotmail.com

 

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